Donde Duermen los Dioses

All Rights Reserved ©

Summary

Multi POV | Trigger Warning | Slowburn | Spicy | Ilustraciones "Al llegar el nuevo milenio, el mundo dejó de soñar. Veintiún años más tarde, el Oneirum, una droga de origen inquietante capaz de imitar los sueños, ofrece consuelo a una sociedad perdida mientras lentamente envenena su realidad. En este mundo, Trent, un joven marcado por la habilidad de ver la verdad en el rostro de las personas, es el único ser humano capaz de soñar aún. Su don le permite entrar en la mente de otros y moldear sus pensamientos a voluntad, dejando tras él un rastro de muerte que el detective William Ragkner sigue sin descanso, ignorando que lo que persigue es solo la sombra de algo mucho más grande." Primera parte de una trilogía. Portada e ilustraciones hechas por mí.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo


La muerte esperaba en silencio en la sala de interrogaciones. Iba esposada, con las manos a la espalda, siendo el leve chirrido de un gastado ventilador lo único que rompía el silencio. Tras una hora sin comunicación alguna, la puerta de la sala se abrió y el investigador William Ragkner entró con una carpeta en mano.

El reloj en la pared daba las once y cuarto de la noche. El detective lo observó en silencio, con una ira contenida que se dejaba entrever en sus ojos fríos. Se le veía cansado, desalineado. Solo una mesa de acero los separaba y un espejo de doble cara en la pared los contemplaba.

El detective se sentó frente al preso, dejando el expediente que llevaba sobre la mesa, y lo observó con atención; sentado en la silla de acero cromado en medio de la iluminada habitación y en total silencio, el asesino le devolvía la mirada por debajo de esa horrible máscara de hueso.

Ningún oficial logró removerla de su rostro. Los dos que lo intentaron terminaron con la piel derretida y el músculo de sus manos expuesto al rojo vivo. El asesino no mostró reacción alguna mientras los hombres gritaban y sujetaban sus manos escaldadas. Solo mantuvo la vista fija hacia delante. Igual que ahora.

Aún se lograba percibir el acre aroma a carne quemada en la sala.

—¿Por qué no te quitas eso? —preguntó el detective al fin. El asesino levantó la mirada al escucharlo—. Si intentas parecer enigmático o macabro, lo estás haciendo mal. Solo te hace parecer un imbécil. Un niño queriendo ser interesante.

Aun diciendo eso, el detective seguía escuchando los gritos de sus compañeros mientras observaba con disimulo el ondular de la gabardina negra que vestía el asesino. Parecía ondular en el aire como un espejismo. Le mareaba.

Solo la máscara de cráneo con cinco protuberancias alargadas en la parte superior, parecidas a una corona, se mantenía fija. Real.

Alejó la vista y se frotó los ojos en un intento por disipar la imagen de su mente.

—Parece cansado, detective –dijo el asesino con voz profunda, cavernosa—. ¿Hace cuánto que no duerme?

Era cierto. La falta de sueño y el estrés de los últimos días, sin mencionar lo sucedido a sus compañeros antes de que él entrara, estaban acabando con él. Se sentía enfermo, sin fuerzas y con un creciente vacío en el pecho que parecía ocupar cada vez más espacio en su interior. Le pesaba y aletargaba, haciéndolo sentir en el fondo del océano.

—Eso no importa ahora –dijo, este restándole importancia con un vago ademán—. Lo que sí importa es…

Un cascabeleo a la distancia captó su atención. O al menos creía haber escuchado algo parecido a una sonaja o la cola de una serpiente de cascabel. La falta de sueño se lo estaba comiendo vivo.

—Lo que sí importa es —continúo—, ¿por qué mataste a estos hombres?

Ragkner abrió el expediente y lo deslizó por la mesa. Ocho reportes de ocho hombres diferentes cuyas únicas similitudes eran las cuencas oculares vacías, además de trabajar para Itzek Collier, el creador del oneirum, la droga del sueño. Desnudos del pecho, acostados en una mesa metálica y con heridas recientes de las autopsias. Pero su interlocutor no reaccionó a estas.

Ni siquiera podía asegurar con esa maldita máscara que las estuviera viendo siquiera.

No.

Sabía que no las veía. Lo ignoraba.

