Capítulo 1. Espesura nocturna.
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Los automóviles no eran autos de carga.
Debió de hacerle caso al hombre que se lo vendió. No estaría apretujada dentro del diminuto vehículo con las cajas dificultándole hasta meter los cambios. El sol no estaba en el punto más alto, pero le sudaba el cuello; la blusa se había pegado a su espalda y el auto de segunda no tenía aire acondicionado.
Había dejado la ciudad atrás hacia un par de horas. No sentía el trasero y las piernas se le entumecían, pero no todos los días tenía ese tipo de oportunidad. Nadie decía lo difícil que era para una recién graduada encontrar trabajo, más para una que se aferró a crear su propia empresa.
Empresa de una sola persona.
Ella era la gerente, la CEO, la administradora, la secretaria y la mujer del servicio. A veces, era difícil hacerlo funcionar, pero no podía rendirse.
La sombra de los altos abetos le brindó un merecido alivio. El frescor le acarició la piel y la hizo gemir. El aire que le acarició las mejillas, también despeinó los pelitos que sobresalían debajo de su boina.
Encendió la radio y una canción que no conocía sonó.
La tarareó, jugueteando con sus dedos en volante.
No estaba emocionada por mudarse, pero llevaba cuatro meses sin trabajo. Sus ahorros se convirtieron en alarmantes números rojos; necesitaba un trabajo y, alguien la contactó a través de su página web. Solo el dinero la obligaría a abandonar la ciudad, para vivir por tres meses en Ravenshadow.
Según internet, la ciudad estaba dotada de una cantidad moderada de pobladores; su principal fuente de ingresos eran el trigo, la cebada y la vinicultura. Por lo que decían las reseñas, no contaba con la mejor cobertura.
Eso podía ser lo menos importante; allí vivía su clienta y si la montaña no va a ella, tendría que ir a la montaña. La señora Novorthy le había dicho que necesitaba una diseñadora de jardines joven y con una visión creativa para una remodelación profunda.
Era una fortuna en el mundo laboral encajar en lo joven y creativa. Las personas esperaban que ella tuviera diez o quince años de experiencia. ¿Qué esperaban? ¿Qué supiera diseñar jardines desde que empezó el instituto? Alguien debió de enseñarles lógica, y parecía que su clienta sí sabía al respecto.
No le pidió experiencia, solo diseños innovadores.
Fue lo mejor que pudo haberle pasado en semanas.
Le mandó a la señora Novorthy los mejores diseños de su repertorio; la mujer aceptó uno de ellos y el trató se cerró.
Finalmente, todo mejoraba.
Estuvo por arrancarse todo el pelo hasta que la señora Novorthy le escribió. No negaba que el pago era generoso, pero… ¡el jardín de esa mujer era espantoso! No iba a decírselo, pero seguro que cualquier director de cine mataría por firmar una película de terror allí.
Solo ver las fotografías le provocó escalofríos en la espalda. Pero, lo haría. Necesitaba hacerlo y la señora debía de ser un ángel encarnado; le ofreció alojamiento, comida y le pagó la mitad por adelantado.
¡Su cuenta nunca había visto tantos ceros!
Giró el volante y su sonrisa apareció cuando la señalización le advirtió de una gasolinera. Su teléfono recobró señal y una llamada apareció. Su estómago se apretó y el aire le faltó. Deslizó el dedo sobre la pantalla, no pararía de sonar hasta que le contestara.
—Mamá.
—Melissa, ¿qué quieres decir con que no vendrás a la fiesta de Lily Prue? —preguntó con aquel deje tan juzgador que le fascinaba usar.
—He conseguido un trabajo.
—¿Los dices de verdad? —No disfrazó la sorpresa en su voz.
—Sí, mamá, lo hago. —Era ofensivo que pensara no podría hacerlo, pero su madre siempre había creído que ella no lograría mucho.
—¿Estás segura que no estás afiebrada? Mira que con los cambios de clima que hay últimamente.
—Mamá, tengo un trabajo de verdad. Mi clienta me ha pagado por adelantado y me dirijo hacia su casa.
Una exhalación sonó al otro lado de la línea.
