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Summary

Pierce Anderson lo tenía claro: el dinero lo compra todo. El poder, el respeto y a las personas. Pero Tatsumi Itaou no fue uno de ellos. El criminal más ruin que ha conocido. El mismo al que deberá entregarse durante dos meses, sacrificando algo más que su dignidad. No se soportan. Vienen de mundos y clases opuestas. Pero comparten algo más profundo que el odio: una sombra que les carcome el corazón. La sombra de alguien a quien ambos amaron. Y cuyo fantasma, decidirá a cuál de los dos destruir primero.

Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

La consecuencia que lo llevó a el

Se un hombre de verdad. Te enseñaré a ser uno de verdad.

Las amarguras de aquellas palabras persistieron por mucho tiempo en la mente de Pierce Anderson. Sofocantes, ásperas, algo a lo que tuvo que aferrarse nocivamente en el apogeo de su juventud. Pero no por mucho tiempo. Empezó por su maldito progenitor quien había dejado una huella indeleble y corrupta en él. También el reflejo de un hombre indiferente ante sus propias y deplorables conductas. Alguien incapaz de amar. Incapaz de empatizar con los sentimientos ajenos porque, francamente, lidiaba con unos ideales trastornados. Especialmente en el amor.

Pese a que su padre no le concedió un afecto significativo, contaba con algo más valioso a su disposición, que verdaderamente, merecía dispensarle. Fue un doce de noviembre, en el cumpleaños de Pierce, en el que su padre convocó una reunión familiar, cuya finalidad era designar al sucesor de la empresa. Orgullosamente, le había legado la facción, que desde entonces dicha empresa, tan elitista como siniestra, había estado operando en la ciudad de Rosemoor. Un imperio brutalmente podrido en una interminable fortuna por medio de sus insólitas fechorías. Trató a su hijo como un hombre, digno de la herencia, más que los otros inútiles de sus hijos, quienes no eran tan merecedores de su atención. Su madre también estaba orgullosa. En definitiva, ese día fue un punto determinante que no solo definió su futuro, sino también el tipo de ser humano en el que se convertiría. Y así parecía: a la larga, la nociva influencia de su padre resultó esencial para forjar su carácter y para que pudiera adoptar un rol tan arduo. Fue lo que lo que convirtió, en transcurso de su liderazgo, en un jefe frío y despiadado.

En los nueve años posteriores a la herencia del legado de su padre, Pierce se ganó cierta reputación, por así decirlo, bastante especial. Ciertamente, podría suponerse que un hombre como él alardearía de su estimable prestigio, pero nunca se vio envuelto en dicha necesidad. Simplemente porque, para su certeza eran los demás quienes se ocupaban hablar de él. Y esa maldita atención, era lo que le encantaba.

Aun cuando, le llovían etiquetas alarmantes y de todo tipo, le resultaron irrelevantes, como de igual manera, no era nada que pudiera afectar su ser en lo absoluto. La insignificancia de que sus amantes lo consideraran una tal desdicha, de que dañara con su atroz egoísmo, de que fuera un hombre que, sin avisar, te dejaba con el corazón desoladoramente fragmentado, de que tuviera fama de jugar cruelmente con los sentimientos, de que le encantara dentro de su perversa diversión, humillar a quienes repudiaba, de arruinarles la vida o de que tuviera una brutal sinceridad carente de empatía, ¡jamás fueron razones que lo angustiaran! Y, desde luego, tampoco se cuestionaba la bajeza de sus acciones. ¿Cómo iba a preocuparle si, de todos modos, su reputación no se había visto perjudicada? Estaba claro que tenía mucho que ver con el poder que tenía bajo su merced. Absolutamente nadie se atrevía a ponerlo en su lugar.

Dentro de sus retorcidos placeres, ese papel era uno de los que le generaban un grato gusto. La gente que lo rodeaba solía decir que, al menos, todavía conservaba la decencia de respetar en cierta medida a sus seres queridos: amigos, familiares y compañeros; aquellos a quienes todavía les guardaba cierto aprecio.

Demasiado bueno habría sido si lo hubiera tenido en cuenta, pero ni ellos pudieron eludir sus insesibles fechorías, lo que los sucumbió a un pesar emocional.

