Capitulo 2 El Devorador Del Amanecer
El sol se alzaba sobre el desierto mexicano como un ojo encendido.
El viento arrastraba granos de arena roja, y las dunas se extendían hasta perderse en el horizonte.
En medio del cielo, invisible al radar humano, la Leviatán descendía lentamente, proyectando una sombra inmensa sobre la tierra.
Kayzar observaba desde el ventanal de la nave, con el rostro tenso.
Vestía un traje negro de combate, con líneas luminosas que pulsaban al ritmo de su respiración.
Athena caminó hacia él, sosteniendo una tableta que proyectaba un mapa tridimensional.
—El rastro del Carnero es claro —dijo ella, con voz firme—. Se oculta bajo estas dunas. Hay una estructura antigua enterrada aquí… y algo dentro emite la misma frecuencia que el Necronomicón.
Noshida, de pie detrás de ambos, habló con tono grave.
—Esa energía es inestable. Si el Carnero intenta despertar lo que duerme bajo ese templo… el desierto entero podría desaparecer.
Kayzar apretó los puños. —Entonces no podemos perder tiempo.
Athena lo miró con cierta dureza. —Tendrás tu oportunidad, chico. Pero recuerda: el enemigo que enfrentarás no sangra como tú. Es un arma viva.
Y si yo intervengo, será para terminar lo que tú no puedas.
(Puerta abriéndose. Ruido del viento desértico)
La arena ardía como fuego líquido cuando Kayzar saltó al exterior.
A su alrededor, el paisaje era un mar rojo infinito.
La pulsera en su muñeca comenzó a vibrar con una señal creciente.
—Está cerca —murmuró.
De pronto, el suelo se hundió.
Kayzar cayó varios metros y aterrizó en una cámara subterránea: un templo antiguo cubierto de inscripciones brillantes.
El aire estaba cargado de energía y polvo.
En el centro, sobre un altar, flotaba una pieza del Necronomicón.
Y frente a ella, envuelto en un manto oscuro, estaba el Carnero.
Su máscara blanca parecía sonreír.
Carnero (voz distorsionada):
Así que el cachorro vino solo… Qué imprudencia.
Tu amigo sigue respirando. Pero no por mucho.
Kayzar lo vio.
Detrás del Carnero, suspendido en un campo oscuro, Sioret flotaba inconsciente, con el cuerpo lleno de marcas de energía.
—¡Suéltalo! —gritó Kayzar.
El Carnero extendió su brazo.
Cadenas de oscuridad se lanzaron hacia el muchacho.
Kayzar rodó por el suelo, esquivando por poco los látigos de energía.
Respondió con una descarga blanca desde su palma, pero el Carnero la bloqueó con facilidad.
Carnero:
Poder sin control… una chispa inútil.
Kayzar arremetió con furia, golpeando con los puños envueltos en energía, pero cada impacto rebotaba.
El Carnero lo tomó del cuello y lo lanzó contra un muro.
(Explosión de polvo. El suelo tiembla)
—Tu sangre no es humana —susurró el enemigo—. Lo siento en ti… la misma energía que ella.
De pronto, un haz rojo atravesó la cámara y golpeó al Carnero, haciéndolo retroceder.
El aire se llenó de chispas.
Athena (voz firme, desde el aire):
No toques a mi creación.
Descendió envuelta en un aura rojiza, flotando gracias a sus propulsores dorsales.
Su traje cambió de forma, extendiendo alas mecánicas.
De sus manos brotaron filamentos de energía que se transformaron en látigos de luz.
El Carnero rió, su voz resonando en las paredes. —Athena… al fin. La fugitiva del Consejo.
Athena:
Y tú sigues vivo, error de laboratorio.
Athena atacó con precisión quirúrgica: cada movimiento era una danza entre fuego y tecnología.
Sus látigos cortaron el aire con zumbidos eléctricos, mientras Kayzar se reincorporaba.
Noshida (por comunicador):
Kayzar, sincroniza tu pulsera con la señal de Athena.
Ella puede amplificar tu flujo de energía.
Kayzar lo hizo. La luz blanca de su traje se mezcló con el rojo de Athena.
Por primera vez, sus energías se unieron en un mismo pulso.
Athena gritó: —¡Ahora, Kayzar!
Él lanzó un golpe directo al suelo.
Una ola de energía híbrida estalló bajo el Carnero, que intentó resistir, pero las grietas de su máscara se multiplicaron.
El Carnero respondió con un rugido, liberando una descarga negra que derribó columnas enteras.
Athena extendió un escudo de energía para proteger a Kayzar.
Athena (jadeante):
¡No dejes que toque el altar! Si lo activa, todo esto se perderá.
Kayzar cargó nuevamente. La energía recorrió su cuerpo, más intensa que nunca.
Saltó, giró sobre sí mismo y lanzó una esfera blanca hacia el pecho del Carnero.
Carnero (furioso):
¡No sabes lo que liberas, muchacho!
El impacto lo envolvió en una explosión de luz.
Las paredes del templo se agrietaron y el suelo comenzó a hundirse.
El Carnero cayó de rodillas, con su máscara partida.
Antes de desaparecer en un vórtice oscuro, alcanzó a murmurar:
—Tú… eres la llave.
Y se desvaneció.
Athena corrió hacia Sioret y lo liberó del campo oscuro.
El joven seguía inconsciente, pero respiraba.
Kayzar cayó de rodillas, exhausto.
Athena lo miró con una mezcla de asombro y respeto.
Athena (suavemente):
Nada mal para tu primera pelea.
Kayzar (sonriendo apenas):
Si no fuera por ti, estaría muerto.
Athena:
Sí. Pero admito que fue divertido.
Noshida apareció en el portal de la Leviatán, observándolos en silencio.
—Han hecho más de lo que esperaba —dijo, con voz grave—.
