Entre el Amor y el Deber

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Summary

Amanda creció marcada por la pérdida y el deber, hasta que el amor inesperado de Rubén le mostró una libertad que jamás había sentido. Pero cuando su padre descubre su secreto, Amanda deberá elegir entre la familia y su corazón. Una historia de amor, valentía y decisiones que dejan cicatrices imborrables... "Entre el amor y el deber" es la tercera entrega de la serie Historias de amor sin final feliz, un recorrido por amores intensos y desgarradores que, lejos de los finales soñados, nos muestran la fragilidad del corazón humano.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Amanda sostenía la mano fría de su madre, sus dedos pequeños aferrándose con desesperación. El sonido del reloj en la pared marcaba el paso del tiempo, cada tic-tac resonando en su pecho como un martillo. La habitación, normalmente llena de vida y risas, estaba ahora sumida en un silencio sepulcral.

— Mamá, por favor, no te vayas — susurró Amanda, su voz quebrada por el llanto.

La madre de Amanda abrió los ojos, con un esfuerzo visible. Su mirada, siempre llena de amor y calidez, era ahora un espejo de dolor y resignación.

— Amanda, mi amor... — dijo con voz apenas audible. — Cuida de tus hermanos. Ellos te necesitarán.

Amanda asintió, las lágrimas rodando por sus mejillas. Sintió una mezcla de miedo y determinación, una carga que sabía tendría que llevar de ahora en adelante. Su madre apretó su mano una última vez antes de que su respiración se detuviera y sus ojos se cerraran para siempre.

El corazón de Amanda se rompió en mil pedazos. La vida en la hacienda, con su padre siempre ausente y sus hermanos tan pequeños, de repente parecía una montaña insuperable.

Las siguientes semanas fueron un torbellino de eventos. El funeral fue un evento sombrío, con familiares y amigos ofreciendo sus condolencias mientras Amanda se mantenía cerca de sus hermanos menores, consolándolos como mejor podía. El Sr. Guillermo, su padre, estaba presente pero distante, su mirada perdida y su rostro inexpresivo. La tragedia parecía haberlo dejado congelado, incapaz de conectar con el dolor de sus hijos.

Amanda, con solo doce años, asumió el papel de madre para sus hermanos. Cada mañana se levantaba temprano para preparar el desayuno y asegurarse de que todos estuvieran vestidos y listos. Los días pasaban en una rutina monótona: lecciones en casa con el tutor, cuidar de los pequeños, y las noches en soledad, extrañando a su madre y deseando un abrazo que nunca llegaría.

El Sr. Guillermo, aunque vivía en la hacienda, estaba emocionalmente ausente. Pasaba la mayor parte del tiempo en su oficina o fuera, en interminables reuniones de negocios. Cuando estaba en casa, sus conversaciones con Amanda eran breves y formales, casi como si estuviera interactuando con una desconocida.

A medida que Amanda crecía, su sentido de responsabilidad solo aumentaba. A los quince años, sus días se dividían entre sus estudios en casa y el cuidado de sus hermanos. La hacienda, con sus vastos campos y majestuosa casa, se sentía como una prisión dorada. Sus únicas escapadas eran los eventos sociales en el pueblo, viajes que hacía más por obligación que por deseo.

Fue entonces cuando su tía Genoveva, la hermana de su madre, intervino. Genoveva era una mujer decidida y de gran corazón, y no podía soportar ver a su sobrina confinada y sacrificando su juventud. Insistió al Sr. Guillermo que Amanda debía vivir con ella en la ciudad y estudiar en una escuela normal, entre otros jóvenes de su edad. Después de un año de persistente insistencia, Guillermo finalmente cedió.

El viaje a la ciudad fue largo y lleno de emociones encontradas para Amanda. Ocho horas en auto, dejando atrás a sus hermanos y la hacienda que conocía tan bien. Aunque temía por ellos, una parte de ella anhelaba el cambio, la posibilidad de una nueva vida.

A medida que se acercaban al centro, el paisaje comenzó a transformarse. Los verdes campos se convirtieron en calles empedradas y casas alineadas unas junto a otras. Amanda observaba por la ventanilla los colores vibrantes de las fachadas, los balcones adornados con flores y el ir y venir de la gente que caminaba con prisa, como si cada uno llevara un propósito invisible.

Cuando el coche se detuvo, un bullicio desconocido la envolvió. Vendedores ambulantes ofrecían frutas, niños corrían entre los transeúntes y el aire olía a pan recién horneado. Amanda se sintió fuera de lugar, pequeña ante aquel mundo que parecía moverse más rápido de lo que podía entender.

Su tía, con paso firme, la guió entre las calles hasta una vivienda antigua pero bien cuidada, con un jardín modesto y una verja de hierro. Un barrio de clase media, un lugar modesto comparado con la opulencia de la hacienda.

