Capítulo 1
La noche había llegado a aquel recóndito pueblo rural, enclavado por un sin número de montaña recubiertas por un espeso kilometraje de pinos, acompañada por un viento pesado, capaz de congelar los huesos de los más corpulentos y de erizar la piel de los más valientes. En ese pueblo era bien sabido que ese tipo de aires no eran más que señales de la madre naturaleza avisándoles de la cercanía del peligro o la pronta partida de alguien querido. No había estrellas ni luceros en el firmamento, solamente la luna llena reinaba en lo alto, adornada por un fino manto de nubes grisáceas y coronada con un halo iridiscente de luz. Por eso cualquiera que estuviese fuera sería capaz de ver a la perfección las coloridas casas del lugar, los muros empedrados, las vallas cubiertas de rosales y el ganado de algunos pastando dentro de los corrales a las orillas de la pequeña comunidad; tal y como lo haría durante el día. Aunque esta vez el lugar entero parecía estar abandonado. Sin ruido ni presencia humana.
A diferencia de otros días, esta vez, todos parecían guardar silencio más por miedo que por sueño. Miedo alimentado no solo por las crudas creencias de los más viejos y las extrañas sensaciones de peligro, sino también por los incesantes ladridos caninos, ladridos estridentes llenos de rabia y miedo, que no hacían más que despertar ese pánico asfixiante en sus corazones. Los pobres animales ladraban con rabia, gruñían con enojo y luego gimoteaban con miedo revolcándose en el suelo tratando de zafarse de las cadenas alrededor de sus cuellos.
Solo en una de las casas ubicadas a la orilla de la carretera sin asfalto, un viejecito, encorvado por el pasar de los años, se encontraba husmeando la calle, oculto tras la cortina de la ventana principal. Esperando ver la llegada del mal, que el sol muerto del día y la briza elida de la noche habían anunciado. Sentía con cada célula de su ser que aquel mal estaba cerca, los ladridos de los perros se lo confirmaban.
De repente el aire rugió con más fuerza que antes, azotando las copas de los árboles y la gruesa cortina del ventanal. El viejecito, que hasta el momento solo se frotaba sus manos demacradas tratando de calentarlas, dio un paso atrás sintiendo en la piel el recorrido erizante del peligro. En su corazón ya no había duda, con certeza podía afirmar que la muerte estaba llegando para reclamar la vida de algún pobre diablo.
El viento le advirtió, pero sintiéndose viejo y sin mucho que perder decidió hacer caso omiso a la advertencia permaneciendo en el mismo sitio, oculto tras la cortina.
—¡Santo padre! —exclamó el anciano, al ver a lo lejos la materialización del malahug, descendiendo en completo silencio por la carretera empinada.
Al mismo tiempo, los chillidos de los perros incrementaron.
En un abrir y cerrar de ojos, cinco camionetas llegaron y frenaron en seco justo al frente de su casa, levantando una nube de polvo colosal.
Sus ojos se abrieron de par en par. De inmediato comprendió el motivo por el cual esa fila de autos estaba ahí, en medio de la noche sin invitación previa. Entonces, una mano invisible apresó sus órganos vitales, haciéndolo cerrar los ojos de golpe. Por un segundo sus pulmones dejaron de recibir oxígeno. No podía creer que el pobre diablo a quien la muerte venía a reclamar viviese en su casa. Usando la temblorosa mano derecha, el anciano trazó una cruz imaginaria sobre su escuálido cuerpo: tocó su frente, su pecho y sus hombros para finalizar con un beso sobre la misma mano, mientras que con la otra apretaba un viejo relicario de la virgen María colgando de su pecho.
Con el Jesús en la boca se alejó en silencio de la ventana a paso lento, rumbo a la habitación de su nieto. Quería despertarlo para que huyese.
Pero justo cuando cruzaba la sala de estar, los sonidos secos de un par de puertas cerrándose de golpe paralizaron su andar. Su piel se erizó por completo al escuchar el trote constante de varios individuos. Giró su cabeza e inevitablemente sus ojos azulados fijaron su vista al pie de la puerta, donde las sombras de los no invitados se contemplaban a contraluz.
—¡Oh!, Virgen Santísima, ¡cuida de mi Robert! Yo sé que nada bueno hay detrás de esa puerta—. Murmuró con pesar en su alma.
