Capítulo 1 — Alemanias, arepas y decisiones impulsivas
Nunca pensé que terminaría leyendo un anuncio de trabajo en Facebook mientras comía arepas de desayuno, pero aquí estoy: con una mano untada de mantequilla y la otra desplazando el dedo por la pantalla del celular, pensando:
“¿Y si esta vez intento algo totalmente loco?”
La Guaira me había enseñado dos cosas: que el sol podía derretir hasta tus esperanzas, y que los hombres… bueno, los hombres solo servían para frustrarte y volverte loca. Entre un café con leche espumoso y una arepa con quesito blanco que sabía a gloria, suspiré.
Trabajo: cero. Romance: inexistente. Ambiciones: aplastadas por la situación del país.
Y entonces apareció. Como un milagro moderno de algoritmos y publicidad dirigida:
“Se busca personal para complejo turístico en Baviera, Alemania. Se ofrece alojamiento en cabañas y comida incluida. Solo necesitas saber el idioma.”
Alemania. Baviera. Cabañas. Idioma.
Mi primer pensamiento fue: “No hablo alemán… ni inglés decente… ni francés… ni portugués… ¡ni siquiera hablo correctamente español a veces!”
Pero el segundo pensamiento fue más poderoso: “¿Y si me lanzo?”
Mierda. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Dejé el celular sobre la mesa, me recosté en la silla y me imaginé: nieve, cabañas, hombres guapos, rubios, altísimos y con mucho billete. Me sentí un poco mal por pensar eso último; siempre he sido una mujer trabajadora, nunca me ha interesado salir con un hombre por su estatus social. Tampoco es que aquí en La Guaira haya mucho de dónde elegir. A menos que cuentes a los niños de mami y papi con su mojón mental de que son millonarios solo porque tienen carro. Así que, si en Alemania al menos hay hombres de verdad y no estos “princesos” que abundan los fines de semana en la cinta costera, me doy por servida.
Esos hombres que van con sus pantalones apretados y las bolas comprimidas… No van conmigo, si vieran lo ridículos que se ven con esas patitas de zancudos y los brazos anchos de gimnasio. Lástima que no entrenen el cerebro. Mi exnovio seguro lo habría agradecido.
Pero bueno, al menos espero encontrar en Alemania un hombre sexy que me haga reír, aunque sea un poco.
La idea sonaba a novela romántica barata, pero… ¿saben qué?Mi vida actual es peor que cualquier novela barata.
Con el corazón acelerado y los dedos temblando, hice clic en “Postularme”.Y, por un instante, sentí que estaba enviando un mensaje a otra versión de mí misma: valiente, loca, atrevida… la que no se conforma con lo que tiene.
—Si me aceptan… —murmuré, mientras mi perro Ajo me miraba con cara de “otra vez con tus ideas locas”. —Sí, sí, yo también lo pienso —le dije, aunque seguro no entendió ni jota.
Le di clic y esperé, como si el universo fuera a mandarme un rayo de luz, una señal, o al menos un correo automático.
Nada.
Solo Ajo bostezando y el ventilador sonando como un helicóptero averiado. Pero igual sonreí, porque algo me decía que acababa de hacer una locura… de las buenas.
¿Debería preocuparme ahora?
Pero bueno eso… eso sería más adelante. Por ahora, solo podía pensar: “Alemania… allá voy. Aunque no tenga idea de lo que estoy haciendo.”
Tomé el celular otra vez y abrí WhatsApp. En la parte superior del chat decía “Shanon 👮♀️ hermana mayor con trauma de policía”. La pobre estaba de guardia, pero igual le escribí:
Nina: Hermanaaaa, necesito contarte algo sin que te dé un infarto.
Tardó un rato en responder. Conociéndola, seguramente estaba lidiando con algún borracho del puerto o discutiendo con su superior.
Shanon: ¿Qué hiciste ahora? —respondió finalmente.Nina: Nada grave, todavía. Solo… me postulé para un trabajo en Alemania. 😬Shanon: ¿¡Qué!? ¡Tú no sabes ni decir Guten Morgen!
Solté una carcajada. Ajo me miró como si me hubiera vuelto loca, otra vez.
Nina: Ay, Shanon, no me mates la ilusión. Necesito un cambio. No puedo seguir aquí, viviendo del aire.Shanon: ¿Y a dónde se supone que vas a llegar, ah? ¿Tú sabes lo caro que es un pasaje? ¿Y los papeles? ¿Y si te meten en una trata de blancas, SABRINA?
