Prólogo
Los días en GrayHollow eran inusuales, no porque algo ocurriera, sino porque nada lo hacía.
A diferencia de otros pueblos, este se caracterizaba porque parecía haberse detenido hacía décadas. Incluso la niebla caía temprano, tan densa que borraba los contornos de las casas y de las calles, tragándose lo que quedaba del lugar. Todo lo que alguna vez tuvo color se hallaba deslavado, como si alguien hubiera pasado un pincel empapado en agua sucia sobre la pintura original.
Aquel día, como cualquier otro, Evangeline caminaba hacia la escuela, buscando los pequeños rayos de sol que se filtraban entre las nubes para calentar, aunque fuera un poco, su cuerpo entumecido.
El clima ahí jamás era amable.
A su lado avanzaba Dorothy, su amiga de la infancia, y la única, por si fuera poco. Caminaba con entusiasmo, y el taconeo de sus zapatos resonaban con un leve tic tac que rompía el silencio lúgubre del pueblo. Solía llevar puesto el uniforme de animadora desde que salía de su casa hasta el final de la jornada, incluso cuando no tenía práctica.
—Patrick dejó a Sabrina.—Dijo de pronto, con pena contenida.
Evangeline la observó con detenimiento, pensando con cuidado en sus próximas palabras.
Patrick era el jugador estrella, arrogante y volátil, pero el problema no era del todo él… sino Sabrina, su exnovia, la capitana del equipo de porristas. Aquella noticia no traería nada bueno.
—No deberías, Dotty.—Habló finalmente, apartando la mirada hacia el camino.
Dorothy era demasiado ingenua respecto a la malicia ajena, confiaba con facilidad en quienes no debía.
—Tal vez no le importe tanto. Han terminado cuatro veces este año…y eso sin contar los anteriores.—Respondió, mordiéndose el labio, era más para convencerse que para justificarlo.
Evangeline suspiró. Sabía que su amiga se lanzaba de cabeza a todo lo que la hiciera sentir viva. No la juzgaba, pero temía que un día esa costumbre la arrastrara a algo de donde no podría volver.
—Puedes hacerlo mejor que Patrick.
—No es como si en este pueblo hubiera muchas opciones…—Murmuró, riendo apenas.
—Entonces ven conmigo en vacaciones. Iré a casa de mi abuela, podríamos conocer otros lugares, otras personas.
—Ya sabes que eso no es una opción. Mi padre me vigila como si fuera una prisionera. Este pueblo es mi jaula.—Ella dijo con una sonrisa resignada.—¿Recuerdas cuando me puso aquella tobillera en el baile de quinto año?
—Sí…y cuando intentamos escapar, la patrulla nos rodeó.
—Ese novato estaba tan confundido.—Rió, y su risa, clara y viva, contrastó con el aire pesado.
Por un instante, —a los ojos de Evangeline—, el pueblo pareció menos gris.
Antes de que pudieran calmarse, un papel manchado se pegó al rostro de Evangeline arrastrado por el viento. Fastidiada, lo arrancó con un gesto brusco, mientras la risa de Dotty se apagaba lentamente.
Ambas quedaron en silencio.
Frente a ellas, el muro de las desaparecidas.
Con los años, los carteles se habían acumulado. Rostros jóvenes, nombres descoloridos, lágrimas secas, y la humedad los mantenía pegajosos.
El papel que ella sostenía mostraba a su antigua profesora de música. Recordaba su voz, su sonrisa… y la forma en que desapareció, como pareció ser borrada por la niebla.
La gente de GrayHollow decía que la niebla era la culpable. Juraban que se tragaba a las muchachas y las arrastraba al bosque.
Nadie lo comprobaba.
Era más fácil inventar leyendas que buscarlas.
—El cartel de Mandy sigue aquí.—Susurró Dotty, con pena.
Ella había sido la última en verla antes de su internación.
El padre de Dorothy, el alguacil, fue quien la encontró. No fue un rescate rápido. Mandy estuvo desaparecida más de un mes, y la hallaron al borde de la cascada del bosque, pálida, temblando, sin recordar cómo llegó allí.
—¿Qué crees que le haya pasado?—Continuó.
—No lo sé…pero no deberíamos acercarnos demasiado al bosque.—Evangeline sabía que su consejo era inútil.
Ambas se tomaron de las manos de forma inmediata. Era un gesto sencillo, pero buscaban en el calor del contacto un poco de seguridad antes de continuar.