El Amanecer del Rojo
🩸 El Epitafio Carmesí
Se cree que el alma abandona el cuerpo al morir, que hay un lugar donde reside al finalizar la vida terrenal.
Pero nadie habla de lo que dejamos después de la muerte, de lo que hay en nuestro epitafio.
Pues yo creo que el alma es nuestro epitafio: cada palabra, cada acción y cada hazaña forjan nuestra alma, y nuestros recuerdos son lo que dejamos al morir.
Mi visión del alma es nuestro epitafio terrenal, lo que alguna vez nos hizo vivir: el recuerdo de lo que fuimos y los recuerdos de los que serán.
Uno no muere hasta que es olvidado, y las cenizas de tu recuerdo flotan en el viento de la penumbra, donde los sepultureros repiten tu nombre antes de continuar su trabajo.
Y tú, Rey Carmesí, vivirás para siempre en los corazones de aquellos que te conocieron.
Te martirizas por la paz de tu gente, y tu melodiosa voz resuena en los ecos de aquellos que creen que ya lo han dado todo, recibiendo la esperanza que alguna vez tú diste.
Tu lana, blanca como el velo de una novia, y tu sonrisa, tan brillante como la perla de un anillo, no pueden ser tomadas a la ligera.
Oh, Rey Carmesí, tú que hablas con el viento y escuchas a todo desamparado:
¿qué dejas en tu epitafio, además del dolor de los que alguna vez te amaron?
Capítulo Uno
Acto Uno: El amanecer del rojo
La tenue luz del sol se filtraba entre los árboles de un oscuro bosque iluminado por flores fluorescentes.
Esa luz daba calor a un cuerpo que yacía en el suelo, repleto de una paz envidiable, la cual no se inmutaba ante el calor que la bañaba.
Rodeado por un prado de rosas carmesí y espinas que lo envolvían mientras descansaba, un suave bostezo se escuchó antes de que el cuerpo del durmiente se incorporara con calma.
La lana blanca brillaba sobre su cuerpo iluminado por el sol, mientras las espinas perforaban su piel y su pelaje, intentando causar daño a su pacífica presencia.
El blanquecino animal simplemente frotó su cuerpo con las manos, aliviando las penas que las espinas le causaban.
Lágrimas brotaron de sus brillantes ojos; pero no eran de tristeza o de dolor, sino de un alma que no comprendía dónde estaba ni lo que sentía.
Con dificultad se alzó entre el campo de espinas; su cuerpo indefenso era herido mientras intentaba salir del pequeño prado.
-Si he de estar en algún tipo de castigo... ¿por qué es que lo merezco?
El pequeño cordero caminó por el bosque, indefenso ante cualquier amenaza.
Aunque el miedo no era lo único que lo acompañaba: también la vergüenza de estar sin prenda alguna.
-Es vergonzoso... Incluso si estoy solo, me siento extraño.
Una pequeña túnica en el suelo llamó su atención.
El rojo más brillante que podía presenciar, con líneas de oro que formaban un diseño elegante y placebo.
Era lo justo para alguien como él... o al menos eso pensaba.
La tomó con cuidado y la colocó sobre su cuerpo, abrigando su lana y manteniéndola cálida.
-Debo estar de suerte... incluso es elegante.
Frotó suavemente la tela contra su cuerpo, suspirando de alegría por la seguridad que le hacía sentir aquella simple vestimenta.
-Se siente como un abrazo.
...
Guardó silencio un momento.
Escuchó pasos acercándose. No se movió; sabía lo que seguía. No podía negar su destino ni lo que habría de suceder ese día.
Volteó su mirada hacia quien se aproximaba. Con una sonrisa lo recibió y dijo:
-Es el día de la coronación...
Un verdugo era a quien miraba el pequeño cordero. Con cuidado, se levantó y ofreció sus manos para ser esposado, pues cualquier intento de escapar sería castigado.
-Orden 15, sector B: cualquier parentesco con la especie o familia del antiguo Rey Carmesí será perseguido y ejecutado.
El verdugo leyó su sentencia antes de esposarlo y arrastrarlo al cadalso, en la plaza principal, fuera del bosque.
El camino fue agotador y un tanto humillante para el blanquecino animal.
