Encuentro
Jane
El inicio de todo
Hay nombres que se convierten en hogar y personas que se vuelven eternas aun sin saberlo, Olly Harper era una de esas personas que te marcan por siempre, y hay quien cree que solo se puede enamorar solo una vez en la vida, pero eso es mentira, puedes enamorarte millones de veces, en algunas ocasiones lo haces de la misma persona durante años y aun cuando pasen millones de personas en tu vida solo habita una que te marca para siempre. Yo por ejemplo me enamore de Olly una y otra vez cientos de veces, siempre me dio esa ternura y ese amor en cada mirada, en cada palabra que me regalaba me hacía sentir algo nuevo y algo tan vivo. No había teléfonos, mensajes, ni redes sociales…
Solo éramos dos niños cruzando caminos, construyendo recuerdos sin saber que solo uno de nosotros guardaría cada segundo como un tesoro.
Yo no tenía como explicarlo, pero sabía que en su presencia todo era distinto, con el sentía una calma extraña y, al mismo tiempo un cosquilleo tan fuerte como si algo dentro de mi supiera que sería el: la persona que marcaria mi vida incluso si jamás llegara a corresponderme.
Encuentro
Nunca voy a olvidar ese día, recuerdo que el sol de aquella mañana parecía más dorado que nunca, como si quisiera conservar para siempre lo que estaba a punto de ocurrir, yo solo tenía apenas 10 años, y mi mundo cabía en una calle polvorienta, un patio y unas cuantas muñecas a mi alrededor.
Ese día en el parque, todo cambio.
Yo estaba sentada en el borde del banco de madera, jugando a atrapar rayos de luz con mis manos, cuando de repente lo vi, un niño con el cabello revuelto color miel y ojos que no sabría nombrar, porque parecía esconder infinitos tonos de café y dorado, caminaba con una ligera torpeza, con una sonrisa abierta que no temía mostrar ante nadie.
—Hola soy Olly Harper—dijo, como si no hubiera nada más que pudiera romper el silencio entre nosotros.
Yo respondí con nerviosismo —Hola soy Jane— Mi voz sonó sencilla, pero en mi corazón fue como una campana que se enciende sin avisar.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, señalando la hoja que tenía arrugada en las manos.
Olly me miró y sonrió apenas, con esa timidez que solo tienen los niños que piensan demasiado.
—Es un dibujo—dijo—,pero salió feo.
—¿Puedo verlo?
Dudó, pero al final me lo mostró, era un dibujo del parque, de los columpios, de los árboles… y una figura pequeña con un vestido.
—Esa eres tú—murmuró, bajando la mirada—. Te estaba dibujando antes de que llegaras.
Me quedé callada, no supe qué decir, sentí algo en el pecho, como si mi corazón se hubiera puesto de puntitas.
—¿Cómo sabías que iba a venir? —le pregunté, casi en un susurro.
Él se encogió de hombros.
—No sabía, pero siempre dibujo una niña ahí, no sabía que tenías cara.
Nos quedamos mirándonos. Los dos reímos bajito, y algo cambió.
Ya no se sentía el silencio como antes.
—Quieres jugar al escondite—
No supe decir que no.
Las risas llenaron el aire, el viento nos enredaba el cabello y el cielo parecía moverse más rápido.
No éramos solo dos niños jugando. Éramos dos almas que se acababan de reconocer sin entenderlo.
Cuando nos cansamos, nos quedamos sentados en la orilla del columpio, con las manos llenas de tierra y las mejillas rojas.
—¿Vienes mucho al parque? —preguntó.
—Sí, cuando mi mamá me deja. ¿Y tú?
—Recién me mudé aquí —dijo, mirando sus tenis—. No conozco a nadie.
—Entonces ya me conoces a mí —le dije sonriendo.
Él levantó la vista y sonrió también, y juro que su sonrisa fue la cosa más linda que vi en mi vida.
—Está bien, Jane —dijo—. Ahora tengo a alguien que me hable.
Y ese “alguien” me pesó bonito, como si acabara de firmar un pacto que no entendía, pero que me llenaba de paz.
