Caput II.

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Summary

Vera Sandoval ya no es la neurocirujana respetada que muchos admiraban; ahora es la mujer de Caput. Un nombre que antes infundía temor y ahora tiene un rostro junto a una alianza sellada en sangre. Los hombres de Caput, divididos, obedecen a su mujer tanto como a él. Y mientras las líneas de poder se difuminan les tocará enfrentarse a sus enemigos… y quizá también a sí mismos.

Genre
Erotica
Author
Smarlin
Status
Ongoing
Chapters
45
Rating
n/a
Age Rating
18+

El retorno.

Vera.

Una sensación distinta se abre paso en mi melena. Una caricia. Lentamente, vuelvo a abrir los ojos. No sé si me despertó el contacto o el suspiro que lo acompaña.

Levanto el rostro Y su mirada —esa mirada que me ha trastornado la vida entera— está en mí, estrellándome contra todo y, al mismo tiempo, ofreciendo un atisbo de misericordia entre tanta miserabilidad. Me siento en medio del desconcierto.

—Gael…

Cubro mi cara conmocionada, viviendo el momento exacto en que, sin creer en los milagros, acabo de presenciar uno.

—¿Me estás llorando? —farfulla con voz rasposa.

—Estás… despierto —suelto dejando caer mis manos.

Tengo tanto por decirle. Él levanta la mano con esfuerzo, alcanzando mi mentón.

—Te lastimaron… —deduce.

Las lágrimas se deslizan solas; he vivido un infierno sin él.

—Estoy bien —toco el anillo con el pulgar y lo nota. Evitó traer de vuelta el trauma.

—Tú y yo —murmura.

—Lo tachaste. —Le recuerdo—. Ahora somos “nosotros”.

Se toma unos segundos en los que se me hace imposible adivinar qué piensa.

—¿Qué te hicieron? —pregunta finalmente.

Cada palabra trae consigo una ronquera en su voz, un síntoma esperable dadas las condiciones en que se encuentra.

—Te amo —le digo en vez de responder a su pregunta.

Quiero decirlo, ahora que estoy segura de que puede oírme.

—Incluso cuando no puedo contigo. Incluso cuando me partes el alma.

Él entrecierra los ojos. Hay algo antiguo y tierno en ese gesto.

—Te amo —repito— hasta cuando sé que no merezco que sigas aquí.

Estoy sentada a su lado y el que me mire como si el dolor fuera el precio justo por volver a verme lo hace más irreal. Cubro mi boca conteniendo el llanto.

—Deja de llorar —pide molesto.

Regreso a su hombro escondiéndome.

—Casi te pierdo, tengo derecho a llorar —replicó con la cara hundida en su cuello.

—Te dije que no dejaría de respirar mientras tú existas.

Su mano regresa a mi cabeza, llevándome hacia atrás.

—¿Nuestro hijo?

El corazón me da un salto en lo que sus ojos buscan los míos, oscuros, urgidos, vulnerables de una forma que rara vez se permite. Tomo su mano y la llevo con cuidado hasta mi vientre.

—Estamos bien.

Un suspiro se le escapa, aliviado.

—Ahora cuéntame… ¿qué pasó?

Huyo sin saber por dónde empezar, y termino volviendo a sentarme. Estoy cargada de recuerdos lúgubres que jamás desaparecerán. Sigue siendo lo último de lo que quiero hablar, pero sé que él no dejará el tema de lado.

—Me llevaron a Rusia —narro con una obstrucción en la tráquea, generada por la evocación de los dichosos recuerdos.

Las pupilas de Gael se dilatan, en tanto mantiene una quietud inmensurable.

—Intentaron matarme de frío, ya estaba al borde… —La palabra se me traba un instante al recrear el momento—fui sumergida en agua caliente.

Yo hablo en lo que él observa sin pronunciar palabra, pero hay una vibración en sus ojos. Esa clase de ira que, sin voz, podría destruir a cualquiera.

—Fui metida en una celda subterránea y… Specter me sacó.

—¿Dónde estaba Renca? —pregunta, ronco, peligroso—. ¿Quién permitió que te llevaran?

—Renca. —El nombre se enreda en mi lengua, pero lo escupo con ironía.

—Deberías preguntárselo tú —sugiero.

La puerta se abre en ese instante.

—Vera —Specter empieza a hablar rápidamente desde el marco de la puerta con la mirada perdida—. Emilio ha ignorado lo que ordenaste y está curando a Renca…

Se detiene en el momento en que se orienta, tomando conciencia de que Gael está despierto.

—Joder… —palidece al instante.

—Habla —dice Gael, aspero.

