NOT LIVING BEINGS

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Summary

"En un mundo devastado por una misteriosa enfermedad que convierte a los seres vivos en criaturas sin vida, la humanidad enfrenta su mayor desafío. La enfermedad, que comenzó afectando a animales, pronto se propagó a los humanos, convirtiéndolos en seres violentos y mortales. En medio de la desesperación, surge una esperanza inesperada: los "Specials", niños nacidos de mujeres embarazadas infectadas, que poseen poderes únicos gracias a un compañero misterioso conocido como "Split Object". ¿Podrán estos jóvenes especiales salvar a la humanidad de la extinción y restaurar la esperanza en un futuro sombrío?"

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Entre la sangre y la luz

Todo sucedió demasiado rápido. Ni siquiera tuviste tiempo de comprenderlo.

La gran amenaza cayó sobre la humanidad como una sombra sin rostro. Nadie supo de dónde vino, sólo sabías que infectaba... animales, humanos, todo lo que alguna vez tuvo sangre caliente. El gobierno, ciego de miedo, decidió responder con fuerza bruta. Balas, bombas, fuego... nada detuvo a los non-living, esas criaturas que parecían haber olvidado cómo morir.

Al principio, la enfermedad era engañosa. Te atacaba como un resfriado común: un poco de fiebre, una tos persistente, el cuerpo entumecido como si hubieras dormido mal. Decían que no era grave... pero mintieron.

La infección no sólo te desgastaba: te vaciaba. Primero el sistema nervioso periférico, luego el central. Cuando finalmente alcanzaba el cerebro, ya no quedaba nada de ti. Lo sabías. Lo veías en los ojos de los demás: ese instante donde el alma se iba y sólo quedaba el cascarón.

Pero entonces ocurrió algo que parecía un susurro de esperanza.

Una mujer, embarazada y enferma, no perdió el control. Su cuerpo temblaba, sí, pero sus manos seguían firmes, guiadas por un propósito silencioso: proteger al hijo aún no nacido.

El gobierno, hambriento de una respuesta, la encerró. Dijeron que esperaban un milagro. Tú no estabas tan seguro.

Y un invierno sin estrellas, nació. Un niño de cabellos rojizos y ojos violáceos, con un libro sin palabras entre sus brazos: <<Split Object>>.

No lloró. No rió. Te miró como si ya supiera que el mundo era una herida que nunca cierra.

Después vinieron más mujeres, más nacimientos. La nueva generación se propagó como el fuego: niños con poderes extraños, incontrolables. El 80% de los nacidos en el mundo no eran ya completamente humanos. El resto... sólo miraban.

El gobierno creó entonces la organización <<Specials>>, una jaula disfrazada de salvación. Las madres suplicaron, se arrodillaron, gritaron con la fuerza de su instinto... pero no importó.

A los cuatro años, sus hijos les fueron arrancados como si el amor pudiera ser despojado con una orden.

A ti también te arrancaron.

Desde entonces, viviste entre muros, bajo cámaras, con un rastreador incrustado en la piel como una marca de esclavitud.

Te enseñaron a no llorar, a no sentir. A no mirar el cielo.

Tus emociones se convirtieron en cenizas.

Tus ojos, antes curiosos, se apagaron como velas ante una tormenta.

Y tú te preguntas en silencio, cada noche mientras fijas la pared blanca:

¿Qué pecado cometiste para merecer nacer así?

¿Fue tu poder? ¿Tu nacimiento? ¿Tu silencio?

Lo único cierto es que el brillo de tu infancia se extinguió bajo los gritos del entrenamiento.

Y el niño que fuiste... ya no está.




20 años después

—El entrenamiento estuvo bastante pesado, ¿no lo crees, Yaotl? —dijo una niña de apenas seis años, con el cabello dorado como si el sol la hubiese bendecido en persona. Su piel era tan clara como la leche, y sus ojos, grandes y azules, parecían contener el cielo entero.

