Capítulo 1
Otro lunes para Sebastián. Pelo castaño, ojos de color miel, mirada hundida, en un colegio nocturno cuyas paredes amarillas parecían enfermas y las baldosas blancas, manchadas por el tiempo y la indiferencia. Las habían puesto porque eran lo más barato que el gobierno pudo conseguir en una de esas licitaciones que siempre terminaban eligiendo la propuesta más barata, como si el ahorro fuera una virtud cuando lo que se ahorraba era dignidad. Algunas ventanas estaban rotas; por ellas se colaba el viento frío del invierno. Y en medio de todo, él, tratando de sobrevivir.
Hay personas a las que la vida no las trata, las golpea desde el principio. Él era una de ellas. Solo por existir. Nació en una familia pobre, en un barrio donde la violencia era moneda corriente. Su madre murió de neumonía cuando él era niño. Su padre se volvió a casar y lo dejó de lado, lo ignoró. Estaba con él, pero como si no existiera.
Y entonces apareció Nicolás.
Alto, cabello negro, piel clara, cejas espesas y pestañas largas. Impecablemente vestido, con esa clase de ropa que no se compra en el centro sino en lugares que Sebastián no conocía ni de nombre. A Sebastián le pareció ver a uno de esos modelos que miraba en secreto, esos que le servían para escapar aunque fuera por unos minutos de su realidad, y a los que volvía más de lo que estaba dispuesto a admitir. Tenía el porte y la mirada de esos chicos que Sebastián dibujaba en secreto en los márgenes del cuaderno cuando nadie miraba.
—Hola, soy Nicolás. ¿Puedo sentarme aquí? —preguntó con una sonrisa cálida, dientes perfectos, ojos grandes. Demasiado perfecto para ese lugar.
Sebastián tardó unos segundos en responder. Lo escaneó de arriba abajo. Era una anomalía en ese colegio gris, un intruso en un mundo que no lo merecía.
Le tembló ligeramente la mano al apretar el lápiz. Porque lo miró a los ojos y por un instante sintió que el otro no apartaba la vista, una mirada brillante, de alguien al que el mundo todavía no había terminado de estropear. Sebastián tardó unos segundos en contestar, con la garganta apretada, porque no todos los días uno tiene enfrente al chico que lleva meses imaginando.
—Claro. Siéntate.
Nicolás se acomodó en la silla de madera desvencijada. Miró a su alrededor, como si esperara encontrar un casillero donde dejar sus cosas. Sebastián tuvo que contener una sonrisa. Claro, seguro piensa que aquí hay armarios como en las películas yanquis, pensó. Pero por dentro sentía un nudo en el estómago. ¿Por qué le hablaba? ¿Qué quería?
—Oye, ¿me prestas tu cuaderno? Me dijeron que eres el único que lo tiene completo.
Sebastián se ruborizó. Notó el calor subiendo por el cuello, como si su piel traicionara cada emoción que intentaba enterrar. No estaba acostumbrado a que alguien le hablara, mucho menos a que lo miraran con interés. Siempre se sentía invisible. Y ahora, un chico como ese, atractivo, pulcro, le pedía algo. Su cuaderno, además. El único lugar donde podía ser sincero, un cuaderno lleno de anotaciones, pensamientos sueltos, diagramas y dibujos, especialmente de Londres, que era su forma de irse sin moverse del asiento.
Sin esperar respuesta, Nicolás lo tomó y empezó a hojearlo. Sebastián abrió la boca para decir algo, pero sintió que la lengua no le respondía. El pulso se le disparó. Cada página que pasaba era como si le arrancaran un pedazo de intimidad. No era solo un cuaderno: en él, de forma casi esquemática, estaba su vida, sus ideas del mundo, caricaturas, la arquitectura imaginaria de una ciudad a la que nunca había ido.
—Este es el cuaderno más lindo que he visto en mi vida —dijo Nicolás, moviendo la cabeza, como si no pudiera creerlo.
Sebastián tragó saliva. Quiso decir algo ácido, defensivo, pero solo atinó a asentir. Respiró hondo. No podía permitir que ese chico viera lo frágil que era.
—No te lo presto ahora. Tengo clase —respondió secamente, y lo recuperó, dejándolo sobre su pupitre con manos que ya no temblaban. O al menos, eso fingió.
Mientras tanto, el profesor de Física explicaba con desgano un problema sobre espejos esféricos. Sebastián anotaba cada paso, cada fórmula, concentrado. Mordió el lápiz cuando se equivocó con los signos. El error lo irritó más de lo normal. Sentía los ojos de Nicolás clavados en su nuca, y eso no ayudaba. Al final, sonó la campana del receso.
Se giró hacia su nuevo compañero. Nicolás no había escrito nada. Solo lo había estado mirando, con una sonrisa leve.
—¿Por qué no copiaste?
—No tiene sentido. No entiendo nada —dijo, y se levantó para salir.
—¿No vienes?
—Ya voy.
Nicolás salió, pero antes de cruzar la puerta, se detuvo. Miró atrás. Entonces entendió por qué Sebastián no se apuraba: cojeaba. Caminaba con dificultad, como si cada paso le costara algo más que esfuerzo. Y no quería que lo vieran.
—Podría haberte ayudado a levantarte.
—No necesito compasión. Puedo solo.
—No dije eso. Además, necesito tus apuntes. Pero para que veas que no soy un aprovechado, te invito a la cantina. Pide lo que quieras.
—Está bien. Pero voy a pedir de todo, no te arrepientas después.
Nicolás sonrió y lo acompañó. Compraron hamburguesas grasosas y Coca Cola. Se sentaron en un banco de madera, frente a la cantina. El viento frío soplaba. El olor a aceite empapaba los uniformes.