Desde hacía ya mucho tiempo que sabía del andar torcido de su único nieto alfa, pero nada podía hacer nada, más que encomendarlo a sus santos y rogar a Dios por protección. Contuvo la respiración esperando oír golpes en la puerta o los gritos de alguien, pero nada pasó. Entonces, se dio cuenta...Pasos rodeaban la casa, era claro lo que estaban esperando.
—¿Abuelo? ¿Qué hace despierto a esta hora? —La voz cortó el silencio como los relámpagos cortan la oscuridad de una noche tormentosa.
El anciano volvió su mirada hacia el pasillo. Sus ojos titubeantes reflejaron la silueta borrosa de un hombre parado en medio de este. —¿Roberto?
Dicho personaje pareció percatarse de los movimientos en el exterior. Aunque no parecía tener la más mínima intención de escapar, de sus manos colgaba una mochila negra, mal cerrada dejando ver un par de prendas en el interior. Roberto si había planeado un “viaje”, viaje que nunca se realizaría.
Cara a cara Roberto confesó: —Tenía planeado partir en la madrugada... —La vergüenza lo invadió y bajó la mirada—. Abuelo, sabe que lo amo como a nadie en el mundo, ¿verdad?
La silueta reflejada en aquellos ojos cansados empezó a distorsionarse en un mar amargo difícil de contener. El ambiente se hundió en una abismal sensación de surrealismo. Era más que evidente que esa sería la última vez que se verían.
Al escuchar el sollozo de su abuelo, Roberto levantó su mirada del suelo y lo vio ahí inmóvil, en medio de la sala derramando lágrimas amargas. Y como si el tiempo se hubiese detenido, acortó en un instante el espacio entre él y su querido viejo. Lo abrazó como nunca lo había hecho: estrechó con suavidad y con fuerza el débil cuerpo en sus brazos. Besó la frente rugosa y la cabeza cubierta por bellas hebras plateadas. Lagrimas escurrieron de su rostro mojando la tela sedosa sobre el hombro de su abuelo. Intentó hablar con naturalidad, pero, su voz se quebró: —Siento mucho no haber sido ese hombre de bien que usted deseaba... Todo lo que he hecho hasta ahora lo hice buscando una vida mejor. Una en donde mis manos rebosaran de dinero suficiente para no dejarlo morir en la pobreza ni a usted ni a Luis. Una en donde yo pudiera darles acceso a los mejores tratamientos médicos, las mejores comidas, los viajes que usted tanto deseó. Y lo hice, y por eso no me arrepiento de nada. Solo le pido: por favor no llore mi muerte, y si Luis vuelve, cuide de él... Solo lamento no poder... —Un estruendo metálico proveniente del interior de la casa lo interrumpió.
Era la puerta trasera cayendo sobre el piso tras recibir una fuerte patada en el llavín y las bisagras.
En cuestión de segundos, ambos se vieron rodeados por una docena de alfas armados, quienes los obligaron a arrodillarse apunta de feromonas agresivas, lo suficientemente ácidas como para doblegarlo a él, por ser un alfa mestizo y desmayar a su abuelo, que no era nada más que un viejo beta. Fueron encañonados y amordazados, pese a las suplicas.
Después de neutralizar al objetivo y al anciano uno de los alfas hizo un ademán indicándole a otro que, abriese la puerta principal. Al abrirla, cinco alfas más entraron con armas en mano. Uno en especial se hacía notar gracias a su imponente aura, su cabello rojo cual sangre fresca y su rostro marcado por una larga cicatriz vertical cruzando su ojo derecho.
—jefe, lo tenemos —Informó una alfa en cuclillas enmedio de ambas víctimas, ella era la responsable de haberlos atado y amordazado. Y acariciando la cara del anciano con el filo de una navaja suiza continúo hablando—. ¿Qué le parece si degollamos al anciano enfrente de esta basura para que aprenda la lección?
Roberto se retorció de inmediato tratando de soltar sus manos y liberar su boca de la mordaza; no lo logro. Las cuerdas apretaban como el infierno. Con los ojos hinchados, bañados en lágrimas y enrojecidos a causa del picor de las feromonas buscó la mirada del alfa peli rojo, de pie en la entrada al ras del umbral. Su respiración errática lo hacía parecer un pez fuera del agua, además de ser una invitación maliciosa para que el aire intoxicado siguiera desgarrando con fuerza su sistema, y lo doblegara al punto de hacerlo perder sus fuerzas. Su mirada rota pidió clemencia por la vida de su abuelo, quien se encontraba inconsciente tras ser intoxicado por el fuerte olor emanado de los alfas. Sin embargo, su atrevimiento no duró mucho; La culata de un fusil impactó en un costado de su frente, haciéndolo perder el conocimiento de inmediato.
