El despertar

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Summary

Un relato atmosférico y perturbador, inspirado en el estilo de Stephen King y con elementos de horror psicológico y gore. No hay personajes individuales, solo el pueblo como entidad colectiva. El tono es inquietante, introspectivo y brutal.

Genre
Horror
Author
Descronos
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El Despertar


El sol, tímido y pálido, se alzaba sobre el horizonte como si dudara de su propia existencia. Las calles del pueblo, hasta entonces sumidas en un silencio sepulcral, comenzaron a vibrar con una energía nueva, extraña, casi antinatural. No era el canto de los pájaros ni el murmullo del viento. Era algo más profundo. Algo que se arrastraba por debajo del asfalto, por las grietas de las paredes, por las venas de los durmientes.

Durante semanas, el pueblo había estado sometido a una presión invisible. El tráfico para llegar al trabajo, la rutina, la exigencia social, la comida basura, la basura acumulada por las esquinas, el olor de las alcantarillas, las cagadas de perro pisoteadas y restregadas por las aceras, la contaminacion de las fabricas, el ruido del tráfico, al llegar a casa sonrisas fingidas, rostros sin alma, los gritos de de los vecinos discutiendo otra vez…por la television guerras, corrupción politica, terrorismo, injusticias sociales, precios altos, crimen, trafico de drogas, nuevas drogas, una pandemia invisible de enfermedad mental…el peso de lo cotidiano mientras un plato precocinado da vueltas en el microondas, al compás de las agujas de los relojes que marcan horas irreales o que nadie desearía tener que vivir. Cada noche, los cuerpos se desploman en las camas como cadáveres en espera. Y cada mañana, despiertan un poco menos humanos.

Pero esa mañana fue distinta.

A las 6:03 a.m., todos los habitantes de ese pueblo que era el sobaco del mundo, abrieron los ojos al mismo tiempo, como sobresaltados por una pesadilla a lo Stephen King. No hubo bostezo, ni estiramiento, ni duda. Solo un impulso. Un mandato silencioso que les empujó fuera de sus camas, fuera de sus casas, hacia las calles. Parecía domingo o un día de feria, o una manifestación…

Y entonces comenzó.

Primero fue el sonido. Un crujido seco, como ramas quebrándose. Luego, el grito. No de dolor, sino de liberación. Como si algo que había estado encerrado durante años finalmente se hubiera soltado. Las puertas se abrieron de golpe. Las ventanas estallaron. Los cuerpos salieron disparados, como hordas zombis, como proyectiles humanos, urgentes hacia el exterior como todas las mañanas de lunes a viernes, pero esta vez sin almuerzo para los niños,, sin el maletín, sin el coche, solo armas de todo tipo, bates de béisbol, el perro de raza peligrosa, un martillo para picar carne, el candelabro de bronce, …

Todos dirigiéndose hacia todos. Sin palabras, solo miradas oscuras que decían que iban a pasar a la acción.

Las manos se convirtieron en garras. Las uñas, en cuchillas. Los dientes, en armas. Los cuerpos se lanzaban unos contra otros con una furia primitiva, desatada, sin sentido ni dirección. No era odio. No era venganza, parecía auténtica necesidad. Todo un pueblo que parecía una sola alma dirigida por algún dios… o tal vez una especie de experimento tipo mk ultra …

La sangre corriendo a litros por las aceras como agua de lluvia. Los gritos se mezclaban con el sonido de los huesos rompiéndose, de la carne desgarrándose. El aire tan denso, tan irrespirable, y tan cargado de violencia que no pedía permiso. El pueblo, el pulmón de un organismo parecía inspirar todo la mala ordenada civilización, para luego espirarlo vuelto en caos.

Los niños atacaban con voracidad a sus padres, como espermatozoides caníbales que quieren volver al óvulo o vientre materno, o testículo. Los ancianos incluso con andador y dentadura postiza se las apañaban para alcanzar a morder como lapas a los jóvenes. Las parejas se destruían entre sí como en un acto de pasión que antes parecían haber confundido con amor. No había razón. No había jerarquía. No había moral. Solo el acto puro de devorar al otro. Aniquilarlo.

Las herramientas del día a día se transformaron en instrumentos de muerte. Las cucharas, en arrancadores de ojos. Las tijeras, en perforadores de gargantas. Los bolígrafos, en estiletes improvisados. Todo servía. Todo era útil. Todo era parte del ritual.

Porque tal vez eso era: un ritual.

Una ceremonia colectiva de purga, de limpieza, de renacimiento. Como si el pueblo, harto de sí mismo, hubiera decidido arrancarse la piel para ver qué había debajo. Y lo que había debajo no era humano. Era algo oscuro.

Era algo más ancestral. Más oscuro que la primera noche del hombre en la tierra. El instinto de conservación de estos tiempos defendiéndose por fin.

Las casas ardían sin fuego. Las paredes lloraban sangre. Los relojes se detenían, como si el tiempo hubiera decidido no presenciar aquello. El cielo, indiferente, seguía su curso, ignorando la masacre que se desarrollaba bajo su mirada.

A las 7:47 a.m., el último cuerpo cayó.

No hubo sobrevivientes. No hubo testigos. Solo silencio. Mientras tanto el mundo exterior seguía ajeno a lo que allí había ocurrido

Y entonces el lugar se sintió como un organismo vivo Un silencio distinto al de antes. No era el silencio del sueño, ni el de la espera. Era el silencio del vacío. De la ausencia total. De la nada.

El pueblo, ahora deshabitado, parecía intacto. Las fachadas seguían en pie. Los coches aparcados. Las luces encendidas. Pero todo estaba muerto. No por falta de vida, sino por exceso de ella. Como si el alma del lugar hubiera explotado y dejado solo la carcasa.

Y del exterior nunca nadie más se acercó por allí. Cómo si el pueblo nunca hubiera existido.. Como si ese pueblo hubiera sido borrado del mapa, de la memoria, de la historia. De repente ya no aparecía en los registros, ni en los satélites.

Solo en los sueños.

Porque desde aquella mañana, personas de otros lugares comenzaron a tener pesadillas. Sueños de calles ensangrentadas, de gritos sin rostro, de amaneceres que no traían esperanza. Sueños que no eran suyos, pero que sentían como propios.

Y en cada uno de esos sueños, una frase se repetía, como si la fatídica hora que traía los primeros rayos de sol fuera una luz que viniera para susurrar

esa voz que no era voz:

“Despierta. Es hora.”