La espera del gato

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Summary

Un gato ha sido adoptado y separado de su camada. Desde entonces, su único objetivo es escapar de su dueño y reunirse con sus hermanos. Sin embargo, algo en esa casa no está bien. Pronto descubrirá que hay una razón mucho más oscura para querer huir... una que va más allá del simple deseo de regresar a casa.

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4
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n/a
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18+

Cucaracha

Menuda sorpresa se va a llevar…

Pasaba otro año más sin nada que contar. El pueblo era un sitio sereno, con gente que repetía su rutina día tras día. Pero aquel verano fue distinto: el sol parecía esconderse mientras las calles permanecían vacías. Entonces apareció una caja; vieja y en mal estado. Tenía pequeños orificios en los costados, estaba arrinconada contra una pared descascarada, cuyos ladrillos desnudos parecían lastimarla. Nadie le prestaba atención, aunque se encontraba a un paso del paradero de bus que conectaba con el pueblo vecino. Y sin embargo, su sola presencia parecía alterar el silencio habitual del lugar.

Pasó las primeras horas en un silencio total; reinaba la calma. Pese a que el lugar era conocido por sus solitarias y húmedas banquetas, un pequeño niño venía corriendo desde el otro extremo de la calle. Por alguna razón, le llamó la atención ese sepulcro de cartón olvidado en el asfalto, tal vez fue por simple curiosidad o solamente quería jugar y pasar un buen rato.

Lo único cierto es que aquel día esa criatura posó sus pequeñas manos en la tapa de cartón, y la abrió con la cautela de quien sostiene la vida misma. Al asomarse al interior, descubrió un racimo de gatitos envueltos en suciedad, acurrucados y apenas con espacio para moverse.

En cuestión de segundos de recibir la luz del sol, empezaron los maullidos, uno tras otro. Muy leves al principio, pero conforme pasaba el tiempo se hacían más insistentes.

¿Quién lo habría pensado? Ese mismo día el cual fueron arrojados como desechos, abandonados en la esquina más oscura, junto a un paradero olvidado. Formando parte de un plan de algún miserable, para que pasen sus últimos días sufriendo de hambre y con la falta de una madre que los cuide.

Ese mismo día, ese jovencito de camisa de rayas, haya estado tan contento por su descubrimiento, sin importarle tropezar en el camino hacia sus padres, hubiera gritado eufórico y con sus ojos brillando de la emoción, contándoles de estos gatitos tan indefensos que se encontraban a unos cuantos metros de ellos, para que se acercaran pudiendo ver, sintiendo compasión y con el cariño de una madre hacia sus hijos, los tomarían en brazos, rescatándolos del olvido.

Sin embargo, ese día, el jovencito de camisa de rayas corrió feliz tras ver a los gatitos. Lo hacía sin preocuparse por tropezar en el camino hacia sus padres. Gritaba con tanta alegría, con sus ojos brillando de la emoción, que logró llamar su atención. Ellos lo miraron y, con un gesto sereno, lo alzaron en brazos, montándoselo sobre sus hombros.

El pequeño reía, señalando la caja arrinconada junto a la pared, incapaz de hacer que lo entendieran. Apenas estaba aprendiendo a hablar.

A veces, el destino no busca otra cosa que presenciar el sufrimiento: verte quebrar, verte huir, verte arrastrarte por aquello que amas aunque sea insignificante. Se complace en prolongar la agonía, en dejarte atrapado en un laberinto de sombras del que no hay salida. Tal era el caso de aquella camada de gatos, que en su ignorancia, viven una mentira disfrazada de esperanza. Sus chillidos débiles se mezclaban con el bullicio de la misma calle.

Con el paso del tiempo la luz del sol se fue apagando, el cielo se tiñó de sombras, y las noches de tormenta parecían eternas; eran un castigo perpetuo. Nadie en su sano juicio creería posible que un ser vivo resistiera allí, sin alimento, sin agua, hundido en la humedad que devoraba lentamente su aliento. Solo ellos contra el mundo, frágiles, y la lluvia, cruel e interminable.

Sin embargo, no todos los días dentro de aquella penumbra eran malos, en algunas ocasiones, se apoyaban en el borde desgastado y húmedo del cartón para apreciar el desolado panorama que los rodeaba. Cuando les empezaba a escasear el alimento, cada uno se turnaba, dejando el miedo atrás, aventurándose en tal vez un viaje sin retorno hacia el peligroso exterior, los perros, unos de sus enemigos naturales rondaban la zona a veces quitándoles alimento. No obstante, en algunas ocasiones podían evitar esta medida, debido a que la comida no era más que de aquellas personas que se toparon con la caja, le echaron un ojo, y tuvieron la compasión de dejarles un poco de lo que traían. No todos lo hacían, pero cada vez que pasaba, era como un milagro del cielo mismo.

A las ocho y cuarenta y dos de la noche, el cielo se sacudía con furia. Relámpagos desgarraban la oscuridad y la lluvia azotaba el suelo como un látigo. Nada resonaba más —ni siquiera los maullidos que se perdían entre tanto estrépito—, salvo el chapoteo de unas botas que se acercaban a la banqueta del paradero. Era una pareja de jóvenes, aguardando el autobús; sus miradas distraídas no parecían darse cuenta de lo que se encontraba tras ellos.

Los ojos del muchacho se movían de un lado a otro, y sus manos temblorosas sostenían el paraguas con peculiar dificultad. La chica, al notar esto, le agarró la húmeda mano intentando tranquilizarlo. El viento soplaba con la fuerza de un huracán, echando hacia atrás su capucha y dejando ver su cabellera castaña. Por azares del destino, el paraguas se le escapó de las manos a la joven; al darse la vuelta para recogerlo, pudo ver la caja maltratada en la esquina. El enamorado, solo por curiosidad, volteó también; dejando escapar un suspiro, uno largo y reconfortante.