Viendo la condición miserable del anciano, el alfa de cabello sangriento tuvo un poco de misericordia. Se hizo a un lado de la puerta y ordenó: —Déjalo, con las feromonas es suficiente. —Después de todo, el culpable era quien un día fue uno de sus mejores mensajeros dentro de su división. Luego clavó la mirada en los ojos del alfa responsable del culatazo—. Y tú deja de perder el tiempo, y sube a ese hijo de perra a la camioneta, ya.
El alfa asintió.
De un solo tirón el cuerpo de Roberto fue levantado y puesto sobre el hombro izquierdo del alfa, quien caminó un par de metros y lo arrojo sin cuidado al baúl modificado de la camioneta, como si de una bolsa de basura se tratase.
Con una herida chorreante en un costado de la cara, sin fuerzas, amordazado, doblegado y atado de pies a cabeza, Roberto no tenía oportunidad de huir, aunque recuperara la conciencia.
Sin la necesidad de recibir una orden de su superior, todos los alfas comenzaron a abordar las camionetas bajo la mirada acusadora de la luna y la complicidad intrínseca del viento, quien se estaba encargando de expandir la toxicidad de sus aromas por toda la zona, desmayando a cualquiera que no fuese un alfa o un omega. Incluidos animales.
Los ojos color miel del alfa pelirrojo, observaron por última vez el interior de la casa; La sobriedad de la decoración, los muebles, la mesita de café y el bello piso de cerámicas blancas, ahora manchado por el charco de sangre junto al viejo. La ondeante cortina ocre de la ventana llamó su atención, cortina que con cada soplido del viento ondeaba y lo invitaba a echar un vistazo al viejo retrato familiar colgado enmedio de la pared opuesta, conformado por cinco personas. Tres de ellos; dos hombres mayores a los lados y una mujer joven agachada en el medio, de aparentemente veintitantos años, parecían ser betas. Mientras que los dos niños, que sostenían unos remolinos de viento y abrazaban sonrientes a la que parecía ser su madre, parecían ser un alfa y un omega.
Un par de pasos bastaron para que sus manos pudieran tocar la sonrisa lumínica en el rostro del joven omega. Quiso descolgarlo y tomar para sí mismo esa vieja fotografía, pero...
Brr, Brrr, Brrr su celular comenzó a emitir una vibración hormigueante sobre su pierna izquierda. Frustrado retiró la mano del retrato. Inhaló un poco de aire, y barriendo hacia atrás los mechones sueltos de su cabello tomó el teléfono y contestó.
—Patrón...— Su lengua recorrió el borde de sus dientes, frenando sus palabras al verse interrumpido por la voz áspera del hombre al otro lado de la línea—. Afirmativo, Patrón, ya lo tenemos.
Intercambiaron un par de palabras hasta que el hombre del otro lado, finalizara la llamada con un seco: —Mi tiempo Vale más que el oro, Marcus, no lo olvides.
Marcus guardó el teléfono en su pantalón y sin mucha paciencia descolgó el cuadro, lo desarmó, tomó la fotografía y cuidadosamente dobló cada esquina, tratando de no ajar la imagen infantil del bello omega plasmado en ella. Después de guardarla salió de la casa como alma que se lleva el diablo, dejando las puertas abiertas de par en par.
Abordó la tercera camioneta alineada en la calle, donde tres alfas y el desmayado Roberto yacían dentro.
Y de la misma forma en la que llegaron, partieron, en silencio con la oscuridad de la noche apañando su andar. Dentro de todos los autos el fuerte hedor a alfa embravecido se intensificaba con rudeza a cada segundo marcado por el reloj del tablero.
—Enciende el filtro. —Ordenó Marcus, ladeando la cabeza de un lado a otro, con las manos en el volante y la vista al frente —La mezcla de estos malditos olores es estresante.
De cierta manera lo era, ya que dicho olor lo mantenia en constante alerta.
