Cap. 1 – La fan
“Y entonces, en el instante en que la fuerza del concierto alcanzó su punto máximo,
los gritos de las chicas llenaron el aire.
Por un breve momento, el mundo pareció detenerse.
Allí, entre las primeras filas, estaba ella:
una chica distinta a todas las demás.
No me celebraba.
No gritaba.
¿Por qué?
Esa simple indiferencia me intrigaba…
y, para mi desgracia, también me hacía hervir la sangre.
—¡Tú! —grité desde el escenario, apuntándola con el micrófono—.
¿Por qué eres tan diferente a las demás?
La chica levantó la vista sin prisa,
cerró su libro con un chasquido
y me miró con el ceño fruncido.
—Porque, claramente, no me interesas —respondió con frialdad—.
No me fijo en superficialidades como ser un idol aclamado por todas.
Yo no te alabo.
En ese instante, el color del mundo cambió para mí.
En un lugar donde todos me adoraban…
había alguien por quien tendría que rogar atención.”
⸻
Un grito interno salió de mi garganta.
La novela ligera “Master Idol” se había convertido en mi nuevo vicio.
Caminaba hacia la universidad mientras escuchaba audionovelas en Wattpad. El viento jugaba con mi cabello suelto y el sol de la mañana iluminaba mi atuendo: una camisa blanca de botones, abierta sobre una camiseta azul que contrastaba perfectamente con mis jeans de mezclilla. Era mi vestimenta habitual, sencilla pero cómoda.
Iba tan absorta en mi reciente vicio por la lectura que no noté por dónde caminaba.
—¿Espera… dónde estoy? —murmuré en voz alta, deteniéndome por primera vez.
Miré a mi alrededor; no tenía ni idea de dónde me encontraba.
—Ni hablar… tendré que usar el GPS para volver —dije mientras sacaba mi celular.
La pantalla mostraba un 1% de batería y, antes de que pudiera hacer algo, se apagó.
Mi sonrisa se transformó en una mueca resignada.
—Supongo que llegaré tarde a clases hoy… —susurré, mirando a mi alrededor en busca de una solución.
Estaba justo frente a una cafetería llamada Chesire.
—Bueno, supongo que podría entrar y pedir que me dejen cargar el teléfono… —me dije.
Entré directo al mostrador.
—Disculpe, señorita, estoy un poco perdida y mi celular se apagó. ¿Podría ayudarme a cargarlo un momento para usar el GPS?
—¡Claro! ¿Gustas un café mientras esperas? —respondió la chica del mostrador con una sonrisa amable. Llevaba un mandil y una pañoleta en la cabeza.
Me dio un poco de vergüenza negarme, así que acepté.
—Un café del día chico, con leche y una cucharada de azúcar, por favor —pedí con una sonrisa tímida.
Tomé asiento en una mesita junto a la ventana. Cuando levanté la taza para dar el primer sorbo, casi escupí el café. No fue por lo caliente, sino porque justo frente a mí estaba alguien que conocía demasiado bien.
Era él.
Sentado solo, mirando su celular y bebiendo con calma. Un chico alto, de cuello largo y porte elegante; su cabello era un poco más largo de lo habitual, rebelde pero cuidado. Vestía una camisa negra, una chaqueta oscura y jeans. Aun así, destacaba entre todos.
Claro que sabía quién era.
Matthew Morrison.
El MATTHEW MORRISON, guitarrista de una banda que, aunque ahora olvidada, alguna vez fue un fenómeno. Desde la secundaria había estado completamente enamorada de él… o algo parecido, si es que se puede llamar amor a un sentimiento hacia alguien que solo conoces por fotos, revistas y blogs.
“¿Y si le pido un autógrafo?”, pensé, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho.
Matthew levantó lentamente la mirada de su teléfono al sentir mi presencia; sus ojos azules se encontraron con los míos por un segundo antes de desviarlos con naturalidad. Tomó otro sorbo de su café antes de hablar con voz serena pero ligeramente áspera:
—¿Necesitas algo, o solo vas a seguir mirándome como si fuera un espécimen raro?
Dejó el teléfono sobre la mesa y cruzó los brazos, inclinándose ligeramente hacia adelante. Su expresión era neutral, pero había un destello divertido en sus ojos al notar mi nerviosismo.
—Aunque supongo que ya te diste cuenta… sí, soy Matthew Morrison. Pero dejé la banda hace años, así que no esperes ningún autógrafo especial.
Se pasó una mano por el cabello rubio desordenado mientras murmuraba para sí mismo:
—Siempre pasa lo mismo cuando salgo a tomar café…
Mi nada discreta reacción había llamado su atención y mis mejillas se encendieron de inmediato. Sentí una punzada de vergüenza y un leve temblor en el estómago. Me invadió una mezcla extraña de nervios y culpa; incluso me arrepentí de haber pensado, aunque fuera por un segundo, en pedirle un autógrafo.
—Ah… disculpa, solo escupí el café porque estaba muy caliente —mentí torpemente, deseando que la tierra me tragara—. No quise importunarte.
Me levanté apresurada, intentando recoger mis cosas, que se me resbalaban de las manos una y otra vez. Sentía su mirada sobre mí, o al menos eso creía, lo que solo empeoraba mi torpeza.
Con el corazón aún acelerado, caminé hasta el mostrador.
—Disculpe, señorita… ¿podría regresarme mi cargador y mi celular? —pregunté en voz baja, encogiéndome un poco de hombros.
Matthew se levantó abruptamente de su silla, haciendo que esta rechinara contra el piso, y extendió su brazo largo para alcanzar mi celular antes que la barista.
—Espera —su voz fue más firme de lo previsto mientras sostenía mi dispositivo con mano segura—. No corras así… te vas a tropezar con esas prisas.
Sus cejas se fruncieron ligeramente al notar lo agitada que estaba. Sacó del bolsillo de su chaqueta un pañuelo negro y me lo ofreció sin ceremonias.
—Tienes café en la camisa. Y relájate, no soy un monstruo, aunque mi expresión diga lo contrario a veces.
—Gracias —alcancé a decir al fin, mientras aceptaba el pañuelo que me tendía y trataba de limpiar las manchas de café de mi camisa blanca.
El pañuelo olía a una mezcla de jabón suave y perfume masculino; algo discreto, pero cálido.
Él miró hacia el mostrador e hizo una señal a la barista antes de volver a clavar en mí esos ojos azules penetrantes.
—Siéntate. Tu teléfono cargará más rápido aquí, donde ya hay corriente preparada —señaló junto a su mesa con un movimiento preciso de mentón—. Y pide otro café… este va por mi cuenta.
Sus labios se curvaron en algo que casi podría ser una sonrisa fugaz.
—A menos que prefieras seguir derramando bebidas calientes sobre inocentes prendas blancas…
Matthew me ofrecía un café justo cuando intentaba emprender la huida.
Ahora, además, tenía secuestrados mi cargador y mi celular con la excusa de que “se cargarían más rápido en una toma especial detrás del mostrador”.
De querer escapar a estar sentada frente a él… había una diferencia abismal.
—Ah… yo… yo… —tartamudeé, intentando articular algo coherente.
No mucho después, la chica del mostrador se acercó con un nuevo café, idéntico al que había pedido antes, y lo dejó frente a mí con una sonrisa cómplice.
Yo solo deseé que el suelo se abriera para poder esconderme… aunque, parte de mí, no quería huir del todo.
Matthew observó con calma cómo mis intentos de salir huyendo terminaban en fracaso, y no pudo evitar que un atisbo de diversión cruzara su expresión generalmente estoica. Sentado frente a mí, cruzó los brazos y apoyó la barbilla en la palma de la mano, mirándome con una mezcla de curiosidad y burla.
—Tranquila, no voy a comerte —dijo con un toque de ironía en la voz.
Su mirada se posó en mi camisa manchada, con una ceja alzada en una expresión divertida.
—¿Eh? No… no pensé eso —respondí demasiado rápido, lo que solo empeoró las cosas.
Su expresión se volvió todavía más divertida ante mi reacción apresurada. Una media sonrisa asomó en las comisuras de sus labios mientras inclinaba ligeramente la cabeza, estudiándome con esa mirada penetrante.
—No lo parece. Parecías lista para salir corriendo en cualquier momento —comentó con frialdad; sus ojos azules brillaban con un atisbo de hilaridad.
Intentaba justificarme, aunque ni siquiera sabía bien qué estaba justificando. Solo quería huir de aquella situación tan incómoda… como solía hacerlo siempre. Mi mente, sin embargo, estaba completamente en blanco, y las palabras parecían esconderse justo cuando más las necesitaba.
