Sala de emergencias
La pantalla de su reloj marcaba las 19:30 horas. Una hora más y por fin sería el final del turno. Leo se movía entre las camillas del área de urgencias, sus pasos un eco familiar sobre el piso de linóleo. El aire olía a antiséptico y a la ansiedad de los enfermos. Pasó junto a una mujer que no dejaba de toser, luego por un hombre con fiebre. El pulso del primero era demasiado rápido; el del segundo, demasiado lento. Anotó los datos, pero había algo en el ambiente, algo se sentía diferente.
Justo cuando se inclinaba para tomar la temperatura a una niña, un sonido agudo y estridente interrumpió la monotonía. El sonido venía del celular de la madre de la paciente. La mujer sostenía el teléfono con las manos temblorosas, su rostro un reflejo de puro terror. A un volumen demasiado alto, una voz de locutor salía de los altavoces, quebrada por el pánico.
"Esto se está saliendo de control. Repito, esto se está saliendo de control. Evacuen las calles, busquen refugio inmediatamente..."
Leo echó un vistazo de reojo. En la pantalla, una imagen caótica. La gente corría por una calle desconocida, tropezando y gritando. Se escuchaban disparos. Una camioneta militar chocó contra una barricada. Un grupo de soldados disparaba contra una multitud. Los destellos de los fusiles iluminaban la noche, fugaces y mortales.
La madre de la niña soltó un sollozo ahogado. Leo se enderezó. El teléfono se le resbaló a la mujer, golpeando el suelo. La imagen seguía parpadeando en la pantalla rota, ahora acompañada por un sonido de estática. El eco de los disparos se quedó en el aire, o tal vez era el sonido de la puerta de urgencias abriéndose de golpe.
Una asistente médica de la recepción corrió hacia ellos, pálida, con la respiración entrecortada.
"¡Están entrando! ¡No son pacientes, son... animales!" gritó, antes de ser bruscamente empujada a un lado.
Un hombre se precipitó al área de urgencias, pero no era un paciente, era un ser deformado por la ira y el dolor. Sus ojos estaban inyectados de sangre, la mandíbula caída en una mueca de hambre. Se abalanzó sobre el primer paciente que encontró, mordiéndolo en el cuello. El grito de la víctima fue ahogado por el sonido del ataque. El caos que había visto en la pantalla ahora era una realidad, aquí y ahora.
El cerebro de Leo se detuvo. No había un protocolo para esto. No había un procedimiento de emergencia. En el hospital, los códigos de colores definían la gravedad de un evento: rojo para un incendio, azul para un paro cardíaco. Pero este. Esto era un código nuevo. Un código que no existía. Se quedó paralizado, observando cómo la figura deformada se alimentaba. Un grito desgarrador. Sangre. Mucha sangre. Era un horror visceral que superaba cualquier cosa que hubiera visto en su vida.
No estaba solo en su asombro. Los familiares que esperaban en las sillas de plástico, los médicos y enfermeros que corrían entre camillas, todos se quedaron quietos, petrificados. El silencio en el área de urgencias, que antes estaba lleno de murmullos y toses, ahora era absoluto, roto solo por el sonido gutural del hombre infectado devorando a su víctima. Las caras reflejaban un mismo pánico colectivo, una incredulidad total. La asistente médica que había intentado advertirles, se llevó las manos a la boca, sus ojos llenos de lágrimas de puro terror.
Entonces, el cuerpo de la víctima cayó sin vida sobre la camilla. El infectado se giró. Sus ojos, llenos de una rabia antinatural, escanearon la habitación. Parecía oler el miedo en el aire. Y encontró un nuevo objetivo. Se abalanzó contra la multitud de personas en shock.
El ser se abalanzó, sus ojos inyectados de sangre fijos en Leo. El tiempo se ralentizó. Leo vio la mandíbula desencajada, los dientes manchados de sangre. No tuvo tiempo de gritar, de correr, de siquiera pensar. Solo el miedo puro, frío y paralizante.
Pero justo antes de que el monstruo llegara a él, una ráfaga de balas impactó al infectado en el pecho, la cabeza y los hombros. Los disparos fueron tan fuertes que hicieron eco en las paredes del hospital. El cuerpo del ser se sacudió violentamente, soltando gruñidos y lamentos. Sus movimientos se volvieron espasmódicos hasta que se desplomó en el suelo, inerte.
