La Promesa del Invierno
Nunca supo exactamente cuándo empezó a soñarla otra vez. A veces aparecía entre la niebla de un andén vacío, con el abrigo rojo que tanto le gustaba; otras, estaba junto a él en la vieja casa del lago, repitiendo palabras que jamás recordaba al despertar. Pero siempre era ella. Siempre con esa mirada triste, como si también supiera que ya no pertenecía a este mundo.
Se habían amado en silencio, muchos años atrás. Amor de los que arden sin hacer ruido, de los que se entienden con solo una mirada. Él solía decir que estaban hechos del mismo invierno: fríos por fuera, pero con fuego adentro. Y quizá por eso el destino se los cobró temprano.
La última vez que la vio con vida fue en esa misma casa del lago. Ella hablaba de irse, de empezar lejos, donde la nieve no los siguiera. Pero él, orgulloso y temeroso, le respondió con ese silencio cruel que solo los cobardes saben usar. Ella lo miró, sonrió triste, y dijo: —Si alguna vez me sueñas, será porque todavía me debes algo.
Murió tres semanas después, en un accidente del que él nunca supo todos los detalles. Solo el sonido del teléfono y la voz al otro lado, rompiendo su nombre como si fuera vidrio.
Desde entonces, volvió al lago cada año, el mismo día, a la misma hora. No por fe, sino por costumbre. Encendía una vela, dejaba una flor seca en el alféizar, y se quedaba mirando el agua, esperando. Y el invierno siempre cumplía su promesa: el viento soplaba igual, el cielo se abría del mismo modo… y por un instante, juraría oírla.
Una noche, cansado de esperarla, habló al vacío: —Si todavía estás ahí… ven. No me importa si es en un sueño.
Esa vez no fue un sueño. La vela titiló y la vio, de pie, en el reflejo del agua. Llevaba el abrigo rojo, igual que antes, pero su rostro estaba pálido, casi transparente. Él quiso acercarse, tocarla, pero el lago empezó a temblar, y la imagen se rompió en mil ondas.
—Te lo advertí —dijo una voz, tan suya como ajena—. Nadie regresa del invierno.
A la mañana siguiente lo encontraron dormido junto al lago, con la vela consumida y un hilo de escarcha sobre los labios. En el agua, el reflejo mostraba dos figuras abrazadas bajo la nieve.
Desde entonces, cada invierno, los aldeanos aseguran que en las noches más frías se ven luces junto al lago, y que el viento lleva una voz que repite:
Algunos amores no mueren… solo esperan el momento de que el otro los alcance.