Capítulo 1: El Escudero del Fango
Abro el libro con un cuidado reverencial, el pergamino amarillento de sus páginas cruje como el lamento seco de un recuerdo olvidado. La tapa, ya desgastada por el tiempo y el polvo, apenas permite distinguir el título grabado: Manual de Exploradores Despertados: Primer Compendio del Comité Nacional de Japón. Fue escrito hace más de medio siglo, una reliquia irremplazable para aquellos que, como yo, nos encontramos de pronto siendo los supuestos “héroes” que nadie pidió, y menos aún, que nadie respeta.
Leo la primera frase en voz baja, y siento cómo un nudo frío y apretado se forma en mi garganta, un peso familiar:
—“Cuando el mundo se deshilachó, surgieron los agujeros de gusano. De ellos emergieron criaturas imposibles, que solo podían ser detenidas por los Despertados...”
Miro a mi alrededor, a la pulcra pero polvorienta mesa de mi minúsculo apartamento, y no puedo evitar una sonrisa amarga, casi dolorosa. Sí, claro, “los Despertados”, esos elegidos nacidos con un poder para moldear la realidad y hacer cualquier cosa... excepto, al parecer, usar esa influencia para ayudar a los Rango F como yo a subir un par de insignificantes escalones en la vida.
El libro está lleno de historias de deidades, de la élite de clasificación S que salvó ciudades enteras, de hazañas épicas que quedaron grabadas a fuego en los libros de historia y las estatuas. Yo, Homa Giri, con veinte años, 1.80 metros de estatura, cabello negro lacio y unos ojos marrones que transmiten una normalidad insultante, no aparezco ni en las notas al pie de página.
Mi habilidad, mi don, mi Nexo, se llama Girigiri. Un nombre que, en japonés, se traduce como “justo al límite”, o “al filo de”. Y no podría ser más exacto, pues “solo sirve para sobrevivir”. Tal vez el autor de estas páginas ni siquiera podía concebir a alguien como yo, un Explorador que se arrastra por los Nexos, aguantando los golpes y los desprecios que los verdaderos héroes nunca verán venir.
Pero aquí estoy. El escudero del fango. El único Rango F.
Décadas pasaron, y el mundo se reconstruyó sobre las cenizas del viejo terror. El miedo nunca desapareció, sino que se transformó en una rutina burocrática. Surgieron los gremios de exploradores, organizaciones que canalizaban el poder de los Despertados para defender las ciudades y recuperar lo perdido. Se estableció un sistema de rangos, una jerarquía cruel que definía el valor y el destino de cada uno.
La élite era una casta de dioses, con la clasificación S, tan escasos como la luz al final de un túnel oscuro. Luego venían los rangos A, B, C, D, E... y por último, nosotros, el Rango F. No era solo un abismo de poder y estatus; era una condena social perpetua.
Mi historia no es la épica de un héroe predestinado. La mía es una historia de frustración y monotonía, grabada en un físico grande pero normal, oculto bajo unos jeans y una remera blanca. Un rostro común en un mundo anormal.
Mi Nexo, Girigiri, suena a esfuerzo inútil, a estar estancado. Mis estadísticas visibles de fuerza, agilidad y resistencia no suben, sin importar cuántos monstruos aniquile. Me quedo siempre en el punto de partida. Pero me defiendo, sí. Sobrevivo. Por eso mi rol es el de escudero, el que se encarga de proteger a los otros, el que aguanta los golpes que ellos no quieren recibir.
Soy, por lo tanto, un Explorador de Rango F. El único. La etiqueta me sigue como una sombra, me define a los ojos de todos. En el ecosistema de los gremios, donde la ley del más fuerte es el único credo, ser un Rango F es ser una mancha, un chiste, un error funcional.
Mis compañeros de equipo, en los pocos que se dignan a aceptarme para usufructuar mi “escudo”, me tratan como al paria que soy. Burlas, empujones, comentarios hirientes. Todo es parte de la rutina.