Leo parpadeó, su corazón golpeando en sus oídos. Un soldado con equipo táctico y un rifle de asalto se encontraba en la entrada de urgencias. Su rostro estaba cubierto por un casco. Un segundo militar lo seguía, asegurando el área. El primer soldado habló por una radio en su hombro, su voz robótica y sin emoción.
"Objetivo neutralizado. Hospital asegurado. Puertas y ventanas cerradas y aseguradas. El lugar es seguro".
El silencio que siguió a la declaración del soldado fue diferente al anterior. Ya no era un silencio de shock, sino uno de alivio, aunque tenso. La multitud que se había quedado paralizada de miedo, soltó un aliento colectivo. Las lágrimas rodaron por las mejillas de la asistente médica. Pero Leo no se movió. Su cuerpo aún temblaba. El suelo estaba manchado de sangre y saliva, el terror todavía flotaba en el aire. La palabra "seguro" sonaba vacía en ese lugar que acababa de presenciar un horror inimaginable.
El teniente coronel Sánchez se quitó su casco, revelando un rostro curtido por la experiencia, y luego su pasamontañas. A su lado, el sargento López hizo lo mismo, revelando a un joven con mirada de temor. El teniente observó al grupo de médicos y familiares paralizados por el miedo. Su voz fue tranquila y profunda.
—¿Están todos bien? —preguntó.
López, más nervioso, agregó:
—Entendemos su confusión. Lo que está sucediendo no tiene sentido, pero necesitamos que nos escuchen para que podamos ayudarlos.
El teniente coronel, notando la desesperación en sus rostros, miró a un punto en la pared y suspiró.
—Lo que acaban de ver —empezó el teniente coronel— es algo que está pasando en toda la ciudad. Los militares estamos intentando controlar la situación, pero necesitamos de su cooperación.
El sargento López los miró y dijo:
—No sabemos qué es lo que causa que la gente se vuelva... así. No hay un nombre para esto.
Un médico, con la voz entrecortada por el miedo, preguntó:
—¿Y qué pasa con la gente en la calle? ¿Están a salvo?
El teniente coronel Sánchez se quedó en silencio un momento, como si le doliera la pregunta.
—Nadie está a salvo. Por el momento, el hospital está asegurado. Podemos protegerlos, pero necesitamos que se reorganicen. La prioridad es la seguridad de las personas que no están infectadas. Este es el lugar más seguro de la zona. Es una fortaleza. Podemos defenderlo. El hospital estará asegurado. Si salen, están solos, si se quedan, tienen una oportunidad.
La madre de la niña tosió para llamar la atención.
—¿Qué pasa con mi hija? ¿Y con todos los demás?
Sánchez miró a Leo.
Nosotros nos encargaremos. Nosotros podemos protegerlos.
Leo, sin saber por qué, rompió el trance que lo mantenía en shock. Se puso derecho, sus ojos encontrando los de Sánchez. Se sintió el único con el valor de hablar.
—No se preocupen —dijo Leo con una voz que sorprendió por su firmeza—. Yo y mi equipo nos encargaremos. Nosotros podemos atenderlos. Brindaremos los cuidados que necesitan.
El teniente Sánchez asintió, su rostro se relajó visiblemente.
—Excelente —dijo Sánchez—. Ahora, necesitamos organizarnos. Ustedes, los del personal médico, pueden usar el cuarto de descanso como un centro de operaciones. Vayan, organícense. Yo me encargaré de despejar el hospital de los infectados, pero ustedes se encargarán de los pacientes.
El sargento López abrió la puerta de la sala de descanso y, con un gesto, invitó a los médicos a entrar. Leo se quedó un momento, mirando al teniente Sánchez.
—Necesito a mi familia —dijo Leo, su voz baja y llena de una urgencia apenas contenida—. A mi papá, mi mamá, mi hermana y a mi pareja. Están aquí, en la ciudad. Necesito ir con ellos. Saber que están bien. No me puedo quedar aquí.
Sánchez frunció el ceño. Se acercó a Leo, su voz baja y grave.
—Niño, la ciudad es un infierno. No puedes salir. No te puedo dejar ir. Reza para que tu familia esté a salvo, pero no te puedo dejar ir. Es muy peligroso.
Leo se quedó en shock. Su corazón latía con la fuerza de un tambor. Miró al teniente, con los ojos llenos de desesperación
—No puede decirme eso. No puedo quedarme aquí sin saber si están bien.
Sánchez le puso una mano en el hombro.