Tanta malicia desplegada, era evidente que pronto lo pagaría. Seguía siendo consciente de que la suerte no siempre estaría de su lado, pero ¿por cuánto tiempo seguiría saliéndose con la suya? Llevaba mucho tiempo sin tener que afrontar las consecuencias de sus actos. Terminó aceptando, para su sorpresa, que la suerte dependía absurdamente de él. Que había nacido siendo un hombre con preocupaciones fácilmente desechables. No ocupaba responsabilizarse de nada. Nada que el dinero no pudiera resolver, quebrantando la dignidad de cualquiera.

Pero ese nada culminaría pronto en cierta desorientación que trastocó su imperturbable vida, haciéndola impactar contra un muro desconocido.

Ya no podía convencerse de si lo que hizo fue solo un desliz que se le escapó de las manos. Al principio pudo ser así, pero acabó convirtiéndose en una terrible coincidencia que con el tiempo pensó que olvidaría, porque ¿qué podría salir mal al acostarse con la nueva pareja de su mejor amigo, Dan? Por supuesto, le costaría soportar un par de lágrimas por su parte. Pero nada que perturbara su vida en realidad.

Sin embargo, sus inquietudes comenzaron a aflorar una noche de lluvia incesante, con una brisa inquieta que estremecía los árboles y las ventanas. En ese momento, Pierce abrió la botella de whisky y se sirvió un buen trago en el vaso de cristal.

Su mejor amigo Dan estaba desaparecido. Tenía días sin reportarse del trabajo, mismo donde trabajaba para la empresa de Pierce. Su ausencia había sido el detonante para que sus amigos analizaran paso por paso la situación.

Durante una llamada con Brad, otro amigo suyo y empleado también, mantuvo el móvil apoyado en el hombro, sosteniéndolo contra la oreja. Pierce terminaba de verter el whisky en el vaso cuando otro trueno iluminó el minibar de su apartamento.

—Ya te lo dije, Brad—expresó Pierce con un ligero suspiro, después de darle un sorbo a su bebida—Debe estar encerrado en casa, no lo sé, triste todavía.

En ese momento, tuvo que esforzarse deliberadamente para evitar que sus pensamientos se tornaran incontrolables. Le disgustaba preocuparse, ya que no estaba acostumbrado a que su mente se saturara de tanta inquietud sobre las nefastas posibilidades en las que podría encontrarse su amigo.

Dan no se había reportado lo últimos siete días. No contestaba las llamadas. Los mensajes no llegaban. No había señales de su presencia. Era muy inusual de su parte desaparecer durante tantos dias y dejar preocupados a sus amigos. Lo que le llevó a pensar que el último incidente, en el que estuvo involucrado, lo hizo considerar una decisión muy delicada. Brad había coincidido en lo mismo cuando lo escuchó decir:

—¡Ay, Pierce! ¡Espero que no haya hecho una tontería!

Se desplazó hacia la sala con el vaso de whisky en la mano, que se ladeaba con los hielos, y se sentó en el sofá, estirando los pies sobre la mesita de cristal. Brad, sin duda, era alguien que se dejaba llevar fácilmente por sus pensamientos. Había que tranquilizarlo porque nunca optaba por ser tan frío como Pierce.

—Cálmate, dudo que haya considerado hacerlo—Pierce alzó una ceja, pensativo. Aunque, por un momento, aquellas palabras le hicieron vacilar. Sabía que, tras las rupturas de Dan, se emborrachaba con facilidad o, en el peor de los casos, intentaba suicidarse.

—Pero tú sabes cómo es el—dijo Brad angustiado—Pregúntatelo de nuevo, ¿crees que no sería capaz?

Pierce permaneció unos segundos en silencio con la vista perdida en el techo. Para él no había nada más miserable que la gente depresiva y con tendencias suicidas. ¡Cómo odiaba a la gente así! Sin mencionar que, indirectamente, él había provocado el suicidio de algunas de sus amantes a las que arruinó la vida. Repasó las anécdotas de su descabellado historial de amantes. También cuando Dan le decía en algunas fiestas que se quería morir, solo para que Pierce le respondiera amablemente con un "Pues hazlo" y procediera a encender su cigarrillo sin tomarse en serio el grado de sus palabras.