—Ah… bueno, es que… —balbuceé, sintiendo cómo el calor me subía a las mejillas—. Soy… soy mala enfrentando conflictos con personas que no conozco —logré decir al fin, buscando una salida digna de la vergüenza.
No era del todo mentira.
Solo me pasaba con él.
Él escuchó mis palabras con calma; su expresión aún mantenía esa mezcla de burla y divertida ironía. Enarcó una ceja ante mi explicación apresurada y, por un momento, pareció que iba a decir algo más. Pero luego su mirada se suavizó un poco y soltó un leve suspiro antes de inclinarse hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.
—Tienes una excelente habilidad para encontrar situaciones incómodas, entonces —afirmó, aunque esta vez su tono era menos burlón, quizá incluso un poco amable.
No se equivocaba: tenía un talento especial para meterme en situaciones embarazosas, y esta sin duda superaba todas las anteriores. Aun así, notaba que su actitud había cambiado. Ya no era fría ni distante; había algo casi empático en su mirada, como si realmente intentara entenderme.
—Yo… es que me incomoda molestar a la gente —admití en voz baja, jugando con la taza entre mis manos—. Así que cuando percibo cierto rechazo… prefiero alejarme —añadí, esta vez con un hilo de sinceridad que me sorprendió a mí misma.
No era algo que soliera decir en voz alta, pero con él era distinto.
Quizás porque no formaba parte de ese mundo mío.
Quizás porque, por primera vez, no sentía que me estuvieran juzgando.
Matthew escuchó cada palabra con atención; su expresión se suavizó aún más al notar la honestidad en mi voz. Dejó su taza de café sobre la mesa y movió ligeramente el asiento para acomodarse mejor, como si finalmente hubiera decidido soltar parte de su distancia habitual.
—Entiendo eso… —respondió con un tono más cercano, jugando distraídamente con el borde del mantel—. Yo tampoco soy bueno aceptando ayuda cuando la necesito.
Hizo una pausa breve, como si estuviera evaluando qué tan sincero podía ser. Luego añadió, mirándome directamente a los ojos:
—…Pero hoy no estás molestando. Así que relájate. Y termina tu café antes de que se enfríe otra vez.
Por puro nerviosismo, tomé su sugerencia como si fuera una orden.
—Ah, sí… —murmuré antes de darle un gran sorbo a mi café.
Grave error.
El líquido estaba hirviendo y, en cuanto me quemó la lengua, mis ojos se abrieron de par en par.
—¡Aaah! —logré articular apenas, conteniendo el impulso de escupirlo.
Por orgullo —o tal vez por pura vergüenza— lo tragué, sintiendo cómo el calor me quemaba la garganta.
Las lágrimas me brotaron sin permiso y parpadeé rápido, intentando disimularlas, aunque era inútil. Mi cara debía estar roja como un semáforo.
Matthew se incorporó de repente, sorprendido por mi reacción a la temperatura del café y mis ojos llorosos. Sin previo aviso, puso su mano sobre mi mejilla, obligándome a mirarlo directamente.
—¿Te has quemado? —me preguntó con urgencia; su tono había cambiado por completo.
Su pulgar acarició suavemente mi piel, limpiando una lágrima traicionera que se había escapado.
Cuando se dio cuenta de lo íntimo de su gesto, apartó la mano bruscamente, como si mi piel realmente le quemara.
Me costó reaccionar cuando tomó mi rostro. El contacto apenas y había durado unos segundos… Me quedé inmóvil, sorprendida. Luego sentí cómo un rubor intenso me subía hasta las orejas.
Sabía que había sido un gesto inconsciente, pero la cercanía fue tan breve y tan real que me dejó sin aire.
—Lo siento… no tuve cuidado —murmuré, con la voz aún ronca por la quemadura.
El tono rosado de mis mejillas se transformó en rojo vivo y desvié la mirada, incapaz de sostener la suya.
Él me observó con sorpresa durante unos segundos antes de soltar un suspiro levemente agitado, aún afectado por la cercanía involuntaria. Reacomodó su asiento, buscando un poco de distancia para recomponerse.
—No, no es tu culpa —murmuró; su voz sonó un poco más ronca de lo habitual. Su mirada se deslizó hacia la taza de mi café, evitando mis ojos.
—No te… no deberías beber algo tan caliente tan rápido…
¿Cuántas veces puede una persona ponerse en vergüenza frente a alguien que admira —y que además le gusta— en menos de quince minutos?
Yo ya podía contar tres… y con facilidad.
Por lo que ahora tenía un conflicto interno monumental: una parte de mí quería salir corriendo, desaparecer antes de causar otro desastre; la otra deseaba quedarme un poco más, solo un instante más, junto a alguien que probablemente nunca volvería a ver.
Estaba convencida de que, en cualquier momento, él también buscaría una excusa para irse.
¿Quién soportaría a una chica tan torpe e incómoda como yo?
Aun así, no pude evitarlo.
Levanté la mirada con curiosidad, queriendo descubrir qué expresión tenía ahora.
Con el rostro ligeramente tenso, sus ojos azules finalmente se posaron en los míos, con una mezcla de sorpresa, confusión… y algo más que no podía identificar del todo. Su mano derecha formó un puño sobre la mesa, como si estuviera luchando contra un impulso. Cuando habló, su voz estaba controlada, pero se notaba un deje de tensión en ella:
—Deberías…
Se humedeció los labios y tomó un ligero suspiro antes de continuar:
—Deberías soplar el café antes de beberlo…
—Sí… prometo tener más cuidado —dije mientras volvía a tomar la taza entre las manos.
Soplé suavemente antes de probar el café, asegurándome de no repetir el desastre anterior. Esta vez, el sabor era agradable, tibio, y pude disfrutarlo en paz, aunque mi lengua todavía se sentía un poco entumida.
De vez en cuando, mi mirada se levantaba con curiosidad para espiarlo. No podía evitarlo; algo en él me atraía como un imán silencioso.
—Gracias por… las molestias que te has tomado por mí —dije al fin, rompiendo el breve silencio que se había formado entre los dos—. Creo que eso vale mucho más que cualquier autógrafo que pudieras darme.
Mi voz salió baja, algo temblorosa, pero completamente sincera.
Matthew escuchó mis palabras con atención y su expresión se suavizó un poco al ver la sinceridad en mis ojos. Su puño se aflojó sobre la mesa y apoyó ligeramente la barbilla en su mano, estudiándome con una mezcla de curiosidad y… ¿tal vez alivio? Su tono cambió de la tensión a uno más relajado y suave.
—No son molestias… —murmuró, sus ojos azules enfocados en los míos—. No podía dejar que tuvieras una experiencia tan desastrosa por un simple café…
La tensión en sus hombros se aflojó levemente. Una sonrisa pequeña pero sincera apareció en sus labios mientras me miraba con cierta admiración.
—Eso es… —pausó, buscando la palabra correcta—… inesperado.
Sus ojos brillaron con un destello cálido, alejándose por fin de esa seriedad habitual.
—No suelo hacer esto, pero… deberías tomar mi número —extendió su teléfono hacia mí con naturalidad—. Por si necesitas recomendaciones de café que no te quemen la garganta.
El comentario salió con un tono casual, aunque el gesto decía más que mil palabras: él no quería que esto terminara aquí.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando me ofreció su teléfono para guardar mi número.
Lo tomé con sumo cuidado, como si el mismísimo Santo Grial acabara de caer en mis manos.
Durante unos segundos, solo lo miré, incapaz de procesar lo que estaba pasando. Luego levanté la vista hacia él, con una mezcla de incredulidad y timidez.
—Ah… mi celular —balbuceé, encogiéndome un poco de hombros—. No puedo guardar tu número… sin él… —se me trabó la voz mientras señalaba el cargador tras el mostrador—. Sigue secuestrado.
Matthew soltó una breve carcajada —un sonido raro y sorprendentemente cálido— ante mi respuesta. Se levantó de la mesa con movimientos decididos y caminó hacia el mostrador.
—Secuestrado… —repitió entre dientes, claramente divertido por mi improvisada elección de palabras.
Con gesto autoritario pero amable, recuperó mi celular y cargador y los trajo de vuelta a la mesa.
—Toma, liberado bajo mi custodia personal —deslizó su propio teléfono hacia mí nuevamente—. Ahora, sin excusas.
Asentí y no pude evitar reír en voz baja cuando mencionó que levantaba el castigo penitenciario a mi celular antes de devolvérmelo.
