Parte 1
Existe una leyenda: aquel que posea el favor del Rey Dragón puede obtener poder, protección... o condenarse para siempre.
También cuentan que, cuando las estrellas de Orión se alinean, los antiguos seres griegos pueden romper su letargo y caminar entre los humanos.
Y ese fue el día en que Park Jimin, última divinidad de sangre draconiana y guardián de los templos olvidados, abrió los ojos después de tres milenios.
Despertó hambriento de poder... y de algo más antiguo que la guerra: descendencia.
Pero ningún dios, ninfa ni criatura inmortal había sido digno de llevar a su hijo. Así que, fastidiado, se teletransportó al mundo moderno.
se deslizó por las paredes de los edificios convertido en una serpiente blanca, larga, elegante, con escamas que brillaban como luna sobre mármol.
Buscando a alguien lo suficientemente hermoso o hermosa y sobre todo digno de él y de su futura descendencia.
Hasta que se detuvo en una ventana del tercer piso.
Adentro, un chico de mirada dulce y pijama suelto comía palomitas mientras veía televisión.
Jimin se aferró al marco de la ventana, su cuerpo serpentino ondulando lentamente, y con una sonrisa que nadie podía ver, murmuró:
—Perfecto.
El televisor era lo único que iluminaba el departamento. Jungkook, tirado en el sofá con una manta a medio cubrir, comía palomitas a las 2 a.m. sin ninguna preocupación existencial más grande que “¿descanso o otro capítulo?”.
Hasta que escuchó algo arrastrándose por la pared.
Cuando alzó la mirada... una serpiente blanca lo observaba desde el techo, sonriéndole.
El cuerpo comenzó a brillar. Las escamas desaparecieron. Piernas, brazos, piel, cabello plateado, ojos dorados.
Un hombre precioso y desnudo apareció en medio de su sala.
—AHHHH— Jungkook gritó.
Jimin chasqueó la lengua, acercándose con calma, un dedo sobre sus labios.
—Hush~, cállate, niño. No voy a hacerte daño... solo quiero que des a luz a mi hijo.
—¡A-Ah! ¿Q-Qué-?!
Jungkook se quedó congelado.
Jimin sonrió, dulce y aterrador al mismo tiempo.
—A cambio, te daré una moneda de oro.
Sacó literalmente una moneda antigua, que brilló como si tuviera el sol encerrado dentro. Jungkook parpadeó casi hipnotizado por su brillo.
Jungkook parpadeó, completamente inmóvil, mientras sus dedos temblaban ligeramente al tomar la moneda de oro. Su mente no podía procesar del todo lo que estaba pasando, pero... el brillo de la moneda era hipnotizante, casi mágico.
—E-Está bien... —dijo finalmente, con voz bajita, inocente—. Tomaré la moneda.
Jimin sonrió divertido.
—Muy bien, niño mío. Entonces cumple tu parte.
Antes de que Jungkook pudiera reaccionar, Jimin chasqueó los dedos.
Un viento cálido, como respiración de dragón, envolvió la habitación. Los colores del mundo se distorsionaron, y en un parpadeo, Jungkook estaba en otro lugar. Un lugar donde la luz no venía del sol ni de lámparas, sino de cristales flotantes que iluminaban un palacio suspendido entre nubes púrpuras y doradas.
—¿Q-Qué...? —balbuceó, mirando alrededor. Todo era inmenso, majestuoso y completamente irreal.
Jimin apareció a su lado, su cuerpo aún más imponente en este mundo. La brisa movía su cabello plateado y su aura parecía envolver cada rincón del palacio.
—Bienvenido a mi reino —dijo Jimin.
Jungkook tragó saliva, incapaz de apartar la mirada del ser frente a él. No entendía cómo podía sentirse tan seguro y al mismo tiempo tan... electrizado.
Jimin sonrió, dulcemente cruel, y con un simple gesto acercó a Jungkook hacia él. Sus manos suaves pero firmes rodearon la cintura del menor, atrayéndolo sin prisa.
—¿Sientes eso, niño mío? —susurró Jimin—. Esa calidez que se esparce por todo tu cuerpo... eso es solo el principio.
Jungkook arqueó la espalda ligeramente, sin comprender del todo, pero sí disfrutando de la sensación.
