Capítulo 1
Todo comenzó un viernes, o quizá era sábado, no lo sé. La cordura y la percepción del tiempo fue algo que perdí desde ese día.
Pero bueno, ¿podríamos comenzar ya con esta historia?
—¡Marck, más te vale que salgas ya de ahí!
El grito resuena en mi oído como un trueno, pero la voz de mi compañero parece un eco lejano, casi irreal, ahogado por el rugido de las llamas que devoran el edificio. El aire vibra con una energía opresiva, un calor sofocante que se filtra a través del traje y se aferra a mi piel como un enemigo invisible. Estoy suspendido en el ducto del ascensor, con los músculos tensos y los pulmones ardiendo por el humo que se cuela incluso a través de la máscara. La polea de la que cuelgo cruje con cada movimiento, un sonido fino, quebradizo, un recordatorio constante de que un solo error significaría mi sentencia de muerte. Intento alargar la mano para alcanzar la radio que cuelga de mi hombro, pero si suelto la cuerda, caeré. Cada segundo que paso aquí es un segundo más cerca del colapso.
—¡Marck!
Un golpe sordo. Luego, estática.
—¿Hola? —jadeo, intentando ignorar la quemazón en mis brazos, pero lo único que responde es el chisporroteo de cables chamuscados, el chasquido de las vigas que ceden bajo el peso del fuego.
Entonces, un grito atraviesa el caos. No un grito de miedo común. Es un alarido de desesperación, de angustia pura.
—¡Por favor, mi hija está en el tercer piso!
Mis músculos se tensan de inmediato. Mi mente intenta procesarlo, pero el horror es una sombra que se extiende demasiado rápido. El tercer piso. Recién venía de revisarlo. Recorrí cada pasillo, abrí cada puerta, grité por sobrevivientes. Nadie respondió. ¿Cómo es posible que haya alguien ahí?
El sudor resbala por mi frente en gruesas gotas que se mezclan con el hollín. El calor me oprime como una garra invisible, pero no sé si es el fuego lo que me sofoca o el pánico que se enreda en mi estómago como un nudo de alambre de púas. No puede ser. No puede haber alguien ahí.
—¡Ella es ciega! ¡Por favor, solo sáquenla, sáquenla, por favor!
Mi pecho se hunde como si me hubieran golpeado.
El tercer piso.
Solo había llamas. Y ahora, posiblemente una mujer atrapada sin la capacidad de ver el infierno que la rodea.
—¡Marck, si vas a hacer algo, hazlo ya! —ruge mi compañero—. ¡El edificio va a colapsar en cualquier momento!
El techo sobre mí se estremece, un quejido profundo que vibra a través del metal y el concreto. En cualquier momento se vendrá abajo y no quedará nada más que cenizas.
No hay tiempo para pensar.
No hay opción.
Me impulso hacia arriba con todas mis fuerzas, tirando de la cuerda hasta que siento que las yemas de mis dedos se rasgan bajo los guantes. La fricción quema, la cuerda resbala, pero sigo trepando, ignorando el dolor y el peso de mi equipo. Cada segundo que pasa es un latido menos en el reloj de vida de esa mujer.
Alcanzo el borde del ascensor y me aferro con ambas manos, jadeando. Una explosión sacude el edificio. El fuego ruge con hambre. La estructura cruje y el suelo vibra como si la bestia de llamas estuviera a punto de engullirlo todo de un solo bocado. Me arrastro hasta el pasillo, el humo es una cortina espesa que convierte todo en una neblina de sombras y brasas. El oxígeno en mi tanque se agota rápido. Mis pasos son torpes, cada fibra de mi cuerpo me grita que huya, pero mi mente solo repite una frase como un mantra.
Ella está ahí. Y está esperando.
Intento abrir la puerta de emergencia, pero está bloqueada. Una columna caída la mantiene sellada, atrapando lo que queda del tercer piso en una prisión de fuego. Empujo con todas mis fuerzas, pero no se mueve.
—¡Maldición!
El techo vuelve a crujir. El metal gime. Está cediendo.
Corro hacia la ventana más cercana y levanto el antebrazo. Con un golpe seco, reviento el vidrio. Los fragmentos llueven como pequeñas dagas, golpeando mi traje. Un viento abrasador entra con furia, avivando aún más las llamas.
Miro hacia arriba.
La ventana de emergencia está a tres metros de mí. La única entrada.
Los bloques de concreto en la fachada están deteriorados, agrietados por los años y por el calor. Pero pueden soportar mi peso. O pueden ceder y enviarme directo al infierno.