Pero el Carnero no ha sido destruido.
Solo ha dejado atrás una advertencia.
Athena alzó el fragmento del Necronomicón.
Su luz titilaba débilmente, como si contuviera algo que intentaba despertar.
Athena (en voz baja):
Esto… no es solo una reliquia. Es parte de un código.
Y Kayzar… está vinculado a él.
Kayzar levantó la vista, confuso. —¿Qué quieres decir con eso?
Noshida respondió antes que ella.
—Que tú no solo eres un heredero del poder, chico…
Eres su origen.
(Silencio. El viento del desierto sopla, arrastrando arena sobre las ruinas)
Y así, entre fuego y destino, comenzó la verdadera guerra de los Herederos. (El rugido del motor de la Leviatán se desvanece. Solo queda el sonido suave de los sistemas médicos zumbando.)
La enfermería brillaba con un tono azulado.
Dentro de una cápsula de contención, Sioret flotaba inconsciente, envuelto en una luz blanca que pulsaba al ritmo de su respiración.
Electrodos, cables y pantallas holográficas analizaban cada célula de su cuerpo.
Frente a la cápsula, Kayzar mantenía los brazos cruzados, la mirada fija, el ceño fruncido.
El silencio se volvió insoportable.
Finalmente, habló.
Kayzar:
—Ya basta de misterios.
Quiero saber qué está pasando con Sioret… y conmigo.
Noshida permaneció inmóvil, con el rostro oculto bajo su túnica.
Athena, de espaldas a ambos, revisaba los datos flotantes. Su expresión era fría, pero su voz cargaba un peso antiguo.
Athena:
—Tu ADN está reaccionando al de Sioret. Lo sabíamos… pero no tan pronto.
Kayzar (alzando la voz):
—¡No me vengas con tecnicismos!
Allá abajo casi nos mata ese tipo con cabeza de carnero, y ustedes hablaban de “códigos”, “linajes”, y cosas que ni entiendo.
Así que hablen claro.
Noshida levantó lentamente la vista. Su voz resonó como un trueno contenido.
Noshida:
—Muy bien, Kayzar. Si quieres la verdad… escúchala.
(Luz tenue. Athena apaga los monitores y se gira hacia él.)
Athena:
—Hace siglos, en mi planeta, Aelion, hubo una crisis. Nuestra energía vital se agotaba.
No era simple electricidad, ni fuego, ni sol. Era una fuente viva… integrada en nuestra biología.
Sin ella, Aelion moría.
Entre los nuestros, hubo un hombre que se negó a aceptar el fin.
Su nombre era Daiomaru.
Kayzar frunce el ceño.
Kayzar:
—¿Daiomaru? ¿Qué tiene que ver conmigo?
Athena (suspira):
—Daiomaru era un genio… y un monstruo.
Creía que la única forma de salvar nuestro mundo era conquistar otros planetas y absorber su energía.
Desarrolló armas prohibidas, manipuló ADN estelar y robó la tecnología más peligrosa jamás creada por Aelion:
el Códice Solar.
Kayzar:
—¿Y lo usó aquí?
Athena:
—Antes de que pudiera ser detenido, escapó de Aelion y desapareció en el espacio.
Los registros muestran que llegó a este planeta… la Tierra.
Pero no vino solo.
Trajo consigo fragmentos del Códice y experimentó con la vida humana.
Alteró su genética, dispersando un código de energía en los descendientes de aquellos que tocó.
Kayzar (mirándola con incredulidad):
—¿Estás diciendo que un alienígena… cambió la historia de la humanidad?
Noshida (serio):
—Más que eso.
Cambió su destino.
Athena se acerca a la cápsula de Sioret, tocando el vidrio con la yema de los dedos.
Athena:
—El Códice Solar contenía el secreto de la energía atómica pura… la capacidad de moldear la materia, el espacio y la vida.
Una energía viva, que respondía a la voluntad.
Daiomaru intentó convertirse en su portador… pero el poder lo rechazó.
Así que lo dividió y lo mezcló con ADN humano, esperando que evolucionara con el tiempo.
Kayzar da un paso atrás, tratando de asimilarlo.
Kayzar:
—Entonces… ese “código” del que hablaban…
Athena (asintiendo):
—Está en ustedes.
Tú y Sioret llevan dentro fragmentos del Códice Solar.
El mismo patrón genético que Daiomaru sembró hace miles de años.
Kayzar (murmura):
—No… no puede ser.
Pensé que mis poderes venían de las nanomáquinas que me implantaste.
Athena (negando lentamente):
—No, Kayzar.
La nanotecnología solo activó lo que ya estaba dormido.
Tu cuerpo reconoció la señal… y despertó.
(Pausa. Solo el zumbido del monitor se escucha.)
Kayzar:
—Entonces… ese poder… ¿cómo se llama?
Athena (mirándolo fijamente):
—En Aelion lo llamábamos energía atómica.
La energía del sol.
Una fuerza que no crea mundos… pero puede recrearlos.
Puede dar forma al fuego, al metal, o incluso a la vida misma.
Y tú… la portaste sin saberlo.
Kayzar baja la cabeza, procesando todo.
Kayzar:
—¿Y tú? ¿Por qué estás aquí, realmente?
Athena:
—Fui enviada por el Consejo de Aelion.
No para huir.
Sino para recuperar lo que Daiomaru robó.
El Códice Solar… la tecnología… y cualquier resto de su corrupción.
Kayzar (mirándola con desconfianza):
—Entonces, ¿yo también soy parte de esa “corrupción”?
Athena lo observa, con una mezcla de compasión y determinación.
Athena:
—No.
Eres la prueba de que la vida encuentra equilibrio incluso en el caos.
Eres el heredero del Sol… no su error.
(El monitor de Sioret cambia de tono. Un pulso de luz dorada atraviesa la cápsula. Su respiración se acelera.)