—E-esto... —balbuceó—. Esto se siente... raro.
—Raro, sí —respondió Jimin, mordiendo suavemente el lóbulo de su oreja—. Pero no es malo, ¿verdad?
Jungkook negó con la cabeza, incapaz de hablar. Su cuerpo reaccionaba antes que su mente, y la sonrisa de Jimin, cálida y dominante a la vez, lo desarmaba por completo.
—Shh... solo déjate llevar, niño mío. Aquí nada más importa. Yo te guiaré —susurró, deslizando un brazo alrededor de los hombros de Jungkook, atrayéndolo contra su pecho.
Jimin lo sostuvo cerca, su cuerpo desnudo rozando la tela suave del pijama de Jungkook. El calor de su piel.
Jungkook cerró los ojos, todavía tímido, pero confiando en la voz de Jimin, permitiendo que su cuerpo se relajara lentamente contra el pecho del chico. Nunca había imaginado que un contacto pudiera sentirse tan... envolvente, cálido, seguro.
—S-siento... —balbuceó, con las mejillas encendidas—. Siento como cosquillas... pero... también calor...
Jimin sonrió, divertido por la inocencia del doncel y por la rapidez con la que su cuerpo reaccionaba. En un rápido movimiento Jimin unió sus labios con los del chico en un beso suave al inicio pero que poco a poco se empezó a hacer demandante.
El menor dio un pequeño sobresalto, sus manos se aferraron torpemente al pijama sobre su pecho, como si no supiera si empujar o halar a dragón más cerca.
—T-tranquilo... —murmuró Jimin contra sus labios, sin dejar de besarlo con calma—. Solo abre un poquito... así.
Jungkook, con el corazón golpeándole fuerte en las costillas, obedeció sin darse cuenta.
Jimin sonrió sobre su boca, encantado con lo fácil que era guiarlo. Uno de sus brazos lo sostuvo firmemente por la cintura, mientras la otra mano se deslizaba por su espalda, lenta, paciente, como si memorizara cada pequeño temblor.
Cuando al fin se separó, Jungkook estaba respirando rápido, sus labios ligeramente hinchados y sus ojos brillando.
—¿Ves? —dijo Jimin, apoyando su frente contra la de él—. Se siente bien, ¿cierto?
Jungkook tragó saliva.
—E-es... extraño... pero... cálido. Aquí —dijo, llevándose una mano al pecho, justo donde su corazón latía rápido—. Late mucho...
Jimin dejó escapar una risa suave, orgullosa. Con su pulgar acarició la mejilla del menor, como si lo estuviera felicitando.
—Eso significa que estás respondiendo a mí —susurró—. Tu cuerpo Está respondiendo a mi.
Jimin toma la mano de Jungkook y lo guió por un pasillo en donde el suelo parecía de cristal, y las paredes brillaban. Al final del pasillo se abrieron unas puertas doradas enormes, revelando una gran habitación, a simple vista cálida, estaba adornada por cortinas de lino fino.
Jungkook se quedó quieto, con los pies descalzos hundiéndose en alfombras mullidas, sin saber si entrar o salir.
Jimin no le dio tiempo a decidir.
Una mano en su cintura, otra en su espalda, lo empujó suavemente hacia adentro. Las puertas se cerraron solas detrás de ellos con un murmullo de magia.
—Relájate —susurró el dragón cerca de su oído, su aliento cálido recorriéndole la piel—. Solo mírame.
Jungkook obedeció. No sabía por qué obedecía tan fácil... pero lo hacía.
Jimin tomó el borde de su pijama y, con calma, lo deslizó hacia arriba. La tela se elevó lentamente, rozándole la piel como una caricia. Jungkook soltó una pequeña exhalación, más de sorpresa que de vergüenza. Su corazón latía tan fuerte que le zumbaban los oídos.
Dejó el pijama caer al suelo. Jungkook quedó de pie, temblando un poco, cubriéndose el pecho con los brazos. No por miedo... sino porque nadie lo había visto así antes.
Jimin se acercó más.
Su mano se deslizó desde el cuello de Jungkook hacia su hombro, bajando lentamente por su brazo hasta apartarlo del pecho. Su piel era cálida. Demasiado cálida.
