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Summary

Un mapa en la tierra, hará que nuestro protagonista cruce todo el espacio en busca de estas, por un pensamiento, un recuerdo, un suspiro.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo

El explorador, conocido en su registro solo como 734, detestaba la lluvia. No por la humedad o el frío, sino porque el constante repiqueteo sobre el casco de la nave rompía el silencio de un universo que él prefería vacío. Su misión era simple, un chequeo de rutina en un planeta sin nombre, una tarea de reconocimiento sin gloria antes de la llegada de las colonias. Pero la tormenta eléctrica lo había obligado a un aterrizaje forzoso, y ahora estaba varado. El crepitar de la energía estática era la única compañía en una soledad que se sentía más densa que el espacio exterior.

Una noche, mientras los sensores parpadeaban con un pulso monótono, una silueta se materializó fuera del ventanal. No se acercó de inmediato, solo se quedó allí, inmóvil en el diluvio, como una estatua de obsidiana. Era una criatura, con el pelaje pegado al cuerpo, sus ojos dos puntos de luz ámbar que parecían ver más allá del metal de la nave. 734 lo ignoró, esperando que la criatura se marchara, pero no lo hizo. La figura se mantuvo imperturbable, incluso cuando la tormenta se calmó, y la luna del planeta proyectó una luz pálida sobre su pelaje. El animal tenía la paciencia de una esfinge y la mirada de un agujero negro. A pesar de la extrañeza de su forma, había en su presencia una familiaridad perturbadora, como la de un recuerdo olvidado hace mucho tiempo.

Al tercer día de esa vigilancia silenciosa, la curiosidad de 734 pudo más que su cautela. Con un suspiro, abrió la compuerta. La criatura no se movió. No entró. En cambio, dio una vuelta lenta alrededor de la nave, sus garras dejando surcos limpios en el lodo. Luego, se deslizó dentro, como una sombra que cobraba vida. El olor a tierra húmeda y ozono llenó la pequeña cabina.

El animal no era una criatura simple. 734 lo descubrió cuando las marcas de sus garras en el suelo de metal se hicieron visibles, pero no como rasguños, sino como líneas de energía que brillaban con una luz azulada y fría. Cada línea era un trazo perfecto, un mapa estelar que no coincidía con ninguna constelación conocida. Cada día, la criatura trazaba un nuevo mapa. No eran solo estrellas, eran caminos estelares, rutas de un pasado tan remoto que los planetas que ahora 734 y su gente habitaban no existían. La criatura no se comunicaba con palabras, sino a través de la memoria del universo, un lenguaje grabado en sus propias garras. Su pelaje, al tacto, se sentía como el de una roca erosionada por el tiempo.

La noche antes de que 734 pudiera finalmente despegar, la criatura se acurrucó en su regazo por primera y única vez. Al ronronear, la vibración no era solo de confort, sino de un poder antiguo que estremecía el metal de la nave. 734 se dio cuenta de que no había venido a reconocer un planeta insignificante, sino a ser reconocido por el guardián de una historia que existía antes que la suya. En ese instante, su mente se llenó con una visión fugaz: una casa, una chimenea, y la familiaridad de esa criatura acurrucada junto a él, un recuerdo que nunca tuvo.

Cuando la nave de 734 se elevó, el explorador no se llevó a la criatura. Sabía que no le pertenecía. En su lugar, se llevó consigo los mapas grabados en el suelo, y la profunda sospecha de que la verdadera misión no era la exploración, sino la comprensión de un universo más antiguo y misterioso de lo que jamás había imaginado, y de un recuerdo que, sin saberlo, siempre había sido parte de él.