Noshida (alerta):
—Está despertando.
Kayzar retrocede. Las luces de la nave parpadean.
Un resplandor dorado sale de la cápsula, y por un instante, el aire vibra como si el espacio mismo temblara.
Athena susurra, sin apartar la mirada:
Athena:
—El código responde al código…
El Sol está a punto de abrir los ojos. (Sonido tenue de monitores. Un pulso rítmico. Zumbidos electrónicos. Luego, silencio.)
La enfermería de la Leviatán estaba en penumbra.
Solo los sensores de la cápsula de contención emitían destellos intermitentes sobre el rostro de Sioret.
Athena observaba los datos en el aire, con la mirada fija.
Kayzar permanecía de pie junto a ella, nervioso.
Noshida, detrás, permanecía en calma absoluta, como si esperara algo inevitable.
De pronto, el cuerpo de Sioret se arqueó bruscamente.
Las luces parpadearon.
El aire vibró con un eco sordo, y su respiración se volvió irregular.
Kayzar (preocupado):
—¡Se está despertando!
El resplandor dorado volvió a recorrer sus venas.
Sioret abrió los ojos de golpe.
Su mirada estaba perdida, como si viera a través del tiempo.
Sioret (agitado, confuso):
—Daiomaru… no puedes hacer eso…
(Se aferra al borde de la cápsula)
—¡No puedes controlar el Sol!
Athena (susurra):
—Está hablando… ¿con quién?
Sioret (voz quebrada):
—Tú… tú fuiste el que lo creó…
—¡Tú hiciste todo esto!
Su voz se distorsiona. Una lágrima cae por su mejilla.
El cuerpo tiembla y su energía fluctúa en oleadas.
Kayzar (angustiado):
—¡Sioret, mírame! Soy yo, Kayzar. ¡Tranquilo!
Sioret (en un grito, fuera de sí):
—¡Tú no sabes lo que puedo hacer!
¡Tú no sabes lo que soy!
(Las pantallas estallan en chispas. Athena corre a desactivar el campo de energía.)
Athena:
—Está sobrecargando el flujo. Si sigue así, su cuerpo colapsará.
Noshida (calmo):
—Déjalo. El código está recordando.
De pronto, Sioret deja de moverse.
Su cuerpo cae hacia adelante, inconsciente otra vez.
El resplandor se apaga.
Kayzar (asustado):
—¡Sioret! ¡No!
Athena revisa los monitores.
Su pulso se estabiliza lentamente.
Athena:
—Está vivo… pero su mente está procesando algo.
Un recuerdo que no le pertenece.
(Silencio. Pasan unos minutos. El zumbido del motor llena el aire.)
De repente, Sioret respira profundo.
Abre los ojos otra vez, pero esta vez su mirada es tranquila, lúcida.
Las luces doradas se disipan.
Sioret (débil):
—Kayzar… ¿qué… qué pasó?
Kayzar (aliviado):
—Nos atacaron. Ese tipo con máscara de carnero te secuestró.
Athena y Noshida te salvaron… estamos en su nave.
Sioret (confuso):
—Athena… ¿la pelirroja?
(Se lleva una mano a la cabeza)
—Lo recuerdo todo borroso. Pero… vi algo, Kayzar.
Antes de despertar, estaba… en una oscuridad.
Kayzar lo observa atentamente.
Athena se acerca sin interrumpir.
Sioret (con voz baja):
—Era como si no existiera nada.
Y de esa oscuridad… emergió una luz.
Una luz enorme, cálida…
Dentro de ella vi a Daiomaru.
Hablaba con alguien más.
Athena (en voz apenas audible):
—¿Alguien más? ¿Quién?
Sioret (mirando al vacío):
—No lo sé. No podía ver su rostro.
Pero su presencia… era diferente.
Más antigua. Más pura.
Daiomaru gritaba: “¡Ese poder será mío!”
Y el otro hombre… le respondió:
“Ese poder no se posee, se hereda.”
(Athena y Noshida se miran en silencio.)
Kayzar:
—¿Qué más viste?
Sioret (cerrando los ojos, recordando):
—Daiomaru trató de robarle esa energía.
Decía que su planeta moriría, que necesitaba el código solar para salvarlo.
Pero aquel hombre…
(Abre los ojos lentamente)
—Aquel hombre fue quien realmente trajo el código a la Tierra.
Mucho antes que Daiomaru.
Cuando la humanidad apenas empezaba a caminar.
Noshida (en voz grave):
—Entonces el mito era cierto…
El Primer Portador existió.
Athena da un paso atrás, procesando lo que escucha.
Athena:
—Eso cambia todo.
Si ese guerrero llegó antes… entonces el código no es un error de Daiomaru.
Es una herencia natural… un lazo entre Aelion y la humanidad.
Kayzar (mirando a Sioret):
—Y nosotros somos sus descendientes.
Sioret (asintiendo con lentitud):
—Daiomaru se atribuyó la creación del código.
Pero solo intentó robar lo que aquel hombre había sembrado mucho antes.
Él no fue un dios…
Fue un ladrón de luz.
(Silencio. Athena apaga la cápsula y las luces bajan de intensidad. Afuera, el sol del desierto se refleja en la estructura metálica de la Leviatán.)
Athena (susurrando):
—Entonces hay alguien más.
Un origen que ni Aelion registró.
Y si ese linaje aún vive… el verdadero poder del Sol… aún no ha despertado del todo.
Kayzar aprieta los puños.
Kayzar:
—Entonces debemos encontrar la verdad.
Saber quién fue ese hombre…
y por qué eligió a la humanidad.