Hoy, la aplicación del Comité de Exploración Nacional ha vuelto a vibrar en mi bolsillo. Un nuevo agujero de gusano, un Nexo, ha aparecido en la zona industrial abandonada. Es una misión de reconocimiento de bajo perfil, un trabajo para los Exploradores independientes que aceptan las sobras que los poderosos desechan. O, en mi caso, las sobras de las sobras.
Me dirijo al punto de encuentro, la mochila a la espalda y un escudo de metal reforzado en la mano. En mi mente, las palabras que me repito todos los días, como un mantra que ya no tiene fe, se activan: “Si debo cargar con todo, lo haré. Ese es mi Girigiri.” Sobrevive. Solo un día más. La ironía es que, a diferencia de los héroes de los libros, mi deseo no es salvar el mundo, sino simplemente ganarme el derecho de vivir en él sin sentir que estorbo.
El sol ya se había ocultado por completo, tiñiendo el cielo con tonos de naranja, violeta y un melancólico rojo óxido que se sentían ajenos al ambiente sombrío de la zona industrial. Llegué al punto de encuentro, una intersección polvorienta entre esqueletos de fábricas y chimeneas de ladrillo caídas.
Ya estaban allí, los tres exploradores que había visto en la notificación de la app. Los gremios solo llamaban a los mejores; a mí, me llamaban porque no había nadie más dispuesto a hacer de carnada.
El primero era un tipo macizo, con músculos que parecían esculpidos en roca. Su barba rojiza se enredaba en la mandíbula cuadrada, y un Hacha de Combate Colosal, casi tan grande como él, descansaba en su hombro. El emblema de su gremio brillaba con la placa de Rango B. A su lado, una mujer de expresión fría jugaba con un pequeño orbe de luz azul pulsante entre sus dedos, como si fuera una canica de cristal. Su túnica de maga era de un blanco inmaculado, y las runas que cubrían sus manos destilaban un aura gélida de poder. Ella era Rango C. Y, por último, un joven de apariencia serena y casi aburrida se apoyaba en un muro, su mirada escaneando con desinterés. Su Lanza de Acero Cromo tenía una punta brillante y afilada. También era Rango C.
El hachero me vio llegar. Una mueca de burla y desdén se dibujó en sus labios. Soltó una carcajada profunda que resonó en el silencio de la tarde.
—Ahí está el Rango F —dijo con voz grave y áspera, como si estuviera anunciando el chiste más viejo del mundo—. Pensé que te habías perdido, escudero.
No respondí. La indiferencia era el único escudo que tenía contra su desprecio, un muro de apatía que construía con los años. La maga me dio una mirada de reojo, sus ojos de hielo reflejaban una lástima tan palpable que me hizo sentir aún más patético. El lancero ni siquiera se molestó en girar la cabeza. Ya estaba acostumbrado. Ellos buscaban una distracción. Una carnada. Y yo era el cebo perfecto.
El Nexo apareció de repente, no en el cielo como la mayoría, sino directamente en el suelo. Un agujero de gusano de un color púrpura oscuro se abrió en la tierra, sus bordes brillando con una energía eléctrica errática. La distorsión del aire a su alrededor hacía que el mundo se viera ondulado, como un espejismo vibrante.
El hachero avanzó sin esperar, y con un gesto brusco de la cabeza nos indicó que entráramos. El lancero y la maga le siguieron de inmediato, sus pasos firmes y decididos, sin un ápice de vacilación.
Cuando me tocó a mí, sentí una presión violenta en la espalda. Una fuerza brutal me lanzó hacia adelante, directamente al centro del vórtice.
Un destello de furia, caliente y rápida, me atravesó el pecho. No podía creer que lo hiciera tan descaradamente. Mientras mi cuerpo giraba en el aire, pude ver la sonrisa satisfecha y cruel del hachero.