Pasó un rato antes de que nos diéramos cuenta de que el sol ya se estaba escondiendo.
Las sombras se alargaban y el aire empezaba a oler a noche.
—Tengo que irme —dije, levantándome.
—¿Mañana vienes? —preguntó él rápido, casi con miedo.
—Sí. Te prometo que sí.
—Entonces… —hizo una pausa, buscando algo en el bolsillo— toma.
Me dio una piedrita redonda, de esas que brillan un poco cuando les da la luz.
—Es de la orilla del río. Es de la suerte —dijo—. Pero solo funciona si la guardas siempre.
La tomé con cuidado, como si fuera algo sagrado.
—Entonces también te guardaré a ti, Olly.
Él se río. Y luego me miró con esa expresión que no he vuelto a ver en nadie más, una mezcla de ternura y promesa.
—Trato hecho.
Nos despedimos con un simple adiós, pero en mi corazón sentí algo mucho más grande.
No lo supe en ese momento, pero esa tarde, en el parque, conocí al amor más puro que tendría en toda mi vida.
Me quede de pie viendo como tu figura se hacía más pequeña hasta que simplemente desapareció en la esquina de la calle.
Desde entonces, cada vez que miro esa piedrita, recuerdo su risa, sus ojos, y la forma en que mi corazón aprendió a latir diferente desde aquel día.
No sabía que eso era amor
No el amor de los que hablan los cuentos, sino algo limpio, sin promesas ni expectativas, solo la felicidad de que el existe.
Olly.
Su nombre quedo grabado entre mis dedos pequeños, como si fuera una piedra lisa encontrada en un rio. No podía imaginar que aquel niño que me enseñó a perder y ganar en un mismo juego se convertiría en algo tan preciado sin saberlo, en el centro de todas mis historias y en la raíz más profunda de mi memoria estaría él.
A partir de ese día, todo lo que recordaría de mi infancia tendría su risa dentro.
Yo no lo sabía entonces, pero había encontrado mi "para siempre" aunque solo hayamos compartido poco tiempo algo surgió dentro de mí.
En ese entonces yo no sabía que existía la palabra destino, pero si sabía que había personas que simplemente no pasaban desapercibidas.
No lo supiste, pero ese día, sin darte cuenta, me robaste algo: mi corazón, no fue un amor de niños cualquiera; fue como si en un solo instante mi alma hubiera reconocido algo en ti que ni yo era capaz de entender.
Desde entonces, crecí con tu recuerdo guardado como un tesoro en lo más profundo de mí. El tiempo paso y con el llegaron otras personas, otros lugares, otros dias, pero ninguno logro que yo te olvidara.
A veces me pregunto si la magia de aquel momento vive solo en mi memoria, o si allá, en lo mas recóndito de tu ser, existe un rincón que guarda la risa de aquella tarde.
Yo lo guardo todo Olly, tu risa, aquella piedra que con tanto amor me entregaste, tus pasos sobre la hierba, todo lo que eras tu.
Y, sobre todo el instante en que descubrí que, incluso a los pocos años, uno puede enamorarse para siempre sin que el otro lo sepa.
Y él era uno de ellos.
Yo estaba muy enamorada de ti, aunque tu no lo supieras, realmente nunca te conté como creciste en mi corazón, no hubo confesiones solo instantes atrapados en miradas, momentos guardados como tesoros que nadie más podía ver, y sin embargo el amor estaba allí, en cada mensaje que no envié, en cada palabra que nunca dije, en cada noche en la que te soñaba.
Me fui a casa con su imagen imborrable en mi mente, era nuevo, era raro, era inevitable, no lo supe hasta después, pero aquel instante fue el principio de todo.
El día en que mi mundo tuvo tu nombre el día en que supe que Olly Harper existía y que, en algún lugar, sin darme cuenta yo ya lo estaba esperando.
Escribo esto ahora porque el silencio también merece ser contado porque, aunque Olly nunca escucho estas palabras directamente de mis labios siempre fueron suyas, pero algo de lo que estaba segura era de que yo siempre le pertenecería incluso si el no llegara a amarme nunca.