(La cámara se aleja. En la pantalla, el rostro de Daiomaru aparece en un registro antiguo. Sus ojos rojos brillan mientras una voz distorsionada pronuncia una frase que corta el aire:)
> “Si el Sol no me pertenece… lo apagaré.” (Sonido suave de la Leviatán avanzando en el aire. Afuera, el cielo arde en tonos naranjas y dorados. En el interior, un silencio pesado domina la sala médica.)
Sioret estaba sentado al borde de la camilla.
La luz blanca del techo se reflejaba en sus ojos, aún cansados, pero despiertos.
Sus manos temblaban levemente.
Kayzar lo observaba desde el otro extremo del laboratorio, recostado contra la pared.
A su lado, Athena y Noshida analizaban los datos del último escaneo genético proyectado frente a ellos: una espiral de energía viva, vibrante, danzando como un pequeño sol en movimiento.
Sioret (en voz baja):
—No lo entiendo…
¿Cómo sé todo eso?
¿Cómo puedo recordar a Daiomaru, si nunca lo vi?
¿Cómo puedo… ver su rostro, escuchar su voz… sentir lo que él sentía?
(Levanta la mirada, confundido, casi temeroso.)
Sioret:
—¿Qué me está pasando?
Athena apaga los monitores y se acerca.
Su tono es suave, casi maternal, pero con la precisión de una científica que entiende lo que los demás no pueden.
Athena:
—No estás loco, Sioret.
Lo que ves… lo que sientes… son fragmentos de memoria.
Recuerdos que no te pertenecen a ti, sino a aquellos que portaron el mismo código antes que tú.
Kayzar (frunciendo el ceño):
—¿Recuerdos… heredados?
Athena (asiente):
—Sí.
El Código Solar no solo transmite energía.
También conserva información.
Emociones. Experiencias. Ecos del pasado de quienes alguna vez lo despertaron.
Camina lentamente hacia la cápsula vacía donde Sioret estuvo antes.
El cristal refleja su rostro mientras habla.
Athena:
—En Aelion lo llamábamos Herencia Celular.
Un fenómeno donde el ADN almacena no solo vida, sino memoria.
Es como si cada portador del Código dejara atrás una huella energética… y esa huella, al reactivarse, busca un nuevo anfitrión.
Sioret (murmura):
—Entonces… esas voces, esas imágenes… son de alguien que vivió antes que yo.
Athena:
—Exacto.
Tal vez de un antiguo descendiente tuyo… o de alguien mucho más antiguo.
Alguien que también portó la energía atómica en su cuerpo.
Y esa memoria, ahora, fluye dentro de ti.
Noshida (interviniendo, con tono grave):
—El Código es más que poder.
Es conciencia acumulada.
Cada generación guarda fragmentos de la anterior.
Y si Sioret ha empezado a recordar… significa que el Código está despertando de verdad.
Kayzar se cruza de brazos, mirando a su amigo.
Kayzar:
—¿Y eso es malo o bueno?
Athena lo mira, sin responder de inmediato.
Athena:
—Depende.
Porque los recuerdos no distinguen entre héroes y monstruos.
El Código conserva todo.
Incluso la locura de quienes intentaron controlar el Sol.
(Un silencio tenso llena la sala.)
Sioret se lleva las manos al rostro.
Por un momento, parece querer llorar, pero se contiene.
Sioret (voz temblorosa):
—Cuando estaba en esa oscuridad… no solo vi a Daiomaru.
Sentí rabia… desesperación…
Como si hubiera perdido algo que amaba.
Como si…
(Se interrumpe, cerrando los ojos con fuerza.)
Como si yo hubiera sido él.
Kayzar se acerca lentamente, poniendo una mano en su hombro.
Kayzar:
—No eres él, Sioret.
No importa lo que veas o escuches, tú sigues siendo tú.
Sioret (susurra):
—¿Y si no lo soy?
¿Y si lo que soy… solo es una copia de algo que ya existió?
(Athena se acerca un poco más, con una mirada firme pero compasiva.)
Athena:
—No.
Eres el resultado de siglos de evolución y herencia.
Los recuerdos están ahí para guiarte, no para definirte.
Lo importante es qué decides hacer con ellos ahora.
(La nave tiembla levemente. Un sonido metálico resuena desde los niveles inferiores. Athena mira hacia el techo.)
Athena:
—Estamos entrando en zona de interferencia.
Parece que el flujo solar del planeta está reaccionando al código activo.
Noshida (serio):
—El mundo empieza a reconocerlos.
Y si el Código ha despertado… otros también lo sentirán.
Kayzar aprieta los puños, mirando hacia el ventanal, donde un amanecer rojo comienza a teñir el cielo.
Kayzar:
—Entonces ya no somos solo herederos.
Somos el eco de algo que nunca terminó.
Athena (con voz baja, mirando los datos del monitor):
—No, Kayzar.
Ustedes no son el eco…
Son la continuación del Sol.
(La cámara se aleja mientras el resplandor dorado del amanecer entra por las ventanas de la Leviatán, bañando a los tres en una luz cálida que parece viva, como si el mismo los observara)
(La escena inicia con un silencio denso. El zumbido de los motores de la Leviatán es lo único que rompe la quietud. La cámara se mueve lentamente hacia una habitación blanca, llena de pantallas translúcidas y cápsulas biotecnológicas.)
Athena se inclina sobre el cuerpo inconsciente de Sioret.
Los sensores de la camilla brillan con tonos dorados y azules, formando patrones en espiral sobre su piel.
A su alrededor, hologramas de ADN, códigos binarios y pulsos de energía flotan en el aire.
Athena (en voz baja, analizando):
—El flujo energético está inestable…
Su mente está creando un puente con el código.
Está… recordando cosas que ningún ser humano debería recordar.
Se aparta un momento, ajusta un cristal translúcido en la consola, y una imagen borrosa se proyecta: un campo de guerra, un sol negro, y dos figuras enfrentándose —una de ellas, sin duda, Daiomaru.
