Vera Salazar "El huracán" - Asesinato en Halloween

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Summary

La detective Vera Salazar —“El Huracán”— llega tarde a una escena del crimen en la noche de Halloween. Lo que parecía otro asesinato más en el Callejón 8 pronto se convierte en algo distinto: una víctima que le resulta familiar, una grabadora perdida que aparece junto al cuerpo y una sensación gélida que parece seguirla a todas partes. Entre el humo del tabaco, las luces intermitentes y una voz que susurra su apodo desde la oscuridad, Vera tendrá que enfrentarse no solo a un asesino, sino a las grietas de su propia mente. Porque a veces, los monstruos que cazamos se parecen demasiado a nosotros.

Status
Complete
Chapters
15
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 | Contra reloj

Corrí a toda prisa por las calles abarrotadas de personas y puestos comerciales. El aire fresco de la noche se colaba en mis pulmones como un cuchillo delgado, y cada bocanada que exhalaba se mezclaba con el vapor agrio y dulzón de los carros de comida. La respiración se me entrecortaba más con cada paso, un jadeo irregular que resonaba en mis oídos como el tic-tac de una bomba a punto de estallar. Sentía el peso del cansancio en las piernas y el peligro constante de resbalar sobre el pavimento mojado, pero no podía detenerme.

El reloj de pulsera brillaba cada vez que lo miraba: 19:56... 19:58... las agujas seguían su curso implacable, un recordatorio cruel de que el tiempo no perdonaba a nadie, ni siquiera a mí, la detective que siempre llegaba primero. Zigzagueaba entre los puestos callejeros, esquivando cajas de cartón y bolsas de plástico, tratando de no derribar nada. Un vendedor gritó algo sobre “¡calabazas encantadas, solo por Halloween!“, y su voz se perdió en el caos, pero el eco me perforó el cráneo.

La multitud era una masa viva, un monstruo hecho de cuerpos que se movían sin mirar, ajenos a mi desesperación. Me abrí paso como un cuchillo romo, maldiciendo en silencio cada obstáculo.

Llegué a las escaleras de la estación del metro Oeste con el último aliento, el pecho ardiendo como si hubiera inhalado fuego líquido. Bajé de dos en dos los escalones, casi tropezando en el último tramo, donde el musgo resbaladizo del borde me traicionó por un segundo; mi mano se aferró al pasamanos oxidado y frío, y el corazón martillaba en mi pecho con un ritmo salvaje, como un tambor de guerra que anunciaba mi derrota.

Apenas alcancé la plataforma, vi cómo las luces del metro desaparecían por el túnel, dejando atrás solo el eco metálico de las ruedas chirriando contra los rieles y el viento que arrastraba el último suspiro del tren, un soplo caliente y polvoriento que me revolvió el cabello y trajo consigo el olor a frenos quemados y metal caliente.

Eran las 20:05. Había perdido el último transporte que podía llevarme a la escena del crimen.

—Demonios fósforos… —murmuré con fastidio. Carraspeé un par de veces; la garganta me raspaba como si hubiera tragado cenizas—. Voy a tener que tomar un taxi.

Me quedé unos instantes más observando la plataforma vacía. Los tubos fluorescentes parpadeaban sin cesar, como si no supieran si quedarse encendidos o extinguirse en la oscuridad, mientras emitían un zumbido que parecía burlarse de mi prisa, un ronroneo eléctrico que vibraba en mis dientes y me ponía los nervios de punta.

El reflejo en los paneles metálicos me devolvió un rostro que apenas reconocí: ojeras marcadas como surcos negros, labios secos y agrietados, la piel tensa y pálida por el estrés. Por un segundo tuve la sensación de que el reflejo sonreía antes que yo, una curva maliciosa en los labios que no controlaba. Parpadeé, y desapareció, dejando solo el eco de un escalofrío que me bajó por la nuca.

Me froté el rostro con ambas manos, intentando borrar el cansancio o lo que fuera que se me estaba metiendo debajo de la piel.

—No es nada —me dije, aunque no estaba del todo segura.

Subí nuevamente las escaleras hacia la calle, esta vez con una calma que no sentía, cada escalón un esfuerzo deliberado por recomponerme. Ya daba igual si llegaba tarde; mis maldiciones no cambiarían el reloj.

No sé qué me pasa últimamente, pensé, el eco de la frase rebotando en mi cráneo como una bala perdida. Nunca llegaba tarde a una escena del crimen. Siempre era la primera: ansiosa, precisa, dispuesta a capturar hasta el más mínimo detalle antes de que los forenses y el resto de los oficiales contaminaran todo con sus suelas asquerosas. Pero hacía unos meses que algo en mi mente se estaba resquebrajando, traicionándome cuando menos lo esperaba.

¿Será la edad?, me pregunté, encogiéndome de hombros mientras me agarraba del pasamanos y aceleraba hacia la salida. Recordé a mi madre diciendo lo mismo, riendo mientras pelaba manzanas en la cocina, pero su risa ahora sonaba hueca en mi memoria, teñida de la amargura que heredé sin querer.