El Espejo que No Miente (versión extendida)
Nunca entendí lo que significa sentir frío en los huesos hasta esa noche. No era el frío del invierno, ni la brisa que se colaba por la ventana. Era un frío que surgía desde lo más profundo de mí, un escalofrío que recorría cada centímetro de mi cuerpo y me dejaba helada hasta el alma.
Mi habitación estaba en silencio. Los libros apilados en la estantería, las fotos pegadas a la pared y la lámpara encendida daban una sensación de normalidad, de hogar. Pero mi reflejo en el espejo decía otra cosa. Mis ojos… no eran míos. Tenían un brillo extraño, un fuego oscuro que parecía arder por dentro y me observaba con una intensidad que me hizo retroceder.
—¿Quién…? —susurré, apenas audible.
Nada respondió. Solo un silencio que parecía pesar toneladas. Y luego, la vi: una sombra deslizándose por la pared detrás de mí. No era mi sombra, ni la de ningún objeto; se movía con intención, con vida propia. Mi corazón comenzó a latir como un tambor desbocado y el miedo me paralizó.
—Sigue… —susurró la sombra, dentro de mi cabeza, resonando como un eco que había estado esperando ser despertado.
Retrocedí, tropecé con la silla, y mi respiración se volvió agitada, casi incontrolable. Cada instinto me gritaba que corriera, que cerrara los ojos y me escondiera bajo las sábanas. Pero una fuerza que no entendía me obligó a mirar de nuevo.
La sombra se acercó, y pude distinguir un contorno humano, apenas visible, como si emergiera de la oscuridad misma. Y entonces lo escuché claramente:
—Si quieres vivir… sígueme.
Mi mente luchaba entre huir y obedecer. Finalmente, extendí la mano. No hubo contacto físico; lo que sentí fue un escalofrío profundo, un vacío que recorría cada centímetro de mi ser, arrastrándome hacia el espejo.
En ese instante, comprendí algo que me heló la sangre: nada de lo que conocía sobre el mundo era real. Todo lo que creía seguro, conocido y normal, era solo la superficie de algo mucho más oscuro y peligroso.
Y antes de caer de rodillas frente al espejo, una última certeza me atravesó: mi vida humana había terminado.
Cliffhanger: Cuando abrí los ojos nuevamente, ya no estaba sola. Algo respiraba detrás de mí. Y su aliento olía a hierro y a muerte.
