El Circuito del Amor

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Summary

Él corre para olvidar. Ella escribe para recordar. Matteo Rossi es el piloto más famoso del mundo: veloz, temerario y con un récord tan brillante como su lista de escándalos. Su vida es un espectáculo de velocidad, ruido y luces, hasta que una entrevista cambia su rumbo. Elena Caruso, periodista de investigación, recibe el encargo de escribir un perfil que podría salvar su carrera. No esperaba que detrás del campeón encontrara a un hombre cansado de ganar... y de sí mismo. En medio del olor a gasolina, los flashes de las cámaras y la línea invisible que separa la verdad de la apariencia, ambos descubrirán que algunas historias no se escriben: se viven a toda velocidad, sabiendo que no durarán para siempre. Porque hay amores que no necesitan futuro para ser eternos. |Advertencia| Esta obra no apoya ningún tipo de abuso, tanto físico como psicológico. Esta obra es totalmente ficción creada sólo para el entretenimiento del lector. Por favor conserven la discreción.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


Mi despertador sonó con la misma alegría de un dentista anunciando una caries. Lo golpeé con los ojos cerrados hasta que el maldito pitido se calló. Victoria. Un punto para mí. Los lunes eran la prueba definitiva de que Dios tenía un sentido del humor muy, muy oscuro.


La luz se colaba por las rendijas de las persianas como un entrometido, iluminando el desastre glorioso que era mi habitación. Pilas de libros que amenazaban con formar su propia cordillera, tres tazas de té medio llenas (¿era de ayer? ¿o anteayer?) y la sudadera favorita que llevaba... bueno, mejor no contarlo. Mi santuario. O mi madriguera, dependiendo del día. Hoy olía más a madriguera.


Al pasar frente al espejo, me detuve. Uf. Mi pelo pelirrojo parecía que había perdido una pelea con un ventilador. Y no, no era ese estilo de "llevo-después-de-sexo" que sale en las películas. Era el estilo "llevo-después-de-que-un-camión-pasara-por-encima-de-mi". Mis pecas, esas traidoras, parecían haberse multiplicado durante la noche, celebrando una fiesta en mi nariz. Y mis curvas... bueno, mis curvas seguían ahí, fieles y cómodas, recordándome que el gimnasio era un mito urbano tan creíble como el yeti. Ricardo solía decir que tenía "un cuerpo de mujer de verdad", que ahora que lo pienso, era su manera de mierda de decir "gordita" sin decirlo. Capullo.


Mi mirada cayó en la foto en la mesilla. Él. Ricardo. Cabello perfecto, sonrisa de "soy-un-intelectual", gafas de pasta que costaban más que mi alquiler. El muy capullo. Un año después y todavía sentía ese pellizquito en el estómago. No era por él, no. Era por la idiota de la foto, la que creía que sus comentarios de mierda como "¿seguro que quieres ese postre, cariño?" o "ese estilo de periodismo es un poco... sensacionalista, ¿no te parece?" eran muestras de preocupación y no de control. Que asco.


—Al carajo —murmuré, tirando de la foto para esconderla bajo una pila de borradores. Fuera de mi vista. Fuera de mi vida. O al menos, eso intentaba.


El teléfono vibró como un insecto enfadado. BENJAMÍN. Mi editor. Y mi dolor de cabeza personal. Dejé que sonara un par de veces, rezando para que se cansara.


—¿Sí? —contesté, intentando que mi voz no sonara a zombie recién salido de la tumba.


—Caruso. ¿Está muerto el artículo del café o solo gravemente herido? —Su voz sonaba a café puro y tres paquetes de cigarrillos. Ben era un hombre de cincuenta y tantos que parecía de setenta, con un corazón de oro escondido bajo capas de cinismo y tinta de imprenta.


—Está... en cuidados intensivos. Pero se pondrá bien. Le estoy poniendo... um... estadísticas sobre el consumo de leche de avena.


—Mentira cochina. —Pude oír cómo encendía un cigarrillo—. Escúchame, nena, los jefes están respirándome en la nuca. Los recortes son reales y tu nombre está en la lista de los prescindibles si no sacas algo gordo. Algo con gancho. Con titulares. Con... testosterona.


