EL CHICO QUE ACABA DE GOLPEARTE CON SU COCHE
Kate
Acabo de colgar con mamá. De fondo se podía oír a papá quejarse sobre la comida. Le prometí a ella que por la noche iría a comer con ellos pero en el fondo sabía que fue una promesa forzada; mi mente decía que no vaya, que inventé una excusa para no terminar como siempre lo hacemos. Pero, mi corazón quería verlos, quería tenerlos cerca.
Tengo recuerdos distantes de la última noche en la que nos vimos. Los gritos de él se clavaban en mi corazón como una daga, ardían. Quemaban. Mis lágrimas recorrían mi rostro y en mi estómago se formaba un pequeño nudo que no dejaba escapar nada.
Nada que pudiera lastimarlo a él.
Me senté en el borde de la cama y me coloque las zapatillas. Salí de casa y comencé a correr. Los problemas de mi mente desvanecen y lo único que se encuentra ahí es una meta, superar los ocho kilómetros.
Al pasar el parque, note que estaba llegando al punto habitual en el que siempre terminaba. Mis piernas temblaban, querían parar.
Sé que puedo llegar.
Me detuve en el puesto de revistas. En el suelo, podía sentir como mi corazón amenazaba con salir; mis piernas no podían más pero tenía que regresar.
La casa de mis padres quedaba lejos y correr hasta allí sería perder las piernas en el camino. Con la poca fuerza que me quedaba, levanté la mano intentando parar un taxi. Pasaban uno tras otro, algunos con personas y otros simplemente ignorándome pero tras cinco minutos un joven se detuvo.
Mientras miraba por la ventana vi el reflejo de mi celular. El nombre de Sam apareció en la pantalla.
Sam
“Te espero en casa, encargue una pizza… No quiero estar solo :p”.
En ese momento sabía que debía elegir, ¿Dejar plantada a mi madre o fallarle a mi mejor amigo? En mi cabeza tenía la respuesta pero mi corazón no pensaba lo mismo. No podía hacerle eso a mi madre pero desviarme en el camino sería no presenciar una pelea por mis estudios.
Kate “No te preocupes… Voy en camino:)”.
Le dije al taxista la dirección de mi amigo. Por suerte, no estábamos tan lejos de aquel lugar. Por otro lado, le avisé a mi madre que había salido un imprevisto, así que pasamos la cena para la otra semana.
Al llegar, note como aún todas las luces se encontraban apagadas. No había ningún movimiento dentro y lo único que se podía oír era la risa de aquellos vecinos de al lado.
—Buenas noches, Kate—dijo aquel anciano sentado en la mecedora—. Dime, ¿Has venido por tu amado?
—Buenas noches, Tom— no pude evitar reír al oír su pregunta—. Así es, vine por él.
El señor Tom pensaba que nosotros dos estábamos destinados a ser más que amigos. La verdad es que jamás vi a Sam con otros ojos y estaba segura que él tampoco lo había hecho conmigo.
Al adentrarme, note a alguien sentado en el suelo, recostado sobre la pared. Tome lugar a su lado y largamos todo el aire al mismo tiempo.
— ¿Por qué tan nervioso?— cuestione mirando la pared de enfrente.
— ¿Nervioso?, ¿Yo?— Pregunto Sam. Nuestros ojos se clavaron entre sí, era como si supiera las palabras que iban a salir de mi boca. Sus ojos volvieron al frente y entonces dijo—: Tengo que ir a ver a Lexie pero necesitaré apoyo.
Sabía a lo que se refería así que sin más acepte sin tantas vueltas.
Está me las pagas, Sam.
¿???
¿El lugar? Un oscuro callejón repleto de coches. Perfecto para una cita, ¿No es así?
Sam estaba muy cariñoso con Lexie y yo sentía que estaba estorbando. Comencé a caminar entre la gente y acabe sentada sobre un contenedor de basura.
— ¡Muy bien, elegiremos a las acompañantes— un moreno gritaba de la calle llamando la atención de todos—. Son cuatro coches, así que convenzan a sus corredores!
Las mujeres se acercaron a los conductores que estaban frente a sus autos, se podía oír como intentaban ganárselo. Los primeros tres fueron fáciles pero el cuarto, aquel del coche azul metalizado, no sé decidía por ninguna. Era como si no estuviera prestando atención a lo que ellas le decían.
— ¿Por qué no te postulas, Kate?— Sam apareció y dejo caer sus brazos sobre el contenedor. Note que Lexie estaba con aquel muchacho hablando.
— ¿Te robaron a la chica?— cuestione mirando la escena.
—Te sorprenderás—respondió, dejándome ver esa sonrisa de picardía.
