DANGEROUS LOVE II

All Rights Reserved ©

Summary

A veces el amor no muere; solo cambia de forma. Minah sobrevivió al infierno, pero la herida que dejó Irina no sanó. Mientras el mundo la da por muerta, una nueva red criminal emerge bajo un solo nombre: la Reina del Espejo. Irina domina Moscú con la sangre fría de quien amó una vez y perdió todo. Pero cuando los fantasmas regresan con rostro familiar y ojos que alguna vez la perdonaron, la lealtad, la venganza y el deseo se confunden en un juego mortal donde solo una puede ganar. El amor es un arma, y esta vez, alguien apretará el gatillo.

Status
Complete
Chapters
27
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+

El cuerpo que no murió

Despertar ha sido una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Lo sé porque durante semanas mi cuerpo fue una prisión; los músculos no respondían, pero mi mente nunca se apagó.

No estaba en Corea. Lo supe por los acentos, por el sonido del viento frío colándose por una ventana vieja, por el eco metálico de las botas sobre el suelo. Las voces de los hombres eran un murmullo constante, a veces risas, otras gritos.

Pero entre todas, había una que reconocería incluso entre mil.

Cada vez que la escuchaba, mi corazón se traicionaba y golpeaba con más fuerza.

Era como si mi propio cuerpo recordara lo que mi mente juró olvidar.

Su voz cortaba el silencio como una hoja fina.

—Qué difícil ha sido protegerte, oficial.

¿Protegerme?

Quise gritar, pero mis labios no se movieron.

“Tu objetivo siempre fue acabar conmigo”, pensé, y las imágenes de aquella noche regresaron como un golpe seco: su mirada, la aguja, su sonrisa.

La traición.

Y entonces algo cambió.

El sonido de una bandeja metálica cayendo al suelo, pasos rápidos, una puerta golpeando contra la pared.

Y una mujer gritando algo en ruso.

La luz roja de alarma se encendió.

El caos.

Una ráfaga de adrenalina atravesó mis venas, y por primera vez, un dedo se movió.

Solo un temblor, apenas perceptible.

Pero lo sentí.

Mi mente gritó una orden, y mi cuerpo obedeció. Un segundo movimiento, luego otro.

El aire me quemó los pulmones cuando mi pecho se alzó con un suspiro entrecortado.

Escuché pasos rápidos, seguros.

Y su perfume. Ese aroma inconfundible de rosas negras y pólvora.

Se acercó a mí. Pude sentir su sombra inclinarse sobre la cama. Sus dedos tocaron mi mejilla con la misma delicadeza con la que se sostiene un arma.

Y por primera vez, mis labios lograron romper el silencio.

—¿Dónde... estoy?

Irina sonrió, esa sonrisa que siempre significa peligro.

—Estás en un lugar seguro.

—¿Seguro? —me río lo poco que puedo, pero el dolor me corta la respiración— Si pudiera matarte ahora mismo, lo haría.

—Relájate, oficial —responde, con esa calma venenosa—Incluso después de salvarte la vida sigues teniendo una bocaza. Si tu cuerpo no estuviera tan débil ya te habría castigado.

La miro. Por primera vez desde aquella noche, la veo realmente.

Su cabello, su mirada, su maldita perfección.

Y la rabia me sube como un veneno.

—¿Estoy viva gracias a ti? Me secuestraste, me drogaste, me tuviste inconsciente durante quién sabe cuánto tiempo… ¿y eso es salvarme la vida? Ya había olvidado lo puta loca que estás.

Irina se encoge de hombros, sin perder la compostura.

—Sí. Esto es salvarte la vida. Era eso, o te ibas a Panamá como mi padre y mi esposa querían.

—¿Dónde mierda estoy?

—Moscú —responde, seca, como si dijera “infierno”.

—¿Me trajiste a Rusia?

—Cálmate. Nadie sabe que estás aquí.

Me quedo en silencio. Siento el frío en el aire, el olor a alcohol y metal.

Y entonces ella añade, casi con orgullo:

—Hace un mes mandé tu cuerpo a Corea del Norte. Todos piensan que estás muerta. Incluso la bratva.

Siento un temblor recorrerme desde el pecho hasta las manos, una mezcla asfixiante de rabia, miedo y esa maldita sensación de alivio que me niego a aceptar.

—¿A quién? —pregunto con la voz quebrada— ¿A quién demonios le enviaste un cuerpo, Irina? ¿Y qué mujer inocente pagó las consecuencias?

—No era tan inocente después de todo —responde con una calma que me enferma— A los soplones hay que silenciarlos.

Entonces lo supe.

La mujer del barco.

La imagen me golpea como una bala.

—Joder, Irina… ¿por qué hiciste eso? —susurro, sintiendo el estómago encogerse— ¿Qué le hiciste a esa pobre mujer para que la psicópata de tu esposa y tu padre creyeran que era yo?

—No te preocupes —contesta fría, casi divertida—Solo una pequeña desconfiguración de rostro. Además, ellos solo vieron una foto... Mandé tu cuerpo al idiota de tu padre.

Mi piel se hiela.

No sé si gritar, llorar o reír.

—¿Qué demonios hiciste, Irina?

Irina se inclina hasta que puedo sentir su aliento en mi rostro.

—Lo único que sé hacer bien, oficial… —susurra, con una dulzura enferma— Mentir para protegerte.

Y entonces lo entendí.

El monstruo estaba frente a mí, y yo había sido tan idiota como para amarlo.

Miro a mi alrededor: paredes blancas, una ventana diminuta apenas dejando entrar aire, una sola puerta con cerradura electrónica.

Mi cuerpo sigue débil, pero mi mente no.

Necesito pensar, calcular encontrar una forma de salir de aquí antes de que vuelva a tocarme.

Y por primera lo tengo claro: no voy a morir aquí.