La llegada a el infierno
Hola, soy Ludmi. Vivo en un rancho con una familia que me adora… pero no es mi familia de verdad. Todo comenzó una tarde, el 19 de julio.
Santi, un chico rubio, alto y el mejor amigo de mi hermana, vino a buscarme al colegio. Eran las tres de la tarde cuando entró al patio con un parlante a todo volumen, y de repente empezó a sonar nuestra canción especial. La letra decía algo así: “Best friends, if you follow me and I go crazy”.
Hicimos ese tonto baile que siempre hacemos cuando suena nuestra canción, y después corrimos a abrazarnos. Automáticamente le pregunté:
—¿Qué hacés acá? ¿Por qué estás acá?
Él se rió y me dijo:
—Hola, pulga. Me vine, pero solo por hoy. Te vine a buscar.
—¿A buscarme? Pero si son las tres, yo salgo a las seis y media… y siempre me busca papá.
—Sí, sí, ya sé —respondió sonriendo—. Pero hoy te vengo a retirar yo.
—Bueno, está bien… vamos.
Fui a buscar mis cosas y salimos del colegio.
Me sentía rara. Algo pasaba, lo sabía, pero nadie me decía qué.
Santi me miró con cara seria y dijo:
—Eu, Gia, ahora nos vamos a Ituzaingó.
—¿A Ituzaingó? ¿A qué? —pregunté, confundida.
—Es que tus papás se fueron de viaje por la empresa. Les pidieron que se fueran de inmediato para concretar un negocio en Buenos Aires.
—¿Y se fueron así nomás? ¿Sin avisarme nada?
—Fijate tu celular.
—Estoy sin batería.
—Con razón —dijo riéndose—. Bueno, dale, ahora bajamos en tu casa, armás tu valija y nos vamos.
—Bueno, pero… ¿qué llevo? ¿Cuántos días son?
—No sé, llevá mucho. Pero allá hace calor.
Lo miré y le sonreí, como dando a entender que sí, que estaba bien.
Llegué a casa y empecé a revisar los cajones, probándome ropa. Quise llevar sobre todo ropa cómoda. Cuando terminé de acomodar la valija, me subí al auto.
Llevaba puesta una remera oversize blanca con una frase que decía: “I do what I do out of love and passion, otherwise I don't do anything.”
Atrás tenía imágenes de cosas que me gustaban: el patín, el fútbol, escuchar música, ver pelis, estudiar y, por supuesto, el helado. Completaba el outfit con un short deportivo negro. La verdad, tenía un look muy chill.
Hicimos una hora de viaje y paramos en una estación de servicio para estirar las piernas y comprar algo para comer. Yo me compré un jugo de naranja, y seguimos el camino. Pero a la hora y media ya no daba más; por suerte solo faltaban treinta minutos para llegar.
Al fin, llegamos. Era una casa grande, blanca y de dos pisos. Tenía muchos ventanales de vidrio y, atrás, un jardín amplio con pasto y una pileta.
Bajé del auto y ahí estaba Miriam, la mamá de Santi, junto con sus dos hermanos: Fran, que era youtuber, y Lauti, el menor, que tenía mi misma edad.
Fui saludando uno por uno.
—¡Miri! —grité cuando la vi. Ella corrió a abrazarme.
El papá solo me sonrió, tranquilo, como siempre. El hermano se quedó paralizado y apenas me dio la mano. Fue medio raro, pero qué sé yo, lo dejé pasar.
A Fran todavía no lo había visto.
Cuando estábamos entrando, Santi se quedó atrás, esperando a Lauti.
—Sos vivo, eh —le dijo entre risas.
Lauti, un poco nervioso, respondió:
—Es muy linda, boludo.
Santi se rió y le contestó:
—Sí, boludo, encima tiene alto estilo… y juega al fútbol.