—Hijo, esto es por tu seguridad. Tienes que quedarte. Lo único que puedo hacer es darte mi palabra. Si en algún momento encontramos a tu familia, te lo haremos saber. Ahora, haz tu trabajo. Tienes que organizarte con tu equipo. Hay muchos pacientes que te necesitan.
Sánchez se retiró, y Leo se quedó solo en el pasillo, su mente en un torbellino. La desesperación por su familia se mezclaba con la orden de quedarse, con la necesidad de ayudar. Con el corazón roto, entró a la sala de descanso.
Adentro lo esperaban sus colegas, los rostros pálidos, los ojos fijos en él, buscando una respuesta, una esperanza.
Ahí estaban:
Daniel, un médico de urgencias, alto, con una frente sudorosa. A pesar del pánico, su mirada mantenía la chispa de un intelecto agudo.
Karla, una médica de urgencias de mediana edad, con el cabello rubio ceniza recogido en una cola de caballo apretada. Era conocida por su calma inquebrantable, pero ahora se mordía el labio. Sus manos temblaban ligeramente.
Carlos, un enfermero tan joven como Leo, pero con una energía nerviosa que lo hacía imposible de ignorar. Se pasaba las manos por su cabello rizado, sus ojos grandes y asustados, buscando la aprobación de sus compañeros mayores.
Azul, una enfermera de unos cuarenta años, con una expresión maternal y protectora. Era la más experimentada de todos, la que siempre sabía qué decir o hacer. Ahora, con el rostro serio, observaba a cada uno con una compasión silenciosa.
Leo se paró frente a ellos, sintiendo el peso de sus miradas. El miedo era palpable, un olor amargo que se mezclaba con el café rancio. No era el momento de fingir calma o de dar órdenes. Era el momento de enfrentar la realidad, juntos.
—Escúchenme —dijo Leo, su voz baja, pero lo suficientemente firme como para captar la atención de todos—. Lo que vimos... lo que acaba de pasar afuera... no es un paciente. Lo que sea que sea, es algo que no podemos curar. Pero todavía hay gente que sí podemos curar. Hay gente herida, gente que necesita ayuda ahora mismo. Los militares se encargarán de la seguridad, pero nosotros... nosotros seguimos siendo médicos y enfermeros. Tenemos que hacer lo que mejor sabemos.
Karla asintió lentamente, sus manos dejando de temblar.
Y qué hacemos? ¿Simplemente seguimos como si fuera un turno normal? —preguntó.
Daniel se secó el sudor de la frente.
—Tenemos que prepararnos. Esto no es solo una crisis, es una guerra. No sabemos cuántas personas vendrán, ni cuándo.
Azul, la enfermera experimentada, intervino con voz tranquila.
—Daniel tiene razón. Necesitamos suministros. Y necesitamos un plan.
El grupo se miró, el miedo aún en sus ojos, pero ahora mezclado con una chispa de propósito. Habían sido llamados a una tarea que nunca se habrían imaginado, pero estaban listos para cumplir su juramento.
Leo sintió una oleada de alivio. No estaba solo. Su voz ya no temblaba.
—Primero, revisemos el equipo. Necesitamos saber con qué contamos. Luego, debemos dividirnos. El área de urgencias es un caos, pero... ¿y el resto del hospital?
Daniel se irguió, un destello de su intelecto volviendo a su mirada.
—Tiene razón. Hay muchos otros pisos y áreas. Es probable que haya más pacientes... y más personal. Tenemos que buscar a cualquier persona que no esté infectada.
Leo asintió. La idea no era solo salvar a los que tenían delante, sino encontrar a más supervivientes, a más aliados. La posibilidad de encontrar a su propia familia en el camino, aunque remota, le dio un nuevo impulso.
—Entonces ese es nuestro plan —dijo Leo—. Tenemos que ser rápidos, pero también tenemos que ser inteligentes.
El resto del grupo asintió, las miradas de miedo ahora mezcladas con un propósito.
—¿Y qué harás tú? —preguntó Carlos, el joven enfermero.
Leo miró a la puerta de la sala de descanso, su corazón aún anhelante por su familia y por su pareja. Sabía que no podía irse, pero tampoco podía quedarse sin hacer nada.
—Yo iré a urgencias —dijo Leo con firmeza—. Tenemos pacientes aún.
Leo entró solo al área de urgencias. El silencio era lo primero que notó. Un silencio tenso, vacío, que se había apoderado de un lugar que siempre estaba lleno de ruido. Las camillas estaban volcadas, los instrumentos médicos esparcidos por el suelo. A un lado, inmóvil, yacía el cuerpo sin vida del ser que el teniente Sánchez había neutralizado. Una gruesa mancha de sangre oscura se expandía bajo su cabeza.
