Capitulo 1 El Poder olvidado
1 de septiembre de 1939. Mientras Europa ardía en el rumor de la guerra, en un bosque apartado del mundo una historia diferente empezaba a escribirse.
Un meteorito surcó el cielo nocturno y se estrelló con la tierra. El impacto dejó un cráter humeante: la roca se partió en dos y, en su interior, apareció un cilindro metálico que contenía un fluido púrpura que brillaba con vida propia. El calor que emanaba era tan intenso que el aire vibraba y las hojas cercanas crujían como papel.
Entre la espesura, una figura encapuchada avanzó hacia el lugar del impacto. Noshida, un anciano envuelto en una túnica negra, se detuvo al borde del cráter. Sus manos temblaban, no por la edad sino por la reverencia. Con una voz rasposa y firme susurró: —Así que por fin ha llegado. Debo llevar esto a la Leviatán cuanto antes.
Antes de que pudiera tocar el cilindro, un golpe sónico lo arrojó al suelo. Al incorporarse, vio a su adversario: un hombre ataviado con traje negro, cubierto de cuchillas y espadas, y una máscara de carnero, blanca y siniestra. Su presencia olía a muerte.
—¿Aún sigues vivo, parásito? —preguntó Noshida, sorprendido.
El hombre con la máscara rió, una risa cortante. —Ese tesoro le pertenece a mi señor —dijo—. No permitiré que nadie se lo lleve.
Noshida se irguió. Un aura eléctrica empezó a recorrer su cuerpo; el hombre de la máscara, una sombra de oscuridad. Se miraron sin parpadear. En un latido, la batalla se desató.
Los primeros choques fueron de acero y destreza. Noshida atacaba con golpes rápidos y patadas milimétricas; su oponente devolvía cada embate desenfundando espadas. Noshida sacó cuchillos ocultos en las mangas. La distancia entre la victoria y la muerte era un hilo. Relámpagos envolvieron al anciano y aumentaron su precisión. El hombre con la máscara, incapaz de seguir el ritmo, vio cómo sus defensas se resquebrajaban. En un descuido, Noshida lanzó sus cuchillos que, guiados por la electricidad, se clavaron con dos puñaladas perfectas en la espalda del atacante.
El hombre con la máscara no se rindió: moldeó su energía y la transformó en una lluvia de pequeñas hojas cortantes que atacaron desde todos los ángulos. Noshida se cubrió como pudo, recibió heridas, se tambaleó, pero no cayó. Sabía que no podía alargar el combate: su misión era llevar el cilindro lejos.
Con un plan resuelto, golpeó el suelo con un relámpago que levantó una nube de humo espeso. El atacante arremetió a ciegas; cuando el humo se disipó, Noshida ya no estaba donde había estado. Se materializó detrás del hombre y, con un gesto silencioso, acumuló una esfera en la punta de su dedo. La lanzó contra la espalda del enemigo: el impacto lo dejó inmóvil, convulsionando en el suelo.
Noshida aprovechó para tomar el cilindro y huir a través del bosque. Corrió hasta que la distancia fue suficiente y gritó al cielo: —¡Athena, abre el portal!
Una chispa se elevó en el aire, giró sobre sí misma y se formó un portal en espiral. Noshida lo atravesó y, en un parpadeo, apareció dentro de una nave espacial de tecnología inimaginable: la Leviatán.
La nave olía a metal frío y aceite, pero su interior brillaba con pantallas y superficies que parecían vivas. Athena, una mujer pelirroja de unos veintisiete años, lo recibió con una sonrisa cálida y un dejo de ironía. —Bienvenido de regreso, señor Noshida. ¿Tu misión fue un éxito?
Noshida, fatigado, dejó caer la capucha, revelando un rostro curtido por los años y una barba de plata que contrastaba con un tinte rojizo en su pelo: mezcla de sangre japonesa y sangre americana, testigo de una vida demasiado larga. —Gracias por recibirme, Athena. Aquí está —dijo, entregándole el cilindro—. Analízalo. Necesitamos saber qué ha llegado de tu planeta.
Athena lo tomó con cuidado y lo depositó en una consola. Mientras los sistemas escudriñaban el contenido, Noshida accedió a un archivo: Conocimiento del mundo. Empezó a relatar, como quien lee un diario que alguien le confió hace siglos.
Noshida explicó que había nacido mucho antes de Cristo, y que, siendo joven, sirvió bajo el shogunato de Kamakura. Una noche, en el bosque, presenció una lucha aérea entre una mujer de traje extraño —la misma Athena, entonces en combate— y un hombre con máscara de carnero. La mujer, herida, le entregó un tubo de vidrio con un líquido amarillo brillante y le pidió ayuda. Antes de que comprendiera nada, fue atacado: el carnero lo apuñaló, creyendo que el tubo estaba en su mano izquierda. Noshida, en un movimiento desesperado, cambió el tubo y bebió el líquido. El veneno experimental le travesó el cuerpo, pero en lugar de matarlo, lo curó: sus heridas se cerraron y su cabello, negro como el azabache, comenzó a tornarse rojo. Sus ojos adquirieron un brillo dorado. Había nacido otra vez.