Athena (susurra, casi con miedo):
—Así que esto es lo que él vio…
La batalla original.
El nacimiento del código.
(Cambia la escena.)
A unos pasillos de distancia, Noshida y Kayzar atraviesan una compuerta circular metálica.
El aire dentro es más frío, pesado, casi eléctrico.
Del techo descienden tubos de cristal gigantes llenos de un líquido azul brillante.
Dentro de cada uno flotan armas antiguas, suspendidas, como si el tiempo las hubiera detenido: espadas de luz líquida, lanzas fractales, y una pistola envuelta en símbolos vivos.
Kayzar (impresionado):
—¿Qué es este lugar…?
Noshida (con una sonrisa leve):
—El corazón de la Leviatán.
Aquí guardamos fragmentos del pasado de Aelion.
Tecnología y poder… demasiado peligrosos para tocar.
Kayzar (mirando los tubos):
—Parecen… vivos.
Noshida:
—En cierto modo, lo están.
Cada una de estas armas fue forjada con esencia solar, el mismo poder que corre por ti y por Sioret.
El anciano camina hacia el centro de la sala.
Con un movimiento de su mano, los símbolos en el suelo se iluminan, formando un círculo de entrenamiento.
Noshida:
—Ahora, concéntrate.
No quiero que liberes tu energía, quiero que la sientas.
Que escuches su pulso.
Kayzar asiente, cerrando los ojos.
Respira hondo.
Una leve brisa empieza a girar a su alrededor.
Pequeños destellos dorados se escapan de su piel, como chispas del sol.
Noshida (con voz firme):
—No luches contra ella.
La energía atómica no se domina, se guía.
Deja que fluya a través de ti.
(Kayzar aprieta los puños. El suelo tiembla suavemente. Una onda luminosa se expande a su alrededor, rompiendo parte del suelo del círculo de entrenamiento.)
Kayzar (jadeando):
—Siento que me quema… pero también… me escucha.
Noshida (con una sonrisa contenida):
—Entonces estás empezando a entender.
El sol no se conquista… se comparte.
(Silencio breve. Kayzar baja la mirada, y su expresión cambia a una mezcla de curiosidad y preocupación.)
Kayzar:
—Noshida…
Debajo de la nave… hay algo más, ¿verdad?
El anciano lo observa con atención.
Noshida:
—¿Cómo sabes eso?
Kayzar (tenso):
—No lo sé.
Desde que desperté aquí…
siento un cosquilleo constante.
Como si algo me llamara desde el fondo.
Cada vez que la Leviatán se mueve…
esa sensación se vuelve más fuerte.
(Noshida guarda silencio. Luego, camina hacia una consola lateral y coloca su mano sobre un panel sellado.)
La pared se abre lentamente, revelando un ascensor que desciende hacia la oscuridad.
Noshida (en tono grave):
—Ahí abajo… guardamos lo que nunca debió existir en este plano.
Cuatro armas legendarias.
Forjadas en el planeta de Athena, hace miles de años.
Kayzar (mirando hacia la oscuridad):
—¿Cuatro?
Noshida asiente.
—Sí. Cada una representa una virtud fundamental de la existencia.
La Bondad —la espada Aelionis.
La Protección —el escudo Vharn.
La Lucha —el martillo Kaelor.
Y la Esperanza —la lanza Erythra.
Kayzar (susurra):
—Y una de ellas… me está llamando.
Noshida (sorprendido):
—Eso no debería ser posible.
Esas armas duermen… selladas por órdenes del Consejo de Aelion.
Solo un portador elegido por el Sol mismo podría sentir su eco.
(Kayzar da un paso hacia adelante, su mirada determinada.)
Kayzar:
—Entonces quizás… el Sol ya decidió.
(Cambio de escena: Athena en su laboratorio.)
Los monitores vibran. Una ráfaga de energía sale del cuerpo de Sioret, haciendo que las luces parpadeen.
Athena retrocede, intentando estabilizar el flujo.
Athena (asustada):
—¡No, no, no! ¡Demasiada energía! ¡Sioret, detente!
De pronto, Sioret abre los ojos.
Un resplandor dorado los cubre por completo.
Sioret (voz distorsionada, pero serena):
—La Bondad…
La Protección…
La Lucha…
Y la Esperanza…
Todo arde bajo el mismo Sol…
(Athena lo observa con horror. La proyección de Daiomaru aparece brevemente en el monitor, sonriendo, como si lo estuviera escuchando.)
Athena (susurra):
—No puede ser… el código está… despertando.
(Se escucha un zumbido profundo en toda la nave. Noshida y Kayzar sienten la vibración desde la sala de entrenamiento. El líquido azul en los tubos empieza a agitarse. Las armas dentro se iluminan.)
Noshida (mirando alrededor, alarmado):
—Athena… ¿qué has hecho?
Athena (a través del comunicador):
—Nada… Él lo hizo solo.
(La cámara se eleva, mostrando toda la Leviatán envuelta en un resplandor solar. Las cuatro armas resplandecen como estrellas dormidas que despiertan al llamado de algo antiguo… y divino.)
: (Ruido de alarmas en la nave Leviatán. Luces rojas parpadean. Los sistemas tiemblan.)
El cuerpo de Sioret flota a unos metros sobre el suelo del laboratorio.
Una aurora dorada envuelve su figura, expandiéndose en oleadas que hacen vibrar las paredes metálicas.
El aire se tuerce a su alrededor como si el espacio mismo se deformara.
Los monitores estallan uno tras otro.
Athena retrocede, cubriéndose los ojos.
Athena (gritando):
—¡El código está fuera de control! ¡Su energía está fusionándose con la nave!
En ese momento, Noshida y Kayzar entran corriendo.
El anciano extiende su bastón y genera un campo de contención.