Solo asentí con la cabeza. La observé en silencio, como siempre. Kinich era distinta... tan diferente a mí, a los demás del escuadrón.

Nosotros, los Specials, habíamos construido un mundo sin emociones, moldeados para ser armas silenciosas. Pero ella... ella aún conservaba algo. Una chispa. Algo cálido y humano. Y aunque en teoría eso no era permitido, no me importaba.

Ella era la única luz en este encierro. Una anomalía hermosa. Quizás por eso los altos mandos la pusieron con nosotros, el Escuadrón 1.0 Black. Decían que no teníamos futuro fuera de estas murallas, y quizás tenían razón.

La gente nos temía. ¿Por qué? Nunca lo supimos. Solo nos encerraron.

Estábamos todos reunidos comiendo esa mezcla gris que se suponía era comida: insípida, pero llena de vitaminas. Era lo que necesitábamos para seguir vivos... y fuertes. Llevé el tenedor a mi boca con desgano, pero antes de probar un solo bocado, las alarmas comenzaron a gritar.

—Qué mal... justo cuando iba a comer —murmuré sin emoción.

Las bocinas chillaban, repitiendo en bucle:

¡ATAQUE EN EL LADO OESTE DE GALYAM!

¡ATAQUE EN EL LADO OESTE DE GALYAM!

¡ATAQUE EN EL LADO OESTE DE GALYAM!

Nos levantamos al instante. No había tiempo para perder: vidas humanas estaban en peligro.

Corrimos hacia los vestidores. Allí nos esperaban los encargados de prepararnos para la misión. No tenían poderes como nosotros, pero sabían su papel. Me acerqué a uno de los chicos, más alto que yo, y levanté los brazos. Con precisión, me despojó de la ropa blanca que todos usábamos en el cuartel, dejándome solo con los bóxers negros.

Cerré los ojos mientras sentía las vendas apretarse sobre mi torso. Luego vino la tela fría del uniforme militar: una camisa blanca de manga larga ajustada con un arnés negro que cruzaba el pecho. Después, la chaqueta negra con detalles dorados sobre el corazón, pantalones negros con una franja blanca en la entrepierna derecha, y cadenas que cruzaban desde mi hombro izquierdo al pecho.

En la espalda, bordado como un estigma, el símbolo de la organización: una corona con alas caídas.

Tomé mi Split Object, un pequeño llavero con forma de ángel rezando. Lo observé un segundo ante de colgarlo de mi cinturón. Me coloqué la máscara blanca, delineada en negro: sin expresión, sin identidad. Todos en mi escuadrón llevábamos máscaras distintas, diseñadas según nuestras propias deformidades del alma.

Nos subimos a la camioneta blindada. Yo tomé el asiento del copiloto. Nadie dijo nada. Nadie se movía.

A través de las ventanas, vimos a civiles que nos observaban en silencio. Susurraban. ¿Qué decían? No lo sabíamos, pero era sobre nosotros. Siempre lo era.

Al llegar a la zona de impacto, todo era un desastre: humo, ruinas, sangre. Nos dieron la orden sin rodeos: eliminar a todos los Non-living sin piedad.

Respiré hondo, ajusté la espada que colgaba de mi espalda.

Observé el rastreador en mi muñeca. Parpadeaba rojo... luego verde. Significaba que ya nos estaban monitoreando: signos vitales, visión, posición. Lo sabían todo.

Conecté el audífono a la frecuencia de la organización.

—Muy bien, ¿nos escuchas, número 5468? —la voz de un hombre, fría como acero—. Están en el lado oeste. Se reporta una gran concentración de Non-living. Su misión es eliminarlos. Sin fallos.

—Eliminar... entendido. Misión 0014, en proceso —respondí.

Le hice una señal al escuadrón. Nos movimos en silencio, como sombras.

