Los amantes imposibles

All Rights Reserved ©

Summary

¿Qué harías si tienes la oportunidad de conocer al amor de tú vida, aunque por ello tengas que dejar todo atrás? Paolo Romeo es un muchacho listo, amable y muy apasionado, pero no parece encajar. Recibe acoso en el instituto a diario y su familia no aprueba que quiera estudiar historia en la universidad. Además está enamorado de alguien completamente imposible, Julio César. Un día especialmente duro, un desconocido le ofrece la oportunidad de viajar a la antigua Roma y conocer a su amado, aunque tendrá que pagar un precio muy grande por ello.

Genre
Romance
Author
AmeBlue
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Solitario

Cuando el despertador suena en medio del silencio del cuarto, el muchacho abre los ojos con rapidez, como si hubiera estado deseando que ese sonido le sacase de su agitado sueño. Otra noche más de turbulentos sueños que podría ignorar si no fueran recuerdos de su día a día en el instituto, aquel lugar que para él se había vuelto casi un infierno sacado de los textos de Dante.

Aprieta los labios con frustración y suelta la almohada, la cual estaba abrazando con fuerza. Se gira con ligera pereza para quedar bocarriba en la cama y estira un poco los brazos para desentumecer su cuerpo.

Como su visión es turbia, coge a tientas las gafas con la mano derecha mientras con la izquierda se rasca un poco los ojos. Sonríe ligeramente al ver mejor y se levanta de la cama mientras sigue sonando la alarma.

Le gusta escuchar la canción que había elegido como tono, “I was born for this”, así que siempre la suele dejar entera.

Al subir la persiana ve que el cielo está gris y que llueve con furia. Aún no ha amanecido y suspira pensando en el largo día que le espera.

—Hoy va a ser un buen día —se dice a sí mismo como un mantra matutino.

A pesar de no sentirse especialmente animado esa mañana, se fuerza a sonreír y pensar en que ese día va a estar bien, nada de dramas, solo tranquilidad.

La canción acaba y el chico para la alarma antes de que suene de nuevo. La pantalla con la hora «7:04» deslumbra un poco al joven, que deja el móvil y enciende la luz de la mesita.

No tiene sueño, pero la idea de ir un día más al instituto se le hace un mundo, sabe lo que le espera : Risas al pasar y susurros e incluso insultos que con el tiempo casi había casi logrado ignorar, pero como las sigue sufriendo constantemente duelen al fin y al cabo.

Aunque hay algo que lleva mucho peor, los empujones contra las taquillas, las zancadillas para hacerlo caer o las amenazas de que un día acabaría en el hospital. El joven estuvo pensando en quejarse a algún profesor, pero sabía que las consecuencias de aquello serían incluso peores. Había visto ya como otro chico de los denominados “marginados” acababan en el hospital por una paliza o un empujón en las escaleras. Así que apretaba los dientes y aguantaba un día más.

Lo peor de todo es que sabe de sobra porque le tienen tanta manía, solo intenta ser un estudiante corriente, pero sabe que su aspecto llama la atención a los acosadores.

Paolo no es especialmente alto y su constitución es bastante delgada. El médico le había cambiado la dieta a principios de ese año. Sigue una dieta rica en carbohidratos para subir los seis kilos que le faltan para llegar al mínimo, pero ni por esas engorda. No se le notan las costillas o los huesos, pero sí que es cierto que no le vendría nada mal ese peso extra. Su piel es muy clara y su pelo es castaño oscuro, bastante rizado y no muy largo. Es algo indomable y le da un aspecto adorable que le hace parecer algo más joven de lo que realmente es, un chico de dieciocho años. Su rostro es bonito, no es alguien que pensarías que es sexy o super atractivo, pero si muy lindo y dulce. Sus facciones son suaves, los labios rosados y algo carnosos. La nariz es una buena nariz italiana, muy romana en realidad, grande y un poco gruesa, esta le da mucha personalidad a ese hermoso rostro. También es imberbe, lo que no ayuda a dejar de parecer un adolescente.

Lo que más llama la atención del chico son sus ojos verdes, grandes, brillantes, vivos, expresivos y llenos de curiosidad. A veces atrae miradas furtivas de compañeros que dicen no querer mirarlo así y luego le insultan por desahogar un fugaz deseo que les asusta.

El muchacho sabe que no es solo su aspecto lo que provoca ese incesante acoso.

También se debe a que es el más listo del instituto, no es exageración, de hecho aunque él ni siquiera lo piensa, es el alumno más brillante. No necesita apenas estudiar para memorizar algo. Aprende con tanta facilidad que a menudo provoca envidias de sus compañeros.

