Capítulo 1
El sol apenas se asomaba por encima de las montañas cuando una tenue luz dorada se filtró por la ventana de madera, tiñendo de cálido ámbar la pequeña habitación. Las cortinas ondeaban suavemente con la brisa matinal, llevando consigo el aroma fresco del bosque cercano y el murmullo lejano del río.
Lior entreabrió los ojos, aún atrapado entre el último sueño y la conciencia. Parpadeó un par de veces y rodó sobre el colchón de paja, arropado por una manta tejida por su madre. Durante unos segundos, simplemente se quedó allí, escuchando.
Las aves trinaban con energía desde los árboles, anunciando el inicio de otro día en Verdenia. Se oían los pasos pesados del vecino arrastrando su carreta, el crujir de la leña en la cocina, y el suave tarareo de una voz familiar. Elyra. Su madre ya estaba despierta, como siempre.
—Lior —se oyó desde abajo—, si no te levantas en los próximos cinco latidos del corazón, desayunamos sin ti.
Una sonrisa perezosa se dibujó en su rostro. Siempre decía eso. Siempre contaba cinco, aunque él supiera que podía estirarlo hasta diez o doce sin problema. Pero esta vez, decidió moverse. Se sentó en la cama, se frotó los ojos y estiró los brazos, sintiendo cómo los músculos despertaban uno a uno.
El suelo de madera crujió bajo sus pies descalzos cuando caminó hacia la ventana. Desde allí, podía ver parte de la aldea las casas de techos de paja, los campos cubiertos de rocío, y los árboles que rodeaban todo como un abrazo protector. Una columna de humo delataba que Ilyne, su amiga, también estaba despierta. Seguramente estaba ayudando a su madre a hornear.
Todo parecía tan... eterno. Tan inquebrantable.
—¡Lior! —volvió a llamar su madre, ahora con un tono más severo.
—¡Ya voy! —respondió él por fin, y su voz aún cargaba esa somnolencia cálida de la infancia.
Se puso la camisa de lino que colgaba del respaldo de una silla, ató con torpeza el pantalón de tela áspera, y bajó por las escaleras, donde lo esperaba el aroma irresistible del pan recién hecho.
Kaen, su padre, estaba sentado en la mesa. Su gran espalda ocupaba casi toda la banca. Tenía la piel tostada por el sol y el cabello revuelto como siempre. Levantó la vista de su cuenco de avena para ver a su hijo bajar.
—Dormiste como un oso —gruñó, aunque en su voz había un dejo de burla cariñosa.
—Soñé que atrapaba un ciervo enorme —dijo Lior con media sonrisa.
—Entonces hoy podrás demostrarlo. Iremos al bosque después del desayuno —añadió su padre sin más.
Lior sintió que el corazón le daba un pequeño salto. Le encantaba salir a cazar con su padre. No solo por la emoción, sino por las historias que le contaba entre los árboles. Historias de cuando era joven, de las criaturas del bosque, y de los errores que no debía cometer.
Elyra le sirvió un poco de leche caliente y una rebanada de pan con miel.
—Y si cazas algo, recuerda agradecer al bosque antes de tomarlo —dijo, dándole un beso en la frente.
Lior asintió con la boca llena.
Ese era el comienzo de un día como tantos otros. Un día común, donde nada parecía fuera de lugar. Un día como cualquier otro...