—Niño... —murmuró, observándolo con ojos dorados intensos—. Qué frágil eres... pero qué perfecto.
El dragón lo hizo girar suavemente y lo guio hasta la gran cama de sábanas blancas. Jungkook se sentó torpemente, sin saber dónde poner las manos. Sus piernas estaban tensas, los dedos de los pies se curvaban contra la alfombra.
Jimin se inclinó sobre él.
Sin aviso, volvió a besarlo.
No suave esta vez.
Sus labios se movieron contra los de Jungkook con más presión, más hambre. La mano del dragón se hundió en su cabello, inclinando ligeramente su rostro para profundizar el beso. Jungkook soltó un sonido bajo, sorprendido, agarrándose de los brazos de Jimin para no caer hacia atrás.
El mundo le zumbaba.
Sus mejillas ardían. Su cuerpo, que jamás había sido tocado así, vibraba con una energía completamente nueva.
Jimin se separó apenas unos centímetros, sus respiraciones chocando.
Lo empujó suavemente sobre las sábanas, hasta recostarlo de espaldas. Jungkook sintió la tela fresca bajo su piel caliente. Jimin se acomodó sobre él, sin aplastarlo, su peso justo, su calor envolviéndolo por completo.
Beso tras beso fue descendiendo por su cuello, por su clavícula, dejando la piel ardiente. Con delicadeza, retiró lo último de tela que cubría el cuerpo de Jungkook.
El joven cerró los ojos, respirando hondo, sintiéndose expuesto pero... no asustado. No con él.
El dragón se inclinó de nuevo, apoyando su frente contra la del humano.
—Solo mírame —pidió, suave pero firme.
Jungkook lo hizo. Y en esos ojos dorados no había violencia ni prisa, solo una calidez abrumadora... una promesa.
Entonces lo sintió.
Algo distinto al beso o a las caricias. Una presión entre sus glúteos, desconocida, que lo hizo tensarse de forma instintiva. Su respiración se atascó en la garganta.
—Tranquilo —murmuró Jimin, acariciando su mejilla con el dorso de los dedos—. No voy a hacerte daño. Respira conmigo.
El dragón se movió lento, pausado, dándole tiempo. Jungkook hundió los dedos en las sábanas, sus ojos muy abiertos, su cuerpo dividido entre el miedo y algo cálido que empezaba a florecerle en el abdomen.
—Duele un poquito... —susurró, apenas audible.
Jimin besó su frente, su nariz, sus labios.
—Solo al principio —respondió, con una ternura casi imposible de creer viniendo de un ser mágico—. Luego... sentirás otra cosa.
La tensión se fue aflojando, gradualmente. Y lo que al inicio era extrañeza, se volvió calor. No un calor ardiente como fuego, sino uno que se expandía despacio, desde adentro, como si cada latido empujara un susurro: está bien, no tengas miedo.
Jungkook soltó un pequeño sonido, ahogado entre sus labios. Sus manos, antes rígidas, buscaron los hombros de Jimin y se aferraron a ellos como ancla.
—Así... —Jimin sonrió apenas, orgulloso—. Lo estás haciendo bien, niño mío.
Se movió con paciencia. Nunca bruscamente. Como si temiera romper algo sagrado. Cada gesto estaba acompañado de palabras bajas, caricias en su cabello, besos suaves cuando las lágrimas amenazaban con asomar en los ojos de Jungkook ante lo desconocido.
Poco a poco, el miedo se deshizo. Y lo reemplazó una sensación que hizo que Jungkook arqueara la espalda, sorprendido... como si su cuerpo recién estuviera aprendiendo a respirar de verdad.
El movimiento se volvió más profundo, más acompasado. Jungkook, ya sin fuerzas para aferrarse a nada más que a la piel cálida del dragón, dejó que su cuerpo respondiera. Sus respiraciones se entrecortaban, mezclándose con las de Jimin en el aire dorado de la habitación.
El calor creció entre ellos, tan intenso que parecía venir de la misma tierra. Jungkook gimió bajito, su cuerpo tensándose bajo el de Jimin, mientras algo lo arrastraba hacia un borde invisible.
Jungkook sintió un cosquilleo en su vientre bajo que lo llevó a soltar gemidos más altos acompañados de lágrimas de placer que nunca antes había sentido. Y fue así como termino eyaculando manchando no solo su abdomen, sino también el de su acompañante.