—¡Nicolás, ven! —lo llamó una compañera, mostrándole el celular. Se rieron. Juntos. Como si nada más importara.
Sebastián se quedó allí, solo otra vez. Observando. Pero esta vez, el pecho le dolía, y no era por el frío. Pensó en la nueva queja de su madrastra, en los clientes groseros del supermercado, en cómo aguantar un día más. Y en que, por un momento, había creído que quizás podría tener un amigo. O algo. No sabía bien qué, y eso era lo peor.
Sonó el timbre. Cuando todos entraron, él se levantó despacio y volvió al aula.
Ahí estaba Nicolás, otra vez en el asiento de al lado, sonriendo. Para Sebastián, fue un alivio que no esperaba sentir con tanta intensidad. Alguien le daba una sonrisa, no una crítica, no el silencio. Se sentó, abrió su cuaderno. Sintió que podía respirar.
—Me llamaron para mostrarme un video muy gracioso —dijo Nicolás—. Todos son muy amables aquí. Siento haberte dejado solo.
—Estoy acostumbrado —respondió Sebastián, como si eso fuera lo más natural del mundo. Pero esta vez, su voz tembló apenas. Y odió que se notara. Odió más que Nicolás lo mirara justo en ese momento.
Nicolás tragó saliva. Él estaba acostumbrado a ser el centro de atención, y le gustaba. Pero también, en el fondo, sentía que no podía ser del todo él mismo. Eso se notaba en sus calificaciones caóticas, en su habitación desordenada, en los arranques impulsivos que lo llevaban a hacer cosas que después no sabía muy bien cómo justificar.
Sebastián no se daba cuenta, pero Nicolás lo observaba. Le llamaba la atención cómo ese chico parecía llevar adentro un orden que afuera no existía, como si tuviera un mundo interior más sólido que las paredes del aula. Era el tipo de persona que Nicolás nunca había sabido ser, y no podía dejar de mirarlo.
Los alumnos ponían música mientras el profesor leía sus diapositivas sin ganas. Gotas de agua se filtraban por el cielo raso. Algunos cuchicheaban. Otros ni siquiera fingían atención.
Pero Sebastián anotaba con interés. Preguntaba. Era el único que seguía la clase, ajeno al caos, como si estuviera en el mejor lugar posible.
—¿Cómo haces para no volverte loco en un lugar como este?
—Tengo que hacerlo. Este es un colegio nacional. Puedo pedir beca para la universidad.
—Entiendo —dijo Nicolás, pensativo. A diferencia de él, Sebastián parecía saber qué quería. Estaba enfocado, con esa concentración de quien no tiene margen para distraerse.
Terminaron las clases. Cada uno recogió sus cosas. Sebastián le entregó el cuaderno.
—Si le haces algo, te mato.
—Vaya, no sabía que tenías sentido del humor.
—Sí —dijo Sebastián, poniendo cara seria, y luego sonrió. Y por primera vez en mucho tiempo, fue una sonrisa que no tuvo que fabricar.
—Te llevo a tu casa.
Sebastián pensó que lo quería llevar en moto.
—Sabes que cojeo. Fue un accidente de moto. Así que gracias.
—Te llevo en mi auto, bobo.
Sebastián se sorprendió al ver el coche. Era un Mercedes clásico, fuera de lugar en ese barrio como un cuadro caro en una pared descascarada. Se le encogió el estómago. No quería que lo juzgara por vivir allí.
Subieron. Nicolás puso música retro. Encendió el aire acondicionado. Sebastián se quitó la campera; el calor empezaba a incomodarlo. O tal vez era otra cosa, aunque prefería no pensar en eso mientras estaba tan cerca de él.
—Vaya, tienes buen físico. Siempre que pienso en los nerds, me imagino flacos, con lentes y postura encorvada.
Sebastián rodó los ojos, aunque por dentro agradeció que Nicolás estuviera mirando la calle y no su cara en ese momento.
—Ves demasiadas series yanquis. Es por el trabajo: cargo cosas pesadas en el supermercado. Todo Ahorros, cerca de aquí. Algunos no tenemos otra opción.
Nicolás no respondió de inmediato, pero tampoco aguantó mucho el silencio. Empezó a hablar de cualquier cosa, con esa facilidad que tienen los que nunca aprendieron a callarse, y Sebastián, sin darse cuenta, empezó a seguirlo.
Conversaron durante el trayecto. Hasta que llegaron a un callejón oscuro. Casas deterioradas, basura en las calles, alarmas de autos sonando en la noche.
—¿No te da miedo vivir aquí?
—Hay un código. No se toca a los vecinos. Van a otro barrio a hacer sus “trabajos” —hizo comillas con los dedos.
Tocaron el timbre. Un hombre corpulento, con una cerveza en la mano, salió. Miró el auto con desconfianza.
Tocaron el timbre. Un hombre corpulento, con una cerveza en la mano, salió. Miró el auto con desconfianza, y después miró a su hijo, y después otra vez el auto, como si estuviera sumando dos más dos y no le gustara el resultado.
Sebastián se bajó rápido, con esa clase de prisa que no es entusiasmo sino otra cosa. No dijo nada. No presentó a nadie.
—¿Quién es? —preguntó el padre, con la voz de quien pregunta pero ya tiene una opinión formada.
—Un compañero del colegio. Me trajo —respondió Sebastián, sin detenerse, sin mirarlo.
El hombre se quedó en la puerta. Observó el Mercedes hasta que desapareció en la oscuridad del callejón. Apretó un poco más la botella. No podía señalar nada concreto, no había nada concreto que señalar, y eso, curiosamente, era lo que más le molestaba. Sacudió la cabeza y entró sin decir nada.
Por ahora.