Volvió a dudar un momento mientras se rascaba la cabeza pensativo. No es que lo haya dicho en serio, solo le parecía que quería llamar la atención. Tenía que admitir que fue cruel con su amigo desde siempre y hubo algo particular aquella noche en la que algunas preguntas se arremolinaron en su mente. Se preguntó entonces que, si su mejor amigo Dan se había suicidado, ¿tendría que culparse por ello? ¿Sería responsable? Y, por primera vez, se permitió sentir ciertos remordimientos, algo que no tenía cabida en su vida. Para nada.

En el silencio de la angustiosa situación, con la inquietud desbordada de sus sentimientos fundida con el murmullo de la lluvia, le preguntó a Brad si creía que se había pasado con lo que había hecho. Lo único que pidió era una respuesta sincera de su parte.

—Creo que se pasó demasiado—le respondió finalmente Brad, sonando bastante serio.

—Exactamente, si nunca me hubiera metido con Patrick...

—¡Bueno! Pero de todas maneras, lo iba a terminar engañando con quien fuera.

—Si, sabes, hasta le hice un favor—Pierce sonrió descaradamente—No soy tan malo después de todo.

—Supongo que no...siempre y cuando, él no haya hecho una tontería.

—¿Entonces tengo la culpa? —Pierce alzó una ceja, retando a Brad con su pregunta—¿Y qué culpa tengo yo de que alguien sea tan absurdamente débil emocionalmente?

—No he dicho que tenga la culpa.

—¿Quién la tiene entonces?

—¡No busquemos culpables!

—Si hay un culpable. Y ese es Patrick desde que me restregó su culo en la cara. Además, la última vez que vi a Dan, prometió que estaría bien. Trate de animarlo cuando lo invite por unos tragos.

—¿Y después de ahí...? ¿Cuándo terminaron de beber se aseguró de dejarlo en casa?

—No, solo hablé con él unos minutos y luego...

—¿Y luego...?

—Y luego lo dejé y me perdí. Sí, ahora que lo pienso, debí quedarme esa noche con él, estando tan abatido.

—¡Si debió hacerlo!

—Bueno—sonrió Pierce encogiendo los hombros—, no podemos cambiar el pasado. Asumo mi error—dijo Pierce, llevándose la mano al pecho en señal de "culpa"

—Dios, ya no sé qué decir. Si Dan ha cometido una tontería, significa que...

También fue mi culpa...

Aquel pensamiento volvió a caer de una estocada, como si su consciencia se lo recalcara desde lo más profundo. Muy el fondo así era.

Las palabras de Brad lo mantuvieron reflexivo toda la noche. Volvió a repasar punto por punto cómo había terminado la situación. En ese entonces, solo fue el principio de lo que terminaría descarriándose.

Y todo empezó por un simple juego de miradas y coqueteos.

Sucedió una noche en el club nocturno que solía frecuentar. Pierce, como era habitual, desperdiciaba parte de su tiempo libre entre copas, aunque no se emborrachaba, y seduciendo a cualquiera que se le acercara.

Se encontraba en la zona VIP, que siempre le reservaba su amigo Edgar, el dueño del lugar. Un par de amigos lo acompañaban mientras bebían y jugaban una partida de póker. Sus apuestas eran despiadadas y oscilaban entre lo extremo para estimular su diversión, especialmente con Pierce, al que consideraban todo un bastardo en el póker, dado su afán por elevar las apuestas y acorralar a los demás jugadores.

—¡Maldita sea! ¡Que se jodan! —exclamó Edgar cuando perdió su jugada al ver que las cartas de Pierce eran más altas.

Pierce se sintió complacido y se llevó todo el dinero de la mesa, mientras admiraba los billetes con el sabor sagrado de su victoria.

—Edgar, si no te dejaras llevar fácilmente por las miradas engañosas de tus oponentes, las mujeres dejarían de verte la cara de pendejo —dijo Pierce y dio un sorbo a la piña colada que sostenía.

Las risas de sus amigos resonaron cuando escucharon hablar a Pierce. Edgar se sintió ridiculizado y no tardó en lanzarle una mirada de disgusto. Aunque, en cierto modo, no podía negar que tenía razón, porque ninguna mujer lo tomaba en serio.

—¡Eso es verdad! La última zorra con la que saliste hasta me la terminé follando por el culo —dijo en tono divertido otro de sus amigos, mientras empezaba a barajar las cartas.