Un nudo se formó en mi garganta. Mierda. Mierda, mierda, mierda.


—No me digas que es otra mierda de las tendencias de... no sé, de yogur ecológico o de la moda de los calcetines feos.


—Peor. Mejor. Es Matteo Rossi.


El mundo se detuvo. ¿Matteo Rossi? ¿El Matteo Rossi? El dios del circuito, la pesadilla de las portadas, el tipo con más escándalos a sus espaldas que victorias (y tenía muchas). El hombre que parecía salido de un sueño húmedo y una resaca terrible al mismo tiempo. Su cara, con esa sonrisa de lobo y esos ojos oscuros que parecían verlo todo, me observaba desde cada kiosko.


—¿Estás de coña, Ben? ¡No soy una periodista de cotilleos! Yo... yo desentraño almas, no cuento con quién se acuesta un playboy sobre ruedas. Escribo sobre problemas sociales, sobre gente real?


—Pues es hora de que aprendas, cariño. Te he enviado el dossier. Léelo. Es tu última salida. Tu billete para seguir aquí o tu pasaporte al paro. Y no me falles.


Clic.


Me quedé mirando el teléfono como si me hubiera escupido en la cara. No. No, no, no. No podía ser. Matteo Rossi era todo lo que detestaba. La arrogancia, el exceso, la superficialidad hecha hombre.


El timbre de la puerta sonó como un salvavidas. Toc, toc... TOC. Sofía. Mi hermana. Mi mejor amiga. Mi dealer de azúcar y buenos consejos (y a veces, de malas decisiones).


Abrí la puerta y ahí estaba, impecable con su estilo de "arquitecta que pisa la pasarela", sosteniendo una bolsa de la panadería que olía a cielo. Llevaba un traje pantalón negro que me habría hecho parecer a un pingüino, pero en ella parecía sacado de una revista.


—Dios mío, pareces el antes de un tratamiento de rejuvenecimiento —dijo, entrando y pasando junto a mí como un tifón—. ¿Qué ha pasado? ¿Te han despedido? ¿Ha vuelto Ricardo? Dime que es lo segundo, tengo unas ganas de reventarle esa sonrisa de cretino con su propio libro de filosofía.


—Peor —gemí, siguiéndola a la cocina—. Ben quiere que escriba el perfil de Matteo Rossi.


Sofía dejó la bolsa sobre la mesa con un golpe seco. Sus ojos se abrieron como platos.


—¿En serio? ¡¿El Matteo Rossi?! ¡El que sale en todas partes con esas modelos que parecen palillos con pelo! ¡El que volcó su Ferrari en Montecarlo y salió del coche como si nada para dar una rueda de prensa!


—Ese mismo —suspiré, desplomándome en una silla y enterrando la cabeza en los brazos—. El rey de los capullos.


—¡Pero es genial! —exclamó ella, sacando los croissants como si fueran trofeos—. Es famoso, es guapo, es rico... y está más bueno que pegarle a un padre en un día de campo. Lo he visto en una entrevista. Tiene unos ojos oscuros que... uf, parecen que te van a desnudar con la mirada. Y ese pelo negro... y ese cuerpo, Dios, esos brazos...


—Sofía, por favor —la interrumpí, frotándome los párpados—. Es todo lo que detesto. Arrogante, superficial, un mujeriego que probablemente no ha leído un libro en su vida. Es el antídoto contra la feminidad.


—¡Exacto! Podrás despreciarlo en tu artículo y quedar como una feminista empoderada. Ganas por todos lados. Y además, cobras.


—No funciona así. Ben quiere un perfil a fondo, no mi opinión de por qué los hombres como él son el cáncer de la sociedad. Quiere que me sumerja en su mundo, que viaje con él, que... que me convierta en su mejor amiga o algo así.


—Mejor aún. —Se inclinó sobre la mesa, con los ojos brillando—. Acceso total. Podrás destrozarlo desde dentro. Será tu venganza personal contra todos los Ricardos del mundo, pero en versión F1.


