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El Laberinto de Sofía

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Summary

Desde que era una niña pequeña, Sofía ha mostrado habilidades especiales: objetos que se mueven solos, premoniciones, conversaciones con presencias que nadie más puede ver y accidentes que dejan a su alrededor una estela de miedo. Ahora que finalmente ha herido a alguien, Nicolás, su padre adoptivo, debe encontrar la manera de protegerla y evitar que un policía obsesivo los separe para siempre. Mientras huyen, el peligro crece y las fuerzas que los persiguen se vuelven cada vez más violentas. Nicolás hará lo imposible por salvarla, incluso si eso significa enfrentarse a lo que Sofía realmente es. Una historia de terror sobrenatural y suspenso psicológico sobre el amor, la culpa y los límites de lo que un padre puede soportar para proteger a su hija.

Status
10mo ago
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

I

Nicolás se asfixiaba dentro de su pequeño Toyota sin aire acondicionado, el cual aún continuaba pagando en cómodas cuotas que amenazaban con tenerlo hundido en la miseria antes de que su hija cumpliera los diez años de edad. 

El tráfico, a esa hora, era insoportable, en especial en aquella zona.

Los colegios privados: La Salle, Saint Andrews y San Marcos, se disponían uno después del otro, en la estrecha avenida Arequipa.

El horario de salida era un caos infernal de autos ridículamente caros. Ninguno conducido por su dueño real, sino por algún chofer o empleado enviado a hacer la tarea que ningún otro padre parecía molestarse en cumplir.

El sol ardía en lo alto del cielo, sin nubes, indiferente a los sufrimientos mortales de las gentes que iban y venían cocinándose, como hormigas bajo la lupa de un niño sádico y aburrido.

Tenía las ventanas abiertas de par en par, pero ni el más mínimo atisbo de brisa se apiadaba de él.

No recordaba haberse encontrado más incómodo en algún instante de su vida, que encerrado en aquella ridícula e interminable espera por ir a recoger a su hija y hablar con aquella profesora tan irritante, que se pasó los últimos meses tratando de llevarlo al colegio a como dé lugar.

—Sí, señor Gareca, como le digo, me encantaría tener una conversación con usted pronto. El desempeño de su hija es extraordinario en lo académico, pero ha estado teniendo muchos problemas para hacer amigos y relacionarse con sus compañeritos y tampoco parece llevarse bien con ningún profesor, siempre cuestiona y desobedece.

Casi podía recitar de memoria el gastado discurso con el que ella lo saludaba cada vez que dejaba a su hija en el colegio por las mañanas.

¡Dios!, ¿nadie piensa avanzar? ¿Nos quedaremos estacionados aquí para siempre?, pensó con frustración.

No estaba acostumbrado a aquella experiencia enloquecedora, era por ese mismo motivo que había contratado el servicio de bus escolar para llevar a su hija de vuelta a casa, mientras él seguía en el trabajo.

Hacía inagotables horas extras para poder pagar aquel bendito bus, las elevadísimas cuotas del colegio, beca o no beca, y tratar de llevar un plato decente de comida frente a los grandes y risueños ojos de su hija.

Pero aquel día no tenía opción. Del otro lado del teléfono ya no estaba la misma desesperante vocecilla chillona que utilizaba con los niños. Esta vez pudo escuchar a la maestra con una voz adulta y claramente preocupada. Incluso asustada.

—Señor Gareca, soy la profesora Susana. Tiene que venir de inmediato, ha ocurrido algo terrible. No puedo explicarle por teléfono, pero es urgente.

—¿Está bien Sofía? ¿Le ha pasado algo? —preguntó, elevando el tono de voz.

—Ella se encuentra bien, no le ha pasado nada. Pero ha tenido un… incidente con otros alumnos.

—¿Incidente?

—Sí, ha habido un desafortunado accidente. ¿Recuerda cómo le pedí incontables veces que conversáramos sobre ella? ¿Cómo le cuesta relacionarse con los otros chicos?

—No entiendo, qué tiene que ver eso ahora —contestó irritado por la insistencia de la maestra sobre aquel tema y por cómo sentía el tono acusador de ella, como queriendo decir: “Yo se lo dije, esto podía haberse evitado”—. ¿De qué accidente me está hablando?