—¡Oh! ¿Olivia no? Sí, se le notaba que era una puta. Hasta yo me la cogí—Pierce le lanzó una sonrisa maliciosa sonado en un tono burlón.

Sus amigos continuaron burlándose descaradamente de él y haciendo comentarios despectivos sobre la última chica con la que había salido. Edgar apretó los puños irritado, pero le era aún más irritante que Pierce no tenía el control de su cinismo.

—¡Cállense! Y cállate tú Pierce, que se muy bien las cosas que escondes—Edgar lo miró desafiante señalándolo—y sabes de lo que hablo.

—¿Acaso quieres perder a un cliente tan valioso?—la expresión de Pierce se endureció un poco y su ojos lo miraban un poco más amenazante.

—No—Edgar aclaró la garganta en cuanto sintió el peso de su mirada.

Por supuesto que no quería perderlo, porque Pierce era su mejor cliente y gracias a él había conseguido muchos más. El más que nadie, estaba consciente de su poder y de su capacidad para controlar todo lo que le rodeaba a su antojo. Perderlo o tenerlo en su contra no le convenía. Ni a él, ni a nadie.

—Entonces, Olivia fue una zorra ¿sí o no?—le preguntó Pierce.

—Si lo fue—Edgar asintió con la cabeza.

—¿Y te miro la cara de estúpido?—Pierce ladeó la cabeza.

—Si, me miró la cara de estúpido.

Edgar bajó inconscientemente la mirada hacia los billetes que Pierce continuaba sosteniendo en la mano, comprendiendo la razón de su aprecio. El brillo de sus ojos y su ambición delataban una clara señal de que lo que lo movía a admitir y soportar las humillaciones eran esos dólares que tanto endulzaban al desgraciado, aun cuando se burlaban de él.

En cuanto Pierce puso el vaso vacío sobre la mesa, Edgar llamó inmediatamente al camarero para que se lo cambiara. Quería brindarle la mejor atención a su apreciado amigo, por lo que le gritó al empleado y le exigió que le trajera otra piña colada. Pronto se disculpó con Pierce por la incompetencia de su nuevo empleado, al que recientemente había contratado. Con ese detalle, Pierce entendió por qué ciertas caras no le resultaban familiares: el camarero ya no era el viejo que olía a perfume rancio, sino un chico joven cuyo aroma le resultaba sugerente. Algo en él transmitía una seducción cautivadora, tanto en su mirada como en su manera de caminar.

Aquel novato había intercambiado miradas con Pierce más de una vez y le había visto mirarle con admiración y coqueteo siempre que tenía oportunidad. También se aseguraba de atenderlo, tirando vasos al suelo a propósito y restregándole el trasero por la cara.

No podía culparlo, Pierce ya estaba acostumbrado a ejercer una presencia enigmatica que atraía tanto a mujeres como a hombres, y comprendió que el camarero no había sido una excepción: muy en el fondo de su mirada se reflejaba su inevitable deseo hacia él.

Cuando el camarero se acercó para retirarle la bebida, no le quitó la mirada de encima. Consiguió que el empleado se pusiera nervioso, pues sentía cómo lo evaluaba con la miradas mientras se movía. El aroma del perfume de Pierce lo embriagó, despertando en él una chispa que lo excitó.

El joven se alejó después de recoger la piña colada. Pierce captó la tensión que se había generado por su cercanía, hasta que una idea cruzó por su mente. Volvió a posar su vista en la mesa, donde estaban repartiendo las cartas para la siguiente jugada. Antes de empezar, optó de repente por cambiar la apuesta. Le había dicho a su amigo Edgar que esta vez apostara algo diferente. Edgar, confundido, le replicó que solo tenía dinero que apostar, hasta que Pierce fue franco.

—Quiero que apuestes a tu mesero.

Las palabras de Pierce dejaron a Edgar algo sorprendido. Esperaba cualquier cosa, pero ¿a su maldito empleado que le parecía ínfimo? Aunque pronto recordó que Pierce siempre actuaba con intenciones perversas.

—¿Quieres que apueste al mesero? ¡Tú sí que estás loco Pierce!—Edgar carcajeó—¡Ya sabía que esas miraditas que se lanzaban no eran normal! ¡Vale, apuesto el culo del mesero!

