El café de siempre.. A la hora de siempre
No sé si creo en el destino, pero sí creo en el café de las tres.
Es mi ritual. Mi momento favorito del día.
Ni mi jefe, ni el tráfico, ni la vida caótica que me rodea logran romperlo. A las tres, siempre estoy en el mismo lugar: “Café Amélie”, una esquina pequeña donde el tiempo parece moverse más lento.
Ese día, el cielo estaba gris. De esos grises que no dan tristeza, sino paz. Entré con mis audífonos puestos, escuchando una playlist vieja de The 1975, y pedí lo de siempre: latte con leche de almendras y un toque de canela.
No miré alrededor. Nunca lo hacía. Pero ese día sentí una mirada fija, tan directa que me descolocó.
Levanté la vista.
Y ahí estaba él.
Traje azul marino, reloj brillante, y esa calma extraña que solo tienen los que cargan muchas cosas en la cabeza. Estaba sentado solo, con una laptop abierta y un café casi intacto. Pero lo que más me llamó la atención no fue su ropa, ni su aura elegante. Fue su forma de mirarme: como si me conociera de antes.
Aparté la mirada enseguida. No soy de las que se ruborizan fácil, pero sentí el calor subirme hasta las orejas. Me senté en mi esquina de siempre, saqué mi libro —uno de Joe Dispenza, porque últimamente ando en mi era de sanar el alma y dejar de esperar que la gente me entienda— y traté de fingir normalidad.
Pero él seguía mirando.
Lo sentía.
Y lo más raro es que no me incomodaba.
Era una mirada tranquila, curiosa, sin ese aire de conquista barata que ya se siente repetida en esta generación.
Pasaron los minutos. A las 3:25 p.m. él se levantó, recogió sus cosas y salió. Pero antes de cruzar la puerta, se giró un segundo.
Y sonrió.
Una sonrisa corta. Casi imperceptible.
Pero suficiente para desordenarme todo el pensamiento.
Esa noche, mientras me cepillaba los dientes, me descubrí sonriendo como una idiota.
No sabía su nombre. Ni por qué me había mirado así.
Solo sabía que, de repente, el café de las tres tenía otro sabor.








