Eternal Journey - Volumen I

Summary

Esta es una de esas leyendas antiguas como el tiempo. Esta es la historia de un grupo de legendarios guerreros que están unidos por el tiempo, el amor, la amistad y la guerra. Llevan cientos de años viajando por la tierra viendo nacimientos, logros, sueños, amores. Son testigos de la creación y colapso de imperios y reinos. Vive su historia desde sus nacimientos y como el destino hizo que se unieran. Busca con ellos su camino y el propósito de su inmortalidad Algunos piensan que son seres divinos, otros que son demonios ¿Cual es la verdadera versión? Quizás todas, quizás ninguna. ¿Pero quiénes son esas personas tan misteriosas? Ellos son la vieja guardia. ---

Genre
Action/Lgbtq
Author
AmeBlue
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo - Ocho estrellas

Uruk — 2236 A.C.

Los temblorosos y alargados dedos del hombre sujetan con fuerza el metálico cincel con el que estaba terminando de tallar su mayor obra. Esa y otras tablillas de arcilla, gruesas y no excesivamente grandes contienen la historia de un rey en un viaje épico en busca de la inmortalidad.

Sonríe levemente porque está logrando acabarla después de largos años tallando. Es algo que llevaba temiendo no hacer debido a su muy avanzada edad. No quiere que la magnífica epopeya sea olvidada, por eso ha gastado cada segundo de su tiempo en tallarla.

«Las futuras generaciones deben conocer a Gilgamesh, que gran hombre fue. Hizo cosas tan temibles como grandiosas…» —Piensa mientras se quita el sudor. —«No quiero que nadie le olvide, ni a él ni a… Esa terrible inundación, maldita sea».

Se acomoda con dificultad delante de las veinte tablillas de arcilla que ha ido tallando con mucha paciencia. Las observa en silencio mientras suspira con ligero cansancio, piensa en el titánico esfuerzo que le está llevando redactar tan larga leyenda. Diecinueve de esas tablitas ya están completas, una vez termine esa vigésima, su epopeya habrá concluido.

La cueva donde vive el hombre es seca y cálida, no tiene casi nada de humedad a pesar del agua que rodea la montaña. Huele extrañamente a una mezcla de especias que hace mucho que dejaron de adornar las paredes de esta. La roca es gris de diferentes tonos y rugosidades. El lugar es algo pequeño pero increíblemente acogedor. Tiene la altitud adecuada para que una persona de estatura media pueda estar de pie sin darse en la cabeza con el techo. También tiene espacio suficiente para caminar dentro de ella un poco.

Por las noches si que es algo fría, aunque el anciano hombre lo compensa con las gruesas y viejas mantas de lana en su cama. De todos modos, el anciano se siente agusto en aquel lugar. Con el tiempo y bastante esfuerzo consiguió convertir ese vacío agujero de la montaña en un hogar. Tiene escasos muebles de madera tallados a mano, no son especialmente bonitos, pero son funcionales y resistentes. Hay una mesa cuadrada no muy alta. Una única silla, tampoco es que fuera a tener visitas como para necesitar más. Una amplia y cómoda cama, y un pequeño armario con herramientas varias, utensilios de cocina y algunas piezas de vajilla de arcilla.

También tiene un gran baúl a los pies de la cama con algo de ropa. Lo único que conserva realmente de su antiguo hogar, donde guarda hermosos recuerdos nostálgicos de una vida que ya se marchó hace mucho.

El hombre siente que tampoco necesita más cosas para tener una vida tranquila y con sus necesidades cubiertas.

Tras descansar un poco, decide seguir tallando un rato más, pues aún hay bastante luz.

~ ∞ ~

Durante largas horas, solo se oye el romper de la piedra sin descanso. Se quita el sudor de la frente con cuidado, y mira toda su obra, orgulloso de ella. Vuelve a sentarse y comienza a leer todo lo que ha escrito de nuevo. Quiere repasar que su relato esté correcto, bien explicado, que sea emocionante… Y lo más importante que no haya ningún fallo. Cuando termina de leer toda la obra, siente que lo ha plasmado lo más similar a lo que su padre, sus tíos y su abuelo le contaron sobre aquel rey, se siente satisfecho y emocionado. Roza las tablillas con sus cansados dedos, los cuales, debido al gran trabajo que hacen, parecen más viejos de lo que realmente son. De todos modos son ancianos, muy ancianos.

El hombre sonríe de nuevo, la obra de su vida está completa, al fin, no puede creer que haya acabado ese enorme trabajo. Piensa que al fin puede descansar y dedicarse a otras cosas. ¿A qué? Ya lo decidiría… Tiene todo el tiempo del mundo, bueno, quizás ya no tanto, debido a su avanzada edad, teme que el final está llegando.

Está alegre, muy alegre, cree que podría llorar, aunque esa sensación dura tan poco… De pronto se siente vacío, todo lo que había hecho estos años ha sido tallar, cultivar, comer, mal dormir, lamentarse, y volver a tallar.

