Capítulo 1
Jessica, levántate —decía mi madre— mientras yo me levantaba con desgano y un poco de mal humor. Salí de mi habitación con los pies arrastrándose.
_. Jessica, ¿cuántas veces te dije que no camines así? —me decía mi madre, y yo solo pensaba en el cómodo colchón que tenía en mi mente—.
_. Jessica, Jessica —decía mi madre gritándome porque estaba más ocupada pensando en el colchón que ella—.
_. Déjala, cariño —decía mi padre, un hombre de 39 años—.
_. Pero mírala —decía mi madre, preocupada—, hasta un burro sabe dónde está parado.
_. Mi papá suspiró y luego dirigió una de sus manos a mis ojos para ver si estaba escuchando o no.
_. Papá, no quiero ir —digo—.
_. No, señorita, irás aunque no quieras.
_. Pero yo quería quedarme a dormir todos los días que me quedaban.
_. Aun así irás, señorita —dijo mi padre serio—.
_. Pero entonces, ¿por qué clases de música? —dije con molestia y tratando de hacerlo durar—.
_. Escúchame, Jessica, yo, como tu padre, te estoy haciendo un favor con esto: con aprender algo nuevo y no estés vagando en la casa.
_. Pero...
_. Pero nada, señorita, te vas ahora. Además, tienes que tener otra vida en vez de tener esos amigos que no me gustan para nada.
_. Los metaleros son peores —decía para convencerlo—.
_. Te vas ahora y ya no discuto más.
_. Hija, vamos, te compré algo, ven —decía mi madre emocionada y con emoción que yo no tenía, y después yo fui obligada a ir arrastrada miserablemente—.
Mi mamá se fue a su cuarto buscando lo que me había comprado y corrió a mi habitación haciéndome asustar.
_. ¡Mamá! —le grité—, toca la puerta antes de entrar. Yo estaba quitándome la parte de arriba de mi pijama.
_. Perdón —dijo mi madre—, pero mira —dijo con emoción entregándome un regalo—.
_. ¿Ropa? —la abrí—. La palabra se escuchó desganada.
_. Te escuché —gritó mi padre desde la cocina—. Ahora póntelo, que es por tu bien —dijo—.
_. ¡Papá!
No respondió, de milagro, y no dijo nada hasta después de 4 segundos.
—Hazle caso a tu madre —dijo.
Después de unos minutos, me vestí con un polo con una calavera y unos jeans negros y una cadena.
_. ¿Era fiesta de disfraces o qué? —dije—.
Luego mi mamá me llevó al carro.
Y dijo emocionada: —Lista para la nueva aventura.
—¿Por qué tenía que ser yo? —grité al cielo a los cuatro vientos. Intenté escapar diciendo que tenía que ir al baño, intenté de todo y no funcionó.
_. Maldita sea —dije, maldiciendo. Mi padre me miró diciendo: —Es por esos amigos que tienes, ¿verdad?—. Con esa mirada ya me decía todo mi final.
_. Mundo cruel, eres increíble.
_. Noooo, busquen a otra yo —dije acostándome en mi asiento, haciendo una escena de alguna miniatura de YouTube.
Rock pesado se escuchaba.
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En el lugar
_. ¿Acá es? —Sí —respondió mi madre, llevándome dentro del edificio enorme e increíble.
_. Es una academia —dijo mi madre—, y aquí te van a enseñar. Es como un hogar, son dulces aquí, descuida —decía mi madre con su evidente emoción—.
_. Ahora toma —me entregó una llave con su número escrito en ella—.
_. Pregunté: ¿tiene internet?
_. Sí. No duré más y dije: —Entonces, ¿qué esperamos?—.
_. Pero aún falta —decía mi madre—.
_. ¿Qué falta? —pregunté yo—.
_. Te preparé tu instrumento en tu dormitorio.
Yo no la oí y me apresuré en entrar y terminar con toda esta pesadilla, y por supuesto por la clave de Wi-Fi.
_. ¡Te compré tu batería! —gritó mi madre, y no le di importancia a eso—.
_. En los pasillos vi a gente que me miraba y decían algo que me dio más para pelear con mi padre.
_. Ey, chica, qué estilo —dijo alguien mirando mi vestuario y mis ojeras por estar chateando por la noche y jugando—.
_. ¡Esta sí se merece el primer lugar de metalera! —gritó alguien, y yo tratando de esconderme y peor empeorando porque mis pies se enredaron y caí al piso—.
Un chico quiso ayudarme.
Pero yo dije: —Estoy besando el piso, ¿que no ves?—.
_. Perdón —dijo el chico, presentándose como Sebastián y riéndose, después de acompañarme hasta el aula del director para entregarme la bienvenida—.
_. Adiós —dijo Sebastián—.
_. Me reí y luego, con buena actitud, entré: —Bien, aquí estoy—.
Cinco minutos después, nada.
Diez minutos después, nadita. A las justas el ruido de la ciudad.
_. ¿Qué diablos? —dije enojada cuando por fin acepto mi destino—. Esto no vale la pena —dije enojada—.
Salí a buscar al director; no apareció en ninguna parte y después volví al salón después de veinte minutos buscándolo.
Veinte minutos antes:
_. ¿Han visto al director? —dije enojada—.
_. No —respondieron—.
Traté de sacar pistas, hasta una lupa rastreé.
En tres minutos ya estaba loca.
_. A ver, espejito, espejito, ¿dónde está el director ahora?
_. Mierda.
Regresé con aún más vibra de que quería matar a alguien.
De nuevo en lo que estaba.
Y ahí lo vi, mirándome como si yo tuviera la culpa. Ese viejo… ese viejo me las va a pagar, pero ahora no —pensé—.
Mirándolo con miradas de “te voy a asesinar hoy”.
Interrumpiste mi flojera crecer.
El director no respondió. Luego de veinte segundos en silencio y dudando si tomar su bolígrafo de la mesa, porque estaba mi mano
_. Bienvenida —dijo el director, sudando frío, porque a las chicas de mi clase se les tenía miedo y no era ningún rumor—.