Harto de su actitud, el detective estuvo a muy poco de levantarse y lanzarle un puñetazo para hacerle reaccionar o, con un poco de suerte, arrancarle esa puñetera máscara del rostro. Pero se detuvo. Lanzó una mirada de cansancio al espejo en la pared a su izquierda.

¿De verdad no había nadie más que pudiera hacer esto? Él estaba encargado de la investigación de la droga del sueño, no de esto. Si bien el hombre frente a él era el responsable de la muerte de varios sospechosos de estar bajo las órdenes de Itzek Collier, no era su responsabilidad estar ahí.

No tenía la paciencia necesaria en ese momento.

—¿Y bien? –preguntó de mala gana.

—¿Ha visto el historial de esos hombres, detective?

—Sí.

—Entonces sabe bien quienes son y qué es lo que hacían. Asesinos, violadores, pederastas, traficantes de drogas y personas. Todos operando por debajo y por encima de la ley. Ninguno de ellos era inocente…

—Eres un vengador enviado del cielo, lo capto —dijo Ragkner sin pensar —. Sigues sin tener derecho a ir por ahí arrancándole los ojos a la gente. Mucho menos a interferir con nuestro trabajo. Hay procesos.

El asesino rio con sorna.

—Si yo no hubiera interferido, esos —señalo las fotografías con el mentón — seguirían por ahí, libres. Conozco sus procesos, detective. Son deficientes en el mejor de los casos. Eso, si es que no los han sobornado para hacer la vista gorda.

Ragkner sintió como la sangre le subía a la cabeza, pero hizo un esfuerzo por mantenerse sereno. Lo tenía tan cerca. Y estaban solos. Sus compañeros al otro lado del espejo se tardarían unos valiosos segundos en entrar y separarlo antes de que… no, tenía que tranquilizarse. Su furia no era porque se refiriera a él, sino a que no se equivocaba. Pero no podía aceptarlo frente a él. No podía darle la razón sin caer en el mismo hoyo. Debía mantener la distancia.

Trató de calmarse y respiró hondo con disimulo. Su mirada dio con el reloj, que marcaba las tres y cuarenta de la tarde. William se dio cuenta de que las manecillas iban en sentido contrario…

La voz del preso lo regresó al presente.

—Si me lo pide puedo darle mi confesión, no me importa. Pero si hasta ahora no han descubierto la razón por la que hago esto, no tengo ningún motivo para explicárselo, detective. No tiene caso —guardó silencio por un momento, con las sombras generadas por el ahora silencioso girar de las aspas del ventilador sobre su cabeza. Entonces murmuró más para sí mismo que para el detective—. Con la policía atenta deberé ser aún más precavido.

—¿Ser más precavido? –preguntó William, olvidándose por completo del reloj defectuoso.

Se levantó, cruzó la distancia entre ellos y tras guardar los reportes en la carpeta se recargó contra la mesa para ver de frente al asesino.

—¿Y para qué quieres ser precavido? ¿Para que no te atrapemos?

El comentario no pareció ser del agrado del asesino. Ragkner no pudo evitar reír de satisfacción, regodeándose del efecto que tuvo en su interlocutor. Haberle hecho notar su error despejó, aunque solo un poco, la irritación que le había provocado la actitud del prisionero.

Entonces, mientras el detective aflojaba el nudo de su corbata por el calor que comenzó a sentir, el asesino pareció entender la gracia del chiste, pues una risa emergió desde las profundidades de la máscara.

William, alerta ante cualquier posible reacción violenta, se alejó unos pasos mientras desabrochaba la funda de su arma y lanzó una rápida mirada de advertencia al espejo, a sus compañeros.

Poco a poco su risa fue haciéndose cada vez más audible, pasando de un simple y vibrante murmullo a una carcajada más fuerte que lo desconcertó debido al volumen que solo iba en gradual aumento.

En poco tiempo se volvió tan fuerte que obligó a su dueño a retorcerse en la silla y echar hacia atrás su cabeza.

Con las manos esposadas tras la espalda, la tensión en su pecho hizo que su gabardina se abriera y le mostrará la extraña mezcla de ropas que vestía. Antiguas y ajenas a este mundo.

Esa risa le producía un malestar que en nada ayudaba al vacío que sentía por dentro debido a la falta de sueño. Un malestar que solo aumentaba junto a la risa del asesino, que comenzaba a taladrarle la cabeza. Profunda y tenebrosa como la de un demonio, la risa que salía de esa garganta y que estaba separando las mandíbulas de la máscara como si esta fuera el verdadero rostro del asesino le atravesaba el pecho, extendiéndose hasta su corazón, enfriándolo e inundándole de un poderoso terror que no había sentido desde que era un niño y sentía que en las noches algo lo observaba desde la orilla de su cama.