—No quiero vengarme de nadie. Solo quiero escribir artículos que no me hagan sentir que estoy vendiendo mi alma.


—Mira, Elena —dijo ella, sentándose frente a mí y empujando un croissant hacia mí—. Tú eres la mejor. Escribes de maravilla. Y este trabajo es tu billete para salir de este agujero. Ricardo te dejó hecha polvo, y desde entonces escribes como si tuvieras miedo de tu propia sombra. Es hora de dejar de esconderse. De volver a ser la periodista que hacía temblar a los políticos corruptos.


—No me escondo —protesté, tomando un mordisco del croissant. Estaba divino, maldita sea.


—¿En serio? ¿Cómo se llama el tipo con el que saliste el mes pasado? ¿El abogado?


—Eso no es importante.


—Exacto. Porque ni te molestaste en recordarlo. Ni en volver a verlo. —Me clavó la mirada—. Este trabajo no es sobre Rossi. Es sobre ti. Es tu oportunidad de volver a la primera línea. De demostrarle a todos, y sobre todo a ti misma, que la Elena Caruso que desgarraba las mentes con sus palabras no se ha ido. Solo estaba... descansando.


Miré el croissant. Miré a mi hermana. Miré la pantalla de mi portátil, donde el maldito dossier de Rossi me esperaba como una bomba de relojería. Sofía tenía razón, por supuesto. Siempre la tenía. Pero eso no hacía que la idea fuera menos aterradora.


—Además —añadió ella con una sonrisa pícara mientras mordía su croissant—, ¿y si resulta que detrás de ese capullo insufrible hay un hombre con un corazón roto que necesita que una pelirroja fantástica y con curvas se lo repare?


—Eso solo pasa en tus libros cursies, Sofía. En la vida real, los hombres como él no se fijan en mujeres como yo. Se fijan en... en muñecas Barbie que caben en el asiento de su Ferrari.


—¡Tonterías! ¡Y en la vida real! —protestó ella—. Mira, al menos léete el dossier. A lo mejor descubres que le gusta... no sé, coleccionar mariposas o leer poesía. Un oscuro secreto que vender a otro medio si al final te despiden.


Soltó una risita. Yo no pude evitar esbozar una sonrisa. Maldita sea. Siempre sabía cómo llegarme.


—Vale —suspiré, derrotada—. Pero necesito algo más fuerte que un croissant para esto.


—¡Esa es mi hermana! —dijo Sofía, chocando mi taza de café con la suya—. Ahora, cuéntame. ¿Qué tal esa cita con el abogado? ¿El... cómo se llamaba?


—Marcos. Y fue un desastre. Pasó media cita hablando de su coche y la otra media mirándome el escote con una cara de... de asombro, como si no pudiera creer que cupiera ahí.


Sofía se rió a carcajadas. —Lo siento, no es gracioso. Bueno, sí, lo es. ¿Y no has vuelto a saber de... el otro? ¿El profesor de yoga?


—Javi. Y no. Creo que le asusté cuando le dije que mi idea de meditación era elegir entre té verde o earl grey.


Pasamos la siguiente hora riéndonos de mis desastres amorosos, de los clientes imposibles de Sofía y de lo mucho que odiábamos los lunes. Era nuestro ritual. Mi pequeño bote salvavidas en un mar de mierda laboral. Cuando se fue, prometiendo llamarme por la noche para un interrogatorio sobre el dossier, el apartamento volvió a sumirse en un silencio demasiado grande.


No podía posponerlo más. Con un suspiro que venía desde las profundidades de mi alma, abrí el correo de Ben y descargué el archivo.


MATTEO ROSSI - DOSSIER PRELIMINAR


La primera página era una foto. Una foto que le hacía a una injusticia. No era una instantánea de paparazzi borrosa. Era una foto de estudio en blanco y negro. Y era... devastadora. Matteo Rossi no sonreía. Miraba a la cámara con una intensidad que casi traspasaba la pantalla. Su pelo negro, ligeramente desordenado. Su mandíbula fuerte y perfectamente afeitada. Y sus ojos... Dios, sus ojos. Eran oscuros, casi negros, y en esta foto, libres de la arrogancia que siempre les veía en las revistas, solo parecían... increíblemente tristes. Cansados.