No pienso más.
Salgo por la ventana y me aferro a la pared con dedos entumecidos dentro de los guantes y siento como la fricción arde. Subo, una mano tras otra. Un pie tras otro.
Entonces el concreto tiembla.
Un sonido seco.
La grieta se expande.
Y el bloque se rompe.
El vacío me engulle y me apuro.
Mi estómago cae y mi corazón explota en mi pecho.
En el último instante, mi mano choca contra un barandal. Me aferro con una fuerza que me destroza los brazos y, con un último rugido de esfuerzo, me impulso hacia la ventana de emergencia. Rompo el vidrio y me arrojo dentro.
El humo me recibe como un abrazo sofocante.
Tomo fuerzas y miro alrededor, l fuego ruge hambriento, arrastrándose por las paredes como una bestia sin control.
Entonces la veo.
El calor me sofoca incluso a través del traje. El aire es un veneno ardiente que se cuela en mis pulmones con cada respiración. Todo el piso está envuelto en llamas; las paredes tiemblan, el techo cruje como si en cualquier momento fuera a desplomarse. Pero lo único que veo es a ella.
Está acurrucada contra la pared, con los brazos cubriéndose la cabeza, desde la distancia veo que está temblando. La luz anaranjada del fuego proyecta sombras inquietantes en su rostro cubierto de hollín. Sus labios están entreabiertos, tratando de respirar entre el humo. Corro a ella y veo sus manos, sucias y temblorosas, buscan desesperadamente algo a lo que aferrarse.
Pero lo peor no es el fuego.
Lo peor es que ella no puede ver.
Está atrapada en la oscuridad absoluta, sin saber si el siguiente paso la salvará o la condenará.
—¡Voy a sacarte de aquí! —grito con fuerza, mi voz apenas un eco entre el estruendo del incendio.
Ella alza el rostro hacia mí, pero sus ojos no me encuentran. Están vacíos, extraviados en el abismo.
—¿Quién eres? —pregunta con un hilo de voz.
—Soy Bombero. —respondo, mientras mi mente calcula la mejor ruta para sacarnos de aquí—. Solo confía en mí.
Hay un instante de duda. Un segundo de incertidumbre en el que sus labios tiemblan y su respiración se entrecorta. Luego, su mano se aferra a la mía con fuerza.
—Está bien.
La levanto con cuidado y me sorprende lo poco ligera que es. Su cuerpo tiembla, pero hay algo firme en su agarre. Una determinación silenciosa.
—No me sueltes —susurra, con el miedo filtrándose en su voz.
—No lo haré.
Damos el primer paso juntos. El suelo bajo nosotros cruje, inestable, amenazando con colapsar en cualquier momento. La conduzco entre los escombros, esquivando vigas incendiadas y restos de muebles carbonizados.
Una explosión sacude el edificio.
El estruendo es ensordecedor. Un muro se desploma a pocos metros, y la onda expansiva nos lanza hacia atrás. El calor me golpea con furia, y siento el aire escaparse de mis pulmones.
Ella grita.
El sonido me atraviesa como una daga.
Me giro de inmediato y la encuentro en el suelo, tosiendo, con el rostro manchado de cenizas. Me acerco y la ayudo a levantarse.
—¡Tenemos que seguir!
El fuego ruge a nuestro alrededor como una bestia hambrienta.
No hay tiempo.
Me desprendo del tanque de oxígeno y le coloco la máscara. No puedo permitir que inhale más humo. Luego, con manos torpes y urgentes, me quito la chaqueta ignífuga y se la pongo sobre los hombros.
—Póntela.
—Pero tú…
—¡Hazlo!
Se la ajusto rápidamente y le entrego mis guantes. Sus manos están rojas por el calor, casi al borde de las ampollas. No puede ver lo mal que está, pero yo sí.
El fuego avanza.
Las vigas del techo comienzan a doblarse.
El ducto del ascensor es nuestra única salida.
Apoyo la mano contra la pared y tanteo el camino. La radio está muerta. No hay señal. Nadie vendrá por nosotros.
—Vamos. —La guío por el pasillo en ruinas, esquivando escombros, manteniéndola siempre pegada a mí. En cada paso siento el ardor en mi piel. Mi camiseta está empapada en sudor, pegándose a las quemaduras que comienzan a formarse en mis brazos y espalda. Sin la chaqueta, estoy expuesto.
Pero no importa.
Solo tengo una prioridad.
Ella.
Llegamos al ducto del ascensor.
