Capítulo 1
No recuerdo en qué momento empecé a vivir en automático.
Tal vez fue a mis quince años de edad, en el decimo grado de preparatoria, cuando la vida se volvió una coreografía ensayada: clases, entrenamientos, risas, miradas calculadas.
Yo era buena en eso. En fingir.
Sabía cuándo reír, cómo caminar, a quién mirar y a quién ignorar. Tenía amigas, un lugar en el equipo de animadoras y el tipo de rostro que se queda en las fotografías de fin de año.
Pero todo me sabía a plástico. A veces, en medio del ruido, me daba por mirar a la gente callada. No por empatía, sino por curiosidad. Me gustaba observarlos, descifrar su debilidad. Había algo fascinante en esa forma de esconderse del mundo, como si no merecieran existir.
Supongo que por eso la vi.
No la conocí —aún no—, solo la vi.
Fue en el pasillo de las taquillas, ahí, donde siempre olía a mezcla de desinfectante barato y perfume adolescente.
A esa hora —entre clases— era un hervidero: risas, portazos, papeles que caían al suelo, el chasquido seco de las cerraduras y el rumor constante de voces que se confundían unas con otras.
Tendría ella unos nueve u once de edad. Acababa de cerrar su casillero y se disponía a caminar con los libros apretados contra el pecho. 
El cabello, tan rubio que parecía polvo de luz, le caía hasta los hombros y se mecía apenas cuando alguien pasaba a su lado.
Tenía esa forma de estar que no es presencia ni ausencia, como si el mundo pasara sin reparar en ella.
Nadie le hablaba. Nadie la miraba.
O, mejor dicho, ella no hablaba con nadie, ni miraba a nadie.
Daba la impresión de que el mundo no existía para ella, o de que lo había dejado de mirar hacía mucho tiempo.
Había algo tan callado en su figura, tan frágilmente contenido.
Y sin embargo, yo no pude dejar de hacerlo.
No sé por qué —o quizá sí.
Fue entonces cuando me descubrió.
Levantó apenas la cabeza, y nuestros ojos se encontraron por un segundo fugaz, como dos hojas arrastradas por un mismo soplo.
Ella parpadeó, sorprendida, y en un gesto torpe tomó uno de sus libros, lo abrió de golpe y se cubrió la cara con él.
El movimiento fue tan repentino que una esquina del libro rozó su mejilla; una línea roja se marcó en su piel pálida.
Se escondió tras las páginas como quien se oculta detrás de un muro de papel, fingiendo estudiar, como si el texto pudiera cubrirla de mi mirada.
Ese acto, tan inocente y tan desesperado, me llenó de rabia.
No sabría decir por qué.
Tal vez porque trataba de ignorarme.
Tal vez porque había algo en su forma de esconderse que me dolía y no quería admitirlo.
O tal vez porque —y esto lo supe después— nada irrita tanto como ver en otro una fragilidad que uno mismo lleva adentro.
“Nadie entiende a las mujeres”, pensé. “Ni siquiera una misma.”
Entonces apareció Tyler, mi pareja.
Puso su brazo sobre mis hombros con la facilidad de quien sabe que el cuerpo que toca le pertenece. —Cariño, ¿vamos a la cafetería? —me dijo, y su voz arrastró consigo el ruido de los demás.
Sonreí.
Dejé que me rodeara la cintura y me giré hacia él.
Pero antes de caminar, lancé una última mirada hacia donde estaba la niña de momentos antes.
Y ya no estaba.
Transcurió una semana de aquel momento en las taquillas. Una semana en la que no volví a verla. una semana de rutina de una adolescente de 15 años. Despertarme con los gritos de mi madre desde la cocina, correr para alcanzar el coche de papá para que no me deje, escuchar a Karla hablar sin parar y fingir que me divertía. Tyler, mi novio, me esperaba casi siempre en la entrada del colegio; sonreía con esa seguridad que parecía llenar todo el pasillo. Era guapo, arrogante y encantador. Todos lo sabían, y él también.