El veintinueve de septiembre, los gatos fueron rescatados y llevados a la seguridad del apartamento de aquella muchacha. Excepto uno, el cual el chico que la acompañaba se ofreció voluntariamente a llevárselo.

Y así fue: el único de la camada en ser separado de sus hermanos. Le arrebataron lo único que podía llamar familia, dejando atrás aquel lugar donde pasó tanto tiempo formando recuerdos, la mayoría malos, a decir verdad.

En ese instante, mientras veía cómo se alejaban lentamente sus hermanos, y el joven se despedía tomando rumbos distintos, solo lo abrumaba la impotencia de no poder hacer nada. Tal vez a ellos les espere un futuro mejor.

—¡Ya estoy en casa! —exclamó el muchacho al cruzar la puerta de la casa de sus padres.

El gato asomó la cabeza por el trapo que lo envolvió al ver que se aproximaban a unas escaleras que parecían conducir a la habitación de su raptor. A medida que avanzaban, el aire se volvía más denso y los escalones crujían con un chillido que inquietaba al felino, que iba en el brazo izquierdo de su secuestrador. Se movía intrépidamente, clavándole de vez en cuando las uñas en el abrigo sin llegar a tocar la piel.

Llegando a su cuarto, el felino se quitó de encima el abrigo que le había puesto el chico para protegerlo de la lluvia. Al sacudirse de la lluvia notó que lo había puesto en un pequeño cojín cerca de su cama: era muy suave, casi acogedor, aunque tenía algunas manchas de suciedad junto a unos pequeños agujeros en el lado superior de este. El animal lo olfateó y solo bastaron unos segundos para que se apartase con un movimiento brusco, provocando que se fuera rápidamente del sitio y subiera con la cola erizada a la cama, como si algo no le gustase de ese rincón.

En total silencio el gato apreciaba el lugar donde se encontraba, observando su alrededor, buscando una forma de escapar. La ventana estaba cerrada, con un vidrio opaco, como si nadie la hubiera abierto en un tiempo. La puerta era otra opción: tal vez, cuando el chico saliera, podría colarse entre sus piernas y escapar de aquel dormitorio.

A pesar de que el minino ya tenía un plan que podría ser la solución a su problema, él aún desconfiaba del muchacho que solo miraba su teléfono desde la otra esquina del cuarto, con los ojos fijos, inmóvil, como si no parpadeara.

Por todo lo que pasó ese día, su cansancio era evidente. El gato se quedó dormido, esperando que su acompañante al menos se parase e hiciera algo, pero no, él iba a seguir recostado en la pared por un largo tiempo.

Las agujas del reloj marcaban las tres y cuarenta y seis de la madrugada cuando el descanso del gato fue interrumpido por un estruendo que lo alertó. Todo parecía haberse perdido en la penumbra de la habitación. La tenue luz de la luna se reflejaba en las pupilas dilatadas del felino, brillando como pequeños destellos que, al menos, le permitían saber dónde estaba parado.

En medio de esa oscuridad resaltaba una sombra esbelta, acompañada por un resplandor rojo que salía del ropero, casi imperceptible a la vista. Era su acompañante: parecía mover algo dentro de este, algo que escandalizó el olfato del animal, haciendo que sus bigotes se pegaran a las mejillas y lo obligaran a retroceder de golpe.

Parecía que no lo había notado; su color lo camuflaba muy bien en el ambiente oscuro del cuarto. En ese entonces quitó la mirada del chico; su atención había sido desviada por el insignificante ruido de las patas de lo que parecía ser una cucaracha saliendo del ropero y dirigiéndose al escritorio cerca de la cama. Sus instintos de caza le jugaron en contra en ese momento, queriendo atrapar a aquel insecto.

Sus ojos fijos y brillantes solo se enfocaron en ese punto negro moviéndose atraves de la oscuridad, con la cola baja y rígida, con cada musculo listo para el próximo movimiento. Entonces saltó, un gran salto que le ayudó a llegar hasta el escritorio, sacudiéndolo con violencia. Una vasija de vidrio opaco se tambaleó y cayó al suelo, saliendo de esta un mechón de pelo castaño claro, rompiendo el silencio con un estrépito helado.

El joven que permanecía parado en frente del ropero, con horror, volteó su cabeza a atestiguar lo que había pasado, solo para ver cómo el gato se arrastraba, escondiéndose debajo de su cama, y, con una mezcla de incredulidad y miedo en la mirada, observó el mechón tirado en el suelo.

—¡¿Qué fue ese ruido Maicol?! —gritó la madre desde la otra habitación.

—¡Nada, nada! —respondió él entre dientes—. El maldito gato casi se come algo.

Entre papeles, velas gastadas e imágenes quemadas —que parecían fotografías con un rostro que le resultaba inquietantemente familiar—, además de objetos cuyo propósito no alcanzaba a comprender, el gato avanzaba debajo de la cama de su dueño. Asqueroso, repulsivo. Pocas palabras bastaban para describir las aberraciones con las que se topó… y que tuvo la mala suerte de oler.

Entre esquina y esquina, el gato se acurrucó en lo más profundo de debajo de la cama, viendo con ojos cansados como el muchacho levantaba y limpiaba cada pedazo de vidrio, sin prender la luz, solo apoyándose con la linterna de su lapicera de un metal brillante, que apenas iluminaba donde estaba su mano.