Prólogo
Una vez, una vieja amiga me dijo:“A veces hay que tocar fondo, destruirnos por completo, para poder renacer”.
Recuerdo aquella tarde lluviosa de enero, cuando Bea soltó esas palabras. En ese momento, no entendí lo que quería decir. De camino a casa, esa frase me rondó la cabeza, una y otra vez, pero no logré descifrarla. Lo cierto es que, con solo trece años, no creía posible que alguien pudiera desear destruirse a sí mismo. «Es ridículo», pensé. Nadie con neuronas querría dañarse de esa forma a propósito.
No obstante, los años pasaron y la fantasía en la que vivía se desmoronó. Lo que una vez fue brillo y alegría, se transformó en polvo y cenizas. Fue entonces, cuando lentamente, comencé a comprender el verdadero peso de esas palabras.
Hoy sé que lo que Bea me dijo esa tarde no solo era verdad, era más real de lo que podía imaginar. Cada día, durante los tres años que compartimos, fue como si ella supiera que estaba preparándome para el infierno que se me venía encima. Cada lección, cada conversación, era una advertencia disfrazada de consejo.
No lo vi venir. Ni siquiera percibí las pequeñas chispas que brotaban de los brazos de Samuel cada vez que me abrazaba. Ignoré las señales que me enviaba el universo, como si estuvieran escritas en un idioma que no entendía. Tampoco vi ese cartel de“¡Detente! ¡Futura explosión!”, que colgaba, pintado de amarillo fluorescente, sobre la frente de ese chico dulce.
No vi nada. ¿Por qué? Quizás porque tenía miedo de destruir esa vida perfecta en la que creía estar, o tal vez, porque simplemente fui demasiado ingenua. Y cuando el fuego me rodeó por completo, supe que estaba jodida.