Esta vez, al encenderlo, la pantalla brilló con vida: tenía un 50% de batería, suficiente para volver a casa… aunque, sinceramente, no quería hacerlo todavía.
Sin pensarlo demasiado, empecé a guardar su número. Escribí Matthew Morrison como nombre de contacto, aunque una parte de mí ya imaginaba futuros apodos ridículamente cursis. Me contuve; no quería quedar en evidencia tan pronto.
Sus ojos brillaban con un humor que contradecía completamente su reputación de tipo serio. Se inclinó ligeramente sobre la mesa para ver mejor mientras yo digitaba su número; un mechón rebelde de su cabello rubio se balanceó cerca de mi rostro… olía discretamente a brisa marina y algo inconfundiblemente suyo.
—¡Listo! —dije, levantando el teléfono para mostrarle la pantalla, mientras una sonrisa tímida se dibujaba en mis labios.
Su sonrisa creció un poco al ver el nombre y la nueva entrada en mi lista de contactos. Su mirada se posó después en mi rostro con una mezcla de satisfacción y cierto alivio, aunque en un segundo ya volvía a controlar su expresión.
—Perfecto… —se incorporó con la gracia propia de un gato, recargándose en el respaldo de la silla y cruzando los brazos con calma—. Entonces, ahora somos contacto directo… ¿y debo asumir que ya no vas a huir de mí?
El tono divertido había regresado a su voz.
Negué con la cabeza, como si intentara sacudirme el nerviosismo de encima.
—Gracias —murmuré, mirando mi celular como si en ese pequeño aparato pudiera ver todos los intentos fallidos que haría al intentar llamarlo algún día.
Me quedé un momento perdida en mis pensamientos, con la vista fija en la pantalla, hasta que algo me vino a la mente. Entonces marqué su número.
El tono de llamada sonó de inmediato y Matthew me miró con una expresión mezcla de sorpresa y curiosidad, justo antes de que colgara.
—Me llamo Anhy —dije con una sonrisa tímida, presentándome de forma indirecta… y dejándole claro, al mismo tiempo, qué nombre debía poner en su contacto.
Matthew pareció divertido por el hecho de que haya utilizado el contacto directo apenas lo ingresé. Su expresión cambió de sorpresa a diversión y no pudo evitar que un atisbo de sonrisa apareciera mientras escuchaba mi breve autopresentación.
—Anhy, eh… —repitió mi nombre con un toque suave y pensativo en su voz. Su atención se posó en mí, con un destello de curiosidad—. Es un nombre bonito, y bastante único.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa, con aire de cercanía.
—Gracias —dije, aún con una sonrisa nerviosa—. Matthew también es un nombre bonito… digo, bueno, cool, pero también me gustaba cuando te decían Matt, digo…
Las palabras empezaron a enredarse solas en mi boca, como si cada intento por arreglarlo lo empeorara más.
Podía sentir cómo me hundía con cada sílaba, y aun así, por alguna razón, no podía callarme.
Matthew se quedó mirándome con expresión inexpresiva durante unos segundos antes de que sus labios se curvaran apenas, dejando escapar un breve resoplido que bien podría haber sido una risa ahogada.
—Matt… —repitió el apodo, con cierta nostalgia en la voz—. No me llaman así desde hace años.
Sus ojos brillaban con algo cercano al entretenimiento mientras observaba cómo seguía hablando sin control.
Al final, no pudo resistirlo y dejó escapar un leve gruñido divertido:
—¿Respiras o solo hablas en piloto automático?
—Lo siento… —murmuré antes de apoyar la frente sobre la mesa.
Solté un quejido ahogado, algo entre un suspiro y un gemido frustrado, mientras lloriqueaba sin lágrimas.
—Cuando estoy nerviosa… no puedo controlarme —confesé, con la voz amortiguada contra la madera.
Era ridículo, lo sabía. Pero en ese momento prefería que la mesa me tragara antes que volver a mirarlo a los ojos.
Matthew se inclinó un poco más sobre la mesa, tratando de contener las carcajadas, pero sin éxito. No parecía que le divirtiera mi sufrimiento, sino mi forma de expresar nerviosismo.
—Tranquila… —intentó decir, con un tono calmante pero a punto de romperse. Sus ojos se entrecerraron con diversión, luchando por contener la risa de verdad que amenazaba con escapar—. No te comas la mesa…
—Al menos lo encuentras divertido… y no has salido corriendo —murmuré, sin levantar del todo la cabeza.
Rodé ligeramente mi rostro sobre la mesa, tratando de mirarlo a través de mi propia fachada de vergüenza. Desde esa posición, solo alcanzaba a ver su silueta y una parte de su sonrisa, pero fue suficiente para que mi corazón se acelerara un poco más.
Un suspiro mezcla de exasperación y entretenimiento escapó de sus labios mientras su mano, grande y cálida, se posó sobre mi cabeza con suavidad. Sus dedos se perdieron entre mi cabello por un segundo antes de dar un leve tirón juguetón; el tipo de gesto que haría alguien que no soporta verte esconderte pero tampoco sabe cómo consolar.
—Y no lo haré —su voz era inesperadamente cercana ahora, casi un murmullo ronco—. Así que puedes dejar la mesa en paz… Anhy.
Mi nombre en sus labios sonó como algo nuevo y fascinante.
Dum. Dum.
Sentí que mi corazón latía tan fuerte que cualquiera podría escucharlo.
Su gesto hizo que sintiera como si una flecha me atravesara el pecho.
No sabía si era por sus palabras —tan amables— o por la preocupación que reflejaba su mirada, pero me incorporé despacio, sin atreverme a romper el contacto visual.
El contacto permaneció aun después de que me enderecé: su mano descendió apenas, rozando mi cabeza y deteniéndose un instante en mi cuello, con una delicadeza que me dejó sin respiración.
Matthew observó con interés cómo mi nerviosismo dio paso a un estado casi hipnotizado. Su mirada siguió mis movimientos hasta que finalmente me senté derecha frente a él, con el contacto entre nosotros aún intacto. Su pulgar acariciaba mi cuello con un gesto suave y distraído.
Se tomó un momento para beber un sorbo de café, manteniendo su silencio, antes de romper el contacto para dejar su taza de vuelta en la mesa. Su voz volvió a sonar, levemente ronca y más cerca que antes.
—Así está mejor…
Su tono fue tranquilo, casi estoico. No estaba segura de si lo que acababa de pasar realmente había ocurrido o mi mente lo había exagerado, pero aquella sensación me envolvió en una calma extraña, lo bastante profunda como para hacerme olvidar mi timidez.
Imaginé que, siendo alguien con fama, debía estar acostumbrado a ese tipo de gestos, a fans nerviosas y miradas torpes. Yo solo era una más, lo sabía.
Aun así, no podía evitar sentirme feliz de estar viviendo ese momento.
Deseaba conocerlo más allá de las revistas y los blogs. Quería saber quién era realmente Matthew Morrison… aunque no sabía qué tanto podría acercarme. ¿Sería demasiado pedir querer estar un poco más cerca? ¿Al menos como amiga?
Sin pensarlo, llevé una mano al cuello, justo donde su toque había dejado un rastro tibio, casi imaginario.
Tomé un sorbo de mi café; ya no necesitaba soplarlo. Estaba lo suficientemente tibio como para beberlo con tranquilidad, mientras mi mente giraba en círculos, atrapada entre la razón y el corazón.
Matthew notó todo de reojo. El nerviosismo en mi mirada, la forma en que me mordía el labio cada tanto, el gesto suave de mis manos contra mi cuello… Su atención se enfocaba en cada detalle, absorbiendo como un imán toda la información que podía y procesándola a velocidad de vértigo.

Para él no era la primera vez que alguien mostraba interés en él. Sin embargo, en algún momento uno se llega a acostumbrar… pero esto era distinto. Algo se retorcía en su interior… y él no sabía bien cómo interpretarlo.
Permanecimos en silencio un rato más.
Pero, curiosamente, no era un silencio incómodo. Se sentía… tranquilo.
Miré el reloj: 9:35 a. m.
Ya había llegado tarde a clases, así que el tiempo dejó de importarme, al menos por ahora.
—Ahm… ¿vienes seguido a esta cafetería? —pregunté al fin, intentando romper la quietud con algo de torpeza.
Matthew alzó una ceja en señal de sorpresa ante mi repentina pregunta, aunque sus rasgos siguieron manteniendo la calma de siempre. Tomó otro sorbo de café y dejó la taza a un lado antes de responder.
