La planta del corazon

Summary

La guerra terminó. Años después harry se entera de que draco malfoy está estudiando podología y necesita un modelo. Desde hacía años sentía algo por el rubio y no iba a desaprovechar una oportunidad de volver a reunirse con su amor platónico ¿podrá harry lograr enamorar al rubio a través de sus constantes visitas? ¿malfoy podra dejar a harry entrar en su corazón?

Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Un sueño inesperado

El verano estaba siendo inusualmente calmo para Harry Potter. No había cartas urgentes del Ministerio, ni misiones, ni misterios que resolver. Solo mañanas lentas en Grimmauld Place, tardes de té con Hermione y Ron, y noches en las que el silencio parecía pesar más de lo habitual. Desde hacía semanas, una inquietud le zumbaba en el pecho, aunque no supiera por qué.

Fue Hermione quien, con su usual forma de soltar las bombas más grandes con la taza de té en la mano, le cambió el rumbo de esa calma.

—¿Sabías que Draco Malfoy quiere ser podólogo?

Harry la miró como si le hubiera dicho que Voldemort había vuelto en forma de alpargata.

—¿Perdón?

—Sí —intervino Ron, mordiendo una tostada—. Al parecer siempre tuvo una obsesión medio rara con los pies. Y no de esa manera —agregó rápido al ver la cara que ponía Harry—. Con los pies mágicamente hablando. Dice que los pies tienen puntos mágicos que nadie estudia bien. Que es una forma de terapia, de equilibrio.

—¿Y por qué me están contando esto? —preguntó Harry, aunque ya sentía el estómago dar un vuelco leve.

—Porque Luna me contó que Draco andaba medio deprimido últimamente. Se ve que nadie quiere ser su modelo. O sea, ¿quién se deja tocar los pies así nomás por Malfoy?

Harry sintió un calor recorrerle la nuca. Bajó la mirada a su taza vacía. La imagen de Draco le vino a la mente con una nitidez casi dolorosa: sus manos finas, su rostro siempre tenso, pero con ese gesto cansado de alguien que quiere ser diferente y no sabe cómo.

Llevaba tiempo viéndolo de lejos, en eventos del mundo mágico, en alguna que otra reunión de ex alumnos de Hogwarts. Draco ya no era el mismo que a los diecisiete. Había algo contenido en él, como si caminara con miedo a pisar en falso. Y Harry... Harry nunca dejó de mirarlo. Aunque jamás lo hubiera dicho en voz alta.

—¿Dónde está haciendo eso? —preguntó de repente.

—¿Qué cosa?

—Lo de la podología. ¿Dónde lo atiende?

Hermione lo observó con los ojos entrecerrados. Era demasiado lista para no notar el cambio en el tono de Harry.

—Alquiló una sala en Hogsmeade. Pequeña, discreta. No le va muy bien.

Harry asintió en silencio. Su mente ya había decidido.


Horas después, mientras caminaba por el empedrado de Hogsmeade, Harry sintió los nervios treparle por la espalda. Llevaba un abrigo largo, más por esconder sus intenciones que por el clima. Cada paso lo acercaba a una idea que lo asustaba un poco, pero que también lo emocionaba.

Encontró la puerta: ”Salón de Terapias Alternativas - Consulta Privada“. Nada más. Ni el nombre de Draco, ni un cartel llamativo. Solo una campanita colgando y un letrero de madera.

Golpeó con los nudillos. Su corazón latía más fuerte que en ninguna batalla.

Unos segundos después, la puerta se abrió.

—¿Potter?

Draco Malfoy estaba igual que en su memoria. Tal vez más delgado, más pálido. El cabello recogido en una coleta baja, gafas finas en la nariz, y una túnica gris sobria. Su expresión era de puro asombro.

—Hola, Malfoy.

—¿Qué... qué hacés aqui?

Harry tragó saliva.

—Me enteré que necesitás un modelo.

Draco lo miró como si le acabaran de ofrecer una estrella envuelta en papel de regalo.

—¿Y vos te ofrecés?

—Sí. Si todavía necesitás uno.

El silencio que siguió fue pesado y denso. Draco abrió la puerta por completo.

—Entrá.

El lugar era cálido. Lleno de estanterías con frascos, aceites mágicos, pergaminos enrollados y libros con títulos raros: “Reflexología Encantada”, “Magia Terrestre y Centros de Energía”, “Los pies como mapa del alma”.

Harry se quitó el abrigo. Draco lo observaba sin decir mucho. Había algo en su mirada que no era burla, ni sarcasmo. Erapuro desconcierto, como si no entendiera cómo un Gryffindor se había aparecido en medio de su rutina gris.

—Te soy sincero, Potter —dijo al fin—. No tengo idea de por qué estás haciendo esto. Pero lo agradezco.

Harry se sentó en la camilla. Se quitó las botas, las medias. Sus pies tocaron el aire tibio de la habitación y, por alguna razón, no sintió vergüenza.

—Hacelo con confianza, Malfoy. Estoy acá porque quiero.

Draco suspiró. Se acercó. Sus manos temblaron apenas cuando tocó el talón derecho de Harry.

Y ahí, en ese gesto íntimo, algo empezó a cambiar.

No hubo hechizos explosivos, ni varitas en alto. Solo un ex Slytherin concentrado, cuidadoso, apoyando sus dedos en los puntos exactos. Y un ex niño elegido, con los ojos cerrados, sintiendo una paz que no había conocido ni en la sala común de Gryffindor.

Al terminar, Draco apoyó suavemente el pie de Harry sobre la toalla.

—Gracias —murmuró.

Harry lo miró. No como rival, ni como aliado. Sino como alguien que, por fin, había empezado a entender.

“Tal vez no vine solo a ayudarlo con su sueño”, pensó.“Tal vez... vine a cumplir el mío.”