PRÓLOGO
Día 1: 01.08.00.
En las calles se podía sentir el frío de la madrugada y para Jonas Pont era todo un desafío caminar hasta su casa.
Estaba un poco desorientado por las copas que tomó en la casa de su amigo, Estephen. Las piernas le temblaban un poco, el aliento era de alcohol y papas fritas, los ojos apagados en sueño y las palmas de las manos adoloridos hasta el hueso.
La calle estaba solitaria y las luces de la calle era su único amigo que lo calentaba. A los lados no había ni una casa, solo un bosque oscuro que escondida monstruos.
Su teléfono vibró en su pantalón y lo saco de un tirón y lo colocó en su oreja diciendo:
—¿Que?
—Jonas, ¿estás bien? No vi en que momento te fuiste, hombre, te hubiera mandado en un auto o yo mismo lo hubiese hecho.
—No digas tonterías, me fui hace diez minutos... todos ustedes bailando solo me daba dolor de cabeza.
—Bien, bien. Cuidate, entonces.
—Aja.
No guardó el teléfono, lo mantuvo fuerte en su mano porque ya no le quedaban fuerzas para ponerlo ahí devuelta.
Caminaba con pesar y sus oídos se comenzaban a tapar. Dios, necesitaba dormir y se encontraba todavía a veinte minutos de su cabaña.
Un auto pasó sumándole los oídos y le rozó el brazo.
—¡Ey, pedazo de mierda!
Escuchó del auto un bebé llorar y después el conductor lo enfocó con sus espejos retrovisores. El auto dio una curva brusca y fue directo hacia él.
Jonas se lanzó a un costado y vio al auto detrás de él adentrarse en el bosque con golpes bruscos.
«Mierda —pensó—. Que gente más estúpida».
A medida que caminaba volteaba viendo hacia dónde el auto despareció y esperó por su salida, pero no fue así. De hecho, al principio lo vio alejarse con las luces encendidas y después las apagaron, por lo que ya no las vio más.
Siguió caminando, pero ya no con ese pasó de borracho. Era un paso más rápido y ligero, aún seguía mareado, sin embargo aquel encuentro extraño le hizo recorrer un escalofrío por la espalda y los bellos del brazo se erizarán.
Su casa se podía ver, estaba lejos, pero el hecho de verla ya le producía un refrescante sentimiento de comodidad.
Los pelos se le hicieron punta cuando escuchó un ulular de hombre a lo lejos, entre los árboles. Era un sonido áspero, desgarrador que se funcionaba con el silbido del viento que se sentía pesado y como entraba por su chaqueta y se impregnaba en su piel.
Ya no tenía borrachera.
Se moría de miedo.
Corrió con las pocas fuerzas que le quedaban. Sus piernas le temblaban y se cayó dos veces en las que se sintió desfallecer.
Su casa ahora parecía mucho más lejos. Tardaría en llegar.
Pisadas de otro ser estaban detrás de él, pero no corría, era leve y calmado y sin embargo Jonas no se atrevía a voltear.
El pórtico estaba ya delante de él.
Abrió la pequeña puerta y paso al patio. Solo entonces volteó y admiro a la persona que estaba detrás de él.
Era un tipo de traje y sombrero antiguo. Parecía una sombra andante que lo observó y sus ojos se encontraron. El hombre saludo con el sombrero y siguió su camino.
Jonas dió la vuelta y estaba por avanzar cuando escuchó al hombre susurrar unas palabras:
—Habe noctem bonam et prandium laetum.
Cuando volteó aquel hombre ya no estaba y el bosque volvió a entrar en un estado de silencio.
Camino hasta su puerta con calma. Se preguntaba que había sido eso, era extraño y anormal que alguien hablé otra lengua por el pueblo, pero tampoco era algo fuera de lugar. En Malgrat las personas que entraban como turistas era fácilmente reconocidas, tenían un habla o caminar diferente al de ellos y el hombre que vio era uno de ellos.
Eso lo escalofrío más.
Las personas en Malgrat siempre se ponían al corriente de lo que pasaba en el mundo fuera, pero no lo tomaban como serio, porque en ese pueblo no solían llegar los desastres de afuera. Eran casi independientes.
Pero algo que era un problema constante eran las enfermedades y las desapariciones. La mayoría atribuyen a los bosques densos donde es muy fácil despistarse...
Un dolor punzante en la pantorrilla lo hizo desplomarse en frente de la puerta.
Sus uñas eran estacas que se clavan en la fría madera tratando de llegar a la puerta y refugiarse de lo que sea que estaba afuera.
La pantorrilla estaba destrozada, era un corte desgarrado toda la vuelta y en segundos todo el suelo se tiñó de rojo intenso.
El dolor le quemó tanto que su pierna comenzó a hacer una leve convulsión, obligándolo a dejar de tratar entrar.
Las lágrimas cayeron y comenzó a gritar con vehemencia.
—¡Ayuda! Dios, perdón. ¡Por favor!
Pero no había nadie cerca.
Su atacante lo observaba sin expresión desde la puerta.
No era el hombre de antes, este estaba más oscuro y era grande y robusto. Jonas no podía verle la cara.
El individuo abrió la puerta de la entrada con calma y se dispuso a entrar.
Jonas se arrastró como pudo tratando de abrir su puerta, pero las manos le fallaban y no las sentía.
—Mierda, vete de aquí. !Largo! Dios, ayudame...
Otro dolor más grande en la parte baja del pecho. Al mirarse a si mismo un gran zarpazo estaba en todo esa zona. Podía verse la carne maltratada y los huesos del tórax brillando.
En ese punto Jonas ya no sentía el cuerpo, todo de él ahora era de color rojo y la cara se puso sin expresión.
Cayó al suelo dando un golpe fuerte y trato de sentarse, pero era inútil.
Como un animal herido se acurrucó en una esquina. El individuo se acercó y mostró su rostro.
Jonas aún vio oscuridad en él. Una sombra asesina que poco a poco dejó ver facciones: unos ojos azules muertos y una sonrisa maligna con dientes putrefactos.
—Gratias tibi ago, Nelsons, bonus esto et in pace vive usque ad mortem.
Y comenzó a acercarse con una mano cubierta de piedras y una sustancia viscosa.
Antes de que todo se volviera negro, Jonas Pont dejo escapar su último grito cargado de miedo.