Sacudí la cabeza. —No, Elena. No caigas en la trampa. Es un playboy. Un producto. Esto es airebrusheado y poses estudiadas.


Pasé la página. Estadísticas de sus victorias, su valor neto, una lista de sus "escapadas" más sonadas con modelos y actrices. Todo era tan superficial, tan predecible... hasta que llegué a una sección titulada "Antecedentes Familiares".


Padre: Antonio Rossi. Ex-mecánico. Relación inexistente. Abandonó la familia cuando Matteo tenía 7 años. Fuentes cercanas hablan de un hombre violento y frustrado.

Madre: Giovanna Rossi. Crió a Matteo en solitario. Relación descrita como "intensa y complicada". Se opuso inicialmente a su carrera.


Mi corazón dio un pequeño vuelco. ¿Violento? ¿Abandonó la familia? Eso... no me lo esperaba. No encajaba con la imagen del chico malo divertido. Sonaba a... a una herida real.


Justo entonces, mi teléfono vibró de nuevo. Era el grupo de WhatsApp con mis amigas, "Las Salvajes".


Claudia: ¡Hola, mis bellezas! ¿Supervivencia lunes? Yo estoy a punto de estrangular a un cliente que quiere un logo que "transmita seriedad pero también diversión, como un payaso en un funeral".


Valeria: Jajajaja. Yo aquí, en el hospital, salvándole el culo a la humanidad una sutura a la vez. ¿Quedamos esta noche? Necesito vino. Y cotilleos. ¿Elena, cómo fue la cita con el abogado Ferrari?


Sonreí. Mis amigas. Mi tribu. Claudia, la diseñadora gráfica con la paciencia de un santo y un humor más negro que el carbón. Y Valeria, la cirujana que podía salvar una vida con una mano y destrozar a un hombre con un solo comentario con la otra.


Elena: La cita fue un 0/10. Pero tengo noticias que merecen TODO el vino. Ben me ha encasquetado un perfil. De Matteo Rossi.


El grupo estalló.


Claudia: ¡¿QUÉ?! ¡¿EL DIOS DEL ASFALTO?! ¡HERMANA!


Valeria: Detalles. AHORA. ¿Vas a conocerlo? ¿Vas a viajar con él? ¿Vas a tocarlo?


Elena: ¡Chicas, por favor! Es un trabajo. Y es mi condena a muerte. Es todo lo que odio.


Claudia: Es todo lo que AMAMOS. Es guapo, es rico, es famoso... y esa sonrisa, Elena, esa sonrisa de "soy malo para ti pero lo disfrutarás".


Valeria: Tiene razón Claudia. Esto es lo mejor que te ha pasado. Vas a salir de tu caparazón. Y quién sabe, a lo mejor te lleva en su Ferrari.


Elena: No quiero subirme a su Ferrari. Quiero escribir un buen artículo y que me dejen en paz.


Claudia: Mentira. Toda mujer quiere subirse a un Ferrari al menos una vez en la vida. Aunque sea para bajarse y decir "bah, no es para tanto". CENA. Esta noche. 8:30 en "El Rincón". Nos lo cuetas TODO. Sin filtros.


Valeria: Confirmado. Yo pago la primera botella.


Dejé el teléfono, sintiendo una mezcla de pánico y una extraña... emoción. Mis amigas lo veían como una aventura. Sofía como una oportunidad. Y yo solo veía el precipicio.


Miré de nuevo la foto del dossier. Esos ojos oscuros y cansados. "Relación inexistente". "Hombre violento".


—Maldita sea —susurré para mí.


El destino, al parecer, no solo tenía un extraño sentido del humor. También tenía la cara de Matteo Rossi, una herida de la infancia que no conocía, y la capacidad de meterte en un lío de la hostia a primera hora de un lunes. Y, por primera vez en mucho, mucho tiempo, no podía negar que una pequeña, minúscula parte de mí sentía... curiosidad.


Una curiosidad peligrosa.