—¡Venga inmediatamente! Los niños han sufrido heridas graves. Los han llevado al hospital. Dese prisa, por favor.

Seguía repasando la breve conversación en su mente, mientras el tráfico avanzaba unos pocos centímetros para volver a detenerse. Apagó el motor del vehículo para ahorrar un poco de gasolina en aquella espera que se le hacía interminable.

Tenía los ojos clavados en la guantera de su auto, en aquellos documentos que había ido a buscar hace más de un mes y que no se había atrevido a abrir desde el día de su visita al orfanato.

No podía juntar el valor de enfrentar las verdades ocultas sobre su hija que quizás ignoraba y serían demasiado para su agotada mente. O que, por otro lado, no encontrara nada relevante en absoluto y tendría que hacer frente a la situación completamente a ciegas.

Los vehículos habían avanzado nuevamente y el fuerte bocinazo de una enorme camioneta Ford negra, detrás de él, lo sacó bruscamente de su ensoñación.

Encendió el motor y avanzó lentamente hasta alcanzar el Mazda rojo brillante que iba por delante y lo cegaba con los incandescentes destellos del sol reflejados en su inmaculada pintura metalizada.

Al detenerse nuevamente y, luego de apagar su motor, juntó un poco de valor y abrió la guantera.

El gran sobre de papel madera seguía en el mismo lugar donde lo había dejado, arrugado por todas las veces que lo había retirado y manoseado, sin atreverse a explorar el contenido, y lo había vuelto a colocar en el mismo escondite.

Lo tomó con manos temblorosas, retiró el folder amarillo del interior que contenía todos los documentos y en un extremo llevaba el nombre de su hija. Lo abrió y derramó varios papeles en el asiento del copiloto.

Se quedó mirándolos mientras su mente seguía divagando en recuerdos de su hija, de experiencias peculiares que le habían detenido el corazón en seco y a las que jamás pudo atribuirle más explicación que su propio cansancio y falta de sueño, que le hacían ver cosas que no estaban ahí.

Pero, en aquel momento, en medio del calor abrasador de un día sin nubes, con un sol sin piedad sobre la cabeza, sintió un escalofrío que le recorría toda la espalda, bañándose en un sudor frío.

¿Será posible que haya herido a alguien otra vez?

Cientos de recuerdos se arremolinaban en su mente, oscureciendo sus ideas y despertando un temor irracional en su interior. De que su hija haya sido capaz de causarle daño a otro niño y que él, como su padre y protector, no sepa cómo actuar.

Ya la había cambiado de colegio en tres ocasiones por problemas menores, rencillas con otros alumnos, dificultad para socializar con sus compañeros, distraerse en clase al punto de abandonar el aula sin ningún motivo aparente, incluso, por haber causado daños a la propiedad del colegio.

Y luego por el accidente que ocurrió aquel noviembre. Pero era solo eso, un accidente. No quiso pensar en eso.

Nunca había recibido una llamada de una maestra tan asustada porque Sofía haya herido a otro compañero directamente.

—¡Su hija es el diablo! —había escuchado claramente vociferar a la mujer que dejaba a cargo de limpiar su casa y cuidar a Sofi—. Yo la vi en su habitación, estaba volando como poseída. Es un demonio.

—¿De qué está hablando, Maribel? ¿Está loca?

—Yo la vi al entrar a su habitación, su cama volaba y ella estaba encima. Sus cosas también volaban alrededor. No es normal, eso es del diablo.

Tremenda escena que hizo aquella muchacha en el vecindario al salir de su casa a tropezones, gritando maldiciones, santiguándose sin parar y vociferando a los cuatro vientos que su hija estaba poseída por un demonio.

Estúpida supersticiosa, pensó con amargura. ¿Cómo podría ser malvada una criatura tan pequeña, tan inocente y tan hermosa?

Le recordaba mucho a su esposa, aunque sabía que cualquier parecido físico era imposible. Pero así era.

Sus ojos grandes y llenos de determinación y curiosidad, cafés como un mueble fino de madera de caoba. La única diferencia con los de su esposa eran los finos reflejos verduzcos apenas perceptibles.