La luz de los focos fluorescentes se intensificó al tiempo que la carpeta resbalaba de entre sus dedos. Las víctimas en las fotografías gritaban de dolor por la risa del asesino mientras caían al suelo.

Con las manos ahora libres se cubrió con fuerza los oídos para soportar esa risa que le perforaba las sienes. Sin darse cuenta se derrumbó para hacer frente al horror que comenzaba a florecer en su interior. Intentó gritar cuando el dolor se volvió insoportable, pero aunque sentía la tensión en su boca y el grito que profería le desgarraba la garganta, no fue capaz de escuchar sonido alguno.

¿Dónde están todos?, llegó a pensar ¿por qué no entran y me ayudan? ¿Ellos también están sintiendo esto?

Con gran esfuerzo, sintiendo su cuerpo pesado como si la risa del asesino fuera la gravedad misma, volviéndose cada vez más fuerte, volteó a ver el espejo de doble cara que estaba frente a él en un vano intento de pedir ayuda, pero en la pared ya no había ningún espejo. Solo una pared tapizada con fotografías de una familia y el asesino, ahora sentado en un viejo sillón reclinable, volteado hacia él, viéndolo de frente.

Se escuchó un cascabeleo en la habitación y todo cesó; la risa, el miedo, el frío en su corazón y la presión en su cabeza dejaron de existir por un momento. Incluso el tiempo parecía haberse detenido.

Se encontraban solos en la pequeña sala de un departamento descuidado. El ventilador aún giraba en silencio sobre ellos. Solo el sonido del reloj, que marcaba las tres con cuarenta y siete de la tarde, y la televisión a espaldas de William rompían el silencio en el lugar.

El detective no podía despegar su vista del asesino que seguía riendo, pero parecía haberse detenido en el tiempo y solo un lejano eco quedaba del sonido de su risa. El cansancio, el miedo, la ira en su interior… Todo desaparecería si tan solo William hiciera lo que debía hacer.

Antes de que se diera cuenta, Ragkner había desenfundado su arma y le apuntaba al asesino. Sudaba, jadeaba, estaba cansado y por encima de todo, estaba furioso.

El tiempo parecía haberse detenido, nadie sabría nunca que fue él quien lo mató. Una bala y todo dejaría de ser.

Ragkner se relamió el sudor en el labio mientras apuntaba y ejercía fuerza en el gatillo.

—¿Papi?

William sintió un nudo en la garganta al escuchar la voz de la pequeña niña que lo miraba desde la puerta de la sala. Parecía tener al menos tres o cuatro años de edad. Abrazaba un peluche que sostenía su propia sonaja y tenía los pies descalzos manchados de sangre.

—Vuelve a dormir mi amor, todo está bien —le prometió William alzando su mano libre para tranquilizarla, pero sin dejar de apuntar con su arma al monstruo frente a él.

Ese monstruo que le observaba en silencio a través de la máscara de hueso coronada por protuberancias parecidas a colmillos… ¿Tan poco significaba la vida de alguien para él? Solo una bala y acabaría con eso.

—Parece cansado, detective –dijo el asesino con su cavernosa voz desde el sillón. Un brillo parecido al de una estrella se giró hacia él desde la cuenca oscura de la máscara—. ¿Hace cuánto que no duerme?

El corazón de William latía con fuerza, el pulso en sus oídos, como si se encontrara en el fondo del océano. Del vacío.

Su jadeo menguaba y, tras decidir dejar a un lado la lógica y sus instintos, decidió poner fin a eso y seguirle la corriente.

Tal vez todo volvería a la normalidad si lo hacía. Comenzaba a sentirse menos real, menos tangible. Como si el espacio desaparecido y el tiempo detenido diluyera su propia existencia.

—Tres días —dijo, sintiendo el peso de todas esas horas caer sobre él—. Hace tres días que no duermo.

El arma le pesaba, o quizá solo le faltaban las fuerzas debido al estrés. Quizá era miedo de cruzar la línea, pero ya era tarde.

William Ragkner hizo acopio de las fuerzas que le quedaban y disparó.

