La luz dorada y la llama azul

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Summary

Diez años de paz. Ignis, la dragona celestial, y Lyra, la hechicera, han construido una vida de amor y tranquilidad junto a su hijo Yeit, olvidando los peligros de su pasado. Pero la calma es una ilusión. Un eco ancestral las llama a su antigua patria, donde un trágico encuentro las obliga a aceptar una misión imposible: proteger a la última y frágil Dragona de Cristal de las garras de un culto siniestro. ​Ahora, esta familia inusual debe enfrentar un mundo lleno de criaturas oscuras y peligros,descubriendo los secretos oscuros que rodean a Eldoria.

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Una Nueva Aventura

El sol de la mañana se filtraba suavemente a través de las cortinas de la habitación, pintando franjas doradas sobre el rostro sereno de Ignis. A su lado, Lyra se estiraba perezosamente, sus ojos azules brillando con una felicidad tranquila. La luz capturaba el contraste entre ambas: la piel inmaculada de Ignis, su cabello oscuro como la noche que se extendía sedoso sobre la almohada, y el cabello dorado de Lyra, su piel pecosa y la energía vibrante que siempre parecía irradiar. Diez años habían pasado desde la derrota de Black, diez años de paz y amor que habían transformado sus vidas.

"Buenos días, mi llama azul," susurró Lyra, besando suavemente la mejilla de Ignis.

Ignis sonrió, sus ojos plateados abriéndose lentamente. "Buenos días, mi luz dorada. ¿Durmió bien la lanzadora de hechizos?"

Lyra rió suavemente. "Como un bebé dragón. Aunque..." Hizo una pausa, frunciendo ligeramente el ceño. "Anoche tuviste un sueño inquieto. ¿Todo está bien?"

Ignis se enderezó, una sombra fugaz cruzando sus ojos. "Solo... una sensación extraña. Como un eco distante."

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y un torbellino de energía entró corriendo. Yeit, ahora un joven de diez años con el cabello tan oscuro como el de Ignis y los ojos estrellados de Lyra, irradiaba entusiasmo. Sus pequeñas alas azules revoloteaban con impaciencia.

"¡Mamás, mamás! ¡Despiértense! ¡Hoy es el día de la carrera de nubes!"

Lyra e Ignis intercambiaron una mirada divertida. La "carrera de nubes" era una tradición que Yeit había inventado, donde él y los niños del pueblo competían para ver quién podía alcanzar la nube más alta.

"Ya vamos, pequeño dragón," dijo Ignis, levantándose de la cama. "Pero primero, desayuno."

La casa en el Valle Luminoso era un testimonio de la vida que habían construido juntas. Las paredes de piedra estaban cubiertas de enredaderas florecientes, y el jardín mágico rebosaba de flores de todos los colores y formas imaginables. El aire siempre vibraba con una sensación de calidez y alegría.

Mientras preparaban el desayuno, la conversación fluyó con la familiaridad y el cariño de una familia.

"¿Recuerdas la primera vez que intenté hacer panqueques?" rió Lyra, recordando un incidente en el que la cocina había terminado cubierta de masa flotante.

Ignis sonrió. "Y Yeit intentó 'ayudar' levitando los ingredientes. Casi convertimos la casa en una panadería."

"¡Eran panqueques felices!" se defendió Yeit, haciendo reír a sus madres.

Después del desayuno, se dirigieron al claro donde se llevaría a cabo la carrera de nubes. Los niños del pueblo ya estaban reunidos, montando escobas mágicas de todas las formas y tamaños. Yeit se unió a ellos con entusiasmo, su risa resonando con la de sus amigos. Lyra e Ignis observaron desde un lado, sus manos entrelazadas.

"Es increíble verlos crecer tan felices," dijo Lyra, apoyando la cabeza en el hombro de Ignis.

Ignis asintió, su mirada plateada llena de amor. "Este valle... este hogar... es todo lo que siempre quise."

Pero incluso en este momento de felicidad, la inquietud de la mañana regresó. Ignis sintió un escalofrío recorrerla, una nota discordante en la armonía del valle.

"¿Estás segura de que estás bien, mi amor?" preguntó Lyra, notando la expresión pensativa de Ignis.

Ignis dudó por un momento, luego dijo en voz baja: "Es solo... esa sensación. No puedo explicarlo. Es como si... algo estuviera llamándome."

"¿Llamándote?" Lyra frunció el ceño. "¿Qué clase de llamada?"

Ignis negó con la cabeza. "No lo sé. Pero se siente... familiar. Como un eco de Aethel."

Lyra se tensó. Aethel. El nombre de la antigua patria de Ignis, ahora en ruinas, siempre evocaba una mezcla de tristeza y melancolía.

"¿Crees que tiene algo que ver con lo que pasó allí?"

Ignis suspiró. "No lo sé. Pero no puedo ignorarlo. Necesito saber qué es."

La decisión fue tomada rápidamente, con la urgencia de una melodía que no se puede ignorar.

"Iremos a Aethel," declaró Lyra con firmeza. "Juntas."

Yeit, que había escuchado la conversación, se acercó con los ojos brillantes. "¿Puedo ir también? ¡Quiero ver el hogar de Mamá Ignis!"

Ignis dudó, pero Lyra sonrió. "Por supuesto, pequeño dragón. Será una aventura familiar."