Aquella mujer se presentó como Athena: un ser biotecnológico y mecánico procedente de un planeta donde la ciencia es fe. Ella había venido a la Tierra en busca de tecnología robada por Gaikotsu Daiomaru, un general desterrado que se llevó energía autosustentable y la tecnología que podría salvar su mundo. Daiomaru fue perseguido y su nave se destrozó en la atmósfera terrestre; fragmentos de su tecnología se dispersaron por el planeta. Athena, enviada para recuperarlos, había encontrado rastros y enemigos.
Con el tiempo, Noshida se casó y vivió años de aparente calma. Pero la tragedia golpeó: Daiomaru, o alguien a su servicio, regresó. Una noche, Noshida halló a su esposa destrozada. La venganza lo consumió: en un duelo donde Athena intervino, el hombre de la máscara fue decapitado y su cuerpo se desintegró. Athena sospechó de Daiomaru.
Años de luchas y persecuciones transcurrieron. La civilización avanzó, la tecnología se filtró, y la historia de Noshida y Athena se mezcló con la de la humanidad hasta llegar al presente: 2024, ciudad de Nueva York.
Kayzar Vi’kami tenía diecisiete años. Su cabello, inexplicablemente blanco, enmarcaba un rostro duro para su edad. Estudiante universitario, amante de la música y las artes marciales, trabajaba por las mañanas en una cafetería. Ese día se reunió con su amigo Sioret y su compañera Naomi; el padre de Sioret había vuelto de una expedición por el Amazonas con un libro extraño: un Necronomicón que, según contaron, servía para rituales antiguos.
Esa misma noche, Sioret pidió ayuda por mensaje. Kayzar fue a su casa y la encontró revuelta, la puerta abierta. Subió al segundo piso. Allí, en el suelo, yacía su amigo con cortes profundos. Cuando intentó acercarse, una fuerza lo empujó y la oscuridad lo devoró. Un hombre con máscara de carnero y un enorme cuchillo apareció, clavándole la hoja en el pecho. Su visión se nubló, la sangre caliente. Antes de perder el sentido, escuchó una voz detrás de él: el agresor demandaba el Necronomicón.
Diez minutos más tarde, en una cámara fría y luminosa, Kayzar despertó. A su alrededor, paredes de metal y pantallas que parpadeaban. Frente a él, Athena le sonrió con descaro: —Bienvenido a la Leviatán, guapetón. Te apuñalaron, pero estás vivo. Kayzar aun devil se desmayo nuevamente Kayzar abrió los ojos por segunda vez en la Leviatán. Esta vez no sentía dolor, pero su cuerpo pesaba como si hubiese dormido siglos. A su alrededor, una tenue luz azul bañaba las paredes metálicas del recinto. El aire olía a ozono y a una fragancia suave que no podía identificar. Se incorporó con dificultad y vio su reflejo en una placa pulida: el cabello, blanco como la nieve; la piel, pálida pero firme; las pupilas, con un brillo azulado que antes no tenía.
Athena lo observaba desde una consola cercana. Llevaba un traje ajustado de tonos rojos y negros, cruzado por líneas de energía que se encendían al ritmo de su respiración. —Te ves mejor —comentó con una media sonrisa—. Para alguien que murió hace unas horas, diría que estás en excelente forma.
Kayzar frunció el ceño, confundido. —¿Qué me hicieron?
Athena presionó algunos comandos y una pantalla holográfica mostró su cuerpo en detalle: órganos, huesos y un torrente de energía luminosa recorriendo sus venas. —Tu herida fue letal —explicó—. Tuvimos que inyectarte nanocélulas biotecnológicas para reparar el daño. Pero el proceso no solo te curó… te cambió.
—¿Cambió? —repitió él, tocándose el pecho—. ¿Qué significa eso?
Antes de que Athena respondiera, una puerta metálica se abrió con un siseo. Noshida entró, envuelto en su túnica negra. Su mirada, profunda y cansada, se posó en el muchacho. —Significa que ya no eres completamente humano —dijo sin rodeos—. Pero tampoco un experimento. Eres algo nuevo.
Kayzar se levantó de golpe. —No entiendo nada. Solo quiero saber qué pasó con Sioret.
Noshida guardó silencio unos segundos, luego asintió. —Tu amigo fue secuestrado por el mismo ser que me atacó en el bosque. Lo llaman el Carnero. No es humano. Está hecho con tecnología prohibida, una mezcla de materia viva y metal oscuro. Y busca lo que tú llevabas esa noche: el libro.
—¿El Necronomicón? —preguntó Kayzar.