—De vez en cuando. Cuando no estoy ocupado con exámenes o trabajos de la facultad —su tono era casual, con cierto deje indiferente—. Es tranquilo, y el café es decente.
Se apoyó contra el respaldo de la silla, cruzando los brazos mientras esperaba que yo siguiera.
—Oh… ¿estudias en la universidad que está cerca de aquí? —pregunté, mostrando un poco más de interés.
Quizá era una coincidencia, pero no pude evitar pensar en la posibilidad de que ambos compartiéramos más que una simple cafetería.
¿Sería posible que estuviéramos en la misma universidad?
La idea me pareció tan improbable como emocionante.
Una sonrisa casi indetectable apareció en sus labios por un instante al escuchar mi pregunta. Sus ojos brillaron con un breve destello, como si hubiera captado el significado entre líneas de mis palabras y su atención fuera totalmente mía en ese momento.
—Así es… Estudio Ingeniería Aeroespacial en la universidad cercana.
Su tono era tranquilo y neutral, pero su mirada era penetrante mientras esperaba ver cuál era mi reacción.
—¡Wow! —exclamé con una sonrisa—. Esa es toda una carrera.
—¿Te gustan las estrellas? —pregunté enseguida, incapaz de ocultar mi curiosidad.
Pareció relajarse ligeramente ante mi entusiasmo, y algo en su mirada se iluminó al escuchar la pregunta sobre las estrellas. Su respuesta vino con un aire más distendido de lo habitual.
—Sí… desde pequeño —sus ojos azules brillaron levemente al recordar—. Terry y yo solíamos mirarlas juntos en el techo de nuestra casa cuando éramos niños.
Hizo una pausa breve antes de añadir, con un tono más firme pero sin perder esa cercanía nueva:
—Ahora quiero entenderlas… no solo admirarlas desde lejos.
Era una declaración simple, pero reveladora: Matthew nunca hacía nada a medias.
Sus palabras me maravillaron; sentí cómo mis ojos se iluminaban sin poder evitarlo.
Era fascinante escuchar a alguien hablar con tanta pasión, con ese brillo en la voz que solo tiene quien realmente ama lo que hace.
¿Cómo podía gustarte algo tanto como para querer entenderlo por completo?
Me pareció profundamente admirable… más aún de lo que ya lo admiraba.
—¿Y quién es Terry? —pregunté con curiosidad, dando otro sorbo a mi café al oír ese nombre en la conversación.
Una expresión de nostalgia cruzó por los ojos de Matthew ante mi expresión fascinada, casi como si encontrara divertido el efecto que sus palabras tenían en mí.
—Terrence… es mi hermano pequeño. El único de mis hermanos y mi única familia, técnicamente hablando.
Una triste sonrisa se dibujó en sus labios al decirlo. Su tono cambió un poco, adquiriendo un toque reflexivo.
—Él también estaba interesado en la astronomía desde pequeño. Supongo que fue debido a las noches que pasamos juntos mirando las estrellas.
—Qué lindo debe ser llevarte bien con tus hermanos —dije con un tono entre triste y anhelante, bajando la mirada hacia mi café a medio terminar.
Revolví el líquido con la cucharita, observando cómo el remolino se deshacía poco a poco, como si en él se diluyera también mi voz.
Matthew captó el cambio en mi tono de inmediato. Su mirada se posó sobre mí con una curiosidad más intensa, aunque cuidadosa, como si midiera cada palabra antes de soltarla. Su voz bajó un poco:
—¿No tienes hermanos?
La pregunta era simple, pero llena de subtexto; no solo buscaba información, sino tal vez entender por qué mi expresión había cambiado al mencionar a Terrence.
Se inclinó levemente hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa —un gesto inusual en él—, como si intentara cerrar la distancia emocional entre nosotros.
Me encogí ligeramente de hombros.
—Sí… tengo una hermana —confesé sin mucho ánimo.
Hice una pausa antes de continuar, rodando la mirada hacia el cielo, como si allí pudiera encontrar las palabras adecuadas.
—Pero… no somos muy cercanas —admití al fin.
Me costaba hablar de eso.
Yo la quería, de verdad, pero ella siempre me había visto como una molestia. Y dolía un poco aceptarlo en voz alta.
Matthew me observó atentamente: cada gesto, cada palabra que salía de mis labios. Su gesto era serio, pero sus ojos expresaban comprensión. Su tono se mantuvo firme, pero con un dejo de compasión:
—Es un poco diferente a mí, entonces… —se mantuvo en silencio un momento más, observando el remolino en mi taza y luego levantando la mirada hacia mí una vez más.
Su expresión ahora reflejaba un leve toque de empatía.
—¿Por qué no lo son? Si puedo preguntar…
Tomé el último sorbo de mi café, como si en él pudiera encontrar un poco de valor.
Agradecía su interés, su tono sincero… y el hecho de que realmente pareciera escucharme.
—Bueno… —empecé, dudando un poco—. Me considera algo molesta. Ya te habrás dado cuenta de que soy un poco desastrosa, y ella no tiene mucha paciencia para eso.
Hice una breve pausa, bajando la mirada.
—Además, siempre juzga lo que hago y se burla cuando me equivoco —confesé en voz baja.
No era algo que soliera decir en voz alta, pero con él era distinto.
Quizás porque no formaba parte de ese mundo mío.
Quizás porque, por primera vez, no sentía que me estuvieran juzgando.
Matthew escuchó cada palabra con atención, procesando toda la información que yo le daba. Su mirada era intensa, llena de empatía y comprensión. Su tono era suave cuando decidió hablar, como si buscara entenderme más allá de lo que decía en la superficie.
—Entiendo… —hizo una pausa, tratando de elegir el mejor enfoque antes de seguir—. ¿Ella es mayor que tú?
Volví a mirar al cielo, buscando una respuesta que sonara medianamente coherente.
—No… de hecho, yo soy la mayor —dije al fin, rascándome la mejilla con nerviosismo.
—Ya sé que las hermanas mayores se supone que deben ser las confiables y maduras, pero… muchas veces parece que soy yo la menor. Mis gustos y mis ideas son un poco distintos a los de la “gente normal” —confesé, encogiéndome de hombros y hundiéndome un poco más en la silla.
No sabía muy bien cómo explicar mi relación con ella. No era algo complicado, exactamente… solo era esa distancia constante que dolía más de lo que me gustaba admitir.
Matthew se recostó en su silla, escuchándome con atención. Un gesto de reconocimiento apareció en sus ojos ante mi respuesta, uniendo algunos cabos.
—Así que eres la mayor… pero no la más madura a sus ojos.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios; no era de burla, sino más bien un gesto que revelaba una comprensión inesperada entre los dos.
—¿A qué te refieres con “tu definición de gente normal”?
Me sonrojé; ¿realmente me estaba pidiendo que definiera a la gente normal?
Rodé los ojos, más por nervios que por fastidio, buscando en mi mente una respuesta medianamente decente.
—Bueno… —empecé, jugando con la taza entre mis manos—, ya sabes… estar siempre a la moda, salir a lugares nocturnos, hablar solo de los artistas del momento o de los programas de televisión populares… —enumeré al azar, sin mucho convencimiento.
Eran ejemplos vagos, casi improvisados, pero suficientes para desviar la atención de mí misma.
No quería ser demasiado específica.
Una parte de mí temía que, si lo era, él también me viera como alguien demasiado extraña.
Él escuchó atentamente cada uno de mis ejemplos, tratando de encontrar entre las palabras el verdadero motivo de mi frustración. Su expresión era pensativa. Su tono, reflexivo al responder:
—Entiendo… son actividades y temas popularmente aceptados por la mayoría de la gente.
Hizo una breve pausa antes de continuar, con una mirada comprensiva en sus ojos mientras me observaba.
—Y supongo que tú no encajas mucho en esa descripción.
Negué suavemente con la cabeza.
—Generalmente no sé cómo encajar en las conversaciones normales —admití en voz baja—. Me siento fuera de lugar, como si hablara otro idioma.
A veces, cuando intento integrarme, parece que mis comentarios no encajan… como si siempre llegara un segundo tarde o dijera lo que nadie esperaba.
Mis dedos jugueteaban con la taza vacía, haciéndola girar una y otra vez sobre el plato, buscando en ese movimiento una calma que no encontraba en las palabras.
Matthew me observaba con atención mis movimientos nerviosos, percibiendo la ansiedad tras cada gesto y cada palabra. Su tono siguió siendo suave, como si buscara crear un puente entre ambos en ese silencio que parecía llenarlo todo.
—Es como hablar en dos lenguajes distintos, con diferentes códigos y reglas.