—No quiero que apuestes su culo—Dijo en seguida—Solo quiero se siente aquí, frente de mí y que me lo presentes.

Todos sus amigos lo miraban extrañados, pero con una pizca de interés. Sabían que Pierce estaba tramando algo y se mostraron incluso ansiosos por ver cómo iba a llevar el juego, apostando repentinamente al mesero. En cuanto volvieron a jugar, Pierce ganó la apuesta, como era de esperar.

Edgar procedió hacerle un gesto al camarero para que se acercara, apenas lo hizo, el jefe se puso de pie, lo rodeó con su brazo sobre sus hombros y lo hizo sentarse frente a Pierce. El mesero se le veía algo tímido cuando contempló a los chicos que lo rodeaban, pero aún más cuando tenía frente a él, aquel hombre con el que tanto había fantaseado.

—Este es el nuevo mesero—le dijo Edgar—¡Vamos! ¿No ves al hombre frente a ti que quiere conocerte?

—Hola—dijo Pierce, con la pierna cruzada, y le sonrió—Te invito a un trago.

No le preguntó ni le pidió permiso, no solía hacer eso, sino ser alguien que tomara la iniciativa. El joven no habló, se mantuvo en silencio durante unos segundos. Resultaba increíble que fuera el mismo chico que le devolvía las sonrisas y que lo miraba con tanto interés; ahora parecía que su timidez lo había dominado por completo. Quizá no se vio venir que las cosas llegarían tan lejos.

Edgar tronó los dedos para llamar a otro camarero y pedirle una bebida, que pronto fue puesta frente al joven, mientras barajaban las cartas.

—¿Tú mesero sabe jugar?—le preguntó Pierce en cuanto empezó a recoger las cartas.

—Si señor, se jugar—respondió finalmente.

—Vaya, sabes hablar.

—Pero no tengo nada que apostar.

—Si que la tienes. Podrías apostar tu boca con mamarsela a uno de nosotros.

Las palabras de Pierce lo dejaron boquiabierto. Claro, su falta de tacto lo había tomado por sorpresa. No sabía si sentirse ofendido, ya que, aunque le resultó extraño, no pudo evitar sentirse excitado. Había algo en la franqueza de Pierce que le gustaba.

Sus amigos parecían sorprendidos y al mismo tiempo, divertidos por la manera en la que se desenvolvía la situación. Las burlas no cesaron, y cuando Pierce terminó de barajar las cartas, se las repartió al camarero sin siquiera preguntarle si le apetecía jugar, como si su voluntad no tuviese validez mientras estuviera ahí. Para rematar, le dedicó una sonrisilla con unas palabras provocadoras:

—O podrías simplemente, solo mamarmela a mí.

—¿Disculpa...?—el joven parecía confundido y nervioso.

—¿No te agrada la idea? Porque realmente puedo asegurarte las pocas veces que te he pillado comiéndome con la mirada—Mientras Pierce mantenía su semblante frío, abrió las piernas ligeramente, donde el joven había bajado su mirada sin querer por su entrepierna.

Era indescifrable lo que pasaba por la cabeza del camarero. En lugar de protestar, tomó las cartas y, aunque dudoso, pareció aceptar el juego. En realidad, el chico no parecía tan disgustado por esa idea. Al observar sus cartas, el mesero se quedó helado al descubrir que no tenía ninguna jugada destacada; de hecho, eran las peores.

Lo que menos se esperaba era la derrota de Pierce que, en cambio, resultó victorioso otro amigo suyo.

—¡Oh, sí! ¡Dame todo ese dinero!—luego el chico miró al camarero—Espera, eso significa que me la va a tener que chupar.

—Sí—dijo en seguida Pierce, interviniendo antes de que se negara—Vas a tener que hacerlo.

El amigo de Pierce denotaba su estado de embriaguez y se levantó de su asiento. Con el cierre del pantalón bajado y la erección a la vista, se acercó al joven camarero. Sacudió las caderas juguetonamente restregándole el pene por la cara.

—¡Vamos, hazme una mamada! —dijo, y tomó la cabeza de Patrick con fuerza, empujándola contra su erección—¿Qué pasa? ¡Apostamos tu boca!

La incomodidad de Patrick era obvia, incluso dudó antes de hacerlo, pero la mirada encima de Pierce lo doblegó. El chico había cedido y cuando ya tenía la erección de su amigo en la boca y delante de todos, empezó a chupársela.

