El chico de la guitarra

All Rights Reserved ©

Summary

La historia trata de una chica que es obligada por sus padres a ingresar a un instituto donde enseñan a tocar instrumentos musicales, a pesar de que ella no quiere ir y protesta desde el inicio. En el camino de la historia se topa con un chico millonario muy influyente de la escuela llamado Rozz. Dentro del instituto, una chica le advierte que no se meta con Aislinn, su mejor amiga de la protagonista , ya que está protegida por Rozz. Esta advertencia deja en claro que el lugar está lleno de reglas no escritas

Genre
Romance
Author
Lourdes
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


Jessica, levántate —decía mi madre— mientras yo me levantaba con desgano y un poco de mal humor. Salí de mi habitación con los pies arrastrándose.

_. Jessica, ¿cuántas veces te dije que no camines así? —me decía mi madre, y yo solo pensaba en el cómodo colchón que tenía en mi mente—.

_. Jessica, Jessica —decía mi madre gritándome porque estaba más ocupada pensando en el colchón que ella—.

_. Déjala, cariño —decía mi padre, un hombre de 39 años—.

_. Pero mírala —decía mi madre, preocupada—, hasta un burro sabe dónde está parado.

_. Mi papá suspiró y luego dirigió una de sus manos a mis ojos para ver si estaba escuchando o no.

_. Papá, no quiero ir —digo—.

_. No, señorita, irás aunque no quieras.

_. Pero yo quería quedarme a dormir todos los días que me quedaban.

_. Aun así irás, señorita —dijo mi padre serio—.

_. Pero entonces, ¿por qué clases de música? —dije con molestia y tratando de hacerlo durar—.

_. Escúchame, Jessica, yo, como tu padre, te estoy haciendo un favor con esto: con aprender algo nuevo y no estés vagando en la casa.

_. Pero...

_. Pero nada, señorita, te vas ahora. Además, tienes que tener otra vida en vez de tener esos amigos que no me gustan para nada.

_. Los metaleros son peores —decía para convencerlo—.

_. Te vas ahora y ya no discuto más.

_. Hija, vamos, te compré algo, ven —decía mi madre emocionada y con emoción que yo no tenía, y después yo fui obligada a ir arrastrada miserablemente—.

Mi mamá se fue a su cuarto buscando lo que me había comprado y corrió a mi habitación haciéndome asustar.

_. ¡Mamá! —le grité—, toca la puerta antes de entrar. Yo estaba quitándome la parte de arriba de mi pijama.

_. Perdón —dijo mi madre—, pero mira —dijo con emoción entregándome un regalo—.

_. ¿Ropa? —la abrí—. La palabra se escuchó desganada.

_. Te escuché —gritó mi padre desde la cocina—. Ahora póntelo, que es por tu bien —dijo—.

_. ¡Papá!

No respondió, de milagro, y no dijo nada hasta después de 4 segundos.

—Hazle caso a tu madre —dijo.

Después de unos minutos, me vestí con un polo con una calavera y unos jeans negros y una cadena.

_. ¿Era fiesta de disfraces o qué? —dije—.

Luego mi mamá me llevó al carro.

Y dijo emocionada: —Lista para la nueva aventura.

—¿Por qué tenía que ser yo? —grité al cielo a los cuatro vientos. Intenté escapar diciendo que tenía que ir al baño, intenté de todo y no funcionó.

_. Maldita sea —dije, maldiciendo. Mi padre me miró diciendo: —Es por esos amigos que tienes, ¿verdad?—. Con esa mirada ya me decía todo mi final.

_. Mundo cruel, eres increíble.

_. Noooo, busquen a otra yo —dije acostándome en mi asiento, haciendo una escena de alguna miniatura de YouTube.

Rock pesado se escuchaba.

---

En el lugar

_. ¿Acá es? —Sí —respondió mi madre, llevándome dentro del edificio enorme e increíble.

_. Es una academia —dijo mi madre—, y aquí te van a enseñar. Es como un hogar, son dulces aquí, descuida —decía mi madre con su evidente emoción—.

_. Ahora toma —me entregó una llave con su número escrito en ella—.

_. Pregunté: ¿tiene internet?

_. Sí. No duré más y dije: —Entonces, ¿qué esperamos?—.

_. Pero aún falta —decía mi madre—.

_. ¿Qué falta? —pregunté yo—.

_. Te preparé tu instrumento en tu dormitorio.

Yo no la oí y me apresuré en entrar y terminar con toda esta pesadilla, y por supuesto por la clave de Wi-Fi.

_. ¡Te compré tu batería! —gritó mi madre, y no le di importancia a eso—.

_. En los pasillos vi a gente que me miraba y decían algo que me dio más para pelear con mi padre.

_. Ey, chica, qué estilo —dijo alguien mirando mi vestuario y mis ojeras por estar chateando por la noche y jugando—.

_. ¡Esta sí se merece el primer lugar de metalera! —gritó alguien, y yo tratando de esconderme y peor empeorando porque mis pies se enredaron y caí al piso—.

Un chico quiso ayudarme.

Pero yo dije: —Estoy besando el piso, ¿que no ves?—.

_. Perdón —dijo el chico, presentándose como Sebastián y riéndose, después de acompañarme hasta el aula del director para entregarme la bienvenida—.

_. Adiós —dijo Sebastián—.

_. Me reí y luego, con buena actitud, entré: —Bien, aquí estoy—.

Cinco minutos después, nada.

Diez minutos después, nadita. A las justas el ruido de la ciudad.

_. ¿Qué diablos? —dije enojada cuando por fin acepto mi destino—. Esto no vale la pena —dije enojada—.

Salí a buscar al director; no apareció en ninguna parte y después volví al salón después de veinte minutos buscándolo.

Veinte minutos antes:

_. ¿Han visto al director? —dije enojada—.

_. No —respondieron—.

Traté de sacar pistas, hasta una lupa rastreé.

En tres minutos ya estaba loca.

_. A ver, espejito, espejito, ¿dónde está el director ahora?

_. Mierda.

Regresé con aún más vibra de que quería matar a alguien.

De nuevo en lo que estaba.

Y ahí lo vi, mirándome como si yo tuviera la culpa. Ese viejo… ese viejo me las va a pagar, pero ahora no —pensé—.

Mirándolo con miradas de “te voy a asesinar hoy”.

Interrumpiste mi flojera crecer.

El director no respondió. Luego de veinte segundos en silencio y dudando si tomar su bolígrafo de la mesa, porque estaba mi mano

_. Bienvenida —dijo el director, sudando frío, porque a las chicas de mi clase se les tenía miedo y no era ningún rumor—.