CAPÍTULO 1: Dos extraños en una galería
”El arte a veces es sólo una excusa para que dos almas se reconozcan antes que las palabras.”
Laila retocaba el borde de una instalación luminosa, con la precisión de quien repara una herida propia. La galería estaba casi lista. El olor a pintura fresca se mezclaba con el de los focos que ardían apenas sobre su cabeza, y un leve eco de pasos flotaba entre las paredes blancas. En menos de una hora, se abrirían las puertas. Respiró hondo. No era ansiedad, era vértigo. Como si su alma estuviera colgada en cada obra que iba a mirar gente que no conocía.
—¿Listo ese último foco? —Preguntó Lucía, su amiga, con un mate en la mano y los labios manchados de carmín.
—Listo. Pero por favor, no me mires con esa cara de mamá orgullosa, que me vas a hacer llorar —dijo Laila sin mirarla, aunque sonriendo.
—Llorá todo lo que quieras. Después vas a estar vendiendo cuadros y esquivando críticos de arte con cara de trapo húmedo.
Lucía se fue a charlar con el dueño del lugar, y Laila se quedó sola por un instante. Se acercó al cuadro central: una mujer suspendida en el aire, atravesada por hilos de colores que nacían de su pecho como venas abiertas. Le temblaron un poco las manos. No era sólo un cuadro. Era el año entero al que acababa de sobrevivir.
Del otro lado de la galería, entraba Teo Rivas con una gorra baja y auriculares al cuello. Catalina, su hermana, le había insistido en que viniera. Le había dicho que se le notaba el bloqueo creativo hasta en las ojeras.
—Te va a mover algo, vas a ver —le había prometido.
Él no sabía exactamente qué buscaba, pero algo en esa sala lo detuvo. Tal vez la luz. Tal vez el silencio cargado. Tal vez ella.
La vio antes que al arte. Pelirroja, delgada, con una forma de caminar que parecía flotar. Estaba parada frente a un cuadro que parecía gritar en colores. No se dio cuenta de que se había acercado hasta quedar a pocos metros. Ella giró y lo vio. Sus miradas se cruzaron. No sonrió. Él tampoco. Fue otra cosa. Como si el aire entre ellos cambiara de densidad.
—¿Te gusta? —preguntó Laila, sin saber bien si hablaba del cuadro o de la atmósfera.
—No sé qué me gusta más —dijo él, con una voz grave, musical.
Ella arqueó una ceja. Estaba acostumbrada a los halagos burdos, pero ese tenía algo distinto. No era galán: era sincero. Observó que miraba el cuadro como quien busca dentro suyo.
—¿Sos músico o algo parecido? —preguntó ella, sin querer sonar obvia, pero captando algo en sus gestos.
—¿Cómo lo supiste?
—Tenés cara de buscar ritmo en todo. Hasta en cómo están colgados los cuadros.
Se rió. Y eso la descolocó un poco. Tenía una risa suave, de esas que no hacen ruido, pero se sienten.
—¿Y vos? —preguntó él.
—Yo soy esto —dijo, abriendo los brazos hacia la muestra. Era la forma más honesta de explicarse.
—Sos poderosa —le dijo él, mirando el cuadro central—Hay algo en esa figura... No sé, parece que se está cayendo, pero también volando.
Laila se quedó callada. Era exactamente lo que había querido transmitir. Nadie lo había entendido así. Hasta ahora.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—Laila.
—Teo.
Un segundo de silencio. Como si algo se tejiera entre ambos en ese respiro.
Lucía apareció al fondo haciendo señas de que la gente empezaba a llegar. Laila parpadeó y volvió al presente.
—Bueno, Teo, bienvenido a mi caos —dijo, con una sonrisa que le nacía de la timidez.
—Gracias por dejarme mirarlo desde tan cerca.
No le dio el teléfono. No le pidió el suyo. Solo lo miró. Y él se fue.
Pero se llevó algo de ella. Y ella, sin querer, había dejado una parte suya en él.