—¡Malditos bastardos! —grité, una maldición que se perdió en el rugido ensordecedor del portal dimensional, que nos absorbió sin piedad.
Aterricé de forma brusca. El impacto, aunque amortiguado por mi instinto Girigiri, me sacó el aire de los pulmones. La luz aquí era tenue, filtrándose desde fisuras en el techo de roca, y un hedor a moho, ozono y tierra mojada llenaba el aire. Estábamos en una especie de caverna gigantesca, tan vasta que parecía un túnel subterráneo sin fin.
Y entonces los vi.
Una horda mixta: Goblins con lanzas oxidadas, Demonios Blancos de cuerpos pálidos como la leche y ojos rojos, y lo más extraño, Elfos de Tierra, criaturas de pieles rocosas con arcos hechos de ramas endurecidas.
Lo peor fue que el hachero, con su empujón, me había lanzado directo hacia el grupo más numeroso de criaturas. Un goblin de orejas puntiagudas me vio caer y lanzó un grito agudo, alertando al resto. De inmediato, la mayoría de los monstruos se abalanzó sobre mí. Sus gritos y sus rugidos eran una sinfonía de muerte, y sus miradas de depredadores se fijaron en mi escudo de metal.
Unos pocos monstruos, por instinto o simple curiosidad, se desviaron hacia mis “compañeros”. Y fue entonces cuando se reveló el abismo que separaba al Rango F de la élite.
El hachero (Rango B) ni siquiera se detuvo. Desplegó su Nexo, y la hoja de su Hacha Colosal se envolvió en un aura rojiza que vibraba con potencia.
—¡A la mierda con la limpieza! ¡Corte Atronador! —rugió.
Balanceó su arma con una sola mano, pero el golpe no fue un simple tajo; fue una ola de fuerza bruta que cortó el aire con un silbido aterrador. Un goblin y un demonio blanco intentaron atacarlo por los flancos, pero el hacha era una segadora. Con un solo golpe transversal, el goblin fue partido en dos desde el hombro hasta la cadera, y el demonio fue decapitado antes de que pudiera siquiera completar su ataque. La onda de choque residual de su habilidad golpeó a tres goblins más, lanzándolos contra el muro de la caverna con una fuerza tan destructiva que sus huesos se rompieron antes de tocar la roca.
La maga (Rango C) no se quedó atrás. El orbe azul en su mano creció, convirtiéndose en una esfera de luz cegadora que irradiaba un frío ártico. Con un movimiento elegante y preciso de sus dedos, murmuró una runa antigua.
—Serpientes de Escarcha.
De la esfera surgieron filamentos de hielo azul brillante que se movieron como serpientes veloces y silenciosas. Tres goblins que intentaban flanquearla fueron alcanzados al instante. Los filamentos no solo los atravesaron; infundieron una congelación absoluta. En un instante, los cuerpos de los monstruos se transformaron por completo, volviéndose estatuas de hielo perfectas que se rompieron en miles de fragmentos cristalinos al caer al suelo. No había sangre, solo trozos de escarcha que se evaporaban rápidamente.
El lancero (Rango C), con una precisión que rozaba la perfección, ya estaba en movimiento. Su velocidad era superior a la de los otros dos. Un Elfo de Tierra intentó dispararle una flecha de rama, pero el lancero solo hizo un movimiento mínimo con la cadera para esquivar, y su lanza ya estaba actuando.
—Estocada Fantasma.
Su arma perforó la coraza rocosa de la criatura como si fuera papel húmedo. El golpe fue tan rápido que el elfo ni siquiera se dio cuenta de que había sido atacado hasta que su cuerpo se desintegró en un puñado de tierra y polvo. Su lanza se movía con una fluidez mortal, y cada estocada era un golpe fatal, una inyección de energía pura directamente en el corazón del enemigo.