Noshida:
—¡Kayzar! ¡Ayúdame a estabilizarlo!
Kayzar (corriendo hacia Sioret):
—¡Sioret, escúchame! ¡Tienes que calmarte! ¡Recuerda quién eres!
¡Nadie te controla, tú eres dueño de tu conciencia! ¡Eres tú!
(Sioret abre los ojos. Son dorados, ardientes, inhumanos.)
Por un instante, su expresión cambia.
Reconoce a Kayzar.
Sus labios se mueven y pronuncian algo —una palabra inaudible para todos, excepto para Kayzar.
Kayzar (confundido, apenas susurrando):
—¿Qué… dijiste?
(De pronto, un golpe invisible lo lanza contra la pared metálica. El impacto retumba por todo el pasillo. Kayzar cae inconsciente al suelo.)
Athena:
—¡Kayzar!
Noshida:
—¡No lo toques! La energía de Sioret aún está en el aire.
(Cambio de escena: silencio. Oscuridad absoluta.)
Kayzar abre los ojos… y ya no está en la nave.
Todo a su alrededor es vacío.
Negro absoluto.
Siente que flota, o que cae sin fin.
Hasta que, poco a poco, un resplandor rojo ilumina el abismo.
Entonces lo nota: está de pie sobre una mano gigantesca.
Una mano tan grande que su cuerpo parece el de un insecto.
Kayzar levanta la mirada… y su respiración se detiene.
Frente a él, una figura colosal surge de la oscuridad.
Un dragón negro, de escamas brillantes como obsidiana líquida, lo observa con ojos rojos encendidos como soles moribundos.
Su voz retumba como un trueno que desgarra el vacío.
Dragón:
—Un mocoso como tú… ¿posee el Código Solar?
Patético.
(Kayzar retrocede, aterrorizado, pero la criatura sonríe con una expresión cruel.)
Dragón:
—¿Cómo es posible… que dejaras que un insignificante león de montaña te derribara?
¿Acaso ese es el poder del heredero del Sol?
Kayzar (temblando):
—¿Qué eres tú…? ¿Dónde estoy?
Dragón (acercando su rostro gigantesco):
—No lo recuerdas… pero me conoces.
Yo soy el fuego que negaste… la oscuridad que el Sol intentó enterrar.
Soy lo que arde dentro de ti, Kayzar Vikami.
(El dragón abre sus fauces. La oscuridad lo engulle todo. La escena se fragmenta en un destello.)
---
(Regreso a la realidad. Sonido metálico. La visión de Kayzar vuelve poco a poco.)
La nave está destruida parcialmente.
Chispas, humo, energía dorada girando en el aire.
Athena y Noshida luchan por mantener a Sioret contenido, pero su cuerpo vibra con una fuerza descomunal.
Athena (jadeando):
—¡No puedo contenerlo más! ¡Su energía está rompiendo los campos!
Noshida:
—¡Kayzar! ¡Despierta, ahora!
Kayzar abre los ojos.
El eco de la voz del dragón aún resuena en su mente.
Instintivamente, levanta su mano.
En ese momento, una de las cápsulas selladas en la sala inferior se activa.
El cristal se fractura.
Una espada dorada emerge, flotando, envuelta en relámpagos oscuros.
La espada atraviesa los pisos de la nave y llega directo a Kayzar, quien la toma por reflejo.
El metal arde en su palma.
Entonces, la espada se divide en dos hachas, unidas por una energía negra chispeante.
Los relámpagos no son dorados, sino negros como tinta viva, retorciéndose como serpientes.
Noshida (sorprendido):
—¡No puede ser! ¡La Aelionis ha respondido a su llamado!
Athena:
—¡No, no es la Aelionis…! ¡Es otra! ¡El arma se ha transformado!
(Kayzar aprieta los dientes. Sus ojos destellan un brillo oscuro. Por primera vez, siente poder… y furia al mismo tiempo.)
Kayzar (con voz grave):
—Sioret… ¡voy por ti!
(Se lanza hacia adelante. El choque entre ambos libera una onda expansiva que atraviesa toda la nave. Las compuertas estallan. Los cuerpos de ambos son lanzados hacia el vacío exterior.)
La Leviatán se sacude violentamente mientras los dos salen despedidos a través del cielo.
El fuego de la atmósfera los envuelve como meteoros.
Athena grita desde el puente.
Athena:
—¡NOOO! ¡VAN A CAER!
(Desde el exterior, se ve cómo ambos cuerpos arden atravesando las nubes, cayendo a una velocidad brutal hacia la Tierra.)
Un destello dorado y otro negro cruzan el cielo como estrellas en guerra.
Y abajo, bajo las nubes, espera el verde infinito de la selva amazónica.
(La cámara los sigue cayendo, envueltos en energía, hasta que desaparecen entre los árboles) (Un rugido ensordecedor atraviesa el cielo. Dos cuerpos envueltos en fuego y energía caen a través de las nubes como meteoros dorados y negros. La jungla amazónica tiembla cuando impactan.)
La explosión genera un cráter que parte los árboles en dos.
El aire se vuelve espeso, lleno de vapor y hojas chamuscadas.
En el centro, Kayzar se incorpora lentamente, jadeando.
Su cuerpo está cubierto de heridas profundas… pero algo extraño ocurre:
la sangre que debería brotar se evapora, y la piel comienza a cerrarse por sí sola, con un brillo leve y dorado.
A unos metros, Sioret yace de rodillas, su cuerpo envuelto en un aura oscilante, entre dorado y carmesí.
Su respiración es irregular, su mirada perdida.
El poder aún lo domina.
Kayzar (apretando los dientes):
—¿Qué… demonios… está pasando con nosotros?
(Da un paso adelante. El suelo tiembla. Los rayos negros vuelven a recorrer sus brazos.)
Sioret (voz distorsionada):
—K… Kayzar… aléjate… ¡no puedo detenerlo!