El filtro del aire fue encendido en los cinco autos, y pronto las feromonas flotantes se disiparon por completo, al igual que los niveles de agresividad en los alfas. Después de todo, su trabajo ya estaba hecho.
Luego de eso, ninguno de los alfas abrió la boca para nada.
Solo una lista de música clásica complació sus oídos durante todo el recorrido por las calles de Guatemala, hacia la frontera de Honduras, lugar donde bastó ofrecer una gran cantidad de dinero para que los policías fronterizos los dejaran pasar sin la necesidad de ser inspeccionados.
Siete horas y treinta minutos transcurrieron en un parpadeo. Horas en las que Roberto, el alfa capturado, trató de llamar la atención de las personas dentro de los autos transitando las diferentes carreteras del país. Todos sus intentos fueron inútiles al verse frustrado por la insensibilidad de los alfas, los cuales filtraban la superioridad de sus aromas através del pequeño filtro modificado en la cajuela. Si antes no pudo escapar, ahora menos. Al ser un alfa de linaje sucio, su fuerza, en todo sentido, se veía limitada comparada a la de otros alfas nacidos de una unión igualitaria entre un alfa y un omega.
Al llegar a la ubicación indicada, un fuerte aguacero, precedido por la ligereza de una llovizna les dio la bienvenida a solo dos kilómetros de vislumbrar la enorme hacienda escondida entre un extenso espesor de árboles frutales; una de las tantas posesiones del alfa a quien todos rendían cuentas.
Tras unos minutos más de recorrido, un amplio arco de piedra caliza se dejó ver en conjunto con un gran letrero rojo colgando de el, adornado con dos faroles luminosos a los laterales y un texto dorado en el centro recibiendolos con un “Bienvenidos a Tierra de lobos.”
Todo era hermoso desde las bardas color crema y la fauna floral adherida a ella hasta el acabado artesanal del portón. Portón que se deslizó hacia la izquierda, impulsado por los custodios de la entrada.
Bajo la lluvia un grupo de hombres armados de pies a cabeza salieron para verificar la identidad de los alfas abordo de los lujosos autos blindados. Cada uno se dirigió a verificar un auto. Uno de ellos se acercó a la ventanilla de la camioneta principal, y con el puño dio tres toques suaves en ella. Marcus bajó la ventanilla, ahora era él, quien estaba al frente.
—Mil disculpas, mi teniente, ya sabe cómo son los protocolos —dijo el hombre, sintiendo un escalofrió y arañitas en la piel al hacer contacto visual con Marcus. Llamó a su superior, y solo después de recibir autorización lo dejó pasar—. Puede proceder mi teniente.
Los hombres liberaron el paso por completo.
Complacido Marcus sonrió, este tipo de protocolos solo se realizaban cuando el jefe de jefes ya estaba en el lugar.
Marcus y sus hombres arribaron por el extenso sendero empedrado, dejando atrás los límites marcados por las bardas color crema adornadas por flores rojas, rosas y moradas. El sendero pronto los llevó hasta el casco principal de la hacienda, donde otras decenas de alfas armados estaban regados por el lugar.
Aparcaron a un lado del camino.
Sin vacilar bajaron de los autos, abrieron el maletero y bajaron al alfa mallugado, que bajo la orden de Marcus fue obligado a ponerse de pie para ser escoltaron por dos alfas toscos y malhumorados.
Despuess de dar la orde de llevarlo ante el patron Marcus solo se quedó ahí, frente a los autos, inmóvil viendo como su antiguo subordinado era movilizado a empujones. En su desdeñosa mirada no solo se reflejaba el desprecio, sino también su retorcido pensamiento. Ahí bajo la lluvia, su mente era una tormenta agresiva de posibles castigos para amedrentar Roberto, y sacarle la información en conjunto con la lengua. Si tan solo el castigo corriera por su cuenta. Haría sangra ese cuerpo hibrido, lo dejaría seco sin huesos para luego lanzarlo a los cerdos y desaparecer todo rastro de él.
Roberto por su parte, no protestó, no dio pelea. Solo le quedaba caminar con torpeza soportando los empujones de los alfa, mientras su rostro destilaba la resignación de su alma atreves de su mirada vacía. Las feromonas en su sistema sumado a las horas sin movilidad en el auto tensaron de golpe una de sus piernas. Gritó de dolor y cayó de cara contra las gradas del corredor. Su boca se estampó en la esquina de una de las gradas. La sangre fluyó sin restricciones, regándose bajo él. Las carcajadas no faltaron. Ni siquiera una mirada de lástima le fue concedida. Lo tomaron de los brazos y arrastras lo llevaron dentro.