Mi nombre completo y en mayúscula es una alerta roja, mi hermanota se acaba de arrechar. Shanon siempre ha tenido el don de convertir cualquier plan mío en una escena de Alerta Ciudadana. Pero en el fondo, sé que solo se preocupa.
Nina: Chama, por favor. No me voy a prostituir en Baviera. Es un trabajo en un complejo turístico. Dicen que te dan alojamiento y comida.Shanon: Ajá… y seguro también te dan un príncipe bávaro en caballo blanco, ¿no?
Rodé los ojos.Nina: Ay, Shanon, no seas así. Esta vez va en serio. Quiero intentarlo. No tengo nada que perder. Acaso quieres que esté como tú, en ese trabajo de mierda donde expones tu vida por un sueldo miserable y beneficios cero. Yo quiero ayudarlos tanto a ti como a los viejos y sabes que aquí no voy a poder encontrar un trabajo que valga la pena.
Hubo silencio. Bueno, silencio de chat: esos tres puntitos que parpadean y te hacen pensar si te va a regañar o apoyar. Y entonces llegó su mensaje:
Shanon: Nina… tú sí eres terca, vale. Pero si realmente quieres hacerlo, te apoyo.
Casi se me cae el celular.
Nina: ¿En serio? 😳Shanon: Sí. No quiero verte frustrada. Te puedo transferir dinero para el pasaje. Y tengo una chaqueta de invierno del operativo del año pasado, te va a quedar grande, pero sirve.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Shanon no era de las que mostraba cariño fácilmente; a sus treinta años la vida la había vuelto fuerte, rígida, siempre con esa mirada de “no confío en nadie”. Pero en ese momento, su mensaje fue como un abrazo que traspasó la pantalla.
Nina: Te juro que no voy a desaprovechar esto. Voy a demostrarte que puedo salir adelante.Shanon: No me tienes que demostrar nada, Nina. Solo… cuídate, ¿sí? Y mándame la dirección exacta de donde vas a trabajar, con contrato y todo.Nina: Hecho. Te mando todo cuando me respondan.
Puse el celular sobre la mesa, con una sonrisa tan grande que hasta Ajo la notó. Se acercó moviendo la cola y me puso la cabeza en la pierna.
—Sí, lo sé, Ajo. Tu mamá va a hacer locuras otra vez. Pero esta vez, creo que es la correcta.
El resto del día lo pasé soñando despierta.
Busqué “Baviera” en Google y me aparecieron fotos de montañas nevadas, casitas de madera con flores en las ventanas, y hombres con tirantes y cerveza en la mano. Nada que ver con el caos de mi ciudad.
Imaginé el aire frío en la cara, el sonido de la nieve bajo mis botas (que aún no tenía), y el olor a pan recién horneado. Quizás me tocaría limpiar habitaciones o servir mesas, pero al menos sería otra vida. Un comienzo diferente.
A las cinco de la tarde, me llegó un correo: “Gracias por su postulación. Llene la planilla adjunta con los datos solicitados, es importante que no se le olvide anexar foto de su Pasaporte. La esperamos pronto en Baviera”
Casi grité. Bueno, grité.
Y Shanon, desde el otro lado del chat, escribió:
Shanon: No sé si sentir orgullo o miedo. Es tan rápido, todo es sospechoso. Nina: Siente ambas. Yo ya lo hice. 😅 Ten fe como yo.
Esa noche no pude dormir.
Empaqué mentalmente todo: mi vida, mis sueños y tres mudas de ropa decente. Pensé en mamá y papá, que seguro dirían que estoy loca. Pensé en Shanon, que aunque protestará, siempre estaría ahí. Y pensé en mí, en la Nina que no se rinde.
Mientras el mar rugía a lo lejos, juré que ese clic en “Postularme” iba a ser el primero de muchos pasos hacia algo mejor. No sabía qué me esperaba en Alemania, pero al menos sabía qué dejaba atrás: el calor sofocante, los hombres Toyobobo y la versión cansada de mí misma.
Y mientras terminaba mi segunda arepa del día —porque los grandes cambios merecen doble desayuno—, sonreí.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, estaba emocionada por el futuro.
Alemania… allá voy.
Aunque no tenga la menor idea de lo que estoy haciendo.