Llegó domingo, por la tarde, y el calor se colaba por la ventana abierta.
Tenía el teléfono al lado, boca abajo, para no distraerme.
O al menos eso fingía.
Abrí el libro de literatura, más por obligación que por interés, justo cuando escuché los pasos de mi madre acercándose por el pasillo.
—¿Estás estudiando, Maya? —preguntó, sin molestar en disimular la sospecha. —Sí, mamá —respondí rápido, enderezándome en la silla.
La oí detenerse un segundo frente a la puerta. Después se alejó, satisfecha, o al menos eso quise creer.
Me quedé mirando las páginas abiertas, con las palabras mezclándose en mi cabeza sin sentido alguno. Y fue ahí, sin motivo aparente, que la recordé.
La niña del pasillo.Recordé cómo, aquel día, se cubrió la cara con su libro, torpe y temblorosa, como si ese pedazo de papel pudiera protegerla del mundo.
Por un segundo me vi a mí misma haciendo lo mismo: escondiéndome tras mis libros, fingiendo que no me importaba nada.
Y me reí. Una risa baja, breve, medio culpable.
Pensé en lo absurdo que era: una niña queriendo desaparecer detrás de un libro.
Recordé la imagen de un avestruz enterrando la cabeza en la arena, convencida de que el peligro deja de existir si uno no lo ve..
Y no supe por qué, pero algo en ese recuerdo me dejó una sensación amarga, como si reírme hubiese sido una forma de tapar algo que no quería entender.
Transcurió algo de medio mes de aquel momento en las taquillas.
Cruzaba el pasillo de primer año con pasos largos y decididos, el eco de mis botas italianas repiqueteando contra el suelo vacío. Aquel sector de la preparatoria siempre me había parecido de otra especie: un lugar de niños con mochilas de dibujos animados y preocupaciones que apenas rozaban la superficie de la vida. Yo no pertenecía allí. Nunca lo hice.
Pero entonces escuché algo. No era exactamente un llanto, sino un jadeo entrecortado, el sonido áspero de alguien ahogándose con su propia debilidad.
Giré la cabeza. Mi cabello se movió como una cortina oscura, y allí, en el rincón más sombrío del pasillo —donde la calefacción no llegaba y el olor a cloro era más fuerte—, la vi. Acurrucada, diminuta. “La Ratita”. Así ahora le decían. Esa chica de setimo que siempre andaba con la cabeza gacha, abrazada a libros.
La debilidad siempre me había resultado repulsiva. Ver a alguien así, tan quebradizo, tan expuesto, me provocaba el mismo rechazo que pisar algo blando y húmedo en la oscuridad.
Tenía la cara hundida en los brazos, y sus hombros delgados se estremecían como si fueran a romperse. Un libro yacía a su lado, abierto, con páginas arrancadas y una pisada marcada en la portada.
No sé por qué, esa vez, sentí curiosidad. Tal vez incluso compasión. Pero no debía mostrarlo. No una chica como yo. No Maya Shimizu, la popular, la que todos admiraban. Además ¿Qué podía dolerle tanto a una niña de doce años? ¿Un examen? ¿Un romance inventado? Patético.
Debería haber seguido de largo, como siempre hacía. Pero aquel día estaba de mal humor. Debería volver a casa en autobús, y mi irritación necesitaba un blanco. Me acerqué unos pasos, los suficientes para que mi sombra la cubriera. El sonido de mis botas sobre el linóleo bastó para que se encogiera aún más, como un animalito acorralado.
Me detuve frente a ella. No me agaché. No pregunté si estaba bien. Solo dejé que mi voz, clara y cortante como el cristal, rompiera el silencio:—Qué patético. Los rincones no solucionan nada. Solo te convierten en un blanco más fácil.