Kayzar (con rabia contenida):
—¡Entonces te haré detenerlo!
(Se lanza hacia él. Las dos hachas chocan contra el escudo de energía que envuelve a Sioret. El impacto crea una onda expansiva que arranca los árboles de raíz.)
El choque es brutal.
Cada golpe hace vibrar el aire.
Kayzar ataca con velocidad, girando las hachas como si fueran extensiones de su cuerpo.
Sioret se defiende, canalizando la energía dorada para formar una armadura luminosa.
Los dos se mueven como relámpagos entre la selva.
Cada impacto deja cráteres y árboles pulverizados.
(Cambio de escena: la nave Leviatán, orbitando en el cielo, aún inestable.)
Athena (frustrada, tocando los controles):
—¡Maldita sea! ¡Los sistemas aún no se recuperan!
¡Noshida, estabiliza el flujo antimateria, o la nave caerá también!
Noshida (concentrado):
—Tranquila… Ya casi está.
Solo… unos segundos más…
(Las luces parpadean. Finalmente, la Leviatán se estabiliza. Los monitores vuelven a la vida. Athena busca frenéticamente las lecturas de energía.)
Athena:
—Ahí están… ¡al sureste!
Cayeron en la selva amazónica… pero las lecturas son inestables.
Hay otra fuente de energía allí… una que no reconozco.
(Regreso a la selva.)
En la distancia, una sombra observa la pelea desde una roca cubierta de musgo.
El hombre con máscara de carnero sonríe con deleite mientras el viento agita su capa.
Carnero (voz grave, burlona):
—Esto es perfecto…
El caos siempre engendra oportunidad.
Voy a aprovechar el descontrol de esos mocosos… para traer de vuelta a un viejo amigo.
(Extiende una mano. La tierra bajo él empieza a agrietarse. Símbolos oscuros emergen del suelo, dibujando un círculo demoníaco hecho de pura energía púrpura y negra.)
Carnero:
—Por suerte… cayeron justo donde debía.
(Regresa el combate.)
Kayzar, con los ojos oscuros y el cuerpo chispeando con rayos negros, lanza un grito de furia.
Sus hachas brillan con fuerza, girando como remolinos.
Kayzar:
—¡Despierta, Sioret! ¡O te romperé en mil pedazos!
(Salta, y con un golpe giratorio, impacta con ambas hachas al mismo tiempo. El golpe libera una onda de vacío que arrasa la vegetación en cientos de metros a la redonda. El aire mismo parece quebrarse.)
BOOOOM.
Sioret sale despedido, estrellándose contra el suelo. Su energía se disipa, y su cuerpo cae inerte.
El silencio cae de golpe.
Kayzar respira con dificultad, cae de rodillas, y luego al suelo.
Su cuerpo tiembla, agotado, la energía negra desapareciendo lentamente de sus brazos.
Kayzar (susurrando, casi inconsciente):
—Lo siento… hermano…
(Sus ojos se cierran. El viento sopla suave, moviendo las hojas quemadas. Por un instante, parece que todo terminó.)
Hasta que una carcajada retumba entre los árboles.
Carnero (acercándose al cráter):
—Mocoso arrogante…
Posees en tus manos un poder antiguo que ni tú mismo comprendes.
Pero gracias a tu rabieta… dejarás este lugar exactamente como lo necesito.
(Levanta ambas manos. El círculo demoníaco comienza a girar con fuerza. De su interior surge una sustancia líquida, negra, como tinta viva. Se eleva, retorciéndose, tomando forma.)
Primero unas alas.
Luego una cabeza.
Después, un cuerpo delgado y brillante, con plumas que parecen hechas de humo.
Carnero (en tono solemne, casi reverente):
—Despierta, Avestrion, devorador del amanecer.
(La criatura abre sus alas. Su grito atraviesa el aire, haciendo vibrar el suelo. Las nubes se oscurecen, el sol se apaga por un instante.)
Una ave colosal, formada de pura sombra líquida, se alza hacia el cielo, cubriendo la selva con su silueta.
Su tamaño es tan inmenso que parece tragarse la luz misma.
Carnero (con una sonrisa bajo la máscara):
—Ahora… que el amanecer se apague.
(La cámara se eleva. Desde el cielo, se ve la selva amazónica cubierta por una sombra que se expande, mientras la Leviatán se aproxima a toda velocidad.)
(Oscuridad. Silencio absoluto.)
Sioret yace inconsciente, su cuerpo aún temblando por la descarga de energía que liberó.
Pero en su mente… algo se abre.
Una grieta en el tiempo.
Una puerta a recuerdos que no le pertenecen.
De pronto, una luz dorada lo envuelve.
Se encuentra de pie sobre un campo de batalla.
El cielo está dividido entre fuego y relámpagos, y miles de figuras combaten entre sí:
criaturas con armaduras luminosas, y otras envueltas en sombras abisales.
El aire huele a ceniza y sangre.
Montañas enteras colapsan, mares hierven.
El estruendo de los choques de energía es ensordecedor.
Y allí, en el centro del campo, una figura familiar:
Dayomaru.
Su armadura está fracturada, su capa rota, pero su mirada arde con determinación.
A su alrededor, manipula esferas de energía azul, cada una con el poder de un sol.
Dayomaru (gritando):
—¡No dejaré que destruyas otro mundo!
Frente a él, una silueta…
difusa.
Alta, serena, rodeada por un resplandor dorado imposible de mirar directamente.
Su voz resuena como un eco dentro de la cabeza de Sioret, aunque no puede entender las palabras.
Solo capta una frase:
—El código solar no pertenece a los dioses… ni a los hombres.
Entonces, el suelo se rompe.
Una ola de energía dorada y negra choca con furia.
Miles de cuerpos se desintegran.
El mundo tiembla.
