1 | La Primera Fisura
Era otro día en el cuartel de entrenamiento a las afueras de Minsk. Los jóvenes soldados vagaban como sombras por los pasillos; pasillos tristes de matices grises. Dentro de su barraca, el aire tenía el denso y familiar olor a sudor rancio, cloro y estufas de carbón mal ventiladas. Aunque a muchos les resultaría desagradable y nauseabundo, Nikolai solo lo percibía como hogar.
El reloj marcaba las 5:00. Dmitri observaba a Nik, la expresión de sus ojos era de profunda pena, pues había escuchado cómo su querido “amigo” sollozaba debido a pesadillas o pensamientos intrusivos que no lo dejaban dormir. Antes de que sonase la sirena, Dima se apresuró a despertarlo, queriendo cuidarlo a toda costa. Estaba claro que ese ruido ensordecedor no era la mejor alarma para absolutamente nadie en el cuartel.
—Kolya, ya es hora —dijo con un tono bajo, casi un murmullo.
Nikolai abrió sus ojos color azabache, el enrojecimiento era notorio. Con una delicadeza que no estaba permitida, Dmitri rozó la mejilla de Kolya con la yema del pulgar, moviéndolo en un vaivén suave y lento.
— ¿Hay alguien? —preguntó Nik, con su voz quebrada de tanto llorar—. Necesito abrazarte.
— No hay nadie, mi niño —murmuró Dima.
Inmediatamente, este lo abrazó, lo suficientemente suave para no romperlo y lo suficientemente fuerte para no soltarlo. Pero este pequeño momento de felicidad duró solo un parpadeo.
Alguien abrió con tal brusquedad que la madera golpeó la pared de cemento. Se trataba, sin duda, del Comandante Andrei, quien siempre se aseguraba de que las estufas de carbón funcionaran correctamente en el crudo invierno.
Se congelaron.
Por suerte, la brutalidad del ruido solo les dio tiempo para romper el abrazo. Andrei ya había entrado, el sonido seco de sus botas de cuero resonó por la habitación. Llevaba su linterna en la mano derecha y dirigió la luz hacia ellos.
— ¡Dmitri! ¡A tu catre de inmediato! ¡Y no quiero oír un solo susurro más en esta barraca!
El estruendo del portazo de antes había sido una puñalada para Dima. Desde niño, aborrecía los ruidos fuertes, y la orden gritada le hizo crispar la mandíbula. Sin embargo, logró ignorar su mayor debilidad, solo por la necesidad de proteger a Nik.
Dmitri no dudó. Se irguió con la rigidez militar requerida y se dirigió a su litera. Sus movimientos eran rápidos y mecánicos.
Nikolai, por su parte, se concentró en ralentizar su respiración. Preocupado, se colocó una mano en el pecho. Podía sentir unos latidos bruscos y seguidos, pero, en el último segundo, logró controlarse lo suficiente para que no fuera tan obvio.
— ¿Feliz? —preguntó Dima, su voz un tono más bajo que el del Comandante, pero llena de la furia que llevaba guardando desde hacía tiempo.
El Comandante Andrei, terminando con la estufa, se giró hacia el joven transgresor. No gritó. No lo esposó. Simplemente se dirigió hacia él. Su sombra cayó sobre Nikolai, y por un momento, el soldado pensó que la violencia estallaría.
Pero solo escuchó dos palabras, pronunciadas sin furia, con la autoridad más fría de todo el Ejército Rojo:
— Mañana hablamos.
