Recuerdos teñidos de púrpura

Summary

Una broma inocente y una poción equivocada se convierten en el punto de partida de una verdad más profunda de lo que cualquiera podría imaginar. Entre el eco de los pasillos de Hogwarts y el susurro de una bruma púrpura, Severus Snape y Sirius Black deberán adentrarse en la niebla que cubre sus recuerdos, enfrentándose a aquello que la magia quiso ocultar.

Genre
Lgbtq
Author
Daniela
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

Azares de una broma

El aire del salón de pociones estaba impregnado de un pesado aroma a hierbas secas y a la humedad que emanaba de las paredes. En el centro de la estancia, un hombre se erguía frente a un caldero oxidado. Era Severus Snape, quien añadía ingredientes con precisión calculada, observando la transformación del líquido y anotando con meticulosa atención cada detalle.

Snape trabajaba en el desarrollo de una nueva poción, una investigación personal a la que dedicaba el escaso tiempo libre que le permitía su ajetreada rutina.

Su metódico ritual de añadir y anotar se vio interrumpido por el chasquido seco de una aparición. Frente a él se materializó un hombre tambaleante que a duras penas lograba mantenerse en pie. Era Sirius Black, el infame prófugo de Azkaban, ahora reducido a ser el hombre de los recados para la Orden del Fénix.

Severus le dedicó una fugaz mirada al recién llegado antes de volver a concentrarse en su caldero, ignorándolo por completo.

Una vez recompuesto, Sirius lo fulminó con la mirada y soltó un gruñido de fastidio para captar su atención.

—Necesito las pociones para Remus —dijo con voz rasposa.

Sin siquiera levantar la vista, Snape continuó escribiendo en su libreta desgastada.

—¡Maldita sea, Quejicus! —Sirius rodeó la mesa y, con un movimiento brusco, le arrebató la libreta y la arrojó contra la pared—. Dumbledore te ordenó que hicieras las pociones para Remus. ¡Cumple con tu parte! —bramó.

Snape se irguió lentamente, sus ojos negros brillando con malicia. —Pero no especificó que tuviera que soportar la presencia de un pordiosero borracho en mi laboratorio.

A Sirius, la sangre le subió a la cabeza. ¿Cómo se atrevía ese sucio y desarreglado pocionista a insultarlo? Él no era un alcohólico; solo disfrutaba del vino en sus momentos de soledad. ¿Él, un alcohólico? ¿Cómo se atrevía Quejicus a insinuar algo así?

Sin embargo, por mucho que lo negara, Snape tenía razón. En las últimas reuniones de la Orden, Black se había presentado con un inconfundible olor a licor. Aunque a veces intentaba disimularlo bajo una capa de perfume, el entrenado olfato de un maestro de pociones no se dejaba engañar.

—Mira, grasiento, no hables de lo que no entiendes —siseó, acercándose con cada palabra—. No eres más que un simple maestro escondido en este cuartucho polvoriento, útil únicamente por ese culto de psicópatas al que sirves. De no ser por eso, te estarías pudriendo en una celda.

Lejos de reaccionar a su actitud infantil y soberbia, el hombre de ojos ónix lo miró fijamente y respondió con voz gélida: —Para venir a mendigar la cura de tu compinche, eres bastante altanero, perro sarnoso. No me provoques, porque a mí no me cuesta nada dejar de proveer la poción matalobos a Lupin.

Se desafiaron en una guerra de miradas en la que ninguno parecía dispuesto a ceder. Finalmente, tras unos tensos segundos, fue Sirius quien, con el orgullo magullado, apartó la vista y aceptó su derrota. Se recordó a sí mismo que no podía arruinarle esto a su amigo.

Satisfecho con su victoria, el profesor se dio la vuelta y entró en la bodega del salón en busca de la poción.

Aún resentido por su derrota, Sirius observó el caldero burbujeante y una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro al encontrar una forma de desquitarse. Aprovechando que Snape seguía en la bodega, empezó a arrojar ingredientes al azar en la poción: tallos de plantas, polvos de colores y cualquier cosa que encontró sobre la mesa. Satisfecho con su travesura, se sentó sobre el mesón de madera, cruzó las piernas y se dedicó a admirar sus uñas con aire arrogante mientras esperaba.

Sin sospechar nada, el profesor de cabello negro regresó. Se acercó a Sirius para entregarle un frasco de cristal, pero se detuvo en seco. Un vapor espeso, inconsistente con el que había dejado, se arremolinaba sobre su caldero. Su preocupación aumentó al notar el alarmante color violeta oscuro que había adquirido la mezcla. Se volteó bruscamente hacia el hombre de la chaqueta de cuero.

—¡¿Qué has hecho, idiota?! —bramó Snape, perdiendo por completo su habitual compostura imperturbable. Su poción era totalmente inestable y no tenía idea de cómo solucionarlo.

Con una sonrisa socarrona, Sirius simplemente disfrutaba del espectáculo. No le gustaba interactuar con el hombre de nariz ganchuda, porque siempre sacaba a flote ese lado inmaduro que intentaba dejar atrás. Sin embargo, el otro no se la ponía fácil, atacando constantemente con comentarios ácidos y certeros.

—Simplemente quería ayudarte —dijo Sirius con una voz falsamente suave, encogiéndose de hombros.

El profesor iba a replicar, pero fue interrumpido por una violenta explosión. El caldero estalló, lanzándolos a ambos por los aires. Cayeron con fuerza contra el suelo de piedra mientras el salón se llenaba de un denso humo púrpura que les dificultaba la respiración. Severus intentó sacar su varita, pero sus movimientos eran torpes y lentos; no fue capaz de articular un hechizo coherente antes de desplomarse en el suelo, perdiendo el conocimiento.

Sirius, por su parte, trató de arrastrarse hacia la puerta, pero una abrumadora pesadez en su cuerpo frustró su intento. Sólo logró avanzar unos pocos centímetros antes de caer también en la inconsciencia.