«Cuanto trabajo, estoy orgulloso, pero ya he terminado… He tardado demasiado, si fuera más joven o más habilidoso hubiera terminado antes… O si mis hijos aún vivieran, podrían haberme ayudado o acabado el relato ellos si a mí me hubiera pasado algo malo.»

Ese pensamiento se hace titubear un poco, se pasa la mano por la cara y por su pelo canoso y muy rizado.

«Espero que descansen en paz, mis niños… Mis preciosos niños… Cuánto los echo de menos…»

Se entristece muchísimo y respira con calma. Vuelve a mirar todas sus tablillas, perdiendo la vista en ellas, observándolas entre satisfecho y entristecido y piensa muy amargamente:

«¿Y qué haré ahora, esperar la muerte?»

El afligido hombre se lamenta mientras camina lentamente y algo encorvado a las afueras de la cueva. Le cuesta más de lo que él mismo esperaba, pero al final lo consigue. Sus ojos se entornan un poco al ver tanta claridad pero pronto se acostumbran a esa luz. Se sienta en la silla de madera que tiene al lado de sus cosechas, una que él mismo ralló varias décadas atrás. Se acomoda con gran dificultad porque le duele la espalda y suspira. Salir al exterior siempre le hace sentir bastante mejor, notar el aire en la cara le devuelve la vitalidad, se siente joven, mucho más joven que cuando empezó a escribir aquellas eternas tablillas, aunque solo sea mentalmente.

Mira al horizonte y observa con detenimiento el hermoso paisaje. Las extensas aguas cada vez abarcan menos terreno, por fin la tierra parece estar recuperando lo que es suyo. Se ven árboles, tanto viejos como jóvenes y un gran valle verde con muchas flores de colores claros. Empiezan a aparecer algunas zonas que una vez fueron de cultivos e incluso pequeñas granjas que hasta ahora estaban anegadas. Tras largos años de agua y más agua hasta donde alcanza la vista, salvo en los terrenos muy altos, el hombre agradece ver cada vez más superficie con vegetación. Quizás pronto se empiecen a ver animales de nuevo.

«Echo tanto de menos ver algún tipo de vida que no sea un ave…» —piensa con nostalgia.

De pronto se siente muy molesto y maldice en voz alta aquellas malditas aguas que se llevaron todo y a casi todos los que conocía, incluida a su amada familia. Aquellas lluvias que duraron tantos días que se perdió la cuenta.

«Sería hermoso volver a ver un atardecer al lado de mi amada y de mis preciosos niños, al menos una vez más… Todos juntos, ¿Sería mucho pedir?» —piensa con expresión amarga mientras mira como el cielo empieza a volverse más anaranjado.

Intenta no llorar, le prometió a los suyos que no lo haría, pero a veces le es difícil aguantar esos duros sentimientos.

Recordar a los suyos le es tan doloroso que lo único que le queda era refugiarse en su trabajo tallando la epopeya. Cuando la escribía solo pensaba en Gilgamesh y su viaje, pero ahora tampoco le quedaba eso, puesto que la había terminado de escribir. Ama aquella historia del magnífico hombre que buscó la inmortalidad sin éxito. En vez de eso encontró el amor de su vida donde no lo buscaba. Luego lo perdió y sufrió por ello. Hasta que al final lo volvió a encontrar. Aquello era hermoso, y le hacía feliz recordar que al menos, Gilgamesh tuvo un final feliz.

~ ∞ ~

La tarde avanza con calma hasta que salen las primeras estrellas en el cielo. Se pueden contar ocho, todas ellas bastante juntas formando una hermosa constelación. Se iluminan con un brillo extraño y azulado que hacen sentir bien al anciano, como si hubiera regresado a casa, con los suyos. Piensa, con una sonrisa en los labios, que cada punto es uno de sus hijos perdidos. Entonces los ve claramente, jugando, corriendo y riendo. Durante unos segundos es completamente feliz y luego se lamenta de nuevo… Tantas sonrisas borradas en minutos…

«¿Por qué solo me salvé yo? Debí morir ahogado con ellos… Hubiera sido lo mejor y lo menos doloroso».

Piensa que aunque sea terriblemente doloroso, quizás estar vivo sea bueno, ya que si hubiera muerto, nadie hubiera relatado la epopeya. Esta se hubiera perdido para siempre y aquello hubiera sido también una gran tragedia. Ya que ahora se conservará algo de su civilización, aunque solo sea un relato.

Cierra los ojos muy cansado, queriendo no pensar en nada durante un rato. Le ha dolido tanto recordar las sonrisas de sus pequeños que de nuevo siente las ganas de llorar.

Oscuridad, dolor, soledad.

Entonces lo ve, claro como el día, en su cabeza aparece una visión que le llena de una repentina y extraña alegría. Las ocho estrellas brillan aún más, con un color misterioso pero agradable. Aquello le sorprende y observa con intriga. Los astros, de pronto bailan entre ellos, con un sonido ligero y bello. Una melodiosa danza que calma las emociones, que hace sentir a salvo al anciano.