—Aquí empezarás de nuevo, niña —dijo Genoveva, sonriendo con una mezcla de cansancio y esperanza—. Lo pasado se queda allá.

Amanda asintió en silencio, mirando el pequeño jardín del frente. Pensó que quizá, entre esas paredes desconocidas, podría aprender a vivir sin el peso constante del deber, aunque aún no sabía cómo hacerlo.

A los pocos días de su llegada, se inscribió en una escuela local, a unas pocas cuadras de la casa de su tía. La vida aquí era diferente, más vibrante y caótica, con ruidos de la ciudad y calles llenas de gente.

Frente a la casa de su tía vivía la Sra. Martha, una mujer amable que era muy amiga de Genoveva. Martha vivía con su esposo Marcos y su hijo Rubén, de dieciocho años, que asistía a la misma escuela que Amanda. Al principio, Rubén no mostró mucho interés en Amanda, suponiendo que ella era una chica rica y presumida. Sin embargo, las frecuentes visitas de Genoveva a Martha, obligaban a Amanda a acompañarla, lo que llevó a que los jóvenes tuvieran que interactuar. En una de esas visitas, Martha pidió a Rubén que mostrara la casa a Amanda. A regañadientes, Rubén accedió, pero pronto se sorprendió al descubrir que Amanda era diferente de lo que había imaginado. Era callada, amable, de buenos modales y, aunque refinada, no lo hacía sentir inferior.

A partir de entonces, Rubén y Amanda empezaron a pasar más tiempo juntos. Hablaban de sus sueños y aspiraciones. Rubén quería ser empresario y trabajar para crear su propia empresa. Amanda, por otro lado, aún no sabía qué quería hacer con su vida, pero las ambiciones de Rubén la inspiraban a reflexionar sobre su propio futuro.

En una ocasión, él preguntó por su madre, y ella le contó que hacía cuatro años había muerto y sus tres hermanos menores, todos varones, actualmente tenían once, nueve y siete años. Amanda compartió con él la tristeza de extrañar a sus hermanitos, quienes a su corta edad también la echaban de menos. A pesar de la distancia física, el lazo familiar seguía fuerte en su corazón. Además, ella añadió que su padre siempre estaba ocupado con sus negocios y apenas les prestaba atención, solo intervenía en decisiones importantes sobre ellos, lo que dificultaba cualquier conversación significativa con él.

Una tarde, mientras el cielo se cubría de nubes oscuras, Amanda salió de la escuela sin paraguas. El viento levantaba hojas secas y el aire olía a tierra húmeda. Alcanzó la esquina cuando una gota le cayó en la mejilla, luego otra, y en segundos, la lluvia se desató con fuerza.

Rubén apareció desde el otro lado de la calle, corriendo bajo un paraguas negro.

—¡Amanda! —gritó, riendo mientras el agua le empapaba la camisa—. ¡Ven, antes de que te enfermes!

Ella dudó un instante, pero al ver su sonrisa, corrió hacia él. Compartieron el pequeño espacio bajo el paraguas, tan juntos que Amanda podía oír su respiración entre los golpeteos del agua. Caminaron despacio, esquivando los charcos. Ninguno habló demasiado; solo se escuchaban los truenos lejanos y el roce de los zapatos contra el empedrado.

—Siempre me ha gustado la lluvia —dijo Rubén, rompiendo el silencio—. Parece que limpia todo lo que uno no se atreve a decir.

Amanda sonrió, sin mirarlo.

—Tal vez —respondió—. O quizá solo lo esconde.

Él la miró, intrigado por esa respuesta, y por un instante, la seriedad de sus palabras lo conmovió. No dijo nada más. Solo ajustó el paraguas para cubrirla mejor, dejando que el agua le mojara el hombro.

Cuando llegaron a la puerta de su casa, Amanda se detuvo un momento antes de entrar.

—Gracias, Rubén —murmuró, y su voz casi se perdió entre la lluvia.

—Nos vemos mañana —dijo él, con una media sonrisa.

Y mientras se alejaba, Amanda se quedó observando el paraguas que se perdía entre la neblina, con el corazón latiendo de una forma que no sabía nombrar.

Y así transcurrió un año, sin que los mayores se dieran cuenta de que entre ellos iban floreciendo sentimientos de amor.

En un momento de valentía, él le pidió que fuera su novia, y aunque Amanda estaba llena de dudas y miedos, su principal temor era la reacción de su padre. Sin embargo, consideró que, si él no se enteraba, todo estaría bien. Con la condición de mantener su relación en secreto para evitar el escrutinio de su padre y la posible intervención de su tía, Amanda aceptó ser su novia.