Mientras yo corría, esquivando garras, lanzas y flechas que pasaban rozando, pude ver cómo los tres avanzaban hacia la siguiente puerta del túnel, sin inmutarse por la carnicería que acababan de causar. Sus pasos eran firmes, sus rostros impasibles. Estaban en su elemento, usando cada onza de su poder de manera eficiente y letal.
El hachero, al pasar junto a mi posición de escape, me echó una última mirada. Había una mezcla de lástima y burla en sus ojos, como si estuviera observando a un animal de circo hacer su truco. No me dio la más mínima importancia. Y, francamente, en ese momento de adrenalina, yo a él tampoco. Al fin y al cabo, este era mi trabajo. Mi rol. El de señuelo.
Corría. Los monstruos me seguían, una manada de depredadores que se creían dueños de la noche, atraídos por la debilidad obvia del Rango F. El Girigiri no me daba fuerza para atacar; me daba la tenacidad absoluta para evadir, para soportar, para aguantar. Mi cuerpo, aunque golpeado, se regeneraba instantáneamente de pequeños cortes y magulladuras, alimentando un pequeño y creciente fuego de Deber Acumulado en mi interior.
Era lo que tenía que hacer. Era el escudero del fango, el paria que era lanzado al infierno para que los demás pudieran avanzar sin esfuerzo. Después de todo, era lo único para lo que servía mi Nexo. Por ahora.
Y de repente, todo cambió.
En medio de la carrera desenfrenada, con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho, sentí un ligero y fugaz “pop” en mis rodillas, como si algo se hubiera liberado. De la nada, mi cuerpo se aligeró, mi velocidad aumentó. No era la aceleración desesperada del miedo, sino una fluidez instintiva que me llevó más allá de mis límites habituales. Era un movimiento que no reconocía, algo que mi cuerpo, que siempre había sido tan predeciblemente débil, no debía ser capaz de realizar.
Alcancé una velocidad vertiginosa, dejando atrás a los goblins más lentos. Pero el alivio duró poco. Los más rápidos, aquellos demonios blancos y elfos de tierra, me acorralaron contra una pared rocosa. Los gritos de la horda me rodearon, un coro ensordecedor de rabia y hambre. Levanté mi escudo, preparándome para el impacto, pero sabía que no serviría de mucho.
Un demonio blanco me atacó primero. Su garra afilada, pálida y larga, se clavó en mi hombro con una fuerza brutal. Sentí el dolor, la piel rasgándose, el músculo desgarrándose... y al instante, nada. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo, y en el punto exacto donde la garra se había hundido, el tejido se unió de nuevo. La sangre que había brotado se coaguló y se reabsorbió como si nunca hubiera estado allí. Los músculos se reconstruyeron, los huesos se realinearon. Todo en un abrir y cerrar de ojos.
El demonio, con una expresión de perplejidad, retiró su garra. Lo miré, y la confusión en sus ojos era la misma que sentía en mi interior. Otro demonio blanco me mordió en la pierna, con sus dientes afilados como cuchillos. Y de nuevo, el mismo proceso. Sentí el desgarro, la sangre manchando mi pantalón... y luego la sensación de un calor intenso, como si una fiebre repentina se hubiera apoderado de mi pierna. El dolor desapareció, la herida se cerró.
Los ataques y desgarros me golpeaban por todas partes, en la espalda, en los brazos, en las piernas. Los monstruos parecían una banda de frenéticos cirujanos. Pero cada herida se curaba al instante, como si tuviera un rebobinado biológico en mi cuerpo. No entendía por qué. Mi habilidad, mi Nexo Girigiri, era un desastre. Era la incapacidad de mejorar, de progresar, la maldición de la debilidad. ¿Qué era esto? ¿Un error en el sistema? ¿Un efecto tardío de mi habilidad? O, peor aún, ¿una trampa que me llevaría a una muerte más horrible?
