Capítulo 1
La lluvia golpeaba los ventanales del St Thomas' Hospital con una cadencia constante, mientras el reloj marcaba las 2:17 a. m. Lucas Carter se frotó el rostro, cansado, pero aún despierto gracias al café frío que reposaba sobre la bandeja metálica a su lado. Las noches largas en urgencias se habían vuelto costumbre, aunque raras veces traían algo más que accidentes menores y peleas de bar.
Hasta que la puerta de urgencias se abrió con fuerza.
-¡Doctor Carter, venga rápido! -gritó una enfermera.
Una camilla atravesó el pasillo escoltada por paramédicos. El hombre que yacía sobre ella no gritaba, no se quejaba, no pedía ayuda. Mantenía los ojos abiertos, fijos en el techo, con una expresión helada, controlada, como si ni siquiera la sangre en su costado le quitara el dominio.
-¿Trauma por arma de fuego? -preguntó Lucas, ya acercándose mientras se ponía los guantes.
-Sí. Hallado en un callejón en Waterloo. No quiso que lo llevaran a ningún hospital, pero estaba perdiendo mucha sangre -dijo el paramédico, en voz baja-. Tenía un arma escondida. La policía no ha sido informada... aún.
Lucas frunció el ceño, mirando por primera vez al paciente:castaño, de rostro definido y mandíbula marcada. Ojos que no parpadeaban, ni siquiera al sentir el contacto del médico examinando la herida.
-¿Nombre? -preguntó Lucas.
-Matteo Romano -respondió el herido, con un tono grave, bajo y sin vacilar.
La voz era firme, educada, pero con un peso extraño. Como si no estuviera pidiendo ayuda, sino permitiendo que lo atendieran.
Lucas no dijo nada. No podía. El nombre no le era ajeno. Había escuchado rumores. Romano: un apellido ligado a negocios turbios, silencios comprados y calles manchadas de miedo en el lado sur de Londres.
Pero no podía rechazarlo. Era un médico. Y ese hombre, peligroso o no, necesitaba atención.
-Lo llevaremos al quirófano -dijo con calma profesional, aunque sus ojos seguían evaluando la expresión imperturbable de su paciente-. La bala está alojada, pero no tocó órganos vitales. Tienes suerte.
-Nunca he creído en la suerte, doctor -respondió Matteo, sin moverse, con voz áspera.
Durante la operación, Matteo no dijo una sola palabra más. Aguantó el dolor con el ceño fruncido y la mirada fija en el techo. Su cuerpo estaba tenso, pero no por miedo, sino por hábito. Era evidente: ese hombre vivía en alerta.
Lucas cerró la herida con precisión. Al terminar, se quedó unos segundos observándolo, preguntándose qué haría alguien como él en su hospital. Pero Matteo, aunque débil, parecía aún tener el control.
-Te quedarás en observación unas horas -le dijo Lucas.
Matteo giró apenas el rostro hacia él. Lo miró con intensidad, como si ya supiera algo más de Lucas que él mismo ignoraba.
-No diré mi apellido otra vez. Si alguien pregunta... no me viste entrar.
-No se preocupe, señor. No diré nada -dijo Lucas con un leve asentimiento, manteniendo la compostura.
-Más le vale -respondió Matteo, sin elevar la voz, pero con una firmeza que hizo que la frase pesara en el aire.
Lucas no respondió. Se quedó ahí, en silencio, mientras lo trasladaban a una sala privada.
Y aunque esa noche parecía haber terminado como tantas otras, algo le decía que el encuentro con Matteo Romano solo era el principio. Un principio que, sin saberlo, también lo acercaba a descubrir quién era realmente... y de dónde venía.
Ya en la sala,La enfermera cerró la puerta con suavidad, dejando a Lucas y Matteo a solas por unos minutos más. El zumbido bajo de las máquinas de monitoreo llenaba el silencio.
Lucas repasaba mentalmente los procedimientos mientras organizaba su instrumental. Sentía la mirada de Matteo sobre él. No era una mirada de agradecimiento, ni de simple curiosidad. Era fría, calculadora, como si estuviera evaluándolo.
-¿Siempre eres tan obediente, doctor? -preguntó Matteo de pronto, con un deje de ironía apenas perceptible en su voz grave.
Lucas levantó la vista, sin perder la calma.
-No. Solo cuando la vida de alguien depende de ello.
Un destello fugaz cruzó los ojos verdes de Matteo, casi como una mueca de algo que no llegó a ser una sonrisa.
-Buena respuesta.
Se acomodó contra la almohada, aunque el movimiento le arrancó una leve contracción de dolor que intentó disimular. Lucas se acercó y ajustó el gotero de analgésico.
-No debería moverse tanto -comentó, mientras revisaba las constantes vitales-. La herida fue limpia, pero no queremos complicaciones.
-Estoy acostumbrado a cosas peores.
Lucas alzó una ceja, pero no preguntó. Aprendió hace mucho que, a veces, era mejor no saber más de lo necesario.
-Mañana vendrá el supervisor a hacer rondas -dijo Lucas, bajando la voz como si confiara un secreto-. Tendrás que tener una historia. Algún accidente creíble.
Matteo lo miró de reojo, evaluándolo de nuevo.
-Ya tengo una historia. Solo necesito que la sigas.
Lucas asintió, un poco contra su mejor juicio.
-Lo haré.
Cuando se disponía a salir de la habitación, Matteo habló de nuevo.
-Doctor Carter.
Lucas se detuvo en seco. Voltio lentamente la cabeza.
-Gracias -dijo Matteo, esta vez en un tono tan neutral que apenas se notaba si era sincero o no.
Lucas solo asintió, cerrando la puerta detrás de sí. Mientras caminaba por el pasillo solitario, no podía evitar preguntarse qué clase de vida había tocado esa noche... y, aún más inquietante, qué pasaría cuando esa vida volviera a cruzarse con la suya.
Porque algo dentro de él -algo profundo, instintivo- sabía que esto no terminaría en una simple herida de bala.
Era solo el principio.
Continuará....