Pausó, sopesando su siguiente frase. Su mirada reflejaba una comprensión profunda de mi situación.
—Se siente… solitario, ¿verdad?
—¡Sí! ¡Justo eso! —exclamé, con los ojos muy abiertos.
Mis ojos debieron brillar, sorprendidos, como si él hubiera encontrado las palabras exactas que yo llevaba tanto tiempo buscando.
Sentí una oleada de emoción recorrerme; por primera vez, alguien parecía entenderme de verdad, sin juzgar ni reírse.
No pude evitar sonreír, aliviada, con esa alegría inesperada que nace cuando alguien te ve de verdad.
Matthew pareció conmoverse un poco, aunque solo hubiera sido una mínima sonrisa fugaz la que dejó entrever.
Se reclinó un poco más en su silla, con los ojos fijos en mí como si ahora viera algo que antes no le habían mostrado nunca.
—Todos tenemos nuestros propios idiomas… —su voz era firme pero cálida; casi protectora—. A veces solo hay que encontrar a alguien dispuesto a escuchar el tuyo.
Le sonreí tímidamente.
—Supongo… —fue lo único que pude decir, aunque por dentro sentía que las palabras no eran suficientes.
Encontrar a alguien que hablara mi mismo “idioma” era algo que nunca imaginé posible.
—Gracias por escucharme —añadí con sinceridad, dejando que mi voz sonara suave, casi un susurro.
Volví la mirada hacia mi taza. El café se había terminado y, con él, tal vez también el tiempo que nos quedaba.
Una parte de mí temía que este momento acabara, porque me sentía extrañamente en paz.
Demasiado a gusto.
Y sabía que no podría retener esa calma para siempre.
Sus ojos azules brillaron con algo parecido al afecto cuando le agradecí, aunque su expresión siguió siendo en gran medida inexpresiva. Sus manos se posaron sobre la mesa, como si buscaran distraer su mente de lo que fuera que sentía en ese momento.
—De nada… —sus palabras sonaron más cálidas de lo esperado; tanto así que él mismo pareció sorprenderse por ello.
Alzó la vista hacia el reloj y luego de vuelta a mí.
—¿Cuándo tienes que irte? —preguntó, tratando de no sonar demasiado interesado, pero sin lograrlo del todo.
Su pregunta me provocó una punzada en el pecho; había llegado antes de lo que temía.
Probablemente ya debía irse y yo no quería que eso pasara. Aun así, sabía que nada dura para siempre, y ese pensamiento me dolió más de lo que esperaba.
—Bueno… en realidad ya llegué tarde a clases —admití con una sonrisa avergonzada—, así que técnicamente ya no tengo un horario fijo por hoy.
Me encogí de hombros, intentando restarle importancia.
—Pero si tienes que irte, lo entiendo —añadí rápido, aunque mi voz traicionó una ligera nota de decepción.
Se detuvo un momento al escuchar mi respuesta, y aunque su rostro mantuvo la compostura habitual, algo en sus ojos cambió. Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—No tengo ninguna prisa… —sus palabras eran sencillas pero contundentes. Su tono, más cercano de lo que había sido hasta ahora—. Podemos tomarnos nuestro tiempo.
Hizo una pausa antes de añadir, con un toque casi imperceptible de humor:
—A menos que tú sí quieras irte…
Negué enseguida, intentando disimular la sonrisa que amenazaba con escaparse.
—No, no, de hecho me siento a gusto —dije rápido, quizá demasiado—. No pensé que hablar contigo fuera tan fácil.
Hice una pausa y, apenas las palabras salieron de mi boca, me di cuenta de cómo podían sonar.
—¡Ah! Pero… pero me refiero a que es sencillo hablar contigo, no a que seas… ya sabes, de los que hablan con todo el mundo y… —me detuve, sintiendo cómo mi torpeza verbal volvía a sabotearme.
Genial. Otra vez hundiéndome en mis propias palabras.
Matthew observó cómo mis frases salían entrecortadas y desordenadas y una mirada divertida bailó en sus ojos. Su tono siguió siendo sereno, pero con un toque de humor que delataba cuánto le divertía la manera en que me enredaba al hablar.
—Tranquila… —se inclinó más hacia delante, apoyó los codos en la mesa mientras me observaba con interés creciente—. Sé lo que trataste de decir.
Me sonrojé de nuevo, encogiéndome un poco de hombros.
—Quisiera poder conocerte más —admití con timidez, apenas levantando la mirada hacia él—. ¿Te molestaría si te sigo haciendo preguntas?
Esperé su reacción con el corazón latiendo más rápido, buscando en su rostro algún indicio de aprobación.
—Ah… y si tú quieres también puedes preguntarme lo que sea —añadí, apresurada—. Aunque lo mío no es tan interesante, claro —murmuré, bajando la voz.
Aun así, no podía evitarlo: quería saber más.
Mucho más.
De él, de su vida, de la persona detrás del nombre que por años solo había leído en pantallas.
Sus ojos siguieron cada gesto y cada palabra; su expresión, aunque calmada como siempre, demostraba un creciente interés. Su tono seguía siendo tranquilo, pero ahora mostraba una pizca de satisfacción.
—No me molestaría para nada. De hecho… me gustaría responder a tus preguntas.
Una sonrisa apareció en sus labios, casi imperceptible pero presente.
—Y, bueno… supongo que eso significa que yo también puedo hacer preguntas… —
No esperaba encontrarlo tan interesado en alguien tan extraño como yo…
Asentí con tanta fuerza que probablemente parecí exagerada.
—¡Claro! Las que quieras hacer —respondí con una mezcla de emoción y nervios, incapaz de ocultar la sonrisa que se extendía por mi rostro.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi entusiasmo no resultaba fuera de lugar.
Había algo en su mirada, tranquilo pero atento, que me hacía sentir que no necesitaba contenerme.
Matthew no pudo evitar sonreír al ver mi reacción.
—Hm… ya veo. Bueno, entonces creo que podría hacer la primera pregunta.
Se inclinó más hacia delante; los codos aún apoyados en la mesa mientras me observaba con esa mirada intensa.
Su tono seguía siendo tranquilo, pero ahora también parecía… curioso.
—Empecemos con algo simple: ¿qué edad tienes? Creo que todavía eres estudiante, pero no es tan fácil adivinar…
—¡Ah! Tengo veintidós años —respondí con una sonrisa entusiasta—.
Aunque todos dicen que parezco mucho menor —añadí, soltando una pequeña risa.
No pude evitar sonreír aún más al darme cuenta de que había sido él quien hizo la primera pregunta. Era una tontería, pero, por alguna razón, eso me hizo sentir especial.
Asintió suavemente, procesando la información. Su mirada reflejaba la satisfacción de alguien que acababa de confirmar una suposición.
—Veintidós… sí, pensé que podría ser algo así.
Se acomodó un poco en su silla, manteniendo su gesto estoico, aunque con los ojos aún en mí.
—Es cierto que luces joven para alguien de esa edad. La mayoría de las veces diría que tienes dieciocho o diecinueve, como mucho.
—Tú también tienes veintidós, ¿cierto? —pregunté, alzando una ceja con una sonrisa traviesa.
Sin discreción de mi parte, claramente su fecha de cumpleaños era un dato que conocía a la perfección.
—Entonces soy mayor que tú… ¡por un mes completo! —dije con aire de orgullo, como si eso me convirtiera automáticamente en alguien más madura.
Claro que no lo era, pero al menos me gustaba imaginarlo. A veces, divagar me resultaba mucho más divertido que admitir la realidad.
Una risa breve escapó de su boca ante mi tono triunfante. Su expresión se suavizó ligeramente, con una pizca de diversión en sus ojos azules.
—Un mes. Sí, claro…
Se llevó una mano a la barbilla, fingiendo consideración.
—Claro, eres más “grande y madura” por ese margen tan… enorme… —respondió con un toque de sarcasmo.
Reí con nervios, llevándome una mano a la nuca mientras trataba de mantener la compostura.
—Bueno… creo que ahora me toca preguntar a mí —dije, intentando desviar el tema, aunque mi incomodidad probablemente era más que evidente.
Hice una pausa, dudando apenas un instante antes de atreverme:
—¿Has abandonado por completo la música?
Su expresión se volvió más seria, aunque siguió escuchándome con atención. Algo en sus ojos pareció endurecerse ligeramente. Su tono se volvió más firme y su respuesta fue clara, sin vacilar:
—Sí, prácticamente.
Una breve pausa y una sonrisa cínica apareció en sus labios.