—Bueno, ya era hora, no podrías seguir comiendo sopa enlatada toda la vida. —Melissa soltó un suspiro. Para variar, hablar con su madre podía ser más agotador que conseguir trabajo.
—Sí, por eso no iré a la fiesta de cumpleaños de tu caniche —repuso—. Estoy segura de que Lily Prue estará bien sin mí.
—¡Le he comprado un juguetito divino! ¡Estoy segura que le encantará!
—¿Con quién hablas? —preguntó Melina al fondo. Su hermana menor, con quien solo compartía la mitad de los genes.
—Con Melissa, dice que tiene un cliente.
—¿De verdad? Pensé que abriría una cuenta de esas en las que los señores mayores pagan por ver a jovencitas como ella.
—No digas tal barbaridad, Melina —la riñó con voz burlona—. No es decente, además tu hermana no tiene cuerpo para eso.
—Gracias, mamá —resopló la ofendida.
—Cariño, las dos sabemos que tienes los muslos muy llenos y con lo que te insistí en que fueras al gimnasio.
—Bueno, mamá, perdóname por no ser talla cinco como tú.
—Oh, ha llegado el instructor de pilates. Te llamó después, suerte con tu trabajo, nena. —Por Dios, odiaba que la llamara nena. Era extraño y muy incómodo de maneras que no quería pensar.
—¿De verdad consiguió trabajo? —Melissa miró el celular. Era común en su madre olvidarse en colgar.
—Eso dice.
—Vaya, no puedo creerlo —dijo Melina, soltando una risita de las suyas.
—Tu hermana siempre ha hecho cosas que no puedo creer. Como nacer a los ocho meses en lugar de nueve y decidir volverse jardinera. Se ve horrenda cuando se pone esos overoles de la clase obrera.
Melina se rio, aguda y mordaz, como había sido todo el tiempo. Eran muy diferentes, quizá por eso su madre la quería más a ella. Melina era muy parecida, no solo en el físico, sino en su personalidad. Se entendían, cosa que ella y su madre nunca pudieron hacer. Además, estaba segura de que su madre la resentía porque… se parecía a su padre y no a ella. Lo único que le había heredado, sin duda era la estatura y por eso la obligó a usar zapatos altos desde que tuvo memoria.
—Mi hermana podría haber tomado el trabajo de Jaime, papá dice que se va a jubilar y que necesitará buscar otro jardinero. —Un ataque de acidez se le subió por la garganta, quiso gritarles que ella no era una jardinera, pero…
¿Para qué? La acusarían de estar neurótica y de alguna forma, la conversación acabaría con ella siendo la culpable.
Golpeó la pantalla del teléfono varias veces con su dedo y disminuyó la velocidad al acercarse a la gasolinera. Varios vehículos de la policía local estaban estacionados cerca, también había un grupo de motociclistas.
Quería una goma de mascar, le calma la ansiedad masticarla.
Ay, qué hubiese de menta. Era todo lo que pedía.
Descendió lento, teniendo cuidado de no derramar las cosas de su bolsa. Se detuvo al percibir la mirada de varios oficiales y, por un segundo, se permitió preguntarse si estaría bien peinada o si se vería demasiado sospechosa al tener tantas ojeras.
Se pasó las manos por el cabello y entró en la tienda de la gasolinera. Fue hacia las gomas de mascar, buscando entre los diferentes sabores hasta que por fin la encontró. Por poco jadea de la alegría cuando la tuvo entre sus manos; los dientes le tintinearon, necesitaba morder... Se dio la vuelta a prisa y chocó con alguien, soltó la goma y se sostuvo de una estantería.
El aire se le enroscó en el pecho y su boca quedó entreabierta. Él se agachó y recogió la goma de mascar en cámara lenta; miró la goma y luego a ella.
—Esto es suyo —dijo y le regresó la cajita.
Melissa se encontró asintiendo, mirando esos profundos ojos. Tuvo que elevar la mirada para observarle bien el rostro, vaya, qué guapo era. Debía de ser su día de suerte, aunque… esperaba que no pensara que tenía mal aliento y por eso compraba las gomas.
