El padre
Ser padre no es una tarea sencilla y lo es menos cuando has perdido a la mujer que tanto amabas.
Hijo de la prole indeleble que se mezcla incoherentemente con la gente de bien, nací de un pecado. El pecado de ser, soy algo que no debería. Una mujer ilusa confió su amor a un hombre de una estirpe diferente a la suya, una en la que no debería confiar, una joven demasiado joven, un hombre demasiado cruel, ella creyó en él. Y yo, como mis padres, cometí el mismo error, me enamoré de ti.
Criado por la vida, vagando por el mundo, perteneciendo y sin pertenecer a mi círculo, me crié como un paria al que había que cuidar.
Lavé mi rostro y miré al joven gallardo en el espejo, marcado con los ojos del pecado, señalando mi ser. “Verde demoníaco”, decía mi abuela, “condenado a la tragedia”, me aseguraba constantemente. Aburrido de ser aborrecido, huí de ese lugar donde jamás fui querido. Y armado con las costumbres gitanas, me dirigí al mundo abandonando a quienes se hacían llamar “mi pueblo”.
Con la bondad de la gente fui acogido, y bajo la gentileza del mundo conseguí un hogar formado únicamente por mí y mi soledad.
¡Libre!
Trabajaba, no mentiré, en el bajo mundo. Cobrador de apuestas, dotado de la física correcta, cuerpo fornido y rostro demasiado angelical que evitaba generar temor. Los deudores me subestimaban, lo que facilitaba mi trabajo de darles una paliza para conseguir el dinero.
La vanidad siempre fue mi pecado, fue lo único que me dieron las personas que me engendraron. Y se los agradezco. Me revolqué en mil aventuras, todas de cuerpos perfectos, que a luz de la vela sin pudor se entregaban a mí uno tras otro. Mi sed insaciable nunca se calmó.
Un día vagaba por las calles buscando a uno de los infortunados que debía dinero al patrón. Fumando mi cigarro con parsimonia, buscando la dirección, era otro día normal. Hasta que ella apareció, mi próximo pecado, uno que deseaba con intensidad. Caminaba de un lado a otro por un callejón, parecía perdida, con una mirada tierna y preocupada, mi deber era salvarla.
Me acerqué a ella y con mi galante estampa me dispuse a conquistarla.
—¿Puedo ayudarla en algo, señorita? —Qué bien, por fin alguien amable —Se acercó a mí abrazándose a mi pecho, reconociendo a su salvador.
Orgulloso la sostuve en brazos, para consolar su miseria, mientras ella no paraba de llorar.
—Llevo tanto tiempo perdida. Estoy buscando a mi padre, él vive cerca de aquí, pero todos han sido tan groseros conmigo. La última persona a la que pregunté me dijo que vivía por este horrible callejón —Ella se secó las lágrimas y se ajustó con fuerza a mi pecho.
Una dama como esta no pertenecía a este bohemio lugar. Su fragilidad me incitó, despertando en mí un instinto protector.
Me mostró el papel con la dirección escrita, con la mirada llena de lágrimas.
Presumiendo mi galantería y la actitud de un caballero, la acompañé hasta la dirección; estaba cerca de allí, una panadería a unas cuantas cuadras y sobre ella la vivienda de su padre.
Ella se ajustó a mi brazo durante todo el camino intentando recuperar el aliento. Empezaba a asustarme que no lograra calmarse, ¿tanto tiempo había estado perdida?
Antes de dejarla ir, limpié con cuidado el rezago de sus lágrimas. Adornadas en esa mirada albaricoque oscuro. Con sutileza me dio una última sonrisa, un beso rápido en los labios y huyó de mí hacia su destino.
El encuentro fugaz más delicioso que jamás pudo existir. Se fue dejando una estela de pasión prohibida que no logré seguir.
Después de unos segundos de dejar de lado mi embelesamiento, me concentré de nuevo en mi tarea original; cambié el traje de caballero medieval al de esbirro del hombre acaudalado. Mi objetivo, un hombre mayor que tenía una jugosa deuda que se había ido acumulando con los años. Después de una vida de apuestas, este era su último pago, uno de jugosa cantidad.
Estuve buscando la dirección por una hora cuando me di cuenta de que no existía. Al entregar el reporte a mi jefe, se enfureció como de costumbre cuando las cosas no salían como él quería. En poco tiempo, con un buen trabajo de inteligencia, ubicó al hombre.
Antes de darme la dirección me hizo una solicitud.
—Dame lo que recogiste —Extendió la mano hacia mí, solicitando el dinero del día.
Busqué en el bolsillo interno de mi chaqueta y me di cuenta de que no había nada en él. Con incredulidad palpé todo mi cuerpo como si eso fuera a hacer que el enorme fajo de dinero apareciera. Nada, había sido cruelmente robado, y solo alguien pudo acercarse tanto…
Después de soportar la paliza que mi jefe me propinó por mi torpeza, fui a la dirección, la verdadera… listo para liberar la ira por mi torpe confianza. Esa mujer… me había engañado.
Llegué a una choza sin ventanas, cubierta por la miseria, allí se encontraba mi objetivo.
Entré y fue grata mi sorpresa al descubrir aquello que estaba buscando.
Un anciano en el suelo, se acongojaba en fiebre y un divino ángel lo consolaba con cuidado. Su respuesta al verme fue clara, me reconoció de inmediato.
—Ah, ¿eres tú? ¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres?
Perturbado por su indiferencia hacia mí, le reclamé.
—¡Tú! ¿Qué haces aquí consolando a este mendigo? ¿Qué… qué hago aquí? Vengo por mi dinero.
—¿Te debe dinero? —Siguió consolando al viejo enfermo.
—Vengo por todo el dinero, el que tomaste, ese. Me costó mi rostro —Señalé las heridas en mi cara.
—Pensé que venías defectuoso de fábrica, tu rostro se ve igual que esta mañana —Remojó la venda en agua para ponérsela en la frente al viejo delirante.
—Ese viejo, igual que tú, me deben dinero.
Ella me lanzó un fajo de dinero sujetado con mi clip de oro para los billetes. Luego sacó otro exactamente igual y lo arrojó a mis pies.
—Esto es para que te compres ropa decente.
Me congelé ante su confianza descarada, intentando entender qué estaba pasando.
Pero ella no me lo permitió, se acercó a mí con la cuenca de agua en sus manos, me dio otro suave beso y luego se alejó. Sentí cómo mi cuerpo se relajó.
Tibió un poco de agua, trajo alcohol y algo de algodón, me llevó de la mano a la única silla que había en todo el recinto, al lado del viejo que flotaba en rojo intenso gracias a la fiebre.
Ella se arrodilló en el suelo frente a mí con esa mirada intensa carente de culpa y se dispuso a curar mis heridas con cuidado.
—¿Quién es él? —Le pregunté. —¿Es tu padre? —Le dije con sarcasmo.
Ella no se detuvo, siguió atendiendo las heridas de mi rostro. La sensación del alcohol en mi labio partido me sobresaltó por un segundo.
—Es solo un viejo que necesitaba ayuda.
—Y tú eres alguna especie de salvadora.
—Soy una persona que quiere ayudar.
Me reí en su cara.
—¿Ayudar? Sí, ya lo recuerdo, qué bien me hiciste a mí —Señalé las heridas de mi rostro.
—Tanta vanidad en un cuerpo, debe ser aleccionada ocasionalmente —Dijo indiferente a mi dolor, una mujer insolente, que no se deslumbraba con facilidad por una cara agradable.
—¿Crees que necesito aprender a ser humilde?
—Creo que necesitas aprender muchas cosas…