—No hay mucho que echar de menos, de todos modos…
No pude evitar sentirme un poco triste al escucharlo decir que había dejado la música. Tomé aire con cuidado antes de hablar, temiendo que mis palabras sonaran torpes o fuera de lugar.
—Bueno… si te sirve de algo —empecé, sin estar del todo segura—, tus canciones me ayudaron mucho en momentos en los que no me sentía bien.
La pasión con la que cantabas y tocabas… siempre llegaba al alma —dije, mirándolo con una tímida sonrisa.
—Es un poco triste pensar que quizá ya no haya oportunidad de volver a escucharte —continué con suavidad—, pero entiendo que a veces la vida nos obliga a dejar atrás cosas que amamos.
—Aun así, estoy realmente agradecida de haber podido escucharte, de verdad.
La mirada de Matthew se suavizó al escuchar mis palabras y, aunque mantuvo su compostura habitual, algo en sus ojos pareció reflejar un agradecimiento genuino. Su tono fue más cálido que antes, pero aún firme.
—Gracias… —hizo una pausa breve mientras organizaba sus pensamientos—. Pero la música ya no es lo mismo para mí. Lo disfruté mientras duró… pero ahora hay otras cosas en las que enfocarme.
Sus palabras eran sinceras; no había resentimiento en ellas, solo aceptación de un cambio inevitable.
—Claro, lo entiendo —agregué rápido, casi atropellando mis propias palabras.
No quería que se sintiera incómodo ni que pensara que lo presionaba. Solo quería que supiera cuánto valoraba lo que había hecho… sin que eso sonara como una carga.
Una sonrisa apareció en los labios de Matthew; fue apenas una breve expresión, pero revelaba comprensión.
—No te preocupes, no me siento presionado. Sé que tienes buena intención —lejos de sentirse incómodo, parecía que se sentía extrañamente… confortado por mi sinceridad—. Agradezco tus palabras. Es reconfortante saber que mis canciones pudieron significar algo para alguien.
—Bueno… creo que te toca a ti —sonreí apenas, aunque mis ojos buscaron cualquier punto de la habitación que no fueran los suyos.
Era evidente que estaba nerviosa y una parte de él parecía sentirse intrigado por mi comportamiento. Su tono cambió a uno más suave.
—Sí… —se cruzó de brazos y una mirada calculadora apareció en sus ojos mientras estudiaba mi rostro—. Quiero hacerte una pregunta…
Se inclinó levemente hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Su mirada era penetrante, pero no intimidante; más bien… curiosa.
—¿Por qué te cuesta tanto mantener el contacto visual conmigo?
La pregunta salió directa, pero sin dureza. Había notado cómo mis ojos buscaban cualquier excusa para no encontrarse con los suyos.
“Ah…” Demonios… me descubrió.
Su pregunta me dejó sin escape y, por un segundo, mi mente se llenó de excusas torpes. Ninguna sonaba menos vergonzosa que la verdad: me gustaba demasiado como para sostenerle la mirada.
—Yo… —balbuceé, buscando una salida. El silencio se hizo incómodo.
—Es que… tus ojos son demasiado lindos. Me pone nerviosa mirarte.
Mi boca lo soltó antes de que mi cerebro pudiera detenerla. Apenas lo dije, sentí el calor subir a mis mejillas. Ojalá hubiera podido tragármelo junto con las palabras.
Sus ojos se abrieron ligeramente ante mi respuesta y, aunque su expresión siguió siendo estoica, hubo un segundo de sorpresa que no pudo ocultar. Su tono se tornó inesperadamente más suave.
—…Vaya —una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios antes de volver a controlarla—. No es algo que me digan a menudo… —respondió con cierto aire entre tímido y satisfecho—. Pero supongo que agradezco el cumplido.
Juro que me puse tan roja que podría haber pasado por un tomate.
¿Cómo demonios pude decir eso? Quería desaparecer del planeta en ese preciso instante.
Una pequeña sonrisa se escapó de Matthew antes de que pudiera contenerla.
—Tranquila… —su tono era bajo, casi juguetón—. No es necesario que te pongas así. No soy tan malo como para burlarme.
Se inclinó hacia adelante ligeramente, bajando la voz para añadir con un toque de humor:
—Aunque sí, eres bastante honesta… eso es bueno.
Se recostó en su silla, dejando escapar un suspiro apenas audible. El momento había sido inesperado para ambos, pero no incómodo. Sus ojos se posaron en mí con una mirada que ahora era más cálida de lo habitual.
—Bueno… supongo que ya es tarde —miró el reloj brevemente antes de volver a encontrarse con mi vista—. Deberíamos irnos.
Aunque sus palabras eran pragmáticas, su tono revelaba cierta renuencia a terminar la conversación tan pronto.
Miré el reloj y sentí cómo el corazón se me encogía: ya era hora de que se fuera.
Asentí en silencio, aunque la tristeza debía de delatarme.
—Sí… supongo —logré decir, forzando una sonrisa que se rompía por dentro.
Cada minuto con él había sido un pequeño tesoro, uno que sabía que pronto se esfumaría. Empecé a recoger mis cosas con lentitud, revisando una y otra vez, solo para retrasar lo inevitable.
Matthew entonces se levantó de su asiento con calma y, por primera vez, fue él quien tuvo problemas para encontrar las palabras adecuadas.
—Hey… —su tono era suave, casi vacilante—. Antes de irte, quiero pedirte una cosa…
—Ah, claro —dije, inclinando ligeramente la cabeza mientras lo observaba. No pude evitar preguntarme, con cierta intriga, qué sería lo que iba a pedirme.
Sus ojos azules se clavaron en los míos con una intensidad que me tomó por sorpresa. Su voz fue más suave, como si eligiera cuidadosamente cada palabra.
—Que no desaparezcas.
La frase sonó inesperadamente. Respiró hondo antes de continuar, dejando claro que esa petición no era casual.
—No quiero que esta conversación termine aquí… si tú tampoco lo deseas.
—¡Ah! ¡No! ¡Claro que me encantaría volver a verte! —exclamé, sin poder evitar que una sonrisa amplia se escapara.
Saqué el teléfono con algo de torpeza y le mostré mi nuevo contacto, intentando parecer tranquila, aunque el corazón me latía con fuerza.
—Te escribiré… o bueno, esperaré a que tú lo hagas —añadí con una sonrisa nerviosa.
Sonrió al ver mi reacción y cómo le mostraba su contacto en mi móvil.
Su gesto cambió a uno de satisfacción, como si esa simple señal lo reconfortara más de lo que quería demostrar.
—Está bien —respondió con calma, aunque la mirada en sus ojos denotaba cierto alivio—. Escríbeme, ¿de acuerdo?
Una pausa antes de añadir, casi en un murmullo:
—…Y espera mis mensajes también.
—¡Sí! —dije alegremente mientras me despedía, agitando la mano.
Al salir de la cafetería, eché un último vistazo hacia atrás: él seguía allí, de pie, sin dejar de mirarme.
Sentí cómo mis mejillas se teñían de un suave tono rojizo antes de tomar mi celular, ponerme los audífonos y abrir mi lista de reproducción. Mientras la música comenzaba a sonar, busqué en el GPS el camino de regreso a casa.
Cap. 1.1 Matthew Morrinson
No era fanático de los lugares concurridos, pero esa cafetería tenía algo que los demás no: silencio. O al menos, el tipo de silencio que se filtra entre el ruido de las tazas y el murmullo lejano de conversaciones ajenas. Chesire siempre olía a café recién molido y madera húmeda; era un rincón donde nadie me reconocía… la mayoría del tiempo.
El café estaba tibio, justo como me gustaba, y mi teléfono mostraba notificaciones que prefería ignorar. Mensajes de antiguos conocidos, promesas de “reuniones” que sabían a pasado.
No quería nada de eso.
Cuando levanté la mirada, fue solo por reflejo. Y ahí estaba ella.
Una chica con el cabello revuelto por el viento, camisa blanca y ojos que parecían debatirse entre la vergüenza y la fascinación.
La había sentido antes de verla —esa clase de atención silenciosa que atraviesa el aire como una vibración—.
Conocía esa mirada. La del reconocimiento.
La del “no puede ser él”.
Inspiré hondo antes de hablar. Mi voz salió más brusca de lo que pretendía, pero la costumbre pesa cuando uno está cansado de ser mirado como un eco de lo que algún día fui.
—¿Necesitas algo o solo vas a seguir mirándome como si fuera un espécimen raro?
