CAPÍTULO 1
Yauar, ya ayer, y hoy también, se deja llevar por el periférico, el tren que circunda la ciudad y supuestamente pasa cerca de La Central, la empresa en la que trabaja.
Supuestamente porque el periférico acaba de pararse.
Por enésima vez esta mañana.
Sin que nunca se manifieste ninguna causa aparente.
La cara de Yauar habla sin palabra decir. Deja claramente entrever que no disfruta el momento para nada. ¿En qué pensará?
Entremos en su cabeza para escuchar sus pensamientos.
No, no vamos a entrar. No nos conviene. Nos disgustaríamos.
Mejor dejamos tal idea para un futuro improbable.
Por más que queremos, no logramos. No logramos apartar la vista de su cara. A pesar del espacio que nos separa, se nos aparece, aturdida, con los ojos fijos de quien la mente absorbe.
Nos atrae irresistiblemente.
La verdad es que Yauar nos interpela. Una ira contenida emana de su rostro apacible. Magnetiza nuestra mirada. Cuestiona nuestro entendimiento.
Está a punto de estallar.
Queremos saber por qué.
¿Entramos?
«Basta ya. Me quiero morir».
¡Pues sí que descoloca!
«Esta apestosa atmósfera me asfixia, nos asfixia. Somos quienes se supone que nos acostumbramos a usar, y a abusar, de estos malos tratos, venga por la mañana, y venga por la noche, y así todos los días de todas las semanas».
Yauar se percata de que, sin que se diera cuenta, desde hace unos minutos, no deja de escrutar la cámara que escruta en su dirección.
Ni vive ni siente, inquietante y fría, y sin embargo, por su sola presencia, prohíbe.
Yauar tiene sus ritmos que ni quiere ni puede controlar y sabe que debe disimular, especialmente ahora que sus pensamientos se complican.
«¿Qué sentido tiene una vida en la que te pasas el día a aburrirte?
Te desplomas sobre tu silla, y miras.
Miras como tu vida desfila.
Te duele, por como de ti se burlan.
Padeces, por como te menosprecian.
Te agobias, por como te exprimen.
Tu cabeza se llena y no se vacía, de las torpezas cotidianas, que vienen van y vuelven.
Te dan náusea.
Y te vas.
Te vas en divagaciones delirantes.
No te llevarán a ninguna parte.
Es peor todavía porque ni dudas que es así.
¿Qué buscas, fiera perseguida, rastreada por la cámara, decapitada por la vida?
¡Basta!
Basta del hedor asfixiante, del impulso sistemático de vomitar.
Basta de aguantar, y basta de cerrar la boca.
Quiero gritar, pero no puedo.
Podría morir, pero no quiero.
¡Si antes me quería morir!
¡Ni yo me entiendo!».