La bala impactó en la frente del asesino, fragmentando su máscara. Una lluvia de huesos salió despedida por la fuerza del impacto. Grandes trozos cayeron en la alfombra, pero William seguía sin lograr ver su rostro.

El cuerpo inerte del asesino se derrumbó sobre el sillón con varios agujeros de bala en el pecho. No recordaba haberle hecho esos otros disparos. ¿Había sido él? ¿Ya estaban ahí? Ya no vestía ropas negras, sino una bata de algodón abierta y pants grises, rotos. La sangre que salía de los disparos manchaba el sillón y comenzaba a llegar al suelo.

Por Dios, la niña…

William la recordó en un instante de lucidez, horrorizado, pero no había rastro de ella. Solo un camino de huellas sangrientas que se perdían en la oscuridad del pasillo que daba a las habitaciones del departamento. Sus manos temblaban al punto de impedirle sostener el arma con firmeza, así como sus piernas que parecían vencerse bajo su propio peso.

Aun así se asomó por el pasillo y de las tres puertas que había al fondo de este, solo una se encontraba entreabierta. Un cascabeleo sonó desde el interior de la habitación.

William, un poco más despejado, reunió valor y se adentró en la oscuridad del pasillo.

El cascabel sonó de nuevo.

Su corazón latía con fuerza y todo en su interior le gritaba que se alejará, que se fuera antes de que algún vecino llamara a la policía y lo atraparan.

Sudaba, no solo por el calor sofocante que inundaba el departamento; temblaba por el shock de lo que acababa de hacer. Le costaba respirar. El pasillo parecía alargarse con cada paso que daba, pero al llegar a la mitad se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.

Volvió a escuchar el cascabeleo, seguido esta vez de un golpe sordo.

Preparó el arma y abrió la puerta.

La enorme espalda de una criatura, tan alta como el techo, le dio la bienvenida a la sala de la que acababa de salir.

La criatura le dio un pisotón al cuerpo de un hombre con las mismas ropas y rostro de William, derrumbado sobre la alfombra inundada con su sangre. Un sonido de cascabel se arrancó de las conchas de mar que adornaban los anillos de oro en las pantorrillas de la criatura y el pisotón que dio resonó en la distancia como el eco de un terremoto.

El hombre con el rostro de William, pisoteado por la criatura, estaba muerto, pero lo miraba directo a los ojos. Yacía frente al mismo sillón manchado de sangre donde el cuerpo del asesino debía estar.

La criatura no parecía haberse percatado de la presencia del detective. Tenía la cabeza agachada y todos los músculos de la espalda en tensión, al igual que los brazos, ligeramente contraídos y sendas manos retorcidas como garras.

Una gota de sudor le entró al ojo, causándole un repentino ardor. William se limpió los ojos con premura.

Al abrir los ojos, la criatura lo observaba en silencio.

Llevaba la misma máscara que el asesino, con la misma fractura por la bala que acababa de recibir. Se giraba sobre sí mismo en un ángulo imposible para un ser humano para verlo, sin dejar de pisar el cuerpo en el suelo, dejando caer trozos de la máscara que seguía despedazándose.

Su cuerpo estaba lleno de tatuajes antiguos e iba solo con un taparrabos y brazaletes de oro ajustados a sus brazos y piernas con adornos de plumas. Un rostro inhumano se asomaba bajo la máscara.

En un parpadeo, el tiempo que a William le tomó alzar su arma, la criatura cruzó la distancia entre ambos y lo tomó del cuello, alzándolo como si no pesara nada.

Se miraron fijamente por un instante que pareció eterno, mientras el detective pataleaba en un intento por zafarse del monstruo. El aire comenzaba a faltarle y los músculos del cuello le estallaban con palpitante dolor.

Unos ojos profundamente oscuros, como pozos infinitos en cuyo interior brillaban resplandecientes estrellas capaces de ver más allá de la carne, destrozaban cada capa de su cuerpo y alma, dejando al descubierto solo sus más profundos temores.

Ragkner dejó caer el arma e intentó usar ambas manos para separar esos dedos que le oprimía el cuello, sin éxito. Le faltaba el aire. Cada vez entraba menos por su garganta resollante. El borde de su visión se oscurecía mientras la criatura acercaba su rostro al suyo con tortuosa lentitud.

El asesino le sonreía.

—¿De verdad creé estar despierto, detective?