El sonido de sus pezuñas resonaba contra el suelo de piedra de la plaza, como zapatos de suela pesada golpeando el pavimento.
El cordero observaba a muchos animales que lo miraban con curiosidad, murmurando entre sí o burlándose.
Los observó con cautela y duda.
¿Era tan importante verlo morir?
Fue subido con cuidado al cadalso antes de ser arrodillado.
Un oficial se acercó: un dóberman de traje blanco y presencia intimidante.
Tomó un megáfono metálico y comenzó la ceremonia:
-¡Bienvenidas sean todas las criaturas del bosque al séptimo día de la coronación del Rey del Sol Naciente!
Pues hoy daremos fin a la leyenda del antiguo gobernante y a la creencia del Sadus, capaz de tomar el cuerpo de sus allegados.
El público estalló en una gran bulla, dividida entre quienes deseaban que el nuevo rey acabara con la amenaza del Sadus y quienes abogaban por la vida del cordero.
-¡Es un monstruo! -¡Acaben con la memoria colectiva! -¡Fuera el sol saliente! -¡Viva el Rey! -¡Matan a un inocente!
Los gritos se mezclaban hasta que el oficial ordenó:
-¡Silencio!
El dóberman se acercó al cordero, acercando el megáfono a su rostro.
-¿Algunas últimas palabras, Velian?
El cordero se quedó sin habla. No esperaba que supieran su nombre; aquel acto, tan simple, lo sintió como una blasfemia a su vida y a su epitafio.
-Dicen mi nombre como si fuera algo indiferente, como si mi vida fuera algo que pueden tomar a la ligera y el respeto a mi esencia no importara... Pero solo son unos cobardes.
El Sadus caerá sobre todos ustedes, pusilánimes sin corazón.
¡Viva el Rey Carmesí!
-¡Suficiente!
El oficial dio la orden al verdugo, quien levantó su hacha.
Lo último que escuchó Velian fue el silbido del viento cortado por el acero que iba directo a su cuello, antes de sentir el frío recorriendo su cuerpo.
Y así terminó el legado de los corderos y del Rey Carmesí.
Una matanza de todos los que alguna vez se sintieron seguros con la presencia de su pastor.
Injustificada, nacida del egoísmo de un solo ente que deseaba el poder sin importar las consecuencias.
Velian sintió la confusión atravesando su epitafio, pues ya no quedaba quien lo recordara.
Su muerte fue sin gloria ni respeto, y su esencia se disolvió en el olvido.
¿Pero por qué tanta agresividad contra un pueblo entero de ovejas?
Por la maldición del Sadus.
El antiguo Rey prometió, antes de morir, que alguien tomaría su espíritu y derrocaría al Señor del Sol Naciente.
Por un año entero, todo el rebaño del Rey fue cazado por los aliados del nuevo gobernante.
Aquellos días de caza se conocían como "días de la coronación", pues cada muerte alejaba al Sadus de interponerse en su camino.
Y así concluyó el día de la coronación:
Sin Sadus, sin preocupaciones... y sin corderos.
La carta de Velian
Antes de ser capturado, Velian escribió una carta a su amada.
Le pidió que se mantuviera lejos del reino durante una temporada, le entregó sus ahorros y pagó a un mensajero para que se la llevara.
La carta describía sus memorias y concluía con un último poema:
Yo que hablo con el viento
Hombre autodestructivo,
Que causas el dolor de tu alma por el placer del poder.
No ocasionas miedo en mí.
Pues yo hablo con el viento
Y recibo respuesta;
La paz inunda mi cuerpo
Y mi descanso eterno.
Yo hablo con el viento
Y este me responde,
Pues un alma pacífica vale más
Que una violenta y poderosa.
No me atemorizas ni impresionas;
Solo decido no gastar mi aliento
En palabras para ti.
Yo que hablo con el viento
Y este me responde...
Quiero que mi amada sea feliz.
Deseo que ella no pase
Por lo que yo,
A mi corta edad,
Tuve la suerte de pasar.
Por eso le entrego todo lo que tengo,
Para que escape lo más rápido posible.
Yo que hablo con el viento
Y este me responde...
Entre susurros me despido
Y entre tinta plasmo mis deseos.