Recuerdo el modo en que se congeló tras sobresaltarse, temblando. Su mirada se quedó fija en un punto de la pared, perdida, vacía, como si intentara desaparecer. Y yo... no pude sostener la vista. Aparté los ojos, no por orgullo, sino porque algo en mi pecho se contrajo, como si esa fragilidad también pudiera quebrarme a mí.
Y, en ese instante, algo en mí se movió. Muy adentro. No era empatía, no exactamente. Era un recuerdo fugaz: una noche, años atrás, escondida dentro de un armario, llorando en silencio para que mamá no me oyera. Mi mascota había muerto, y yo tenía ocho años. Mi padre me encontró allí y me dijo, con la misma frialdad que yo usé con aquella niña: “Los fuertes no lloran, Maya. Los fuertes actúan.”
Apreté los dientes, ahogando el recuerdo antes de que me ablandara. La compasión era un lujo que las ganadoras no podíamos permitirnos. Yo había comprendido muy pronto las reglas del juego: en una mujer, la belleza es el arma más letal, y la fortaleza, la armadura que la hace invencible. La vulnerabilidad no era un accidente; era una elección. Y yo, desde que tuve uso de razón, había elegido ser impecable. Había elegido tallar mi rostro y mi carácter en el mármol más frío y perfecto.
Eso creía en esos momentos.
Pero todo equilibrio, por perfecto que parezca, tiene su punto de quiebre. El mío llegó sin aviso, una mañana cualquiera, en el lugar más banal posible: los pasillos abarrotados de la preparatoria durante el receso.
Yo, acompañada de mi séquito —Tyler, mi pareja; Karla y Claire—, reinaba entre risas que sonaban más a devoción que a alegría. Sonreía con la precisión de quien reparte monedas de oro, midiendo cada gesto, cada palabra.
Así que sí, estaba de buen humor.
Caminábamos entre risas, con Claire, Karla y despues June que se nos unió, siguiéndonos de cerca. Los casilleros se abrían y cerraban como bocas metálicas, las voces de los estudiantes se mezclaban en un murmullo constante, y el olor a desinfectante y perfume barato llenaba el aire. Era un lunes cualquiera en el instituto.
Hasta que mi carpeta se abrió un poco y una hoja se deslizó fuera, flotando despacio hasta el suelo. —Ah, mierda —murmuré, agachándome de inmediato para recogerla.
Tyler, como el “caballero” que creía ser, se inclinó también a ayudarme.
Tomé la hoja y me incorporé, dispuesta a seguir caminando, cuando algo rozó mi hombro.
Fue un toque leve, casi un suspiro de tela contra piel, tan breve que en cualquier otro momento no le habría dado importancia.
Giré la cabeza, y al hacerlo bajé la mirada —ella era más baja, más pequeña, mucho más frágil—.
Ahí estaba, mirándome. La niña de los libros apretados al pecho, la del cabello color polvo de luz.
Yo la miré con desdén —porque eso era lo que se suponía que debía hacer alguien como yo—, con la barbilla apenas levantada, fingiendo seguridad.
Ella, en cambio, entrecerró los ojos y entreabrió los labios, como si algo se le atascara en la garganta. Por un segundo pensé que iba a hablar... o estornudar, o llorar, no lo sé.
Pero no dijo nada. Solo se quedó allí, con esa expresión extraña, suspendida entre el intento y el silencio, como si las palabras se hubieran perdido antes siquiera de nacer.
Tyler la miró con fastidio.
—Tranquila, princesa —soltó con ese tono burlón que usaba con todo el mundo—. No muerde.
Ella no respondió. Ni siquiera se movió.
Solo cerró los labios, bajó la cabeza y desvió la mirada, primero a un lado, luego al otro, como buscando una salida que no encontraba.
Hasta que, de pronto, sus ojos se quedaron fijos... en mi pecho.
Esperé que se apartara, que dijera algo, que me dejara pasar. Pero no lo hizo.