Paolo siempre quiere saber más y se introduce en materias que no pertenecen a su curso académico. Por ejemplo, ya lleva un tiempo leyendo latín simplemente por placer. Lo que provocaba burlas y más insultos de sus compañeros. Pero él ama el idioma y quiere hablarlo y escribirlo con soltura.

En realidad ama todo lo que tenga que ver con la antigua Roma. La historia es su gran pasión, siempre está dispuesto a ver un documental de viejas civilizaciones, ir a un museo o leer otro extenso libro sobre cualquier imperio ya desaparecido. Pero la antigua Roma lo es todo para él, su refugio, su consuelo y un lugar donde puede ir sin ser juzgado.

Junio ya ha comenzado, y con él, el fin de la rutina del instituto. Solo quedan unos días para la ceremonia de graduación y después, la incertidumbre absoluta, la universidad.

Un entorno nuevo, otras personas nuevas… ¿Sería diferente esta vez? ¿Podría estudiar tranquilo y aprender sin miedo a que alguien quisiera darle una paliza?

Empezar de cero, aquello le apetece mucho a Paolo y a la vez le aterra. Sacude la cabeza y ajusta mejor sus gafas de pasta azul. Coge ropa limpia del armario, unos vaqueros, camiseta de manga corta gris con la frase “Alea Iacta Est” escrita en grandes letras negras y una camisa de tartán de cuadros azules rayas grises y otro tono de azul. También coge ropa interior y calcetines, ambos de azul muy claro y sus queridas converse azules. La única cosa “pija” que lleva en su vestuario. Siempre le ha dado igual si su ropa es de tienda o de mercadillo, jamás ha sido de ese tipo de personas que miran las marcas. Pero en cuanto al calzado, ama llevar zapatillas de tela y suela gruesa, así que cuando su hermano mayor le regaló aquellas converse de marca, tan cómodas, duraderas y preciosas, pensó que eran un tesoro.

Antes de comenzar a vestirse, mira el gran poster que tiene en la pared de al lado de su cama. Un dibujo realista de Julio César, otro artículo más de su colección de aquel hombre que es su gran obsesión. En ese retrato se ve tan imponente, atractivo y majestuoso que siempre provoca una oleada de sentimientos al muchacho. Pasa los dedos por el poster como si tocase algo divino, sagrado, algo que ama más que a cualquier otra cosa y luego posa los dedos en sus labios. Deseando casi con desesperación un contacto que nunca sucederá, un amor nunca correspondido y a pesar de todo, completamente incondicional.

Se viste en silencio y de manera mecánica, pensando en las clases que le tocan ese día, haciendo un repaso mental de que libros y material ha de meter en su mochila.

«Tengo examen de matemáticas, bueno es muy sencillo lo que entra así que no hay problema, aunque mejor si no lo respondo en los primeros quince minutos como aquella vez» —piensa recordando aquel día hacía ya unos años que se levantó completamente decidido a dar su examen al cuarto de hora de su comienzo. En aquella ocasión hasta el maestro le miró extraño. Los murmullos fueron grandes y hubo graves acusaciones de que había hecho algún tipo de trampa. Le tocó repetir el examen delante del profesor para que este se asegurara de que no había copiado o usado algún truco. Quedó en una anécdota y fue el primer paso a que el profesor sospechase que Paolo era superdotado.

Cuando ya se ha vestido, va al escritorio y guarda en la mochila todo lo necesario. En el mueble no hay desorden, pero si muchas cosas, sobre todo libros y objetos sobre roma. Una pequeña maqueta del coliseo, figuras de centuriones, una bandera en miniatura… Y por supuesto una figura de Julio César, réplica de la estatua del Louvre, tallada por Cousteau, una de las favoritas de Paolo. La mira, sonríe, se sonroja, la coge, la acaricia con cuidado, como lo más sagrado del mundo. Le deposita un suave beso y vuelve a sonreír.

—Eres lo que más quiero en el mundo, Gaius Julius Caesar—dice como si pudiera realmente escucharle.

El chico sonrie de nuevo, sabe lo tonto que suena hablar a una figura que no le va a escuchar, pero amar a ese hombre es su unico consuelo. Su escapatoria de una rutina tan agobiante y tóxica que cada día le cuesta un poco más soportar. Sacude la cabeza porque no quiere invadir su cabeza con pensamientos intrusivos que de nada sirven para el largo día que le espera. Deja la figura en el escritorio, hace su cama, ordena un par de cosas y se marcha del cuarto.