Es bastante confuso, pero no da miedo, el hombre quiere seguir viendo eso, para siempre. No le da miedo, a pesar de todas las supersticiones que tiene. Todo lo contrario, le parece lo más hermoso que ha visto en años, sonríe como un niño pequeño, dejándose llevar por la música. Incluso se levanta de la silla y danza lentamente al ritmo de esa embriagadora melodía.

Tras un rato danzando en el cielo, las estrellas se convierten en ocho figuras humanas. Puede verlas con tanta nitidez que parecen estar allí mismo, las intenta tocar pero no puede. Quiere estar con ellos, quiere saber quiénes son y porqué les quiere tanto sin conocerlos. Los astros tienen una historia que contar. Y él quiere oírlas, más que nada. Las cuales, de pronto resuenan en su mente:

La valiente hermana mayor, disciplinada y guerrera.

El hombre temeroso del futuro, pero cariñoso y trabajador.

La joven chica impulsiva, sobreprotegida por su hermano mayor.

El muchacho viajero, solitario y perdido, pero bondadoso.

El joven huérfano con una bondad infinita en su corazón.

El noble que sueña con una vida sencilla junto a su hermano.

El chaval luchador ansioso de recuperar su libertad.

La niña insensata pero valiente en busca de la verdad.

~ ∞ ~

El cielo está ya oscuro cuando la música acaba. El anciano se queda parado de golpe, desorientado, confuso, pero muy alegre. Siente que tiene que escribir esas historias. «La leyenda de los niños que no pueden morir. No, ese título no le hace justicia… Toda historia épica debe llevar un gran nombre» Se queda pensativo, buscando un buen título para esa historia.

«El viaje eterno» —Piensa emocionado.

Qué gran trabajo sería ese, y qué hermoso sería relatarlo. Emocionado con la idea, de pronto piensa en algo improbable:

«¿Será esa extraña visión de ocho personas de épocas lejanas un vaticinio de la reencarnación de mis hijos perdidos?»

Eso es lo que él quiere creer, tampoco es que nadie vaya a discutirselo. Lleva tantos años solo… Quizás todo aquello es fruto de una demencia, pero le hace dar vueltas sobre sí mismo y reír. Reír como si todos sus hijos hubieran vuelto con él, como si pudiera oirlos y jugar con ellos una vez más. Pasa un largo tiempo en ese éxtasis hasta que nota que tiene bastante frío y las fuerzas le fallan, así que vuelve a entrar a la cueva con lentitud. Conforme camina, su mente se enfría y sus pensamientos se turban, sabe que no podrá escribir una historia tan larga por mucho que lo deseé. Necesitaría décadas, siglos quizás…

Aún así con gran determinación coge una nueva tablilla y comienza a grabar varios símbolos lo más rápido que puede. Primero, en grande talla el símbolo del infinito:

Tras eso, con gran esfuerzo y lentitud graba varias letras, a las cuales no les encuentra sentido :

«AS, LM, NQ, YA, ND, SL, JC, NF.»

No le da tiempo a mucho más. Sus ojos se nublan, llora de la emoción, lo siente, pronto estará con su mujer, y sus hijos… Que feliz le hace la idea, tanto que su corazón se acelera, lo que le hace sentirse aún más débil. Suelta la tablilla y la deja junto a las de Gilgamesh, con la esperanza de que un día alguien pueda encontrarlas.

«Cuanto trabajo perdido sería su luego nadie encuentra mi obra» —lamenta mientras camina hasta su cama.

Se tumba en el lecho con dificultad y cierra los ojos muy lentamente.Piensa en docenas de cosas mientras su aliento se debilita, ve a sus hijos que durante siglos estarán todos juntos, como una familia. Luego ve otra visión en la que milenios después, estos reencarnarán como completos desconocidos. Los observa, separados por el tiempo, nacidos en familias distintas y lugares muy distantes entre ellos.

Los ve luchar por encontrarse, vivir muchas aventuras, alegrías y desgracias, amores y guerras, muerte… Sobre todo muerte… Pero también vida.

Siente cómo serán otro tipo de familia, no de sangre, sino algo aún más estrecho, algo que ninguna palabra podría explicar. Lo que más lamenta es que nunca entenderán muchas cosas de su naturaleza, ni que se espera de ellos. que quizás nadie pueda nunca explicarles porqué son así y cuál es su cometido en el mundo. Ojalá pudiera dejarles un mensaje de consuelo, de alivio para sus días más oscuros, pero ya no queda tiempo. De todos modos le alivia que a pesar de las grandes penurias e incertidumbre con la que tendrán que vivir, lo harán de nuevo… Y esta vez, para siempre. Se ríe, se relaja, se cubre con su manta. Respira lentamente, es muy feliz ahora mismo, su soledad acababa. No había sido tan mala vida después de todo. Muy silenciosa, triste y lenta un largo tiempo, pero fructífera y con mucho amor durante otro tanto.

~ ∞ ~