La amplia sala de estar protegida por altas paredes color crema, embellecida con cuadros exquisitos, cubierta con un rojo techo artesanal y calzada por un piso amaderado reluciente. Fue testigo junto con las empleadas al fondo de esta, de la crueldad en los rostros de las bestias, que de un solo sentón arrodillaron a Roberto y estamparon su cara contra el suelo, mientras ellos agachaban sus cabezas y saludaban al alfa, El alfa, parado en medio de la sala.
El alfa frunció el ceño. Su gran altura y su fornido cuerpo —Mas que cualquier otro alfa— que por si solos lo hacían parecer un perpetrador nato, del tipo que dejaría sin aire a cualquiera de un solo toque. Sumándole a eso la vestimenta negra, que le daba un aire de empresario poderoso podrido en plata.
Roberto solo lo había visto un par de veces y en todas ellas conoció la crueldad maligna que lo caracterizaba. Aunque, estaba vez su olfato no lograba percibir el olor característico del alfa podía sentir con claridad una punzada en la boca del estómago de tan solo verlo.
Sereno, sin molestia aparente El alfa soltó una bocanada de humo sobre las alfas presentes, antes de preguntar de manera indirecta. —Quiero saber por qué demonios se les ocurrió traerlo hasta aquí —Su pregunta salió cual bala disparada a corta distancia, impactando en los sesos de los estúpidos alfas. Con la misma tranquilidad de antes continuó —. Llévenlo a las caballerizas y cuélguenlo desnudo.
Todos temblaron bajo la mirada punzante de su alfa.
—Si, si Patrón. Perdónenos —Se disculparon en coro, y salieron arrastrando a Roberto.
Mientras ellos salían, Marcus, su teniente, cruzaba la amplia puerta.
—Disculpe mi estupidez, Patrón. Fui yo quien les dio la orden de traerlo ante usted. — Marcus admitió su error agachando la cabeza, símbolo de respeto y sumisión para El alfa. —Creí que usted debía ser el primero en verlo. De nuevo, discúlpeme fui estúpido.
Después de exalahar el humo hacia un costado El alfa contestó: —Es comprensible tu accionar, Marcus: sin embargo, ya deberías saber que detesto la suciedad. —Su mirada echó un leve vistazo sobre el angosto rastro de sangre con huellas lodosas dejado en la entrada, que no hacía más que manchar su piso y quitarle ese hermoso efecto espejo.
El alfa devolvió la mirada hacia Marcus. Sus ojos tan brillantes como la plata pulida examinaron el cuerpo mojado del contrario —Sera mejor que vayas a cambiarte antes de continuar.
—De inmediato, Patrón. —Posterior a eso, Marcus salió apresurado en dirección al auto para buscar un cambio de ropa.
Habiendo dicho lo esencial, El alfa volteo hacia atrás he hizo un ademán con la cabeza a las empleadas detrás de los muebles color ocre. Ellas ni cortas ni perezosas fueron y limpiaron la suciedad indicada.
El alfa no pudo más, se sentó en el sofá. Su lobo —ese instinto esencial y primitivo latente en todo su ser—se agitaba embravecido como una tempestad desastrosa sin indicios de dar tregua, provocado por la esencia mentolada provenientedel cigarrillo. Esencia que usaba cada cierto tiempo para frenar el deseo fogoso de poseer a su Omega, de tomarlo en sus brazos, de arrancarle las ropas, de probar cada rincón de su cuerpo y de encajarle los dientes en cuello para marcarlo como suyo. Ese deseo que ardía al rojo vivo quemando su cuerpo entero hasta el punto de volverlo agresivo si no se trataba a tiempo.
Se cubrió el rostro usando la palma de su mano desocupada, para evitar seguir observando el rostro de su omega flotando en el aire.
Fastidiado desechó el cigarrillo y sacó otro. Inhaló enloquecido. No le gustaba pelearse con su instinto, pero tenía que hacerlo. Porque teniendo por destino a un Omega tan prohibido como el suyo —Mas prohibido que nada en el mundo— Aquello valía la pena.