Un rato después, en el cuarto de baño, tras hacer sus necesidades y asearse, se cepilla el pelo con calma, sus rizos siempre han sido fáciles de peinar pero algo complicados de domar del todo. Deja caer el cepillo cuando en el espejo hay un reflejo raro, algo que no debería estar ahí. Es solo un instante, más corto que un parpadeo, pero el chico podría jurar que ha visto una columna romana.

—Estoy durmiendo poco— dice pasándose los dedos por el puente de la nariz.

Vuelve a mirar de nuevo tras ajustarse las gafas y ve lo que tendría que ver, a sí mismo, en el cuarto de baño de su casa con todas las cosas habituales que hay en la sala.

Sale del cuarto sin querer darle importancia y va hasta la cocina.

Allí está su madre, una mujer de sesenta y tres años, un poco más bajita que él y con una constitución algo gruesa. Su pelo, que hace pocos meses se terminó de volver completamente gris, está recogido en un moño bien elaborado, lo que le da un aspecto algo más mayor. Mira a su hijo y coloca dos rebanadas de pan en la tostadora.

—Buenos días —dice ella con un tono algo monótono.

—Buenos días mamá —contesta Paolo intentando romper ese seco ambiente que se había creado entre ellos desde hacía unos meses.

Para una persona corriente, recordar cuando su madre había pasado de ser cariñosa con él a ser seca y distante sería difícil, te diría que fue poco a poco, cosas de la vida o lo normal entre un adolescente y sus padres. Pero Paolo, debido a su memoria eidética, puede recordar perfectamente la conversación que dio lugar a ese distanciamiento. En realidad fueron dos, primero el día que decidió contar a sus padres que le gustaban los hombres en vez de las mujeres. Fue la primera vez que estos le preguntaron si no podía ser normal como sus dos hermanos. Fue doloroso, y triste, uno de los días más tristes que Paolo recuerda de su corta vida. Se dijeron muchas palabras hirientes y mal sonantes al muchacho y se creó una barrera que el chico no había podido volver a cruzar. Llegó a pensar que estaba haciendo algo malo, que quizás podría ser normal, pero no podía evitarlo, él era así y aunque sabía que seguiría siendo una constante decepción iba a ser gay hasta el día en que muriese.

La segunda fue el nefasto día que le preguntaron qué carrera iba a elegir en la universidad. Cuando Paolo dijo que iba a licenciarse en historia fue todo un drama, mucho más grande aún que cuando confesó su homosexualidad. Sus padres se enfadaron con él como si hubiera elegido la carrera de criminal. Aludieron a que sus hermanos habían elegido carreras de prestigio, Leonardo el mayor, era un abogado de éxito y Laura, la segunda hija, era una cirujana de neurología. Y aunque él contó por activa y pasiva que la historia es su pasión, que se le da estupendamente y que piensa hacer hasta el doctorado porque sabe que es capaz, a su familia le pareció una pérdida de tiempo terrible. Paolo pasó a ser la decepción, el hijo que llegó tarde. El gran error, uno de esos niños que no se esperan porque la madre cree que ya tiene la menopausia. El chico que que se llevaba mas de veinte años con sus otros hermanos y que aún encima habia salido marica y friki enfermizo de la historia, desaprovechando así su enorme inteligencia en una carrera sin futuro.

El silencio en la cocina se prolonga todo el desayuno, solo se oye el mascar del pan o la cucharilla removiendo líquido una taza. El tic tac del reloj, el sonido que hace el frigorífico a veces, la lluvia pegando en el cristal de la ventana o los típicos sonidos de tráfico en la lejanía.

—Recuerda que hoy tienes cita con la doctora —dice Francesca, observando a su hijo con una mirada que parece una sentencia a muerte.

—No lo he olvidado mamá, tengo que ir a las cuatro —contesta con ligero aburrimiento.

—Me llamará si no lo haces, así que no te lo saltes esta vez.

—Sí… —suspira con cierta culpabilidad

Paolo se levanta de la mesa tras beber el último trago de capuccino. Deja todo lo que ha usado en el lavaplatos y pasa por al lado de su madre para darle un beso en la mejilla. Ella parece un poco reacia al principio, pero cuando nota la mano de su hijo posarse contra su hombro, hace un gesto de conformidad y acaba por aceptar el beso del chico. No se lo devuelve, pero a Paolo le parece un logro, quizás tiene razón y es un día bueno, alguno tenía que serlo.

—Volveré después de la cita, comeré en el instituto.

—Como quieras, Paolo…

—Ten buen día mamá.

—Está bien… Tú también —contesta con frialdad, casi como si estuviese obligada a contestar algo amable a su hijo.

El chico suspira y se marcha sin decir nada más.

- - -

El primer empujón llega temprano, antes incluso que la primera clase. Fausto, un muchacho del mismo curso que Paolo, el cual le saca casi toda la cabeza le empuja contra un tablón informativo mientras grita:

—¡Deja paso, empollón!