Y así, al día siguiente, se prepararon para partir. El viaje a Aethel era largo y peligroso, pero la fuerza de su vínculo y la curiosidad de Yeit los impulsaron hacia adelante.

Al llegar a los límites de Aethel, el paisaje cambió abruptamente. El verde exuberante del Valle Luminoso fue reemplazado por un paisaje desolado pero hermoso, bañado en tonos de azul y plata. Las montañas flotantes se alzaban sobre valles esmeralda ahora vacíos, y ríos de lava ahora fríos serpenteaban bajo un cielo estrellado de un azul profundo. Las ruinas de la antigua civilización dracónica se alzaban como fantasmas del pasado, sus majestuosas estructuras ahora en ruinas.

Yeit observó el paisaje con asombro y un toque de tristeza. "¿Era así todo el tiempo, Mamá Ignis?"

Ignis negó lentamente con la cabeza. "No, pequeño. Era... vibrante. Lleno de vida y magia. Pero... hubo una guerra. Una guerra entre dragones y humanos."

Lyra apretó la mano de Ignis, recordando la historia que le había contado años atrás.

"¿Y por eso está así?" preguntó Yeit, con los ojos llenos de tristeza.

"En parte," respondió Ignis. "Y por otras cosas... cosas que quizás aún no entiendas."

Mientras exploraban las ruinas, Ignis se convirtió en su guía, compartiendo historias de su juventud, de los majestuosos dragones que una vez surcaron estos cielos y de la rica cultura que una vez floreció aquí. Había una mezcla de melancolía y orgullo en su voz.

"Aquí era donde aprendí a volar," dijo Ignis, señalando una alta montaña flotante. "Y allí, ese era el Gran Salón, donde se reunía el consejo de dragones."

Yeit escuchó con fascinación, imaginando el pasado esplendor de Aethel.

"Era hermoso," susurró Lyra, sintiendo la tristeza de Ignis.

De repente, Ignis se detuvo, su cabeza levantada. "La sensación... se está haciendo más fuerte. Viene de esa cueva."

Señaló una abertura oscura en la ladera de una montaña, que emitía un brillo azulado y pulsante.

Con cautela, se acercaron a la cueva. El aire alrededor de la entrada vibraba con una energía extraña, y un sonido sordo y rítmico emanaba de su interior, como un latido.

"Ten cuidado," advirtió Ignis, su voz tensa. "Siento magia... antigua y poderosa."

Al entrar en la cueva, la oscuridad se disipó, revelando un espacio cavernoso iluminado por cristales que brillaban con una luz azul etérea.

En el centro de la caverna, una figura se movía, su forma oscura contrastando con la luz azul.

Sin previo aviso, la figura se lanzó hacia ellos, un rugido resonando en la cueva. Era un dragón, pero diferente a cualquier otro que hubieran visto. Sus escamas eran de un azul brillante, casi cegador, pero estaban marcadas por cicatrices y heridas. Sus ojos, una vez vibrantes, ahora brillaban con una ferocidad salvaje.

Ignis se interpuso entre su familia y el dragón, sus ojos plateados brillando con reconocimiento. "¡Roger! ¿Eres tú?"

El dragón se detuvo en seco, su furia vacilando al reconocer la voz. "¿Ignis? ¿Es realmente eres tú?" Su voz, aunque áspera por el tiempo y la batalla, contenía un eco de familiaridad.

"Soy yo," confirmó Ignis, bajando la guardia. "Pero... ¿qué te pasó? ¿Qué está pasando aquí?"

Roger suspiró, su cuerpo cansado desplomándose. "Mucho ha sucedido, Ignis. Mucho dolor y pérdida. Pero eso no importa ahora. Lo que importa es ella."

Señaló hacia el fondo de la cueva, donde una pequeña figura yacía dormida sobre un lecho de musgo.

Lyra y Yeit se acercaron con cautela. Era una niña, pequeña y delicada, con cabello blanco como la nieve y un vestido blanco desgastado. Pero lo más sorprendente eran las escamas que brillaban tenuemente en su piel, translúcidas y de colores cambiantes, como si contuvieran el mismísimo arcoíris.

"¿Quién es ella?" susurró Lyra, maravillada.

"Ella es la última," respondió Roger con una voz cargada de tristeza y reverencia. "La última de los dragones de cristal."

Ignis jadeó. "Los dragones de cristal... creí que eran solo una leyenda."

Roger explicó que los dragones de cristal eran una antigua raza de dragones con una magia única y poderosa, capaces de controlar la luz y la energía. Se pensaba que se habían extinguido hace mucho tiempo, pero Roger había encontrado a esta niña, "la última de su especie, y la había protegido desde entonces."

"Pero ya no puedo protegerla," dijo Roger con voz cansada. "Estoy débil, mis heridas son profundas. Necesito que alguien mas la cuide."

"¿Por qué?" preguntó Lyra con cautela. "¿Qué peligro corre?"

Roger miró a Lyra e Ignis con una mirada seria.

"Hay un culto... un grupo de seres oscuros que buscan usarla. Creen que su magia es la llave para abrir una antigua prisión... la Caja de Pandora. Y si la abren... traerá el caos al mundo."

El silencio cayó sobre la cueva, pesado con la magnitud de la revelación. Lyra e Ignis intercambiaron una mirada, comprendiendo la tarea que se les presentaba.

Su nueva aventura acababa de comenzar.