PITIDO DE MIERDA
Bebía una taza de café colombiano cuando sin previo aviso comenzó a retumbar en mi tímpano un molesto pitar. Bip, bip, bip, una pausa corta y nuevamente el bip, bip, bip. A simple vista no encontré la fuente que hacía aquel sonido. Comenzó a molestarme. Soy de mecha corta, como dicen algunos, y me molesto rápidamente. Desató una locura en mí luego de treinta minutos, me impulsó a cubrir mis oídos con las manos.
¡Pitido de mierda!
Las manos en mis oídos fueron una acción en vano, el maldito bip, bip, bip, seguía presente. Penetraba el grosor de mis manos y arremetía contra mis centros auditivos. Puse de cabeza la mesa, el estante, etcétera, sin tener pista alguna del origen del sonido. La locura que antes sentía incrementó considerablemente. La rabia hizo que perdiera lenta pero gradualmente la cordura. Pateé, lancé y quebré todo lo que estaba a mi alcance.
Todo mi esfuerzo fue inútil, el bip, bip, bip, cada vez reducía sus pausas, parecía como si ya no hubiese pausa alguna sino un bip, bip, bip, continuo. Un pitar maldito, enfermo, que deseaba matarme. Seguro eso quería el mal nacido. Se burla de mí, pensé. Pero no lo tendría tan fácil. Canté una canción de Los Tigres del Norte a todo pulmón para sofocar el bip, bip, bip. Mi gato y mi perro bailaron a mi lado mientras vociferaba aquellos inolvidables versos.
Terminé cantando lo que me parecieron doce canciones, hasta terminar con la voz ronca. Disfruté el canto y el baile junto a mis amigos.
Luego el bip, bip, bip, se hizo presente otra vez.
Atravesé con un palo de escoba mi cráneo de un oído a otro y me senté a escribir sobre esta mierda.
Terminé el café y preparé otro.