Movía con delicadeza la cabeza hacia delante y hacia atrás, introduciendo su miembro hasta el fondo de la garganta. El tipo empujó su cabeza para acelerar los movimientos de su boca y sus manos se colocaron sobre de esta agarrando su cabello.

Los chicos habían optado por sacar sus celulares para grabar la intensa escena que se estaba desarrollando. Cada fotograma quedó guardado en sus teléfonos.

El camarero tenía la boca humedecida y el cabello desordenado mientras seguía chupándole el pene y este terminó pronto de correrse en su boca. Finalmente había liberado su boca de su erección después de pasar la yema de los dedos por los labios para limpiar los rastros de saliva y semen.

—Mierda, se tragó todos mis mecos ¿vieron eso?

Se les oyó gritar y lanzar exclamaciones de sorpresa. Pierce ya estaba barajando las cartas sin borrar la sonrisa de la cara, disfrutando del escándalo que hacían sus amigos, hasta que su voz, que resonaba en el ambiente desbordante y los hacía guardar silencio, dijo:

—Bueno, ya sabes que hay que subir la apuesta, así que vas a tener que apostar algo mejor que solo tu boca—Miró al joven con unos ojos provocadores que parecían penetrarlo—ahora vas apostar tu culo. Te vas a dejar coger.

Sin previo aviso, las cartas volvieron a repartirse. El mesero miró a los demás, que parecían expectantes ante la próxima jugada.

Cuando volvió a mirar sus cartas, sus ojos lo delataron. Bastó para que el juego avanzara rápido y para que el ganador tomara las riendas. La mirada del camarero se iluminó cuando miró a Pierce con la tirada más alta, y le recorrió una sensación eléctrica. Pierce le dedicó una simple sonrisa. No hizo falta que dijera nada para el siguiente movimiento.

Así había sucedido en el frenético desenlace de esa noche. Los gemidos y jadeos se intensificaron, inundando el baño del club con el sonido de la música de fondo haciendo vibrar las paredes.

Pierce tenía al mesero acorralado contra la pared, de espaldas. Su pene se hundía profundamente en la estrecha cavidad de su interior. El ritmo de sus embestidas se intensificaba cada segundo, mientras movía las caderas hacia adelante sintiendo cómo el trasero del mesero apretaba su miembro. Los gemidos del mesero empezaban a ser escandalosos, tuvo que taparle la boca con la palma de su mano para callarlo y que únicamente el choque de sus pieles fuera lo único que los unía.

Los ojos del mesero se humedecieron, cuando sentía cada embestida llegar hasta el fondo. Estuvieron así un buen rato en el baño.

No podía aguantar mucho tiempo cuando su cuerpo empezaba a estremecerse de placer. Lo estaba disfrutando, demasiado. Había anhelado tanto ser follado por ese hombre, que deseaba perdurar y prolongar aquel momento. Sentía que iba a perder la cabeza. No podía pensar en nada, su mente estaba en blanco.

Aquella excitación de sensaciones que se habían ido acumulando estalló de pronto, al mismo tiempo que Pierce se vino dentro de él.

El mesero estaba agitado y con la mirada todavía perdida en el orgasmo. Pierce había retirado su miembro, deshaciéndose del condon y contemplaba el desastre que había dejado en el. Sus piernas temblaban sin fuerzas, mientras el chico empezaba a asimilar la cogida que le acababan de brindar.

Pierce se alejó sin dedicarla una palabra, volviendo a su habitual desinterés. Después de relajarse un poco, se subió el cierre de su pantalón. Antes de salir, metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó un par de billetes y los dejó a un lado de él.

—Casi me olvido de tu propina.

Después se marchó como si nada, dejándolo ahí. No tenía mucho interés en quedarse ni en conocerlo. Lo que no se esperaba, era que al engancharse sexualmente con aquel chico terminó siendo su peor error. No lo pensó. Después de aquella noche, se enteró muy tarde de que el camarero con el que se había acostado resultó ser la reciente pareja de su mejor amigo, Dan.

¿Qué si solo le costó un par de lágrimas de su amigo?

Ahora lo duda. Porque realmente no lo costó un par de lágrimas. Le costó su dignidad.