Se oyen unas risas, y Paolo suelta un quejido por el dolor que le ha producido el golpe en el brazo izquierdo. Un par de chicas levantan la vista, parecen ligeramente preocupadas, pero no se acercan al chico a comprobar su estado. El muchacho no ha caído al suelo, pero si unos papeles de los que estaban colgados en el tablón. Paolo los recoge y los deja en el mismo orden que estaban antes del golpe. Luego se va a clase en absoluto silencio.

Cuando llega la hora del examen de matemáticas, lo hace rápido y preciso, como siempre. Le parece demasiado fácil, pero espera un buen rato hasta entregarlo. Luego suspira y se queda pensando en sus cosas.

El segundo empujón llega en el descanso, cuando está sentado en un banco del pasillo comiendo el almuerzo. Al chico que le empuja no lo conoce a penas, sabe que se llama Alfredo y que juega en el equipo de fútbol del instituto. Pero nunca han hablado, bueno, si se cuentan los insultos unilaterales por parte de Alfredo, sí.

Ese empujón no duele, es más un golpe para aparentar delante de los amigos. Le lanza un guiño con disimulo y luego le grita:

—¡No me mires, maricón!

Paolo hace una mueca, porque siempre le parece irónico el trato que le da ese chico. Parece como si lo quisiera desnudar con los ojos y luego le grita algo homofóbico. Tras eso, sigue comiendo, porque sabe que contestar o hacer algún gesto inoportuno podría provocarle algún puñetazo.

Cuando va al aseo antes de que acabe el descanso del almuerzo, respira varias veces y sonríe sin ganas mirándose al espejo:

«No pasa nada, el día puede mejorar, solo hay que sonreir, yo puedo con esto. El examen me ha salido perfecto y el curso ya está casi acabando. Todo va a mejorar en la universidad» —piensa tras mojarse la cara y ponerse las gafas.

Cuando se pone las gafas, durante un segundo se ve, así mismo, con una toga romana, casi puede notar el olor del laurel y el aceite de oliva a su alrededor.

—¿Qué me pasa hoy? Ya van dos veces.Solo me faltaba eso, estar empezando a perder el juicio.

Sacude la cabeza, viendo que lleva su camisa de cuadros y su camiseta gris.

—Solo es estrés, confío en mi cerebro, es lo único bueno que tengo. Estoy agotado física y mentalmente —susurra poniéndose la mochila.

Luego hay más clases, todas fáciles, algo aburridas en ocasiones, pero sobre todo solitarias. A última hora, la profesora de inglés habla sobre una redacción, la última que harán en el curso.

—Quiero ver lo que habéis aprendido, quiero que uséis todo el vocabulario y la gramática que habéis aprendido. Hacerla lo más larga posible, pero no paseis de cinco folios a dos caras. La quiero a mano, vamos, como todas las anteriores.

—¿Como que una redacción? —pregunta una muchacha un poco confusa y algo molesta—. ¿Sobre qué tema?

—El tema es libre, ya sois mayorcitos para tener capacidad de decisión.

Paolo levanta la mano, no le gusta hablar en clase sin permiso.

—¿Sí, Paolo?

—Si el tema es libre, ¿Se puede hablar sobre una figura histórica?

—Claro, ningún problema, lo importante es que uses toda la gramática posible. Es una buena idea la tuya, muy original, Paolo.

—¿Que vas a escribir, marica? ¿Sobre tú novio muerto? —Pregunta su compañero Fausto.

Provoca unas risas de algunos, la profesora da un golpe suave de advertencia en la mesa.

—Por favor, nada de insultos en clase. Por esa falta de respeto, ya tienes dos puntos menos en la redacción, Fausto.

Fausto hace un gesto de disgusto y mira a Paolo con cara de odio. Este le ignora completamente y sigue mirando a la profesora.

—Bueno, como he dicho, que cada uno la escriba de lo que quiera. Y más os vale tomaroslo en serio. Esa redacción será la que otorgue la nota final.

Hay entonces un pequeño bullicio entre sorpresa y protesta pero Paolo permanece aparentemente impasible, aunque sus ojos se vidrian un poco. No por las risas, que también le duelen, si no por la frialdad con la que Fausto ha usado la expresión “Novio muerto”. No es la primera vez que alguien se burla de él por su devoción hacia Julio César, pero que alguien pueda llegarse a burlar de otra persona porque ama a alguien que ha fallecido le parece muy cruel. Además odia cuando le recuerdan que ya no está en este mundo, lo sabe de sobra, no es idiota, pero siempre le duele.

- - -