Sintió su cuerpo estremecerse, su respiración romperse en un suspiro entrecortado.
Jimin lo siguió poco después. Se inclinó más, su respiración también temblorosa, su voz hecha un susurro en el oído de Jungkook mientras lo llenaba por completo, como si su esencia —antigua, divina— se sellara dentro del humano.
Jungkook se quedó recostado, jadeando, la piel húmeda y perlada de sudor, su mirada perdida en el techo dorado. No sentía miedo. Sentía calor. Una quietud extraña, dulce... como si algo dentro de él hubiese sido encendido.
—Lo hiciste bien... —susurró Jimin, una mano acariciándole el cabello mojado por la transpiración.
Jungkook parpadeó lentamente, cansado, las mejillas aún sonrojadas. Solo asintió, sin fuerzas para hablar.
El dragón lo tomó en brazos con una suavidad que contrastaba con su poder. Jungkook se dejó cargar, medio dormido, apoyando su frente en el hombro cálido de Jimin mientras salían de la habitación.
Llegaron a un cuarto de aguas termales humeantes, rodeado de mármol y luces azules flotando sobre la superficie.
Jimin entró al agua con él en brazos. El calor del agua abrazó el cuerpo agotado de Jungkook, relajando los últimos temblores de sus músculos.
—Tranquilo —susurró Jimin, pasando un paño tibio por su espalda, limpiando su piel con paciencia—. Ya terminó. Descansa.
Jungkook murmuró algo inentendible, la cabeza apoyada en el pecho del dragón. Sus ojos se cerraban poco a poco, como si el sueño tirara suavemente de él.
Cuando estuvo limpio, Jimin lo envolvió en telas suaves como nubes y lo llevó de regreso a la gran cama. Lo recostó con cuidado, acomodando las mantas alrededor de su cuerpo delicado.
Se acostó a su lado, lo atrajo contra su cuerpo, cubriéndolo con su brazo.
—Duerme, pequeño —murmuró contra su cabello—. Desde ahora... eres mío. Y dentro de ti... ya empieza a latir algo nuestro. Mi heredero.
Jungkook, apenas consciente, respiró hondo. Por primera vez en su vida, no tuvo frío. No tuvo miedo.
Solo paz.
Y, muy en el fondo, el más leve latido que no pertenecía solo a él.

Jungkook despertó sobresaltado.
El techo blanco de su pequeño apartamento lo recibió de nuevo, la manta enredada entre sus piernas y el amanecer colándose tímido por la ventana. Su pecho subía y bajaba acelerado, aún podía sentir el calor de aquellas manos imaginarias, el eco de una voz profunda susurrándole ”duerme, pequeño”.
El televisor seguía encendido, el tazón de palomitas estaba en el suelo y la madrugada se colaba por la ventana.
—Solo fue un sueño... —murmuró, intentando convencer a su corazón que no dejaba de latir demasiado fuerte.
Se levantó, fue a lavarse la cara. El espejo le devolvió su reflejo desordenado, mejillas encendidas. Ridículo. Soñar con un dragón milenario que lo secuestraba, lo bañaba con cuidado y lo rodeaba con brazos cálidos mientras dormía...
Pero entonces vio algo que le llamo la atención.
Sobre su mesita de noche, allí donde había dejado solo su vaso de agua, reposaba una moneda de oro. Brillando como si dentro guardara luz de sol líquido.
Su respiración se detuvo por un momento, y juraría haber escuchado a alguien llamándole: ”niño mío"

Muy lejos del mundo humano, Park Jimin estaba sentado al borde de un lago plateado. Sus cabellos caían sobre sus hombros desnudos.
Jugaba con una moneda idéntica a la de Jungkook... solo que esta tenía una grieta luminosa en el centro. La conexión.
Cerró los ojos. Sintió, a través del vínculo recién creado, el latido suave de Jungkook, todavía confundido pero sano, cálido, vivo... y con una nueva vida, diminuta y sagrada, prendida en su interior.
Y por primera vez en milenios, el Rey Dragón sonrió con calma.
—Nos volveremos a ver, niño mío —susurró al viento.

🤭No se que hice 😅








