• Prólogo •
LA PETACA
~ El origen de él caos ~
• PRÓLOGO •
Akyra:
Nací una noche donde la luna se encontraba tan cerca que parecía querer rozar la tierra con sus dedos de plata. Mi madre decía que lloré sin llanto, que mis ojos ya miraban con la sabiduría de una anciana. Desde entonces supo que algo en mí no pertenecía del todo a este mundo.
Fui criada en un tiempo en que las mujeres debían bajar la cabeza, en que una palabra más alta que un suspiro era motivo de vergüenza. Pero yo… yo jamás aprendí a callar. Mientras mis hermanas cosían y practicaban sonrisas ante pretendientes torpes, yo hablaba con los gatos que rondaban el tejado. Ellos me respondían con maullidos que solo yo entendía. Eran niños, almas pequeñas que buscaban compañía. Yo los acariciaba y sentía su calor de otro mundo.
A los seis años hice florecer un rosal en pleno invierno. A los ocho, sané la fiebre de mi padre con solo colocar mis manos sobre su frente. A los diez, maldije a un hombre que golpeó a su esposa y lo vi retorcerse en la plaza al día siguiente. Mi madre lloró tres días seguidos y me escondió en el sótano, temiendo que el pueblo me señalara. No entendía que mi don no era maldición, sino parte del tejido del mundo. El fuego, el aire, la tierra, el agua... todos susurraban mi nombre, Akyra.
Con los años aprendí a leer lenguas antiguas, grabadas en libros que olían a polvo y a luna vieja. Conocí los nombres de las deidades olvidadas, aquellas que fueron borradas por los hombres para imponer sus propios dioses. Ellas, las verdaderas dueñas de la noche, me enseñaron a danzar bajo la luna, a hablar con los árboles, a invocar el poder del fuego sin quemarme. Y lo hice. Fumé, reí, amé a quien quise. Usé pantalones. Pinté mis labios de rojo y salí a caminar sin miedo. Y entonces me llamaron bruja.
De mis manos nacieron otras como yo. Mujeres cansadas de ser sombra. Las instruí en los secretos del fuego, en la calma del veneno, en la dulzura del poder. Nos llamaron las Akyra's, y el bosque se volvió nuestro refugio, nuestro templo.
El viento llevaba nuestras risas, y los gatos danzaban entre nuestras piernas cuando encendíamos los calderos. Éramos libres, y eso era imperdonable.
No tardaron en venir las otras. Las blancas, las piadosas, las que decían servir a la pureza y al orden. Envidiaban lo que no comprendían. Nos cazaron una a una, diciendo que purificaban al mundo. Cuando me encontraron, no huí. Me amarraron al tronco de un mezquite viejo. La luna nos miraba, testigo inmortal de nuestra disputa.
—Tu fuego se apagará esta noche, Akira —me dijo una de ellas, vestida de blanco, con los ojos llenos de odio y miedo disfrazados de fe.
—El fuego no se apaga, solo cambia de llama —le respondí, sonriendo con los labios secos—. Y cuando vuelva a encenderse, te consumirá.
Encendieron la hoguera. Las llamas lamieron mis pies, mis piernas, mi cuerpo entero. Pero no sentí dolor, solo una extraña paz. Vi los rostros de mis hermanas caer en lágrimas, vi a mis gatos alejarse entre los matorrales. Vi la luna brillar más grande que nunca. En su luz, comprendí. No era el final. Era el principio.
Mientras el fuego me devoraba, cerré los ojos y vi su rostro. Una joven que aún no ha nacido. Sus manos temblaban, su alma ardía. La vi correr entre árboles antiguos, con mi nombre tatuado en su destino. Y supe que ella sería mi camino de regreso, respiré por última vez, inhalando el humo y la noche.
Y antes de que mi cuerpo se convirtiera en ceniza, le hablé al viento:
—
Volveré. Porque la llama no muere en el fuego, solo duerme... hasta que la luna la despierte otra vez.