Dije eso, pero en realidad me divertía un poco. Había una torpeza genuina en su manera de quedarse congelada. No era la típica fan con un celular lista para una foto; era más bien alguien que había chocado con el pasado por accidente.
Su mentira sobre el café caliente me arrancó una sonrisa que intenté disimular. Era transparente, y en un mundo donde todos actúan, eso resultaba casi refrescante.
Cuando se levantó apresurada, pensé que la escena terminaría ahí. Pero verla tropezar con su propia prisa me empujó a actuar por puro instinto.
—Espera. —Mi voz salió más firme de lo necesario.
Tomé su teléfono antes que la barista. No era galantería; era una excusa para detenerla, para entender por qué su presencia me había roto la monotonía de esa mañana.
Le ofrecí mi pañuelo para que pudiera limpiarse un poco las manchas de café que ahora adornaban su camisa, noté sus manos temblorosas y esa respiración entrecortada que no tenía nada que ver con miedo, sino con nervios.
——Tienes café en la camisa. Y relájate, no soy un monstruo aunque mi expresión diga lo contrario a veces.— Me sorprendió escucharme tan calmado. Tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, me importaba no parecerlo.
Cuando le tendí el pañuelo, vi cómo lo aceptó con ese cuidado torpe de quien teme arruinar hasta un gesto amable.
Era mi pañuelo de siempre —sin pretensión, sin historia—, y aun así, verla sostenerlo como si significara algo me desarmó un poco.
Le señalé la mesa y fingí desinterés.
—Siéntate. Tu teléfono cargará más rápido aquí donde ya hay corriente preparada. Señalé junto a mi mesa con un movimiento preciso de mentón —Y pide otro café... este va por mi cuenta.
El sarcasmo salió solo al final:
—A menos que prefieras seguir derramando bebidas calientes sobre inocentes prendas blancas.
La barista asintió, acostumbrada ya a mis rarezas.
Yo, en cambio, me quedé observándola de reojo mientras volvía a su asiento.
No sabía por qué quería que se quedara. Tal vez porque su torpeza no pedía nada.
O quizá porque, por primera vez en meses, alguien me miraba sin recordar la música.
A veces olvido lo fácil que es romper la calma con algo tan simple como una mirada.
Ella seguía ahí, sentada frente a mí, con los dedos temblando alrededor de la taza, y yo no sabía si reír o pedir disculpas por la incomodidad que parecía causarle solo por existir.
La barista apareció con otro café, y el leve brillo cómplice en su sonrisa me provocó una punzada de fastidio. No era una escena para miradas curiosas; era solo una chica intentando no desaparecer.
—Tranquila, no voy a comerte.
Dije eso con ironía, pero en realidad lo que quería era aliviar la tensión que yo mismo había creado.
Cuando respondió tan rápido, tan nerviosa, la mitad de mí quiso reír, y la otra mitad… no supo por qué la encontraba tan genuina. Había en ella una transparencia que me resultaba casi incómoda.
Yo estaba acostumbrado a la gente que medía cada palabra, no a alguien que las tropezaba.
Mientras hablaba, intenté mantener esa distancia habitual, esa barrera que me había salvado de demasiadas conversaciones forzadas. Pero ella…
Ella decía cosas que desarmaban sin esfuerzo.
“Soy… soy mala enfrentando conflictos con personas que no conozco.”
Su voz tembló, pero no por miedo, sino por honestidad. Y eso me golpeó de una forma extraña.
Suspiré, bajando la mirada a mi taza, fingiendo desinterés para no delatar el leve tirón en el pecho.
—Tienes una excelente habilidad para encontrar situaciones incómodas —le dije con un tono que sonaba burlón, pero en el fondo era más suave de lo que pretendía.
No lo pude evitar. Me vi reflejado en ella: alguien que también se sentía fuera de lugar la mayor parte del tiempo.
“Me incomoda molestar a la gente…”
Sí. Eso lo entendía mejor de lo que hubiera querido admitir.
No era solo empatía. Era reconocimiento.
—Yo tampoco soy bueno aceptando ayuda cuando la necesito —acabé confesando sin pensarlo demasiado.
Y cuando dije que no estaba molestando, lo hice con la intención sincera de hacerla respirar un poco. Pero en ese momento, algo cambió.
Su sonrisa nerviosa, sus dedos jugueteando con la taza… la vulnerabilidad de la escena me atrapó sin aviso.
Y entonces lo hizo. Bebió el café como si fuera agua.
El gesto fue tan repentino, tan torpe, que antes de procesarlo ya la tenía frente a mí con los ojos llorosos.
—¿Te has quemado? —pregunté, mi voz más tensa de lo que esperaba.
Mi mano se movió sola, buscando su rostro, el calor de su piel bajo mis dedos. Una lágrima diminuta se deslizó por su mejilla y, sin pensarlo, la limpié con el pulgar.
Fue apenas un segundo, pero el tiempo pareció estirarse, detenido entre el contacto y la respiración.
Y luego, el golpe de realidad.
Aparté la mano rápido, demasiado rápido. Sentí el vacío inmediato, el frío.
“Idiota”, me dije en silencio. Había cruzado una línea que ni siquiera sabía que existía.
Ella murmuró algo, una disculpa absurda, con la voz temblorosa y la mirada esquiva.
Yo intenté recomponerme, pero el aire se había vuelto espeso.
El calor que antes venía del café ahora me quemaba desde dentro.
—No es tu culpa —dije al fin, aunque en realidad hablaba también por mí.
—Deberías… deberías soplas al café antes de beberlo, ¿sí?
Sonó estúpido, pero fue lo único que pude decir sin dejar que se notara lo mucho que me había afectado ese instante.
Mientras ella soplaba la superficie del café y lo bebía despacio, observé el movimiento suave de sus manos, el rubor aún persistente en sus mejillas, y algo en mí —algo que llevaba tiempo dormido— se removió con fuerza.
No era deseo, ni siquiera interés inmediato.
Era una sensación distinta: la necesidad absurda de quedarme un poco más, de escucharla hablar otra vez.
Y eso, para alguien como yo, era peligroso.
Había algo diferente en el silencio que se formó entre nosotros.
No era incómodo. Era… denso. Como si el aire mismo contuviera una verdad que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.
Ella me miraba como si esperara que en cualquier momento me levantara y me fuera.
Y, por alguna razón, la idea me incomodó más de lo que hubiera querido admitir.
No tenía intención de irme.
De hecho, lo único que me costaba era mantenerme quieto, no seguir ese impulso casi instintivo de acercarme un poco más.
Su mirada se alzó hacia mí —tan transparente, tan sincera—, y algo en el pecho me dio un vuelco.
No sé qué demonios me pasa últimamente, pensé.
Solo iba a tomar un café, no a involucrarme en una conversación que me hiciera sentir vivo otra vez.
Mi mano se cerró en un puño sobre la mesa. No por enojo, sino para evitar hacer algo impulsivo.
La forma en que sus ojos buscaban los míos, temerosos y curiosos al mismo tiempo, tenía una fuerza que desarmaba cualquier máscara.
Cuando me dio las gracias, hubo un matiz en su voz —esa mezcla de timidez y gratitud sincera— que me obligó a bajar la guardia.
“No son molestias”, dije, y me escuché más honesto de lo que debería.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que alguien me miró sin esperar nada.
Ni fama, ni recuerdos, ni el eco de una banda que ya no existía.
Solo yo, sentado frente a una chica que se quemaba la lengua por no parecer torpe.
La sonrisa se me escapó antes de poder controlarla. Pequeña, sincera, incómoda incluso para mí.
“Inesperado”, murmuré, sin saber muy bien si me refería a ella, al momento o a la sensación de calma que me provocaba.
No suelo hacer esto, pero... deberías tomar mi número.
Las palabras salieron antes de que el pensamiento pasara por el filtro del sentido común.
¿Para qué lo dije? Ni yo mismo lo tenía claro. Pero cuando vi su expresión —esa mezcla de asombro y felicidad nerviosa— supe que no me arrepentiría.
—Secuestrado— repitió ella al hablar de su teléfono, y tuve que girarme para ocultar la risa.
Cuánto tiempo había pasado desde que alguien me hacía reír así, sin esfuerzo, sin pose.
Fui hasta el mostrador, recuperé su celular y lo devolví con un comentario que sonó más juguetón de lo que pretendía.
—Toma, liberado bajo mi custodia personal.
Su sonrisa al escuchar eso fue suficiente para arruinarme la compostura.
Y cuando escribió mi nombre en el contacto, su concentración era tan genuina que no pude evitar inclinarme un poco para mirar.
Su cabello olía a jabón y a aire frío de la mañana.
