Prólogo
Dios te salve,
María, llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
El aire dentro de la casa olía a cera derretida, café recién colado y flores marchitas. El murmullo de los rezos se entremezclaba con el crujido de las velas y el repiqueteo leve de una lluvia que no se decidía a caer del todo. En el centro del cuarto, descansaba el ataúd de la muchacha, la joven muerta.
Bendita tú eres
entre todas las mujeres,
y bendito es el
fruto de tu vientre,
Jesús.
Algunos susurraban con respeto; otros, con morbo. Nadie se atrevía a mencionar la forma en que la habían encontrado.
Los sollozos de los familiares se alzaban entre las oraciones. La madre, Carlota, permanecía sentada junto al ataúd, como si temiera que su hija volviera a serle arrebatada. Sus ojos hinchados ya no tenían lágrimas, solo un temblor que parecía venirle del alma.
Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo,
Afuera, Martha pasó frente a la puerta entreabierta.
Una mujer adulta, conocida por todos en la comunidad, se le veía siempre en las misas y eventos ya sean de la iglesia o de la colonia. Nadie se extrañó al verla con su bolsa de mandado en un brazo y el rosario en la otra mano.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos
de los siglos.
No entró. Desde ahí , se persignó con solemnidad y bajó la cabeza con un suspiro.
Amén.
—Dios la tenga en su gloria... amén —murmuró Martha, apenas audible.
Dio media vuelta y se alejó de la casa, caminando bajo la llovizna. Sus pasos la llevaron directo ala iglesia.Adentro, olía a incienso y piedra mojada, sin más se arrodilló frente al altar, sacó su rosario y comenzó a rezar.
Mientras tanto, en la casa, Carlota se aferró al ataúd de su hija. Su llanto se volvió un grito desgarrador.
—¡Mi niña! ¡Despierta, por favor! ¡Dios mío, no me la quites!
El rezo colectivo se desmoronó. Dos mujeres corrieron a ayudarla, pero Carlota se desvaneció entre sus brazos, cayendo sobre el suelo con un gemido apenas humano.
En el templo, Martha apretó el rosario entre los dedos y susurró.
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte... Amén.
Un crujido seco la hizo abrir los ojos.
El rosario se le había quebrado.
Las cuentas rodaron por el suelo del templo, rebotando contra los pisos fríos.Por un instante, Martha se quedó inmóvil, observando las diminutas esferas que brillaban por todo el piso y sus piernas.