—Gracias. —Aquel espécimen de hombre le sonrió lento y medido para inclinarse un poco.
—Es una cara nueva por aquí.
—Eh, sí. —Se pasó las manos por el pelo, intentando aplacar cualquier pelo mal acomodado—. Vengo por trabajo.
—¿Trabajo? —Le preguntó con un tono más sugestivo, incluso acompañó con un gesto de esas cejas tan oscuras.
—Sí, tengo un trabajo —dijo, sonriéndole con un orgullo innecesario para un desconocido.
—Klodian, tengo un rastro —llamó alguien desde afuera, pero ella solo escuchó el nombre rebotando en sus oídos.
Vaya, era imponente, tanto como él.
Sonaba como un dios nórdico.
—Disfrute su estadía, señorita. —El hombre se dio la vuelta y se alejó sin mirarla de nuevo; dejándola allí, inmóvil, con la sensación burbujeante de que tal vez su encuentro fue solo un producto de su imaginación.
Pagó los chicles y al tener el primero en la boca, pudo regular su respiración. Regresó caminando con más soltura al auto, de reojo observó a los policías y los motociclistas señalando un sendero del bosque.
El estómago se le apretó.
Esperaba que nada malo ocurriese. Las reseñas en internet hablaban de Ravenshadow como una ciudad tranquila, turística y casi idílica para los que buscaban darse un merecido respiro. Algunos hasta aseguraron que el viento olía a paz.
Por Dios, esperaba que fuese así.
Necesitaba esa tranquilidad en su vida.
Regresó a la carretera, y el cielo empezó a teñirse de oscuridad con lentitud, como si la luz del sol se apagara con desgano. Los últimos rayos de luz se desvanecían tras las montañas y los pinos. Se aferró al volante mientras las luces del tablero se encendían de nuevo, y subió el volumen de la radia al arrancar. Las canciones llenaron su silencio como de costumbre.
La música siempre fue su compañía en los peores días.
Fue así hasta que la radio fue interrumpida por la interferencia. Un chasquido breve, metálico, y luego chispeante como los envoltorios de las patatas al aplastarse para finalmente hacer el silencio.
—¿De verdad? —susurró ahogada.
Aceleró para que la noche no la cobijara por completo en medio de la nada. Estiró su brazo y giró la perilla. Nada. No pudo sintonizar la radio, solo se escuchaba el sonido de sus propios dedos al mover la perilla. Entonces, en un parpadeo, algo golpeó el vehículo.
El impacto fue brutal. El cuerpo se le tensó, su corazón chilló dentro de su pecho y el mundo entero giró sin control. El choque se deslizó fuera del asfalto, devorado por la oscuridad de los árboles aledaños hasta que se estrelló con el tronco de uno con un golpe seco.
Su cabeza palpitó con violencia. El punzante dolor le recorrió la frente y su respiración se volvió irregular. Olía a humo, a metal caliente, a caucho quemado. Desabrochó el cinturón con torpeza, con los dedos fríos apenas pudo empujar la puerta.
El aire nocturno entró de golpe, frío y áspero.
Salió tambaleándose, con una mano presionándose la sien derecha. Todo giraba. Intentó apoyarse en algo, en alguien, pero solo encontró el vacío, y el suelo la recibió con una caída torpe, silenciosa.
Se mantuvo quieta, insegura. ¿Se había desmayo? No, ¿soñaba? Tal vez. A pesar de sus pensamientos, el malestar era persistente y su cabeza se sentía más grande de lo que era.
Iba a incorporarse, a buscar ayuda, necesitaba llamar a emergencias, pero el viento cambió. Un escalofrío le recorrió la espalda y las piedrecitas debajo de sus manos se estremecieron como si respirara. No tardó en sentirlo: una fuerza invisible, desesperada, la envolvió de los tobillos.
No tuvo oportunidad de gritar. Su cuerpo se desprendió del suelo y, suspendida en el aire, fue arrastrada hacia la espesura oscura. Las sombras del bosque se la tragaron sin hacer ruido. Solo quedó el eco del motor agonizante y el murmullo del bosque que, en apariencia, seguían siendo pacífico.
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