El miedo no se fue, pero se mezcló con una desconcertante curiosidad. Mi cuerpo se defendía solo, con una regeneración que no tenía sentido. Me convertí en un muñeco de trapo, soportando los golpes de los goblins y los ataques de los demonios, esperando a que la regeneración hiciera su trabajo. Los monstruos, confundidos, empezaron a atacarse entre ellos, sus gritos de rabia se convirtieron en gemidos de frustración.
En la distancia, pude ver a los tres exploradores de Rango B y C, que ya habían cruzado la siguiente puerta. La luz de sus Nexos se desvanecía en la oscuridad del túnel. Ellos no vieron lo que estaba pasando. No vieron mi milagrosa y extraña regeneración. No sintieron la confusión que me invadía. Para ellos, yo solo era el señuelo, el sacrificio que les había dado el tiempo suficiente para pasar al siguiente nivel. Y eso, pensé, era lo más irónico de todo. Lo único que me mantenía vivo en ese momento era una habilidad que no tenía por qué existir, una habilidad que me hacía invencible, pero que solo servía para soportar el abuso.
Pero antes de que el grupo de tres pudiera desaparecer por completo, una sombra gigantesca se cernió sobre la entrada. La luz del túnel pareció extinguirse ante la presencia de una criatura de pesadilla. Un coloso de cuatro metros, una silueta mineral y humanoide que se movía con una lentitud amenazadora. Sus ojos, dos rendijas de magma ardiente, brillaban en la oscuridad, y su cuerpo estaba hecho de algún metal o mineral oscuro y sin pulir, con la textura áspera de la roca volcánica. Sobre su espalda, dos enormes alas de águila, también de un material rocoso, parecían capaces de desgarrar el mismo aire. El resto del cuerpo, sin género, era un lienzo desnudo de poder primario.
El coloso rugió. No era un rugido de ira, sino un sonido gutural y profundo que hizo temblar el suelo y las rocas de las paredes. Como si fuera una señal, los monstruos que me habían estado persiguiendo se detuvieron en seco. Sus ojos, antes llenos de rabia, se llenaron de un pavor primitivo. Sin dudar, se dispersaron, corriendo en todas direcciones y desapareciendo en las sombras de la caverna. No comprendí la reacción, pero no le di importancia. Solo había una cosa en mi mente: la salida. El portal se estaba cerrando, la luz púrpura parpadeaba, prometiendo un escape que me sacaría de ese infierno.
Corrí con todas mis fuerzas, el “pop” en mis rodillas y la extraña regeneración dándome una velocidad que no reconocía. Subí a la cima de un promontorio rocoso que daba a la puerta y, al mirar hacia el otro lado del túnel, la escena se grabó en mi memoria para siempre. En lugar de ver a mis compañeros entrar al siguiente portal, vi el resultado de su arrogancia. El trío había sido brutalmente masacrado. El paisaje estaba pintado de un rojo oscuro, un festín para los carroñeros de la oscuridad. Mi estómago se revolvió con la visión de las rocas manchadas de sangre, los miembros y órganos esparcidos sin compasión.
El olor a hierro y muerte me llegó a la nariz, y no pude evitarlo. Me arrodillé y vomité, mi cuerpo temblaba con una mezcla de horror y náusea. En ese momento, la supervivencia y la confusión por mi habilidad se desvanecieron. Solo había shock.
Una sombra se cernió sobre mí. El coloso. Me había percatado de su presencia justo cuando un rugido silencioso resonó en mi cabeza. Al darme la vuelta, la criatura ya no estaba donde la había visto. Estaba detrás de mí, sus ojos de magma ardiente examinándome con una curiosidad que me heló la sangre. Levantó su mano mineral, un gesto casual, y un manotazo me azotó contra el muro de la caverna con una fuerza que hizo que mis huesos crujieran.
No sentí dolor. Solo la presión abrumadora de un poder que superaba todo lo que había conocido. El mundo se volvió borroso por un instante, y después de unos segundos, la criatura me lanzó como si fuera un muñeco de trapo. Mi cuerpo giró descontrolado, perdiéndose en la oscuridad del abismo rocoso.