Prologo - El eco de la luz
El fuego crepitaba con suavidad en la chimenea, lanzando destellos dorados sobre las paredes cargadas de polvo. El anciano pasó una mano temblorosa sobre la superficie de la mesa, apartando granos de ceniza y fragmentos de papel.
La habitación olía a madera húmeda y a libros viejos; ese aroma agrio y dulce que solo tienen las palabras cuando han sobrevivido demasiado tiempo.
La Biblia reposaba abierta frente a él. Sus páginas, amarillentas por los años, respiraban con cada leve corriente de aire que se colaba por la ventana. Afuera, la noche temblaba. La lluvia caía como si lavara el mundo de sus pecados, y cada trueno parecía un recordatorio de que el cielo seguía hablando, aunque nadie quisiera escucharlo.
—Dicen que Él volverá —susurró el anciano, su voz ronca, gastada como una piedra de río—. Pero nadie pregunta si alguna vez se fue.
Sus dedos recorrieron las letras con lentitud, como si temiera romperlas. Había leído ese mismo pasaje cientos de veces, pero esa noche sonaba distinto. Quizás no por las palabras, sino por el silencio entre ellas.
El silencio tenía peso. Tenía forma.
Y en ese vacío entre una línea y otra, el anciano sintió algo… como si el universo, vasto e invisible, respirara junto a él.
Se levantó con un leve esfuerzo, apoyándose en su bastón. Las tablas del suelo crujieron bajo su paso. Tomó el libro con cuidado y lo cerró. El sonido fue suave, final. Luego lo guardó en su estantería, justo al lado de un volumen más grande, encuadernado en metal ennegrecido, sin título en el lomo.
El “Libro del Universo”.
Así lo llamaba.
Durante años había creído que ambos textos eran opuestos —uno dictado por la fe, el otro escrito por la razón—. Pero en la última década, las fronteras entre ambos comenzaron a desdibujarse.
Las estrellas ya no parecían solo fuego lejano; brillaban como ojos antiguos, observando.
El hombre ya no parecía hecho solo de carne; algo en su interior, invisible, latía con el mismo ritmo que las constelaciones.
El anciano sonrió, apenas.
—Quizás —murmuró— no hay cielo allá arriba… sino dentro de nosotros.
El viento apagó una de las velas. La penumbra lo envolvió poco a poco. Solo quedó el resplandor rojizo de las brasas reflejándose en sus pupilas, como si una diminuta galaxia habitara en ellas.
Cerró los ojos, escuchando el crujido distante del trueno. Y por un instante, sintió que alguien —o algo— le devolvía la mirada desde la oscuridad.