Fue entonces cuando noté el leve temblor en sus dedos. Apenas un gesto, casi invisible.
Estuvimos así, frente a frente, sin decir nada.
¿Por qué no se quita? pensé, sintiendo una punzada de incomodidad.
¿Acaso creía que debía ser yo quien le cediera el paso? ¿Que era mejor que yo?
Pero entonces vi de nuevo ese leve temblor en sus dedos.
Por un momento no supe qué hacer.
Aun así, hice lo que se espera de una chica como yo: mantener el control.
—Apártate —dije, firme, sin perder la compostura.
Ella no se movió. Ni un centímetro. Fue entonces cuando Karla se colocó a mi lado, cruzando los brazos con esa sonrisa de superioridad que usaba como arma.—Apártate, perra —le dijo, arrastrando las palabras con desdén. Luego, acercándose un poco más, añadió—. Ocupa tu lugar.Le dio un leve toque en el pecho con el dedo índice, casi como si marcara el límite invisible entre “ella” y “nosotras”. El temblor ya no estaba solo en sus dedos.
Ahora eran sus manos.
Entonces Tyler me soltó. Dio un paso hacia un lado y comenzó a rodearla, con esa sonrisa suya que siempre anunciaba algo malo.—Vaya, vaya... miren lo que tenemos aquí —dijo, inclinándose apenas, con un tono burlón—. ¿Qué clase de criatura es esta? — Con un gesto lento, Tyler tomó un mechón de su cabello rubio y lo dejó deslizar entre sus dedos, con esa sonrisa suya de falso asco.
—¿Y esto qué es? —murmuró, fingiendo examinarlo—. ¿Pelo de muerto... o de cerdo?
Ella se encogió al instante. Cerró los ojos con fuerza, los párpados tan apretados que las pestañas temblaron, y un sobresalto recorrió su cuerpo. Casi como un espasmo, un estremecimiento que me erizó la piel sin entender por qué.
Y de pronto empezó a temblar. No solo las manos, no solo los hombros. Todo su ser.—Mírenla —soltó Claire entre risas—, tiembla como una perra envenenada. — Las risas estallaron alrededor. Tres, cuatro... las mías incluidas.
No sé por qué lo hice. Tal vez porque era lo que se esperaba.
Tal vez porque, por un momento, me dio miedo no hacerlo.
A nuestro alrededor ya se había formado un círculo de alumnos.
Algunos reían por el comentario de Karla; otros murmuraban entre dientes, con esa mezcla de morbo y nervios que flota cuando algo cruel está por suceder.
Yo apenas los oía.
Ella seguía allí, inmóvil, con la vista clavada en mí.
O al menos eso creí. Porque pronto entendí que no me miraba realmente a mí, sino a algún punto perdido en mi pecho, como si viera a través de mí, o algo detrás, algo que yo no podía ver.
Sus ojos estaban muy abiertos, completamente.
Nunca había visto una expresión así.
Unos ojos tan celestes y tan llenos de terror que parecían no pertenecerle, como si la hubieran arrancado de un sueño y la hubieran dejado desnuda frente al miedo.
Por un instante, me quedé sin palabras.
Fue la primera vez en mi vida que vi de cerca el rostro del pánico verdadero: no el miedo fingido que muestran las chicas cuando alguien grita “¡sorpresa!“, sino ese terror puro que nace desde dentro, que quiebra algo invisible.
Y me pregunté —solo por un segundo— ¿a qué podía temerle así?
¿A nosotras? Sí, tal vez nuestro comportamiento no era precisamente amable... Pero ese miedo no era el de alguien intimidado.
Era el de alguien que le temia a algo que yo no podia ver.
De pronto, una voz rompió el murmullo del pasillo. —¡Basta ya! —el tono era firme, autoritario, pero también lleno de algo que no supe reconocer al principio—. ¡Apártense todos!