Los cabellos eran igual de alborotados en rizos marcados que le daban aspecto de llevar un nido sobre la cabeza como sombrero, pero los de Sofi eran de un color rubio caramelo, mientras que los de su esposa habían sido de un castaño oscuro.

Nicolás adoraba a su hija y haría lo imposible por protegerla y educarla adecuadamente. Pero admitía que en varias ocasiones la responsabilidad de ser padre se le escapaba de las manos y no sabía bien cómo proceder, sobre todo cuando se presentaba algún “accidente”.

Otro bocinazo seguido de una marea de gritos ininteligibles de parte del conductor de la camioneta a su espalda.

Encendió el motor y continuó avanzando. Esta vez olvidó quitar el contacto y se quedó en silencio contemplando el capó de su vehículo, hipnotizado por el ruido armónico del motor.

Su mente seguía escapando hacia su hija.

Siguió su lento avance hacia el colegio, cocinándose lentamente dentro de su auto y con otra jaqueca asomando por el horizonte. No podía dejar de mirar los documentos desparramados en el asiento de acompañante. Luego de tomar un profundo respiro para juntar valor, los tomó, preocupado aún por los incontables recuerdos y testimonios referidos a su hija a lo largo de sus cortos nueve años de vida.

La primera hoja que tomó era la historia clínica de Sofía, redactada por una enfermera al momento de ingresarla. Ya había visto copias similares que les habían entregado como parte de la documentación de adopción. Pero esta era más antigua y, en definitiva, le dio curiosidad compararla con la información que él ya conocía bien.

El primer descubrimiento importante fue en el nombre, pues llevaba el apellido de su madre, que hasta ese momento él desconocía. Sofía Martínez era el nombre oficial de su hija, le causó cierta impresión conocer aquel detalle, pero más un sentimiento de pena, pensando en los padres biológicos de la niña y en su propia esposa, Carissa.

Su ahora difunta compañera le había contado sobre aquel Orfanato, donde ella misma había pasado los primeros años de su vida. Ahí había conocido a Fiorella, quien se convertiría en su mejor amiga de la infancia y de toda la vida hasta que se distanciaron luego de ir a la universidad . Era la madre biológica de Sofía, pero nunca le había mencionado su apellido.

Continuó leyendo, sin ver nada más relevante. Tipo de sangre, alergias, vacunas, toda esa información ya la conocía de memoria. Sin saber bien qué esperaba encontrar, se disponía a abandonar aquel primer documento.

Se quedó sorprendido al encontrar una sección que citaba los antecedentes médicos de la madre y los examinó con detenimiento, sin entender la mitad de lo que estaba ahí escrito, pero estaba por fin aprendiendo información nueva de su hija.

Se encontró, de pronto, con un detalle completamente nuevo para él que le causó un malestar impresionante y lo dejó boquiabierto, sumido en una confusión tan fuerte que la nueva ronda de bocinazos de la camioneta detrás de él, no lograba cortar y devolverlo al mundo real.

Descubrió que su esposa le había mentido por años. Fiorella, su amiga, la madre biológica de Sofía, no había muerto al dar a luz como ella le había contado y lo cual había sido la excusa perfecta para convencerlo de seguir adelante con el proceso de adopción de la niña.

En cambio, había sido ingresada en un hospital psiquiátrico, muy cerca de donde ellos vivían. El documento indicaba que, a los pocos meses de tenerla, intentó lastimarla y probablemente deshacerse de ella. Por eso la ingresaron en aquel sanatorio.

¿Fiorella puede estar viva?, pensó pasándose una mano temblorosa por el rostro para limpiar el sudor.

No podría decir cómo había puesto su automóvil en marcha una vez más, maniobrado para ingresar por las rejas que daban paso al parqueo del colegio, y estacionado en uno de los lugares disponibles, torcido con relación a las líneas en el suelo

Cuando, por fin, descendió de su vehículo, notó que el cielo se había cubierto completamente de nubarrones oscuros y comenzaba a llover.

Seguramente su hija se encontraba triste y asustada y el clima, como siempre ocurría, compartía esos sentimientos.

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