Dayomaru grita, intentando resistir, pero la figura lo supera.
Con un gesto, el ser luminoso expande su poder y la guerra se disuelve en un resplandor que engulle todo.
Sioret cae de rodillas.
Su respiración se acelera.
Intenta mirar al guerrero misterioso, pero su rostro es solo una sombra luminosa…
imposible de distinguir.
Sioret (temblando):
—¿Quién… eres tú?
(El eco del trueno responde, pero no con palabras.)
Y entonces, la visión se rompe.
El dorado se disuelve.
El silencio regresa.
Sioret abre los ojos…
La selva amazónica arde.
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(Cambio de escena: en el cielo, la nave Leviatán desciende entre las nubes, sus motores rugen. En la superficie, el caos reina.)
El Devorador del Amanecer, Avestrion, se eleva sobre la selva.
Su cuerpo parece hecho de tinta líquida, su sombra distorsiona el cielo.
Cada batir de sus alas apaga la luz a kilómetros a la redonda.
Athena se lanza del compartimiento principal con un grito, envuelta en una armadura biotecnológica que se adapta a su cuerpo.
Su traje brilla en tonos escarlata, mientras descarga energía desde sus guantes.
Athena:
—¡Nóshida, a mi señal!
Nóshida (desde el aire, con su bastón en alto):
—No hace falta que me lo digas, niña.
(Ambos descienden en sincronía. Avestrion gira su cabeza y lanza una ola de energía oscura. Athena extiende un campo protector, la onda impacta y la empuja varios metros hacia atrás. El suelo explota a su alrededor.)
Athena (gritando):
—¡Su energía… es densa! ¡Es como si absorbiera la luz misma!
Nóshida:
—Eso no es energía… es vacío.
(El anciano extiende su bastón. Desde su punta emana una luz blanca pura que corta la oscuridad. Los símbolos antiguos se activan alrededor de él. Un sello luminoso se forma bajo sus pies.)
Nóshida:
—¡Sello de contención, nivel celestial!
(El círculo se expande, atrapando parcialmente al ave. Athena aprovecha el momento y lanza un proyectil de energía carmesí que impacta en el pecho de la criatura. La explosión ilumina la jungla entera. Pero Avestrion apenas se inmuta.)
El monstruo abre su pico y un rugido atraviesa el aire, derrumbando los árboles cercanos.
De su garganta emana una llamarada negra que devora todo lo que toca.
Athena (cubriéndose):
—¡No hay efecto! ¡Está regenerando la materia que consume!
Nóshida (murmurando):
—Entonces no podemos contenerlo… solo retrasarlo.
(Avestrion se abalanza contra ellos. Athena activa sus propulsores y esquiva por milímetros. Nóshida desaparece y reaparece detrás del ave, golpeando con un bastón que emite una onda expansiva. El impacto desestabiliza la criatura, pero no la detiene.)
---
(Cambio de enfoque: el suelo, el cráter. Kayzar abre los ojos.)
El sonido de la batalla le llega como un eco lejano.
Su cuerpo aún tiembla.
Sus manos sujetan las hachas… aún cargadas con relámpagos negros.
Mira a su alrededor.
Todo está destruido.
Los árboles… las rocas… incluso el aire parece herido.
Kayzar (susurrando, confundido):
—¿Yo… hice esto?
(Se arrodilla. El reflejo del filo oscuro en sus manos muestra su rostro deformado por la culpa.)
Y entonces…
una voz.
Lejana.
Profunda.
Dentro de su mente.
Voz (susurrante, grave, como si hablara desde el fondo de un abismo):
—Destrúyelo todo.
Kayzar levanta la cabeza bruscamente.
Sus ojos se dilatan.
Voz:
—Nada debe quedar en pie.
Convierte todo en ceniza.
Solo así renacerás.
(El aire a su alrededor comienza a vibrar. Las hachas se iluminan con un fulgor negro que deja estelas de energía. La sombra del dragón —la misma que vio en su visión— se proyecta brevemente detrás de él, gigantesca y retorcida.)
Kayzar (mordiéndose el labio):
—¡No! ¡Cállate! ¡No soy tu marioneta!
Voz (más fuerte):
—Tú me liberaste.
Yo soy tu herencia.
Tu ira… tu destino.
(Kayzar grita, cayendo de rodillas, mientras una onda negra se expande desde su cuerpo.)
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(Mientras tanto, en el cielo, Athena siente el cambio de energía.)
Athena (mirando su escáner):
—¡Nóshida! ¡El pulso del código solar está alterándose! ¡Kayzar… está despierto!
Nóshida (mirando hacia el cráter):
—No puede ser… no tan pronto.
(Avestrion ruge de nuevo. Su sombra se proyecta hacia Kayzar, como si respondiera a la misma energía oscura que empieza a emanar de él.)
Athena (asustada):
—¡Se están sincronizando!
(Kayzar se pone de pie. Sus ojos arden, y los relámpagos negros se intensifican. En su mirada hay furia, culpa… y algo más profundo: hambre.)
Kayzar (voz distorsionada):
—Si todo debe arder…
entonces que arda.
(Las hachas se cruzan sobre su pecho. Un estallido negro asciende al cielo, envolviendo a Avestrion.
La bestia ruge, su cuerpo distorsionándose. La energía se entrelaza. Por un instante, Kayzar y la criatura parecen uno solo: dos sombras fusionadas por la oscuridad del código.)
Athena (desesperada):
—¡Nóshida! ¡Si continúa así, el código lo consumirá!
Nóshida (con el rostro tenso):
—Entonces tendremos que hacer lo impensable.
(El anciano cierra los ojos. Su bastón se desintegra en su mano. Una esfera de luz pura emerge de su pecho.)
Nóshida:
—Que el amanecer vuelva a brillar… aunque me cueste la vida.