La multitud se abrió de inmediato, y entre ellos apareció la profesora Nicole, con su carpeta y el ceño fruncido. Caminaba rápido, sin vacilar, como quien sabe exactamente lo que va a encontrar.
Se inclinó junto a la niña, sin importarle las miradas, y le habló con una suavidad que descolocó a todos.
—Eleanor... mírame, cariño. Ya está, ya pasó. —Su voz sonaba como una canción bajita, de esas que uno reconoce sin saber de dónde.
La pequeña no reaccionó al principio.
La pequeña no respondió. Sus labios que temblaban. se movieron apenas, pero ninguna palabra salió.
Temblaba de pies a cabeza, los ojos celestes desorbitados, fijos en un punto.
Entonces la profesora hizo algo que nos descolocó a todos: la abrazó.
No como una maestra que consuela, sino como alguien que entiende demasiado bien ese miedo.
La atrajo hacia sí con lentitud, con un cuidado tan profundo que parecía temer romperla si la tocaba demasiado fuerte.
Y la niña... aún temblando, se dejó caer en ese abrazo.
Al principio fue solo rigidez: los brazos tiesos, la espalda arqueada, el cuerpo resistiéndose al contacto.
Pero poco a poco algo en ella cedió —como un hilo que se rompe en silencio—, y se deshizo.
Hundió el rostro en el hombro de la profesora, buscando refugio, o tal vez un lugar donde dejar de existir por un instante.
Entonces, en un hilo de voz casi inaudible, sus labios se movieron. —...m... ma... mamá... —susurró. No fue un grito ni un llanto.
Fue una palabra apenas viva, tan frágil que dolía oírla, como si con ella tratara de llamar a un fantasma que nunca volvería.
Por un momento, el pasillo entero se quedó en silencio.
Ni risas, ni murmullos, ni el zumbido de los casilleros abriéndose.
Solo se oía la respiración entrecortada de la pequeña y la voz baja de la profesora que le decía cosas que nadie más pudo entender.
La tomó del hombro con cuidado y empezó a llevarla lejos de nosotros, paso a paso, sin mirar atrás. Cuando el pasillo empezó a vaciarse, me agaché para recoger algo que había caído junto a donde ella estuvo.
Era una bola de papel arrugada, húmeda en las esquinas, como si la hubiera estado sosteniendo con las manos sudorosas.
Por costumbre, la deslicé entre mis dedos para abrirla.
El dibujo era apenas visible entre los pliegues: líneas torcidas de lápiz, una figura pequeña bajo una sombra enorme.
Pero lo que me detuvo fue el brillo escondido en el centro del papel.
Entre los dobleces, apareció un crucifijo de plata.
El metal estaba tibio, con un leve olor a piel y a miedo.
No parecía un objeto de fe, sino de refugio.
De esos que uno aprieta cuando el mundo se vuelve insoportable.
Volví a examinar el papel.
Era un dibujo, torpe y tembloroso, hecho con lápiz.
Aun así, se entendía demasiado bien: Se veía a una niña acurrucada en un rincón de una habitación oscura. La puerta estaba abierta y por ella entraban manos, varias manos, cada una sosteniendo algo. La niña tenía trenzas y lágrimas en los ojos.
Lo que más me golpeó fue que, en el dibujo, nadie la tocaba. Pero algo en cómo esas manos se acercaban a ella, flotando en el espacio vacío de la página, hacía que supieras que iba a pasar. Que era solo cuestión de segundo.
El trazo era irregular, desesperado... como si quien lo dibujó no quisiera hacerlo, pero necesitara sacarlo de adentro para poder respirar. Me quedé mirándolo un rato largo, sin saber por qué.—¿Qué es eso? —preguntó Tyler, con el tono indiferente de siempre.
—Nada —mentí.
Volví a envolver el crucifijo con el mismo papel y sin pensarlo, la guardé en uno de mis bolsillos disimuladamente.