Atravesamos el bosque: un esqueleto marchito, lleno de ramas secas como agujas que intentaban arañar la carne. No había sonidos, ni pájaros ni viento. Solo ese silencio expectante antes de la matanza.

Y entonces la vimos.

Una garra. Enorme. Como de león, pero deforme. Una sola huella, reciente, hundida en la tierra blanda.

Una advertencia. Un susurro de muerte.

Apreté el puño. Afiné los sentidos.

Silencio. Espera. Precisión.

Porque en este mundo... sentir, dudar o fallar, es morir.

El crujido de hojas quebradas delató la emboscada.

No dudé.

«En búsqueda. Posiciones», señalé con dos dedos. Directo. Inapelable.

Las unidades se dispersaron sin hablar. Split Object en mano. Cada uno eligió forma según su código: pistolas, rifles, cuchillas. Yo cargué el mío: Thanatos-09, pistola de triple cañón, alimentada por sangre comprimida. Implacable. Sin conciencia.

Desde la cobertura vimos que eran muchos. No Non-living menores: había uno, enorme, manchado de sangre. Llevaba en el hocico lo que quedaba de un brazo humano. Lo devoraba. El crujir de huesos, mojado y sucio, no alteró nada en mí.

Di la orden:

—Eliminad a los menores. Prioridad: limpieza total.

Pero Kinich no se movió.

—Negativo —dijo.

La miré. Su cabello dorado brillaba incluso en la penumbra, como si el sol mismo la hubiese tocado. Su piel, blanca. Sus ojos azules, demasiado vivos para este mundo. Demasiado puros para la sangre que nos rodeaba.

Su Split Object aún colgaba en su espalda, intacto. No era cobardía. Era algo peor: compasión.

—Son seres alterados —continuó—, pero siguen sintiendo. No los mataré.

Palabras como esas no tienen lugar en nuestra unidad. El entrenamiento fue claro: obedecer, ejecutar, sobrevivir. Sentir es una amenaza. Pero ella siente. Y aún así camina a nuestro lado.

La desobediencia es intolerable. Pero no la corregí.

¿Un fallo en el juicio? ¿Un eco de debilidad?

No.

Fue su voz temblando apenas, el reflejo de sus ojos atrapados entre el deber y la piedad. Algo en ella siempre me desconcierta. Me enfrenta. Me desafía a recordar que alguna vez fui más que órdenes.

—Están contaminados —dije—. Son peligrosos.

—Y nosotros no lo somos, ¿verdad?

No respondí.

Kinich no mataría. Lo ha dicho antes. Lo ha demostrado en cada misión en la que termina manchada de sangre ajena, pero sin disparar. Protege. Contiene. No asesina. No como nosotros.

El sistema exige resultados. Pero yo, por primera vez, dudé de sus números.

Kinich alzó su rifle, no para disparar, sino para cubrir a uno de los soldados que sí obedeció.

Y cuando me miró... supe que, aunque yo no podía sentir, ella sí sentía por mí.

Eso la hacía peligrosa.

Y eso la hacía hermosa.

El pálido sol de la mañana apenas rozaba el horizonte cuando alcé la voz, dándoles la orden a mis compañeros. Lo hicieron sin vacilar, sin un atisbo de remordimiento, concentrados únicamente en la misión. Con paso firme, me di la vuelta y extraje mi espada de su vaina. La hoja relució con la promesa de acero antiguo.

Frente a mí se yergueía un león colosal, su melena un torbellino de sombras doradas, y sus ojos ardiendo con una furia primigenia. Jamás había sentido tanto peso en el aire. El silencio se quebró en un latido ahogado cuando el león se lanzó.

No me moví.

Sus músculos me enviaron volando por los aires. El mundo giró, y al volver a mis pies alcancé a ver a Kinich, oculta tras unas rocas, con el rostro desencajado por el miedo.

Me levanté en un latido. La urgencia me impulsó: debía protegerla.