—¿Qué está haciendo ese lacayo aquí? —se dirige a mí, enjuiciando sin conocer los hechos.

—Lo traje —me sincero—. Nos salvó la vida. No podía dejarlo atrás en su estado.

—Sácalo de aquí —demanda, ni siquiera creo que le haya prestado atención a lo que he dicho. Está molesto. No, más que molesto… está herido en su orgullo.

—No puedo —alego y es suficiente para que su rostro se torne amenazante.

—¿Quién demonios te crees que eres para traer a esa basura aquí?

—Soy tu mujer —respondo, plantándole frente—. Y ya tengo demasiadas muertes en la espalda para cargar otra, y tú también le debes esto; estoy aquí gracias a él.

—Mátalo —le ordena a Specter.

Él toca su arma, dispuesto a obedecer.

—No te atrevas —le digo, provocando que nos mire a ambos, incapaz de decidir a quién hacerle caso.

—Te di una orden —gruñe Gael, ronco, mortal.

Specter me mira a la espera de una respuesta. Lleva semanas moviéndose por mí corrigiendo errores; me ha salvado la vida. No necesito leer su mente para saber que con esto está eligiendo estar de mi lado sin dudarlo.

—Es normal que dude —respondo por él, sin pestañear—. Muchas lealtades han cambiado aquí.

—Vete, Specter, y no toques a Emilio. —Le pido que nos deje solos, evitando que Gael la tome contra él; este lo recrimina como si acabara de traicionarlo con un beso ajeno en lo que la puerta se cierra.

—Agradéceselo a Renca —redirecciono su enfado a donde debe ir—. Dividió tus hombres y las lealtades se debaten de ella a mí.

Gael intenta incorporarse en la cama, pero el dolor lo clava de nuevo contra el colchón. La frustración le cruza las facciones.

—¡No me mires a mí! —le aclaro—. La primera que empezó fue Renca. Ella me gritó que este no era mi lugar. Que yo no tenía derecho a decidir nada.

—Y tú la enfrentaste —infiere, furioso.

—¿Qué querías que hiciéramos? —cuestiono indignada—. ¿Qué nos sentáramos a dialogar?

—¡Lo que yo hubiera hecho! —revienta y la dificultad para respirar se hace más notoria, limitando la elevación del tono—. ¡Poner orden, no partirlo todo en dos!

—Tú no estabas —le recuerdo—. Todos creían que era cuestión de horas para que murieras.

—Esto es Midway —gruñe, importándole un comino mis explicaciones—. Aquí solo hay una jodida persona que manda y soy y.

La puerta cruje, elevando el conflicto con la aparición de Renca. Trae gasas en la mandíbula, vendajes sobre el hombro, sangre seca en el cuello, una trenza rojiza le cae por el torso. Cada paso que da la delata lo adolorida que está.

—Volviste —ratifica, lo dice con un alivio que para nada consigue convencerme.

El desprecio hacia mí le trepa por la cara. No lo disimula. Ni se lo esconde. No le interesa hacerlo.

—Pones a los míos a matarse entre sí… —reclama de inmediato Gael—. ¿Desde cuándo te volviste tan estúpida?

—He mantenido el orden. Ella —me señala con el mentón— fue quien se inmiscuyó y convenció a varios de seguirla; ya sabes que también trajo al enemigo a la casa.

Esa perra vino con la intención de sembrar discordia. Su oficio es distanciarme de Gael. Se equivoca de lleno si supone que le daré el camino hecho.

—Vuelve a decir “enemigo” y te saco lo que te queda de hombro.

La respiración de Gael se vuelve más audible. Grave. Profunda. Renca se mueve hacia mí imponiéndose.

—Di lo que vas a decir, Renca —le espeta Gael.

—Quiero saber qué lugar ocupo ahora… —dice ella—. Ya que parece que lo entregaste todo mientras dormías.

—Nada va a cambiar —responde él—. Tú diriges a mis hombres. Infórmales que ya desperté.

Queda estupefacta, aprehendida entre lo esperado y lo que acaba de suceder. La sonrisa le florece en el rostro a Renca, en lo que a mí me hierve la sangre.

—¿Vas a premiar a quien intentó matarme? —reclamo.

—Intentaron matarse mutuamente, por lo que veo —responde él, sin una sola grieta en el tono—. Lo cual no les fue suficiente; se llevan a mis hombres entre las piernas con sus niñerías.

Casi se puede oír el orgullo astillarse entre las paredes.

—Salgan —dicta entonces— las dos.

—Gael… —Empiezo.

Pero su mirada me corta el aire.

—Fuera —repite.