De la nada, todos se acercaban a nosotros. Las personas rodeaban el contenedor haciendo que me quede inmóvil, a unos cuantos pasos se encontraba aquel corredor, observándome.
—Levántate, iras conmigo— me exigió el pelo negro.
— ¿Disculpa?— pregunté, intentando pensar que había oído mal pero no fue así. Él lo volvió a repetir. Algo dentro de mí se encendió, ese enfado se apoderaba poco a poco de mi cuerpo, dándome ganas de estampillar un golpe en su rostro—No puedes venir aquí y darme órdenes sin siquiera conocerme.
Esos ojos grises no se despegaban de mí. Un cosquilleo se causaba en cada parte en la que estos se detenían. Me estaba analizando, intentando entender que es lo que acaba de suceder.
—Tú no puedes negarte— ordeno con una sonrisa de lado—, jamás vas a tener otra oportunidad para subirte a mi coche.
Por supuesto, la palabra “No” no existía cómo respuesta para él. Las personas a nuestro alrededor observaban el incómodo momento que estábamos causando.
— ¿Hablas enserio? ¿Jamás podré subirme a tu maravilloso auto?— hable indignada—Es una lástima— metí mi mano en el bolsillo y saque veinte dólares—. Oye tú, ven aquí— Llame al muchacho que estaba recibiendo las apuestas de todos. Pose mis ojos en aquellos grises y sin despegarlos lo solté—: Apuesto veinte al coche rojo.
Los murmuros era lo único que se podía escuchar en la fría noche. Aquel joven muchacho reía por lo sucedido. Creí que diría algo pero no fue así, se dio la media vuelta y subía a su coche sin ningún acompañante.
Todos los corredores hicieron lo mismo, las personas se disponían a ponerse a los costados, dejando así la pista libre.
Los ruidos de los motores era lo que se oía a las altas horas de la noche. Una rubia se paró en medio y comenzó a quitarse la remera; la revoleaba por los aires recibiendo gritos y silbidos de los alrededores. Todo paso en cámara lenta, la remera comenzó a descender poco a poco, el ruido se adueñó del sitio y, por un segundo, el mundo se detuvo.
Los coches salieron a toda velocidad, dejando todo atrás.
Pasaron los cinco minutos y nada, lo único que podía ver era como las mujeres me examinaban de pies a cabeza.
—Sam— balbucee—, iré a casa. Tengo cosas que hacer por la mañana.
—Bien, déjame que lleve a Lexie y...
—…No— lo interrumpí—, yo puedo sola.
Sam no estaba muy convencido de dejarme ir pero no tuvo otra opción, sabía que no podía hacerme cambiar de opinión. Me despedí de Lexie y me aleje del callejón.
Bajo la luz de un poste me acomodé mis zapatillas, guarde mi celular en el bolsillo trasero de mi pantalón y me eche a correr.
La culpa me carcomía. Tal vez, venir aquí fue una excusa para mantenerme lejos de mis padres, lejos de aquello que me da tanto amor pero también tanto dolor. Corre. Deja todo atrás. Correr por las noches era lo mejor. Nadie se interponía en tu camino y, en la oscuridad solo estás tú y junto a aquellos pensamientos que no te dejan dormir por la noche, aquellos que te atormentan a diario.
Rápidamente cruce la calle, sin notar que venían autos. Cuando quise reaccionar, las luces estaban demasiado cerca y ya no había marcha atrás para lo que sea que tenga que pasar.
El coche logro frenar a tiempo pero golpeó mi pierna. Sentía una simple molestia, sin embargo, eso no era un impedimento para seguir mi camino. Intenté ponerme de pie pero era en vano, el golpe dolía. Las luces del coche se apagaron y pude notar de quién se trataba.
— ¿No miras antes de cruzar?— cuestiono mirando mi pierna, la cual se encontraba sangrando.
— ¿Tu no conoces el freno?— cuestione con enfado—Hay una maldita senda peatonal, se supone que debes detenerte.
Bufo escuchando mis quejas, se acercó a mí y me tomó entre sus brazos. Esto me tomo por sorpresa, me coloco en el asiento del acompañante y me coloco el cinturón. Se alejó lo suficiente del coche y tomo su móvil, supongo que estaba haciendo una llamada. Quizás dando aviso a lo sucedido y que por tal motivo jamás llegará a la meta.
—Supongo que iremos al hospital, pecas— gruño mientras cerraba la puerta del coche.
—No me llamo pecas… Soy Kate.
— ¿Kate? Bonito nombre— susurro por lo bajo—. Soy Gale, el chico que acaba de golpearte con su coche.
No sé por qué, pero tenía la sensación de que esas palabras quedarían marcadas en mí por siempre.