Con un grito gutural, avancé. Clavé la hoja en el pecho del león: un único gesto, pura determinación. La sangre brotó como una cascada oscura, salpicándome el rostro y el pecho. El rugido del coloso se apagó en un último estremecimiento.

El sabor metálico de la victoria me llenó la boca. Cada latido de mi corazón retumbaba en mis oídos. Aquel momento no fue solo una lucha: fue una declaración. Había cruzado la línea entre el deber y la pasión.

Detrás de mí, los guerreros guardaron silencio. El campo de batalla se tiñó de carmesí, reflejo de la sangre derramada y del vínculo que mi espada acababa de sellar: por Kinich, haría cualquier sacrificio.

Cuando cayó al suelo sin vida, Kinich aún tenía las manos sobre su máscara: sabía la expresión que portaba, quería hablar, pero la orden fue clara—callar y seguir avanzando hacia el próximo poblado. Presentía que sería castigada por desobedecer a su capitán, pero nosotros no permitiríamos que sufriera esa humillación; éramos prisioneros de su sonrisa amable y cálida, su obsesión personal. Quemaríamos el cuartel por ella, porque cada una de sus palabras era ley, cada petición, una orden. Nada nos detendría; por ella, el mundo ardería en nuestras manos, cruzaríamos el umbral de la muerte sin titubear; si nos pidiera alzarnos contra los dioses, lo haríamos sin vacilar. Cada deseo suyo sería cumplido antes de que lo pronunciara, pues en su mirada encontramos nuestra más hermosa y cruel perdición

Llegamos al pueblo, un lugar manchado de sangre.

Miré a los lados, observando a las personas heridas, algunas apenas conscientes, siendo atendidas por soldados. El hedor a carne quemada y sangre fresca se mezclaba con la tierra, formando una atmósfera irrespirable.

Me acerqué al comandante.

Era un hombre alto, de ojos verdes brillantes, voz gruesa y cuerpo firme. Me miraba de arriba abajo con una mezcla de desconfianza y curiosidad. Sentí la tensión en el aire, así que hablé primero.

—Me presento. Soy el capitán del Escuadrón 1.0, Black Yaotl. Venimos a eliminar la amenaza —dije, firme, esperando su reacción.

—Yaotl... Mucho gusto, soldado. Soy el comandante de estas tropas. Izel.

Su nombre me sonó extraño, pero no comenté nada. Solo asentí y me dirigí hacia las zonas infectadas.

No tardamos mucho. En menos de una hora, todo estaba limpio.

A los sobrevivientes los trasladaron a la ciudad. La amenaza... erradicada.

Cuando nos dieron la orden de marcharnos, llegaron por nosotros. Subimos en silencio al transporte y regresamos al cuartel. Para la sociedad, no éramos más que asesinos...

Pero dentro del cuartel, éramos héroes sin capa.

Todos nos miraban con la misma expresión vacía. La misma que yo veía cada mañana en el espejo. No era solo mía... era de todos.

La cara de los que ya no sienten.

Estábamos cubiertos de sangre oscura, desde los pies hasta la frente. Al llegar, fuimos directo a los baños. Me desvestí en silencio y me dejé abrazar por el agua helada, permitiendo que resbalara por mi cuerpo desnudo.

Quería que se llevara todo.

La sangre.

El olor.

La culpa.

Pero el agua no limpia el alma.

El sonido del agua cayendo me devolvía a la realidad... esa donde respiro, pero no vivo.

Nunca negué ser un asesino. Pero tampoco lo confirmé.

Balam y yo, junto con ocho niños más, fuimos considerados los más fuertes.

El escuadrón de élite.

El orgullo de una nación que prefiere no mirar lo que crea.

Cargábamos un peso que ningún niño debería conocer.

Éramos un experimento...

Muertos que aún caminan, sin emociones, sin decisiones.

Solo cuerpos obedeciendo órdenes.

Así éramos todos.

Así seguimos siendo.