Y durante un instante, demasiado breve, me pareció que el mundo se reducía a esa mesa y su respiración.
—Entonces, ahora somos contacto directo… ¿y debo asumir que ya no vas a huir de mí?”
Intenté sonar ligero, pero había algo más en mi voz.
Una esperanza pequeña, apenas disfrazada de broma.
Cuando ella me llamó desde su teléfono y se presentó —“Me llamo Anhy”—, no pude evitar repetir su nombre en voz baja, como probando su sonido.
Era bonito. Tenía carácter.
Y me gustó demasiado cómo se sentía en mi boca.
Luego vinieron sus tropiezos verbales, su intento de arreglar lo que no necesitaba arreglo.
Cada palabra que enredaba la hacía más humana, más distinta a todo lo que me rodeaba desde hacía años.
Y sí, me reí.
De verdad me reí.
—¿Respiras o solo hablas en piloto automático? —bromeé, sin malicia, solo para aliviarle el rubor que le subía al rostro.
Cuando escondió la cara en la mesa, me di cuenta de algo que no esperaba: quería consolarla.
No por pena, sino porque me resultaba imposible verla esconder su rostro cuando su presencia iluminaba el espacio más que cualquier foco de Chesire.
Me incliné hacia adelante y posé la mano sobre su cabeza, con cuidado.
El contacto fue breve, natural. Mis dedos se hundieron apenas en su cabello, cálido y suave.
“Y no lo haré —susurré—, así que puedes dejar la mesa en paz… Anhy.”
Su nombre me salió más bajo, más íntimo.
Demasiado.
Y aun así, no me retracté.
Cuando levantó la cabeza, nuestros ojos se encontraron, y el mundo volvió a detenerse.
Mi mano descendió apenas, rozando su cuello. Fue un gesto pequeño, pero cargado de una calma que no entendía.
No era atracción. O no solo eso.
Era esa sensación extraña de haber encontrado algo que no buscaba, algo que dolía de lo real que se sentía.
Me obligué a apartar la mano antes de quedarme demasiado tiempo.
Tomé un sorbo de café, intentando disipar el calor que no venía de la taza.
Ella llevó su mano al cuello, justo donde la había tocado, y no pude evitar mirarla.
Cada pequeño gesto suyo —la respiración, el temblor de sus dedos, la mirada perdida en la taza— se me grababa sin permiso.
No era una fan. No era una extraña más.
Era alguien que me recordaba que, a veces, incluso después de todo, uno todavía puede sentir.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue… necesario.
Como si ambos supiéramos que cualquier palabra podría romper algo que, sin saber cómo, habíamos empezado a construir.
Ella miró la hora con una expresión que intentaba ser despreocupada, pero en sus ojos se veía algo más: una pequeña rendición ante el momento.
Yo ya había decidido que no me importaba el tiempo. No mientras ella siguiera ahí, frente a mí, con esa mezcla de torpeza y curiosidad que resultaba… imposible de ignorar.
“¿Vienes seguido a esta cafetería?”
Su pregunta fue tan sencilla, tan desarmante, que me sacó una sonrisa contenida.
Nadie me hablaba así desde hacía años, sin una intención oculta.
—De vez en cuando… —respondí, como si no tuviera importancia, aunque dentro de mí se encendió algo cálido, algo que me decía que esa charla trivial me gustaba más de lo que admitiría.
Cuando mencionó la universidad, noté su interés. No disimulaba, y eso la hacía genuina.
—Estudio Ingeniería Aeroespacial —le dije, y vi cómo sus ojos se encendieron de sorpresa.
Su reacción me recordó lo que era compartir algo propio y ver cómo alguien lo valora sin burlas ni juicio.
—Terry y yo solíamos mirar las estrellas juntos —añadí casi sin pensar. El nombre salió solo, y al instante sentí el peso de la nostalgia posarse sobre mí.
Cuando preguntó quién era Terry, una punzada suave me recorrió el pecho.
Mi hermano. Mi familia. Mi ancla, cuando todo lo demás se hundió.
—Es mi hermano menor —dije, y sonreí apenas, aunque fue una sonrisa triste. —Él también amaba las estrellas.
No solía hablar de él, pero con ella… no se sintió extraño hacerlo.
Entonces la vi bajar la mirada.
El tono alegre de su voz se deshizo en un susurro.
Y, sin quererlo, me descubrí queriendo entender qué había detrás de esa tristeza repentina.
“¿No tienes hermanos?”
La pregunta salió más suave de lo que planeé. No era curiosidad; era empatía.
Cuando me dijo que sí, pero que no eran cercanas, entendí más de lo que ella dijo.
La forma en que se encogió de hombros, la voz contenida, esa sonrisa que intentaba parecer tranquila… todo eso lo había visto antes. En mí.
Escuché sin interrumpir, porque a veces lo único que alguien necesita es ser escuchado.
—Es solitario, ¿verdad? —murmuré al fin, sabiendo que tocaba una fibra delicada.
Y su reacción… fue pura luz.
Sus ojos brillaron de una manera que no recordaba haber visto.
Por un momento, me olvidé de todo lo que pesaba en mi vida: el pasado, la música, los nombres, los recuerdos.
Solo quedaba ella, y el sonido de su voz agradeciéndome por entenderla.
—Todos tenemos nuestros propios idiomas… solo hay que encontrar a alguien dispuesto a escuchar el tuyo.
Ni siquiera lo pensé. Simplemente lo dije.
Y cuando ella sonrió, tímida pero genuina, sentí que esas palabras —tan simples— habían encontrado su lugar.
El tiempo siguió corriendo sin que me importara.
Cuando le pregunté si debía irse, lo hice más por miedo que por educación.
“No tengo prisa”, dije. Y era cierto.
Por primera vez en mucho tiempo, no quería irme de ningún sitio.
La conversación siguió fluyendo. Torpe por momentos, divertida, cálida.
Ella hablaba, se enredaba, se sonrojaba.
Y yo… me descubrí disfrutando de cada tropiezo, de cada sonrisa.
Su nerviosismo tenía una dulzura que no esperaba.
Era como mirar un atardecer y darse cuenta de que uno había olvidado cómo se veía el color.
Cuando dijo que quería conocerme más, algo en mi pecho se aflojó.
Yo también quería saber más de ella.
De su forma de pensar, de reír, de ver el mundo.
Y eso —esa curiosidad— me asustó un poco.
Le pregunté su edad, y me reí con sinceridad cuando se jactó de ser “mayor por un mes”.
Era tan diferente a la gente que solía rodearme, tan viva, tan honesta.
Y entonces llegó la pregunta que me congeló un segundo: ¿Has abandonado por completo la música?
Tragué saliva. No esperaba tener que mirar hacia atrás hoy.
—Sí. —respondí, simple, sin adornos.
Pero sus palabras después… me tocaron de una forma que no recordaba.
Que mis canciones la hubieran acompañado… que me agradeciera.
“Gracias”, fue lo único que pude decir sin romper algo dentro de mí.
Y justo cuando pensaba que el día ya no podía desarmarme más, lo hizo otra vez.
“Es que… tus ojos son demasiado lindos.”
No supe si reír o quedarme callado.
Por un segundo, olvidé cómo mantener la compostura.
—…Vaya —dije, sonriendo con torpeza. —Eso no me lo dicen mucho.
Y entonces la vi esconder el rostro, roja hasta las orejas.
No podía evitarlo: me gustaba verla así. Real. Imperfecta. Viva.
“Que no desaparezcas.”
Cuando lo dije, supe que había dejado de hablar como el Matthew controlado y distante de siempre.
Era una petición sincera, casi una súplica.
No quería que todo terminara ahí.
Ella era un accidente hermoso, de esos que uno no planea, pero agradece que ocurran.
“¡Claro que me encantaría volver a verte!”
Su entusiasmo fue la respuesta que no sabía que necesitaba.
La sonrisa me salió sola.
—Está bien… escríbeme —dije, y añadí, en voz baja: —Y espera mis mensajes también.
La vi salir de la cafetería, con los audífonos puestos y esa manera suya de caminar, entre distraída y soñadora.
Me quedé quieto, observando cómo su figura se alejaba hasta perderse entre la multitud.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí vacío cuando alguien se iba.
Sentí expectativa.
Miré mi celular.
El nuevo contacto: Anhy.
Sonreí apenas, dejando que el nombre reposara en la pantalla unos segundos antes de bloquearla.
Sabía que esa noche escribiría.
Y no porque tuviera algo importante que decir…
sino porque, por primera vez en años, tenía a quién decírselo.