Cerca de la entrada, el teniente Sánchez y el sargento López se mantenían alerta, con sus rifles en una posición de descanso. Estaban de espaldas a la camilla donde el paciente mordido había caído. El hombre seguía tendido en la camilla, inerte, su cuello un amasijo de carne destrozada. Los ojos de Leo se posaron en él, su instinto de enfermero luchando contra el horror que ya había presenciado.
El pulso de la habitación era un zumbido bajo, roto solo por la respiración de los soldados. De pronto, el cuerpo del paciente mordido se sacudió. El temblor fue apenas perceptible, una contracción involuntaria, pero lo suficiente para que Leo se diera cuenta. Sus ojos se abrieron de par en par. La cabeza del paciente se levantó lentamente, con un crujido nauseabundo de huesos que no deberían moverse de esa manera. La mandíbula desencajada y los ojos inyectados de sangre buscaban una nueva presa.
—¡López! —gritó Leo.
El sargento se giró, pero fue demasiado tarde. Con una velocidad antinatural, el paciente que creían muerto se abalanzó sobre él. Un grito ahogado de López se mezcló con el sonido de su rifle cayendo al piso. El infectado le mordió el hombro con una fuerza brutal, sus dientes desgarrando la tela y la carne. López soltó un alarido de dolor y pataleó, intentando en vano soltar al ser que lo atacaba.
El caos había regresado. Lo que había sido un lugar "seguro" hacía un momento, ahora era un infierno. El hospital no estaba limpio, ni mucho menos. Era una trampa. El teniente Sánchez, ahora el único hombre armado, tuvo que reaccionar rápidamente.
Sánchez gritó "¡Mierda!". El exabrupto fue una descarga de pura frustración. Se giró hacia el infectado que se abalanzaba sobre López, pero antes de que pudiera levantar su rifle, un grito desesperado resonó en el pasillo, opacando el caos.
—¡Busquen refugio! ¡Vámonos de aquí!
Era la voz de Carlos, llena de un terror que Leo reconocía. El sonido de pasos y gruñidos, una marea de ellos, se acercaba por el pasillo. Una horda. El teniente Sánchez se dio cuenta de inmediato. Miró a Leo, luego a la puerta que conducía a las escaleras.
—¡Corre! —le gritó a Leo—. ¡Al techo, al techo!
Sánchez no corrió con él. En cambio, levantó su rifle y giró para enfrentar a la horda. Los disparos resonaron con una furia implacable, el sonido metálico de su arma una sinfonía de muerte contra el coro de gruñidos. Leo no lo dudó. En un instinto de supervivencia, se abalanzó hacia Carlos, que estaba en la entrada de las escaleras, y lo jaló hacia adentro.
—¡Vamos! —gritó Leo.
Subieron las escaleras a toda velocidad, el corazón latiendo con la fuerza de un tambor. Detrás de ellos, los disparos de Sánchez se hicieron más lentos, con pausas entre ellos, como si estuviera sin municiones. Después de un momento, los disparos cesaron por completo, ahogados por el sonido de una horda de infectados. Sánchez estaba muerto.
Leo abrió de una patada la puerta que daba al techo y se precipitaron hacia el exterior, donde el cielo negro se extendía sobre ellos. El aire frío y salado les dio un respiro, pero no fue suficiente. Se quedaron en silencio, mirando al vacío, con el sonido de los infectados a sus espaldas. No tenían adónde ir.
Leo y Carlos se quedaron sin aliento en la azotea, mirando el horizonte. El cielo nocturno de la ciudad ya no era un lienzo de estrellas, sino una mancha de humo y llamas que se elevaban desde la tierra. El resplandor naranja pintaba las nubes, una señal de que el mundo ardía.
El viento arrastraba los sonidos de la catástrofe: el eco de sirenas de patrullas y ambulancias, los gritos de la gente y el retumbar lejano de los disparos. Era una sinfonía de la anarquía, un coro de la muerte que resonaba en cada rincón de la ciudad. Leo sintió que lo que estaba presenciando era algo que solo había visto en películas de ciencia ficción, pero los gruñidos que aún se escuchaban debajo de ellos le recordaron que esto era real, demasiado real. Los dos se quedaron ahí, quietos, como estatuas de sal, con la mirada perdida en el apocalipsis.