El hueco negro se abre frente a nosotros, un vacío aterrador que se extiende varios pisos hacia abajo. La estructura metálica sigue en pie, pero la cuerda de seguridad apenas se sostiene de un anclaje inestable.
Tomo aire.
—Voy a bajarnos.
Ella asiente.
Me muevo primero, asegurando la cuerda. Me quemo las manos al sujetarla sin guantes, pero ignoro el dolor. Aseguro mis pies en la estructura metálica y la ayudo a acercarse al borde.
—Escucha, tienes que hacer exactamente lo que yo diga.
—Lo haré —su voz es apenas un susurro, tembloroso pero decidido.
La sostengo con fuerza y la ayudo a descender. Sus movimientos son torpes, imprecisos. No puede ver dónde colocar los pies, y depende completamente de mis instrucciones.
—Un poco más… eso es… ahora baja el pie izquierdo.
El metal cruje bajo nuestro peso.
Entonces, ocurre lo inevitable.
La estructura tiembla.
Un fragmento de viga se desprende del techo y cae a nuestro lado, golpeando la cuerda y sacudiéndonos con violencia.
Ella pierde el equilibrio, y el tanque de oxígeno cae al vacío.
Se resbala.
Un grito se ahoga en su garganta cuando sus dedos fallan en encontrar un agarre.
Y cae.
Mi cuerpo se mueve antes de que mi mente lo procese.
Extiendo la mano y la atrapo en el aire, sujetándola con todas mis fuerzas.
El tirón es brutal.
Un dolor desgarrador recorre mi brazo cuando su peso casi me arrastra con ella. La cuerda cede unos centímetros. Mi piel arde donde el fuego la ha alcanzado.
—¡Sujétate! —grito, sintiendo cómo mis músculos tiemblan por el esfuerzo.
Ella se aferra a mi muñeca con una desesperación feroz. Sus dedos están ardiendo ensangrentados, temblorosos, aferrándose a mí como si su vida dependiera de ello.
Porque su vida depende de ello.
El humo asciende, envolviéndonos en una neblina asfixiante. Mis fuerzas comienzan a agotarse. La cuerda sigue cediendo.
No voy a soltarla.
Jamás.
Con un gruñido de esfuerzo, tiro de ella hacia arriba. Mis músculos protestan, mis pulmones queman, pero sigo.
Lentamente, la acerco hasta que puede rodear mi cuello con los brazos. La sostengo contra mí, asegurándola con todas mis fuerzas.
—Te tengo —jadeo.
Ella tiembla en mis brazos.
—No me sueltes.
—Nunca.
Nos balanceamos un momento en el vacío, el fuego rugiendo abajo, la estructura gimiendo a nuestro alrededor.
El edificio no va a resistir mucho más.
No hay tiempo.
Tengo que sacarnos de aquí.
Necesito sacarla de aquí, lo más pronto posible, miro hacia arriba y no hay manera de subir para acomodarnos, sujeto de su cintura con fuerza y con mi mano tiro de la cuerda mientras trato cuidadosamente de que no se rompa.
Ardor, sangre. Mi mano se desgarra con el bajar de la cuerda y la fricción hace que empeore.
Ella se aferra a mi con temblor, necesito llevarla a salvo con su madre.
—Necesito que te agarres con todo el cuerpo a mi.
Enseguida envuelve sus piernas alrededor de mi cadera, puedo tomar la cuerda con ambas manos y agilizar el movimiento. Debemos salir, y debemos hacerlo ya.
La estructura se tamablea y con movimientos rápidos me pongo en acción. Tiro de la cuerda y me establezco con mis pies en la estructura del ducto, llego hasta el final de este, debajo, se encuentra el primer piso, nuestra salida.
Así que, solo queda saltar, miro hacia abajo y calculo alrededor de seis metros.
A esa distancia podría lesionarse ella.
—Quiero que confíes en mi. Vamos a saltar a la cuenta de tres. ¿Entendido? — Asiente frenéticamente, temblorosa. Y comienza a contar.
Su voz, quebradiza y prepotente de la adrenalina. —Uno…
—Tres. —Interrumpo y libero la cuerda, dejo que mi cuerpo se prepare para llevar el impacto mientras que la rodeo con todas mis sfuerza, asegurando que ninguna parte de su cuerpo se lesione con la caída.
Pronto, todo se vuelve negro.
—A veces, el infierno que arde bajo nuestros pies tiene un propósito más allá del castigo divino… Dicen que el camino al infierno es cálido, casi acogedor, como si el destino nos llevara directo al cielo. Pero esa es la peor de las mentiras.