—Ese nombre le dieron los humanos —respondió Athena—, pero no es un libro en realidad. Es un fragmento de la memoria artificial de un dios dormido. Lo que tu amigo tenía en sus manos era una parte del núcleo original que Gaikotsu Daiomaru robó hace siglos.
Kayzar intentó procesar todo aquello, pero su mente se nublaba. —Entonces… ¿Sioret está muerto?
—No —dijo Noshida, con voz grave—. Si el Carnero lo hubiera querido muerto, ya lo estaría. Lo necesita para algo. Quizás como contenedor. Quizás como sacrificio.
Kayzar apretó los puños. La rabia le ardía en el pecho. —Entonces iré a buscarlo. No me importa quién sea ese monstruo.
Athena soltó una breve risa, sin burla pero con incredulidad. —Ni siquiera sabes controlar la energía que ahora corre por tu cuerpo. Si sales así, el Carnero te romperá como a un juguete.
Noshida la interrumpió. —Déjalo. Si tiene la voluntad, puede aprender. Lo entrenaré yo mismo.
Athena arqueó una ceja. —¿Estás seguro? No hemos entrenado a nadie desde hace dos siglos.
—Lo sé —dijo Noshida, observando a Kayzar—. Pero este chico tiene algo que no había visto desde hace mucho: la mirada de alguien que no teme morir.
El anciano se acercó al joven y le tocó el hombro. —Si de verdad quieres rescatar a tu amigo, deberás dominar lo que llevas dentro. Tu cuerpo ahora genera energía híbrida: humana y biotecnológica. Si la controlas, podrás hacer cosas que desafían las leyes de este mundo. Pero si no, esa misma energía te consumirá desde dentro.
Kayzar lo miró fijamente. —Enséñame.
El silencio se extendió unos segundos. Athena suspiró y apagó las pantallas. —Bien. Pero si lo entrenas, que lo haga en la cámara cero. No quiero que vuelva a quemar los sistemas como la última vez.
Noshida sonrió levemente. —Tranquila, no pienso perder otra nave.
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Horas después, la cámara cero se iluminó. Era un espacio vasto, circular, con muros metálicos cubiertos de símbolos brillantes. Kayzar estaba en el centro, descalzo y con el torso descubierto. Noshida, frente a él, sostenía una vara tallada con inscripciones antiguas.
—La energía que corre por tu cuerpo —explicó el anciano— proviene de las nanocélulas de Athena. Ellas pueden replicar cualquier impulso que tu mente imagine. Pero eso no significa que tengas poder infinito. Solo significa que tienes una llave, y aún no sabes a qué puerta pertenece.
Kayzar asintió. Noshida lo observó, y con un movimiento de su vara liberó una descarga eléctrica que impactó cerca del muchacho. —¡Concéntrate! Siente el flujo dentro de ti. No se trata de resistir, sino de guiar.
Kayzar cerró los ojos. El recuerdo del cuchillo atravesando su pecho regresó, el rostro sin ojos del Carnero, la sangre de su amigo. Un calor subió por su brazo derecho. Abrió los ojos: su palma estaba rodeada por un resplandor blanco azulado, vibrante, vivo.
Noshida sonrió apenas. —Eso es. No lo temas. Dóblalo a tu voluntad.
La energía se expandió, formando una pequeña esfera que flotaba sobre su mano. El aire alrededor zumbó. Athena, que observaba desde una pantalla, frunció el ceño. —Demasiado rápido… —susurró—. Esa cantidad de energía no es normal en un humano recién modificado.
De pronto, la esfera creció, descontrolada. Kayzar gritó, intentando contenerla. La energía explotó en un destello cegador. Cuando el humo se disipó, el joven seguía de pie, jadeante, con las manos temblando.
—Impresionante —dijo Noshida, acercándose—. Pero aún no controlas la raíz. Si dejas que el miedo guíe tu poder, serás destruido desde dentro.
Kayzar respiró hondo, mirando el suelo agrietado bajo sus pies. —Lo haré mejor —prometió—. No pienso fallar.
El anciano lo miró con una mezcla de respeto y tristeza. —Lo harás. Pero cuando llegue el momento, tendrás que elegir qué clase de poder deseas. El que salva… o el que destruye.
Athena entró a la sala, sosteniendo una tableta con proyecciones. —Noshida, tenemos una señal. —Ambos la miraron—. Coordenadas detectadas en la zona cero de México. Lectura de energía similar a la del Carnero.
Kayzar levantó la mirada. —Entonces ahí es donde está Sioret.
Athena lo observó, luego a Noshida. —Si lo llevas, será su primera misión. Y probablemente, su última.
Noshida asintió con calma. —Toda vida empieza con un riesgo. Es hora de ver si este chico es digno del título que los antiguos dejaron atrás…
Kayzar, confundido, preguntó: —¿Qué título?
El anciano respondió con una mirada grave. —El Heredero.
Y así comenzó el viaje que uniría la voluntad humana con el poder de los dioses olvidados.